Arabia Saudí IV: El reino antes del petróleo (1926-1938)

Continuamos con la historia de Arabia Saudí. Nos habíamos quedado en 1926, cuando Ibn Saud completa la conquista del territorio. Los agentes de la conquista habían sido, por un lado, los mutawain, el bajo clero del desierto najdí; y los ijwan, una hermandad de guerreros tribales al servicio del wahabismo (véase la entrega anterior). Paralelamente, habían comenzado a surgir ulema wahabíes propiamente dichos, es decir, expertos religiosos en la doctrina hanbalí que dominaban todos los aspectos de las ciencias islámicas, algo que sería muy importante posteriormente.

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


La rebelión de los Ijwan (1927-1930)

Una vez completada la conquista, comenzaron a aflorar las tensiones con respecto a la forma de entender el gobierno y el liderazgo. Ibn Saud veía la anexión de el Hiyaz como la restauración del dominio de sus antepasados y la ampliación de su patrimonio personal. Los mutawain y los ijwan, por el contrario, la percibían como una ampliación de la umma (comunidad islámica) y una oportunidad para expandir la fe y continuar la yihad. Los ijwan se veían como iguales de Ibn Saud, no súbditos. Muchos de ellos, pese a estar convertidos a la causa wahabí, recordaban su linaje tribal y aspiraban a ejercer posiciones de liderazgo en los recién conquistados territorios. El más famoso de ellos era Faisal al-Duwaish, un jeque de una tribu beduina del Najd sedentarizada.

Tras la conquista del Hiyaz, los líderes ijwan organizaron una asamblea o conferencia en al-Artauiya, la aldea de Faisal al-Duwaish y uno de los asentamientos que Ibn Saud había creado para los ijwan. Allí, los guerreros wahabíes discutieron varios asuntos, como las características del buen liderazgo religioso, la legitimidad islámica de los impuestos establecidos por Ibn Saud, el estilo de vida lujurioso y relajado del sultán del Najd y rey del Hiyaz, sus numerosos matriminios y, no menos importante su relación con los ingleses. También se habló de la necesidad de “islamizar” a los chiíes de Hasa, de los límites de la yihad y del problema que suponían los peregrinos de otras partes del mundo islámico, con su música y sus cantos.

724px-flag_of_ikhwan-svgLa bandera negra de la hermandad Ijwan. Fuente: Wikipedia

Ibn Saud reaccionó convocando otra conferencia en la que él personalmente consultaría a los ulema wahabíes. Los ulema respondieron a cada uno de los puntos planteados por los ijwan: sin duda, era necesario islamizar a los chiíes, y desde luego había que impedir a los peregrinos cantar y tocar música. También recomendaron destruir las tumbas y monumentos de santos. Sobre la yihad, los ulema recordaron que proclamar la yihad ofensiva correspondía únicamente al líder de la comunidad, al Imam, es decir, a Ibn Saud. También rechazaron las alegaciones de que su estilo de vida fuera anti-islámico. ¡Cómo iba a ser Ibn Saud un hombre impío si se gastaba un dineral en construir mezquitas y madrasas y en dar de comer a los ulema y mutawain!

Los ijwan rechazaron las explicaciones de los ulema de Riad e insistieron en su desafío. Esta rebelión, en un principio, no se dirigió contra Ibn Saud. Los ijwan simplemente se negaban a ser desmovilizados y continuaron haciendo la yihad, atacando Jordania y Kuwait, para horror de los emires locales y de los británicos, que recurrieron a la fuerza aérea para defender a sus aliados. El uso de aviación contra grupos insurgentes en el desierto, como podéis ver, no es algo especialmente reciente.

En 1928, Ibn Saud mandó cartas a todos los rincones del reino anunciando su abdicación y convocó a sus seguidores en Riad. Ulema, mutawain, jefes locales, la aristocracia comercial y, en definitiva, las “fuerzas vivas” del reino acudieron a la llamada. En la capital, Ibn Saud pronunció un discurso recordando su épica conquista de la ciudad con medio centenar de hombres, la necesidad religiosa de seguir a un líder, el progreso económico, y el grado de islamización que habían alcanzado. A continuación, pidió a los notables allí presentes que, si no estaban contentos con su liderazgo, eligieran a otro miembro de su familia para gobernar. Esto último es importante, pues nos muestra la imagen patrimonial que Ibn Saud tenía de sus dominios. Ibn Saud no podía concebir que otra familia salvo la suya ejerciese el poder. Y es que, como cuenta Ángeles Espinosa en su libro, los Saud ven Arabia Saudí como su finca particular.

No se propuso a ningún candidato alternativo, de modo que Ibn Saud continuó al mando. Además, los ulema decretaron que los ijwan estaban actuando sin el consenso de la comunidad religiosa, que su yihad no eran más que ataques bárbaros, y que Faisal al-Duwaish era un usurpador que debía ser destruido. Aparte de eso, llegaron a la conclusión de que el telégrafo no era un artefacto diabólico, y que su uso estaba religiosamente permitido. De este modo,  Ibn Saud y sus seguidores se prepararon para aplastar la rebelión ijwan.

arabia-unified-xGuerrero Ijwan hacia 1923. Fuente: ctesiphon.com

Ibn Saud salió muy reforzado de la “conferencia” en Riad. Su relación con los ulema de Riad se había estrechado. La división de tareas que se inició durante el primer emirato saudí se consolidó: Ibn Saudí se encargaría de gobernar y dirigir los ejércitos, y los ulema de emitir fatuas sancionando las acciones del monarca y controlar a sus discípulos, los mutawain. La religión estaba supeditada a la política, no al revés. La legitimidad de Ibn Saud dependía de los clérigos, es cierto, pero estos necesitaban los subsidios y la protección de Ibn Saud.

En 1929, Ibn Saud reunió un gran ejército reclutado de entre la base tradicional de los ejércitos saudíes, la población sedentaria del Najd. La batalla de Sabila fue su primer gran enfrentamiento: a los ijwan montados en camellos se enfrentaron las tropas saudíes a caballo con apoyo de ametralladoras. Tras esta aplastante victoria saudí, los ijwan trataron de refugiarse en Kuwait, donde les esperaba la fuerza aérea británica. Finalmente, en 1930 los ijwan se rindieron a los británicos en Kuwait. Tras asegurarse que la vida de los prisioneros sería respetada y que no habría ejecuciones masivas, los ijwan cautivos fueron traspasados a Riad.

La rebelión fue aplastada, y la importancia del mundo tribal en el emergente estado saudí fue disminuyendo cada vez más. Los ijwan habían sido útiles en la expansión territorial, pero después se convirtieron en una amenaza para el dominio de Ibn Saud. El rey saudí no estaba dispuesto a compartir el poder con ellos ni permitirles conservar su influencia. Desconfiaba de los beduinos, y la rebelión fue la ocasión perfecta para eliminarles de la estructura de poder. Los ulema, en cambio, se habían mostrado cruciales a la hora de garantizar la estabilidad en tiempos de crisis, y su importancia en el estado aumentaría con el tiempo. Los clérigos tenían la última palabra sobre las nuevas tecnologías, que se multiplicarían durante las siguientes décadas.

Abortada la insurrección ijwan y pacificado el territorio, Ibn Saud se vio con confianza como para unificar política y administrativamente los reinos del Najd y el Hiyaz y proclamarse a sí mismo rey de un nuevo país llamado Arabia Saudí. Corría el año 1932. El reino, todo hay que decirlo, era uno de los más pobres y subdesarrollados del mundo, pero al menos era independiente y no estaba sujeto a ninguna potencia colonial, como sucedía con el resto de países árabes. Aún no se había descubierto el petróleo, y la economía saudí se limitaba a la agricultura, el pastoreo, el comercio interno y los ingresos derivados del peregrinaje anual a La Meca.

La estabilización de la dinastía

Ibn Saud, que superaba ya el medio siglo de edad, conocía bien la historia de su familia, y no estaba dispuesto a ver cómo las luchas interfamiliares que habían desgajado el segundo emirato acababan con su legado. De modo que, una vez unificado y estabilizado el reino, se dedicó a controlar a las ramas díscolas de su familia y organizar la sucesión para que sus hijos, y no sus hermanos o primos, fueran los herederos de su reino. Una vez pacificado el reino, quedaba pacificar a la familia.

Las ramas colaterales de los Saud, de hecho, ya le habían ocasionado problemas. Los Araif, sus primos paternos, protagonizaron una rebelión en la región oriental durante 1908. El conflicto se resolvió después de varias batallas y un acuerdo matrimonial: la hermana de Ibn Saud se casaría con su primo, y sus descendientes quedarían bajo la supervisión del patriarca Ibn Saud. La política matrimonial, de hecho, se convertiría en uno de los pilares del régimen de los Saud, cómo veremos más adelante.

arabia-unified-dIbn Saud con algunos de sus hermanos e hijos. Fuente: ebay

Ibn Saud aprendió la lección y evitó amenazas incorporando a diversos miembros de las ramas colaterales del clan Saud en distintos puestos de poder. Los Juluwi, descendientes de Turki (el fundador del segundo emirato saudí), estuvieron junto a Ibn Saud desde el primer momento. Abdullah Ibn Juluwi, amigo y compañero de Ibn Saud, fue recompensado con el gobierno de Qasim en 1908 (el mismo año de la rebelión de los primos díscolos), y cinco años después se le dio el mando de toda la región de Hasa. Sus hijos y hermanos fueron incorporados también a la rudimentaria estructura estatal saudí: siendo “funcionarios” y beneficiarios de las pagas de Ibn Saud, no se opusieron a él.

En mayo de 1933, Ibn Saud nombró príncipe heredero a su hijo Saud, para así prevenir conflictos sucesorios y rencillas familiares. Ibn Saud quería que sus hijos fueran sus sucesores, especialmente los mayores, Saud y Faisal, que habían estado presentes y activos durante las campañas de conquista y pacificación. El trono sería sucesivamente para ellos, y después para los demás hermanos. Los seis reyes que han sucedido a Ibn Saud han sido, en efecto, hijos suyos. Con más de 40 hijos varones, parece que quedan herederos para rato, aunque llegará un momento en el que este modelo de sucesión sea generacionalmente insostenible.

En los primeros años del reino, el principal desafío para una sucesión estable eran los seis medio-hermanos de Ibn Saud, que podían reclamar el trono para ellos o sus descendientes. Saad, su único hermano de madre y padre murió en una de las campañas contra los hachemíes en el Hiyaz. Saud quedó desolado, y aprovechó para casarse con la viuda de su hermano. ¿Cómo lidió Ibn Saud con los rivales en el seno de su propia familia, algunos de los cuales habían sido piezas claves de la conquista del Hiyaz o de la pacificación de los ijwan? Maniobrando hábilmente, dándoles posiciones ceremoniales pero con escaso poder, cooptándoles con dinero y lujos, superándoles numéricamente (Ibn Saud tuvo 43 hijos y más de 50 hijas), o gracias a desafortunados “accidentes.” Se dice que en 1927, Jalid, un sobrino de Ibn Saud, intentó asesinar a Saud, el futuro príncipe heredero. Cuando se estableció el reino, Jalid era uno de los principales candidatos alternativos a la sucesión, aunque por suerte para Ibn Saud y su hijo, murió “misteriosamente” en 1938.

Los matrimonios de Ibn Saud

Incluso para una sociedad polígama como era Arabia, Ibn Saud tenía un harem excesivamente grande. Había llegado a casarse con más de 200 mujeres, divorciándose de muchas ellas. Además de esposas, tenía numerosas concubinas “exóticas”, que abandonarían su posición de esclavas tras dar a luz a un hijo varón. La interpretación “tradicional” del islam en cuanto a poliginia no permite que un hombre tenga más de cuatro esposas, pero ni a Ibn Saud ni a los ulema que le apoyaban parecía importarles.

Jack Philby pensaba que el amplio número de matrimonios de Ibn Saud se debía a una estrategia política deliberada. El monarca, en efecto, se casaba con las hijas y hermanas de sus aliados y subordinados: las élites de los oasis, las familias de tradición religiosa, las familias más nobles y antiguas de las confederaciones tribales. Ibn Saud se casaría también con numerosas hijas y hermanas de sus rivales derrotados, alcanzando así un doble objetivo. En primer lugar, se aseguraba la lealtad y la obediencia de las élites derrotadas, que no intentarían nada contra Ibn Saud para no poner a sus mujeres en peligro. Además, “dominaba” simbólicamente a estas derrotadas élites, arrebatando sus mujeres e incorporándolas a su harem, siempre en expansión.

Historiadores contemporáneos como al-Rashid, por el contrario, afirman que la política de Ibn Saud no puede calificarse estrictamente como de “alianzas matrimoniales”, ya que para que una alianza matrimonial funcione, es preciso que el intercambio de esposos y esposas sea mutuo. Ibn Saud, por el contrario, solo dejaba que sus hijas se casasen dentro del seno de su propia familia. Además, la poligamia y el divorcio no favorecen el desarrollo de alianzas, sino que crean rencillas y rivalidades. Por estos motivos niegan que el rey saudí casase por motivos estratégicos, y achacan su gran número de matrimonios al deseo de Ibn Saud de dejar claro su dominio político y, por qué no, a un apetito sexual aparentemente insaciable.

al-ahsaLa ciudad-oasis de al-Hasa a principios siglo XX. La foto parece ser posterior a la conquista saudí dado el elevado número de abayas. Fuente: Rob L. Wagner

La Arabia Saudí pre-petrolera

En 1933, Ibn Saud firmó una concesión con una compañía americana, en la que autorizaba a esta a buscar petróleo. El hallazgo no se produjo hasta 1938, y trastocó radicalmente la estructura económica del reino. Si bien la monarquía saudí no era una forma “tradicional” de gobierno, en tanto a que no era de origen tribal como los emiratos precedentes, y además se apoyaba en una visión extrema y novedosa del islam (el wahabismo), sí es cierto que la forma de vida en la Arabia Saudí pre-petrolera no era radicalmente distinta a la de cincuenta años atrás, salvo quizá por la presencia de la policía religiosa y una rudimentaria centralización política.

Hasta el descubrimiento del petróleo, el Estado saudí era parco en recursos y apenas estaba estructurado o contaba con burocracia. Ibn Saud, como los emires tradicionales y los jefes de tribu y aldea, recibía cada día en su palacio o en su tienda (si se estaba desplazando) a todos aquellos que tuvieran peticiones que hacerle o asuntos que tratar. En las reuniones estaban presentes, además del rey y su familia, numerosos miembros de las familias derrotadas o “incorporadas” como los rashidíes. Así, el rey mostraba simbólicamente su dominio y generosidad, e ilustraba a sus familiares y rivales con su sabiduría política. El arabista británico Jack Philby estuvo en muchos de esos majlis o reuniones, y dejó escritas sus impresiones al respecto.

Los majlis eran una de las primeras muestras del poder del monarca, antes de la época de esplendor económico. La importancia de Ibn Saud se manifestaba en su indumentraia y en el respetuoso silencio: él era el protagonista y se explayaba en largos monólogos, mientras los demás asistentes asentían con murmullos. A continuación los súbditos en problemas presentaban su caso, el rey meditaba y consultaba con sus consejeros si era necesario, y expresaba su veredicto.  Aparte de estas sesiones de carácter pública, cada día Ibn Saud organizaba dos reuniones de carácter privado en la que delineaba las líneas maestras de su gobierno con sus allegados, y una sesión religiosa con ulema de su confianza.

early-20th-century-jeddahYiddah a principios del siglo XX. Fuente: Rob L. Wagner

Además de estas reuniones, el poder de Ibn Saud se manifestaba en sus excursiones al desierto, en las que conducía su flamante automóvil, acompañado por su séquito a caballo. Los nobles y notables, incluídas los hijos de las familias rivales derrotadas, participaban en carreras de cabellos con suculentos premios en oro. Cuando el rey y su corte viajaban, se llevaban consigo todas sus pertenencias y los escasos documentos reales. En sus paradas en el camino, recibían a las tribus beduinas que presentaban sus respetos. La hospitalidad y generosidad del rey eran proverbiales, y se organizó un estricto protocolo que regulaba los banquetes y raciones que se servirían a los invitados según su procedencia y relevancia social.

Cuando estableció el reino en 1932, Ibn Saud comenzó a desarrollar una administración o burocracia paralela. Contrató asesores extranjeros, tanto occidentales como árabes (egipcios, libaneses), para que le aconsejasen en materias técnicas. También tenía un ministro de finanzas, Ibn Sulayman, que gestionaba el subsidio británico que había estado recibiendo Ibn Saud hasta mediados de los años 20 y, en general,  los ingresos y gastos de la familia/estado. La mayoría de los ingresos se debían a los peregrinos, y adicionalmente a las aduanas en Hasa y al zakat, el impuesto religioso, que en algunos casos era recolectado por los mutawain.

Poco a poco el gobierno de Ibn Saud fue adquiriendo más trabajadores y se fue sofisticando más. Si bien no era capaz de construir  infraestructuras básicas o proveer servicios públicos, el ministerio de finanzas se encargó de redistribuir los ingresos del Estado a base de regalos, banquetes y festivales ceremoniales, no sin antes pagar los sueldos de los empleados públicos y las asignaciones de los hijos y familiares de Ibn Saud. También se organizó un rudimentario ministerio de asuntos exteriores que extendía visados a peregrinos y que entabló relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, EEUU, la Unión Soviética (uno de los primeros estados en reconocer el reino saudí), Holanda, Francia y más países. También sirvió de plataforma para que mercaderes de confianza del rey establecieran contactos comerciales con el exterior.

Sin embargo, a mediados de los años 30 Arabia Saudí no dejaba de ser un Estado muy deficiente y escasamente poblado, con ningún tipo de servicio público o de comodidad básica. Los saudíes no disponían de agua corriente, electricidad, sanidad pública, carreteras y otros servicios que los estados considerados “desarrollados” en la época ofrecían a sus ciudadanos. La situación cambiaría radicalmente a partir del descubrimiento del petróleo, que convirtieron a la familia saudí (y por extensión al Estado) en millonarios, posibilitando una modernización económica y social sin precedentes.

Arabia Saudí, como hemos visto, ya había experimentado cambios drásticos, fundamentalmente una unificación política y un proceso de homogeneización cultural y religiosa centrado en la identidad Najdí/wahabí. El petróleo no sacó a los árabes de un letargo medieval, como se suele afirmar. La región llevaba desde el siglo XVIII en constante cambio y transformación. No obstante la velocidad de los cambios y su impacto material y cultural se incrementarían a partir de 1938, una frecha crucial en la historia del país.

Lo veremos en la siguiente entrega. ¡Hasta entonces!

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Reseña: Georges Corm, El Líbano Contemporáneo

He decidido comenzar una nueva sección de reseñas. Por lo general, leo mucho sobre Oriente Medio, pero no todo acaba convertido en un artículo, ya que no domino todos los temas y no creo que haberme leído un libro me de autoridad en la materia. No obstante, creo que puede ser útil (tanto para vosotros como para mí) ir recopilando pequeños resúmenes críticos de los libros que leo. Así, yo no me olvido de ellos y vosotros tenéis una pequeña recensión y podéis decidir si merece la pena o no leerlos.

Georges Corm, El Líbano Contemporáneo: Historia y Sociedad, Ediciones Bellaterra, 2006. 392 pp.
ISBN: 978-84-7290-319-7

Este libro recorre los últimos dos siglos de historia libanesa. Comienza por la época otomana, explicando el surgimiento de las comunidades más importantes del Monte Líbano: drusos, chiíes y maronitas. Estos últimos desarrollaron estrechas relaciones con el mundo católico a partir del siglo XVII, lo que permitió a Francia inmiscuirse de forma temprana en los asuntos de la región.  Las reformas decimonónicas otomanas afectaron al Líbano, que experimentó una oleada de violencia intercomunitaria en torno a 1860. La región fue una zona de conflicto entre los otomanos y las potencias coloniales europeas, Francia y Gran Bretaña, que ejercían su influencia sobre las distintas comunidades y millets. Tras la Primera Guerra Mundial Francia ocupó Líbano y unió dos entidades políticas y geográficas bien diferenciadas: el monte Líbano y la franja costera. A los drusos, maronitas y chiíes de la montaña se les sumaron los cristianos griegos (ortodoxos y católicos) y demás minorías. La ocupación francesa, que agravó las diferencias establecidas por el sistema de millets otomano (en una típica maniobra de “dividir y gobernar”), marca para Crom el inicio del comunitarismo político libanés.

El tema central de la obra de Crom es explorar el surgimiento del comunitarismo y explicar las razones que desencadenaron la guerra civil, así como desmontar varios mitos e interpretaciones erróneas al respecto. Así, aclara que las comunidades no son etnias, que la convivencia entre comunidades ha sido por lo general pacífica, y que la guerra civil no tuvo el trasfondo comunitario-religioso con el que se ha venido representando en los medios tradicionales. El propio Crom es un ejemplo de esto: aunque es cristiano, simpatiza abiertamente con Hezbollah, que consiguió expulsar a Israel del sus del Líbano en el año 2000.

indexGeorges Corm. L’internaute.

En general, Crom es muy crítico con la clase política libanesa, a la que califica de corta de miras, oportunista, y únicamente centrada en el corto plazo. Por tanto, fue la ceguera política de los líderes políticos, que intentaron explotar la organización política comunitaria en su favor, la que desencadenó la guerra civil. La guerra se divide en dos fases: una inicial, que se extendería desde 1976 hasta 1982, caracterizada por un conflicto de baja intensidad y cierta prosperidad económica; y el periodo entre la invasión israelí en 1982 y la firma de los acuerdos de Taif en 1989, donde se produjo el mayor número de matanzas y desplazamiento de la población.

Los actores de la guerra, explica Crom, no fueron las comunidades religiosas, sino las milicias surgidas en su seno. Estas milicias, como en el caso de los Falangistas cristianos, suplantaron y marginaron a la clase política tradicional. Las milicias desmantelaron el Estado y robaron, saquearon y rapiñaron todo lo que pudieron, con la connivencia de las distintas potencias extranjeras (Israel, Francia, Siria, Irán…), que armaban y financiaban a estos grupos para conseguir sus objetivos geopolíticos. Las alianzas no tenían absolutamente nada que ver con criterios religiosos o confesionales, sino con fríos cálculos estratégicos. En ese sentido, recuerda ligeramente a lo que está pasando en Siria. Aunque las milicias se autoproclamaban representantes de sus comunidades, a menudo fueron estas comunidades las que más sufrieron su arbitrariedad. Además, estas milicias actuaron en connivencia las unas con las otras para repartirse el terreno y los recursos; hicieron y deshicieron alianzas constantemente y, en general, secuestraron el país durante 15 años. Los héroes de la contienda son para Crom todos los civiles libaneses, en especial los que se esforzaron en no ceder a las presiones y continuar con su vida normal, siendo a menudo víctimas de los francotiradores que querían impedir la comunicación entre las distintas comunidades religiosas. Especial mención merecen los que, a pesar de los continuos ataques y expolios que sufría, trataron de mantener a flote el maltrecho estado libanés.

La paz y el comienzo de la II República no trajeron cambios significativos para el país. Las milicias seguían dominando el país y dominando los puestos de poder. La gran figura política de los años 90 fue Rafic Hariri. Hariri es, para Crom, la encarnación del empresario neoliberal que se enriquece a costa del Estado. Así, respaldado por el capital saudí, adquirió numerosas fincas y propiedades en todo el Líbano. Cuando alcanzó el poder en 1992, impulsó un fantástico y descabellado plan de reconstrucción de Beirut. Este plan no solo destrozó el centro histórico de la capital libanesa, sino que permitió a unos pocos enriquecerse enormemente y lastró como una pesada losa la economía del país. El plan era irreal, anticuado (se basaba en un modelo de desarrollo urbanístico de “pelotazo” que ya no tenía sentido: en los años 60 Beirut podría haber sido el Montecarlo árabe, pero en los 90 ya había otras ciudades que ejercían tal función en países que no habían sido devastados por la guerra) y, sobre todo, costoso. Como es habitual, se creó un consorcio privado para la reconstrucción, pues el Estado era aparentemente incapaz de financiar las obras por sí mismo. A esta empresa se le adjudicó un contrato millonario que enseguida se llenó de sobrecostes. Dado que la operación no fue rentable, enseguida hubo que rescatarla con dinero público. Mientras tanto, los servicios públicos del país seguían sin reestructurarse, se acumulaban los problemas sociales y medioambientales y la deuda externa crecía a un ritmo imparable.

Georges Crom fue ministro de finanzas durante el gobierno de Selim el-Hoss (1998-2000), un breve intervalo en el que Hariri no detentó el poder. Por supuesto, Crom se recrea en explicar las bondades de su plan económico y reformista, que podía haber arreglado el país pero que fue boicoteado por el conglomerado mediático que presidía Hariri, que se negaba a perder sus privilegios. En cuanto este recuperó el poder, deshizo todos los progresos alcanzados por el anterior gobierno. La relación entre la clase política libanesa moderna y Siria, que ocupó el país hasta 2006, es también analizada en detalle. Parece ser que la mayoría de políticos eran pro-sirios (sin importar su adscripción comunitaria), aunque cambiaban de chaqueta como convenía. Para finalizar, Crom critica duramente a George W. Bush y su política de “desestabilización constructiva”, que desde el año 2003 ha¡afectado gravemente al funcionamiento del Líbano. La influencia siria, advierte Crom, ha sido sustituida por la injerencia franco-americana. Líbano debe dejar de ser un “estado tampón”, y para ello debe esforzarse por acabar con el bloqueo político que supone el sistema comunitario.

Se nota que Crom es economista, y los últimos capítulos son quizá un poco densos en ese sentido (sobre todo si uno se empeña, como yo, en leer y revisar todas las notas al pie). Aún así, es un buen libro de historia. El enfoque sobre la guerra civil y los años posteriores no es cronológico, sino temático. Eso permite a Crom dividir su análisis y centrarse detalladamente en varios aspectos, lo cual es muy aclaratorio y se agradece. Más que una sucesión desconectada de fechas y nombres, encontramos distintos temas desarrollados independientemente y conectados de una forma amena e inteligente. Aparte de eso, la principal virtud del libro consiste en desmontar las explicaciones simplonas de la guerra civil basadas en la religión o el comunitarismo, que tan solo favorecen a las milicias, a las potencias extranjeras centradas en desestabilizar Oriente Medio, y a los políticos oportunistas que se lucran del saqueo del Líbano. Esto confirma el argumento que esbocé en mi articulito en Revista Ágora, (¿Hasta qué punto hay un conflicto entre suníes y chiíes?).

En resumen, una lectura muy aclaratoria y una buena introducción al a historia del país que deconstruye y refuta muchos mitos sobre la “Suiza de Oriente Medio”.

Arabia Saudí III: Conquista y dominio (1919-1926)

En el artículo de hoy narraré cómo Ibn Saud completó la conquista de Arabia Saudí durante los años 20, y cómo consolidó su dominio en sus nuevos territorios gracias a la coacción religiosa de los clérigos wahabíes y a unas tropas tribales leales y terroríficas.

Historia de Arabia Saudí
1 – Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


1919. Termina la Primera Guerra Mundial. Oriente Medio se enfrenta a terribles cambios que afectarían (y aún afectan) toda su historia posterior. El Imperio otomano desaparece y es sustituido por las potencias coloniales europeas, Francia y Gran Bretaña, que se dividen el Levante y Mesopotamia (lo conté aquí). El sistema de Mandatos de la Sociedad de Naciones da alas y esperanza al incipiente nacionalismo árabe, un movimiento restringido a los círculos burgueses e ilustrados de las ciudades mediterráneas.

La península arábiga permanecía ajena a todos estos cambios. Los tres emiratos, saudíes, rashidíes y hachemíes, seguían disputándose el territorio (hablamos de ellos en la entrega anterior). La desaparición de los otomanos supuso un duro golpe para los rashidíes, que se quedaron sin su principal apoyo exterior. Los saudíes, por su parte, habían sido reforzados por los británicos con armas, munición y capital, lo que durante los años 20 les permitió organizar exitosas campañas contra los rashidíes y posteriormente los hachemíes.

Ibn Saud completa su reino: La conquista del Najd y del Hiyaz

Sin el apoyo otomano, los emires de Hail solo podían aspirar a mantener sus territorios y defenderlos del acoso saudí. Los rashidíes intentaron entablar alianza con los hachemíes del Hiyaz y la familia Sabah de Kuwait, aunque esto no se materializó en campañas conjuntas contra los saudíes. Ibn Saud, por su parte, comenzó el asalto definitivo sin grandes movimientos militares: prohibió a la tribu shammar (recordemos, la confederación tribal en la que se apoyaban los rashidíes) el acceso a los mercados de Hasa, debilitando la base económica de los rashidíes y sembrando el descontento. Como explicaba en la entrega anterior, la población sedentaria de Hail apoyaba a los rashidíes por la seguridad económica y comercial que proporcionaban. Sin ella, sus días estaban contados. En agosto de 1921, Ibn Saud puso sitio a la capital rashidí con 10.000 soldados (¡En 1902, Ibn Saud solo contaba con 60 guerreros!). Tres meses más tarde la ciudad se rindió, e Ibn Saud extendía sus dominios al norte del Najd.

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Mientras tanto, los hijos del sharif Hussein, el emir de La Meca que había organizado la revuelta contra los otomanos, recibían de los británicos nuevos emiratos que jamás hubieran conquistado por la fuerza de las armas. Los tejemanejes de los hachemíes podrían ocuparnos páginas, pero los resumiré brevemente. Faisal, el mayor de los hijos de Hussein, se autoproclamó rey de Siria en 1920, cargo que ocupó durante menos de medio año antes de ser expulsado por los franceses, que habían sido nombrados potencia mandataria de Siria por la Sociedad de Naciones y estaban deseosos de administrar sus nuevos dominios. Antes de eso, Faisal había tenido tiempo de decepcionar a los nacionalistas árabes firmando un acuerdo con Chaim Weizmann, el presidente de la organización Sionista internacional, en el que reconocía la legitimidad de las aspiraciones sionistas sobre Palestina. Tras huir de Siria y refugiarse en el reino unido, fue nombrado rey del nuevo mandato británico de Irak, como pago a los servicios prestados. Su hermano Abdulá fue también nombrado emir por los británicos, en su caso del mandato de Transjordania, hoy día Jordania. Sus herederos siguen gobernando el país. Tanto Faisal como Abdulá eran extranjeros y no conocían las costumbres de sus nuevas posesiones, ni hablaban el dialecto, ni disponían de contactos e influencia, por lo que era de esperar que gobernasen dócilmente de acuerdo a las directrices británicas. Hussein, por su parte, se autoproclamó rey de todos los árabes y del Hiyaz, pero su reticencia a firmar el Tratado de Versalles y un pacto de amistad con los británicos le hicieron vulnerable a las ambiciones saudíes. Quizá confió demasiado en sus propias fuerzas y las de sus hijos.

weizmann_and_feisal_1918Faisal y Weizmann en 1918 (Fuente: de.academic.com)

A Ibn Saud no le hacía ninguna gracia que los hijos de Hussein hubieran adquirido reinos sin luchar. Sobre todo teniendo en cuenta que él los había derrotado militarmente en 1919, en la disputa por una aldea fronteriza. Saudíes y Hachemíes firmaron ese mismo año una tregua de cuatro años, gracias a la mediación de Gran Bretaña. Ibn Saud aprovechó el alto el fuego para completar la conquista del Najd y más tarde para adentrarse en Asir, que como mencioné brevemente en la primera entrega, se encontraba dominada por los descendientes de Ibn Idris, un maestro sufí marroquí. En 1922 Ibn Saud anexionó Asir a sus dominios.

Dos años más tarde, en 1924, Ibn Saud dejó de cobrar su subsidio mensual de los británicos. Esto le ponía en un aprieto, ya que el rudimentario aparato estatal que estaba empezando a desarrollar (hablaremos de ello ahora) y la compra de voluntades precisaban de un flujo de capital constante. La conquista del Hiyaz, una región rica que extraía sustanciosos ingresos de los peregrinos a La Meca, se convertía en una necesidad. Además, ese mismo año Hussein, el emir sharifano de La Meca, se había proclamado califa después de que la asamblea nacional turca aboliese la institución (un poco de contexto sobre la época aquí). A Ibn Saud, que ya no percibía ingresos por parte de los británicos, le importaba poco que estos pudieran enfadarse por atacar a sus protegidos. Los hachemíes ya tenían sus nuevos reinos en Iraq y Jordania, y él también quería parte del pastel.

En septiembre de 1924 las tropas de Ibn Saud saquearon Taif, un pueblo cercano a La Meca. Superado por la situación y presionado por los notables hiyazíes, Hussein abdicó en su hijo Alí y partió al exilio. Esto animó a Ibn Saud a marchar sobre la ciudad santa, en la que entró triunfalmente en diciembre de ese mismo año. Medina se rindió también a los saudíes. El sharif Alí se refugió en Yeddah, que fue asediada por el ejército saudí durante un año. Los británicos no quisieron inmiscuirse en el conflicto y abandonaron a su suerte a sus antiguos aliados hachemíes, no sin antes asegurarse de que Ibn Saud respetara los mandatos de Iraq y Transjordania. Los acuerdos firmados fijaron las fronteras y redujeron notablemente la autonomía de las tribus nómadas, además tenían la particularidad de que no eran acuerdos firmados entre el Imperio británico y un Estado, sino entre el Imperio y un hombre, Ibn Saud (es decir, a su muerte perderían su vigencia).

Finalmente, en enero de 1926 los notables hiyazíes proclamaron a Ibn Saud como rey del Hiyaz y sultán del Najd. Tres meses después, Gran Bretaña, Francia, Holanda y la URSS reconocieron a Ibn Saud como rey de Arabia. Por primera vez desde el primer emirato saudí, la mayor parte de la península arábiga era dominada por un mismo soberano.

ibn_saudIbn Saud. Fuente: Hetek

No obstante, esta narración que acabo de hacer pasa por alto varios aspectos esenciales para comprender el cómo y el porqué de la expansión saudí. Más que obra de un gran genio individual, la conquista y consolidación del reino saudí fue una empresa colectiva. Ibn Saud no luchaba solo, ni su sola presencia convencía a sus súbditos de adoptar la doctrina wahabí. Veamos ahora algunos de los principales apoyos de Ibn Saud, los ijwán (tropas tribales) y los clérigos wahabíes, los mutawa.

Hombres de religión: los mutawain

En el primer artículo de esta serie, afirmaba que la historia de Arabia Saudí es la historia del dominio de una de sus regiones, el Najd, sobre el resto. La homogeneización que acompaña todo proceso de modernización y construcción estatal se hizo a través de la identidad najdí, que era la menos cosmopolita, y a través de la doctrina wahabí, un movimiento reformista surgido a mediados del siglo XVIII que renegaba de las tradiciones beduinas. Más allá del patrocinio saudí, los principales agentes de este proceso de homogeneización fueron los hombres de religión najdíes, conocidos como mutawa (مطوع), que se esforzaron por imponer el dogma wahabí. (Aviso: si no estáis familiarizados con la terminología religiosa, recomiendo tener a mano el Glosario de términos islámicos).

Los mutawain (plural de mutawa) son un fenómeno najdí, surgidos entre la población sedentaria de los oasis que no tenía un linaje prestigioso. Se diferenciaban de los ulema de otras partes del mundo islámico en que, para ellos, los únicos elementos de la religión dignos de ser estudiados eran el fiqh (jurisprudencia) de la escuela hanbalí y el ibada (aspectos rituales, forma correcta de realizar las abluciones, cómo llevar la barba, etcétera). La gramática árabe, la filosofía, la alta teología, la mística y las demás ramas del saber islámico que los ulema propiamente dichos dominaban eran considerados lujos intelectuales intrascendentes. Los mutawain no hacían sino responder a las necesidades religiosas de los habitantes del Najd: Cómo adorar a Dios de forma correcta y como resolver disputas legales. Al fin y al cabo, el Najd era una región desértica salpicada de pequeñas aldeas situadas en oasis, nada que ver con el cosmopolita, sofisticado y bullicioso entorno de ciudades como Estambul, Bagdad, el Cairo o La Meca. El wahabismo tuvo gran acogida entre los mutawain, que se convirtieron en sus principales agentes. A principios del siglo XX, la mayoría de los mutawain no se dedicaban en exclusiva a la religión, sino que lo compaginaban con la agricultura, la artesanía o el comercio. Su vocación religiosa era por tanto más voluntaria que profesional, y cuando se pasaban de estrictos y enfadaban a la población local tenían que huir. El ejemplo clásico es lo que le sucedió en el siglo XVIII a Muhammad ibn Wahhab, pero hay muchos otros, como Salim Salem al-Banyan, un mutawa de Hail que fue expulsado del emirato rashidí a principios del siglo XX por proponer la expulsión de los chiíes.

Los mutawain habían sido un movimiento en decadencia durante el siglo XIX, tras haber sido diezmados y dispersados por los invasores egipcios. Su fortuna cambiaría con el resurgimiento saudí. Cuando Ibn Saud entró en Riad en 1902, los mutawain locales no lo proclamaron emir ni saij, sino Imán (líder religioso). Al hacerlo evocaban la época dorada (para los wahabíes) del primer emirato saudí, y legitimaban religiosamente a Ibn Saud, esperando así tener importancia en el nuevo gobierno. No era solamente un movimiento interesado: Durante su infancia, Ibn Saud había sido educado en la doctrina wahabí bajo los auspicios de destacados mutawain y tenía nociones en fiqh e ibada. Abd al-Aziz Ibn Saud y los mutawa reprodujeron la división de tareas que se había establecido en 1744 entre Muhammad Ibn Saud e Ibn Wahhab: Ibn Saud lideraría la comunidad y se ocuparía de la guerra y la economía, mientras que los mutawain se encargarían de legislar (desde el punto de vista religioso) y de que la población siguiese los preceptos wahabíes. Los wahabíes fueron siempre pragmáticos con respecto al poder. Los medios por los que el poder político se alcanzase eran irrelevantes, siempre que el gobernante respetase la ley divina. Recaudar el zakat (impuesto religioso) y hacer la yihad contra los infieles eran las principales funciones del líder político en la rudimentaria concepción wahabí del Estado. Mientras Ibn Saud defendiese la causa de los mutawain y se comprometiese a aplicar sus leyes, este contaría con legitimidad religiosa.

82299026d377c2e44e16d7eec2031c23Caravana de peregrinos a La Meca, 1910. Fuente: Pinterest

Durante la expansión saudí, los mutawain llegaban antes que los ejércitos y comenzaban a predicar a la población local, haciendo énfasis en cuestiones rituales (enterrar a los muertos en tumbas sin nombre, rezar de forma correcta…) y subrayando la necesidad de unidad política de la comunidad musulmana y de la conveniencia de seguir a un líder justo y bueno, es decir, Ibn Saud. Una vez los territorios se encontraban bajo el dominio de Ibn Saud, los mutawain se encargaban de asegurarse la obediencia de la población e imponer castigos físicos a los que se desviasen de la doctrina oficial. Los mutawain solían recorrer las calles con un palo y azotaban públicamente a los díscolos, a los que tenían la barba muy larga o muy corta, a los que no acudían a la mezquita, y en general a los que innovaban de forma peligrosa. Al Rasheed narra un su libro algunas anécdotas significativas, como la de un niño de una familia noble najdí que acudió a su madrasa con un reloj de pulsera que le habían regalado sus padres. El maestro religioso local le quitó el reloj y lo destrozó a palos, pues era una innovación satánica (lo correcto era llevar el reloj en el bolsillo, al parecer). Esto sucedía en la capital, Riad, en 1940, a un hijo de buena familia. Podemos imaginar lo que les sucedía a principios de siglo a los habitantes humildes de las regiones periféricas. Ángeles Espinosa cuenta en su libro una historia parecida con una bicicleta como protagonista.

Hoy en día los mutawain todavía existen, aunque el reino saudí se ha dotado de figuras religiosas con mayor conocimiento y autoridad, ulema propiamente dichos. Aún así, la función punitiva y disciplinaria de los mutawa sigue siendo necesaria en el reino saudí, y para ello se creó en 1940 una institución oficial, el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, que aglutina a los mutawain. Hasta 2007, los mutawain iban armados con su tradicional palo.

Tras la conquista del Hiyaz en 1926, los mutawain y los ulema se centraron en profundos debates sobre la compatibilidad entre progreso técnico y religión. ¿Era correcto usar el telegrama? ¿Había que destruir los monumentos a Mahoma y sus compañeros? ¿Eran permisibles las biciletas? ¿Qué hacer con los peregrinos no wahabíes, que cantaban y danzaban? En general, acabaron aprobando lo que permitía reforzar el control estatal y rechazando todo lo demás (así, por ejemplo, prohibieron fumar en público). También sancionaron que Ibn Saud se proclamase sultán: si bien el título no tenía mucho significado en Arabia (los mutawain le consideraban imam, la población le veía simplemente como un emir que se las había apañado para imponerse sobre los demás), la palabra sultán producía un efecto muy positivo en las delegaciones extranjeras, especialmente en la británica.

Los mutawain, en definitiva, fueron un colectivo fundamental en la consolidación del emergente estado saudí. No solo legitimaron religiosamente al gobierno de Ibn Saud, sino que “domesticaron” a la población local, instaurando una especie de policía moral que dura hasta nuestros días. Así, acabaron con muchas pintorescas costumbres locales e impusieron unos valores y normas de conducta homogéneos. Aún hoy siguen determinando la moralidad en las calles, gritando a las mujeres que no llevan el velo de forma correcta. Su mayor éxito fue el sometimiento de las tribus nómadas a las estrictas normas del islam wahabí. Sin los mutawain, Ibn Saud no hubiera podido crear su poderosa fuerza militar tribal, los ijwán.

Hombres de guerra: los ijwán

Hasta los albores de la Gran Guerra, Ibn Saud se había apoyado en tropas reclutadas entre los oasis, como habían hecho sus antepasados. Sin embargo, una rebelión fallida de una rama de su familia, que había contado con el apoyo de tropas beduinas, le había hecho darse cuenta de que las confederaciones tribales podían desestabilizar sus territorios con suma facilidad. Ibn Saud necesitaba unas tropas tan fieles y leales como las de los oasis, pero con la movilidad y las habilidades guerreras de los beduinos. Era necesario destruir la autonomía y las costumbres de estas tribus y ponerlas al servicio de la causa saudí, algo que los anteriores emiratos saudíes no habían logrado. Los mutawain fueron los principales agentes de esta operación.

En un principio, Ibn Saud enviaba a los mutawain a que se mezclasen con las tribus y predicaran las enseñanzas del islam wahabí. Más tarde consiguió convencer a varias de estas tribus de la necesidad de establecerse en asentamientos sedentarios, para poder vivir en una comunidad similar a la del profeta. Allí, los mutawain podían ejercer como jueces y sacerdotes, y la población beduina podía ser reclutada y controlada con mayor facilidad. También se les incitó a practicar la agricultura. Por supuesto, la agricultura era poco productiva y nada rentable en el Najd, de modo que estas comunidades recibían generosas subvenciones (derivadas al principio de los subsidios británicos que percibía Ibn Saud) y se les prometía una parte del botín en tiempos de guerra. Muchas tribus huyeron a Iraq, pero los beduinos que aceptaron sedentarizarse y ponerse bajo las enseñanzas de los mutawain pasaron a ser conocidos como los ijwán (إخوان), la Hermandad. (No tienen nada que ver con los Hermanos Musulmanes egipcios) Los ijwán aprendieron a obedecer al imam legítimo y responder a sus llamadas a la yihad. En la wikipedia en catalán hay un artículo sobre ellos. El primero de los asentamientos permanentes para los ijwán fue construido en 1912 en el Najd central y contaba con unos 1.500 habitantes. Para 1926, 150.000 beduinos habían sido sedentarizados, bien voluntariamente o por la fuerza tras ser derrotados por las fuerzas de Ibn Saud.

ikhwanLos ijwán en acción. Fuente: Wikimedia

Los ijwán fueron la principal fuerza militar tras la conquista de Hail, Asir y el Hiyaz. Eran una fuerza poderosa que transmitía miedo y terror a los habitantes de dichas regiones. Los ijwán rechazaban saludar o tratar con deferencia a los que ellos consideraban herejes y paganos, es decir, la mayoría de la población fuera del Najd: los chiíes de Hasa y los suníes del Hiyaz que no seguían la doctrina wahabí. También vestían de una manera particular: vestidos cortos completamente blancos, para mostrar que solo servían a Dios. Por encima de todo, mataban, saqueaban e imponían la doctrina wahabí sin ningún tipo de restricción y con la complacencia de los mutawain. Sus peores hazañas tuvieron lugar en 1913 Hasa (una región, recordemos, con una mayoría de chiíes) y en 1924 en Taif, en el Hiyaz. Su fama las precedía, y el terror que infundían entre los locales que aún no habían sido sometidos por Ibn Saud era tanto o más efectivo que las prédicas de los mutawain. Sin embargo, se tomaron la doctrina wahabí demasiado en serio, y comenzaron a recelar de la sinceridad religiosa de los Saud.


Una vez completada la conquista del reino hacia 1926, la santa alianza entre Ibn Saud, los mutawain y los ijwán empezaría a quebrarse y un sector de los últimos se rebelaría. Lo veremos en la próxima entrega. Tambén hablaremos de la proclamación oficial del reino saudí, del descubrimiento de petróleo en 1933 y de lo que sucedió hasta la muerte de Ibn Saud en 1953. Hasta entonces.

Arabia Saudí II: El siglo XIX (1818-1919)

Seguimos en Arabia. La entrega anterior finalizaba en 1818, con el ejército egipcio tomando Diriyah y capturando y decapitando a Abdulá, el líder de los Saud. Hoy veremos lo que sucedió entre esa fecha y el final de la Primera Guerra Mundial. Repasaremos brevemente la historia del segundo emirato saudí, mucho más reducido territorialmente que el primero y caracterizado por las luchas internas por el poder. También veremos las otras entidades políticas que ocupaban las distintas regiones de Arabia (exceptuando Yemen, Omán y los emiratos del Golfo, que no han sido nunca sometidos por los saudíes). Finalmente, analizaremos el ascenso de Abd al-Aziz ibn Saud, el primer monarca “oficial” de Arabia Saudí, y sus acciones hasta 1919.

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


El segundo emirato saudí (1824-1891)

El primer emirato saudí se había descompuesto. Además de capturar al emir saudí, los egipcios también ejecutaron o exiliaron a El Cairo a la mayoría de ulema wahabíes que encontraron. Tras unos cuantos años de ocupación, los egipcios se replegaron hacia el Hiyaz, ya que era costoso mantener un ejército en el Najd, una tierra poco productiva y con una población hostil. (Recordad que las regiones de Arabia Saudí fueron descritas en el primer artículo de la serie).

A pesar de la derrota sufrida, aún quedaban miembros de la familia de Saud. En 1824, el hijo de Abdulá, Turki, junto con un pequeño destacamento reclutado en los oasis del Najd, tomó Riad, un oasis al sur de Diriyah, que se convertiría en la sede oficial de los Saud, y que hoy en día sigue siendo la capital del reino. De ahí, el nuevo emir consiguió expandir su autoridad por el centro y el sur del Najd, llegando en 1830 hasta Hasa. Desde allí los saudíes intentaron expandirse hacia Qatar y Bahrain. Sin embargo, Turki evitó entrar en conflicto con los egipcios, que aún se encontraban en el Hiyaz.

Un buen elemento para medir la estabilidad de las dinastías (u oligarquías) y su grado de cohesión interna son los conflictos sucesorios y los magnicidios. Los Austrias españoles, por ejemplo, serían un buen ejemplo de dinastía asentada, ya que ninguno de ellos fue asesinado y las sucesiones se producían sin problemas. Los visigodos, por el contrario, serían una élite inestable, ya que no dejaban de conspirar, matarse entre ellos y luchar por el poder. Los saudíes, como iremos viendo, son un caso interesante, ya que no establecieron unas reglas de sucesión claras. La mayor amenaza para los gobernantes saudíes ha residido tradicionalmente en el seno de su propia familia. Si bien durante el primer emirato las sucesiones fueron ordenadas y pacíficas, durante el segundo abundarían los asesinatos y rebeliones en el seno del clan de los Saud.

Saudcasa

En 1834, aprovechando que el grueso del ejército saudí estaba luchando en Bahrain, Turki fue asesinado por orden de su primo Mishari, que se proclamó emir. Faisal, el hijo de Turki, regresó rápidamente desde Hasa. Ayudado por el emir rashidí de Hail (región norte del Najd), derrotó a Mishari y se proclamó imán. Tres años después, los egipcios enviaron una expedición de represalia contra Faisal, al haberse negado éste a pagar el tributo correspondiente. Fue capturado y llevado a El Cairo. En su lugar, los egipcios establecieron a Yalid, tío del fallecido Turki. Contra él se rebeló Abdulá, sobrino de Muhammad (el primer emir saudí).. Finalmente, en 1843 Faisal escapó de El Cairó y regresó a Riad. Mató a Abdulá y se proclamó de nuevo emir, cargo que ostentaría hasta su muerte en 1865. Tanto baile de primos y tíos puede resultar lioso, pero en el árbol genealógico de la imagen queda bien ilustrado. Los nombres acompañados de número son los emires en orden cronológico, también figura la duración de su reinado. Fijaos en el contraste entre los primeros cinco emires, cuyo reinado fue relativamente largo, y el caos posterior.

Tras la muerte de Faisal, sus hijos Abdulá, Saud, Muhammad y Abd-al Rahmán se pelearon entre sí por el poder. No me detendré en los detalles, pues son parecidos a los descritos en el anterior párrafo. Saud murió en 1875, pero sus hijos continuaron batallando contra sus tíos. La consecuencia directa fue que el dominio de los Saud se debilitó. Con sus fuerzas ocupadas en rencillas internas, numerosas tribus y oasis aprovecharon para librarse del yugo de los Saud. En 1881, Abdulá, como hizo su padre medio siglo antes, pidió ayuda al emir de Hail, Muhammad ibn Rashid. Los rashidíes aprovecharon para ocupar Riad y establecer a uno de los suyos como gobernador. Mataron a la mayoría de los Saud que encontraron allí, a excepción de Abdulá y Abd al-Rahmán. Abdulá murió en 1889 y su hermano gobernó como vasallo de los rashidíes hasta su muerte dos años después.

Los otros emiratos

Durante todo este periodo, el resto de la actual Arabia Saudí se encontraba dividida entre varias entidades políticas, además de tribus beduinas independientes.  Vamos a ver las más importantes: el emirato rashidí de Hail y el emirato hachemí del Hiyaz. Antes de ello preciso mencionar la zona de Hasa, que si bien no contaba con ningún poder local fuerte y solía ser ocupada por diversos emires foráneos, era una región próspera y fértil con una importante población sedentaria chií y prósperos contactos comerciales con los emiratos del golfo Pérsico (Kuwait, Bahrain, Qatar, Omán), los otomanos y los británicos, que comenzaban a hacer acto de presencia por la zona. En 1870 Hasa fue anexionada por los otomanos.

Los rashidíes de Hail

Los rashidíes, que consiguieron someter a los saudíes a finales del XIX, eran una familia que dominaba Hail, la región norte del Najd. Su gobierno, a diferencia del de los Saud, se basaba en el predominio de una tribu beduina, los Shammar. Esta tribu se había unido bajo la égida de los rashidíes a mediados del siglo XIX como respuesta a la presencia egipcio-otomana en el Hiyaz y las crecientes ambiciones de los saudíes. Esta alianza defensiva consiguió frenar la presencia extranjera y permitió a las tribus beduinas mantener sus costumbres, atacadas y denostadas por los wahabíes. A medida que el emirato rashidí se consolidaba, las fuerzas tribales fueron complementadas por tropas reclutadas en los oasis y contingentes de esclavos. A ellos se unieron otras confederaciones tribales atraídas por las perspectivas de botín. Durante el reinado de Muhammad ibn Rashid, la época de mayor esplendor del emirato de Hail, su dominio se extendía desde las cercanías de Alepo y Damasco hasta Basora, Omán y Asir. Más allá del dominio militar, el emirato rashidí se mantenía gracias al apoyo tácito de los otomanos, la recaudación de tributos y su redistribución mediante subsidios a las élites locales leales. El núcleo del poder rashidí estaba en los oasis del norte del Hiyaz. Si bien los rashidíes eran de origen beduino, los comerciantes y artesanos de los oasis les apoyaban, ya que dotaron de cierta estabilidad al territorio y permitieron el tránsito de las rutas comerciales. El control del desierto del Najd era fundamental para la pervivencia del emirato, pues es la región que transitaban las caravanas.  Contra ellas se dirigieron las expediciones saudíes de principios del siglo XX. Al perder el control del desierto, la autoridad rashidí se desvaneció. La Wikipedia en castellano tiene un artículo sobre este emirato.

arabia-1918Mapa italiano mostrando las corrientes islámicas en la Arabia de 1918. En amarillo los wahabíes. Fuente, World Digital Library (recortado)

Los hachemíes del Hiyaz

En el Hiyaz, una región mucho más heterogénea que el Najd, el liderazgo era ejercido desde el siglo XVI por varias familias sharifanas. Un sharif (plural ashraf) es un miembro del linaje de Mahoma, al igual que un sayyid. (La diferencia está en el nieto de Mahoma del que provengan, Hasan o Hussain. Véase el artículo de la Wikipedia en castellano para más detalles). En el Hiyaz el poder era compartido por los representantes otomanos y los emires sharifanos de la Meca. Los primeros se encargaban de las relaciones exteriores y los asuntos comerciales, y los segundos se ocupaban de lidiar con las tribus beduinas y de la seguridad de los Santos Lugares. La relación entre ambos poderes era de interdependencia. Los emires ashraf eran nombrados por los otomanos y dependían de ellos para su sustento económico, a la vez que los otomanos necesitaban a los emires de la Meca para mantener el orden fuera de las ciudades y asegurar las rutas comerciales y de peregrinaje. Estos emires ashraf solían haber sido educados en Estambul, siguiendo la costumbre de adoptar hijos como “rehenes”, de modo que no contaban con una base de poder local que les permitiera rebelarse contra los otomanos. Durante el siglo XIX y hasta la conquista por parte de los saudíes un linaje sharifano, los hachemíes, habían ostentado el poder en la Meca. Probablemente os suene el término “hachemí”. En efecto, se trata de la familia que hoy día reina en Jordania, descendientes del famoso Hussein al que los británicos prometieron “un reino árabe unificado” para ganarse su apoyo contra los otomanos en la Primera Guerra Mundial. Pero no adelantemos acontecimientos.

Recordemos que los egipcios habían ocupado el Hiyaz en 1811 por petición del sultán otomano para controlar a los saudí-wahabíes, que habían causado estragos en las ciudades sagradas, destruyendo monumentos como la tumba del Profeta y acosando a los peregrinos que no se ajustaban a la doctrina wahabí. Una vez las tropas egipcias se retiraron de la región en 1840, los otomanos volvieron a estar a cargo del Hiyaz, y confirmaron a los hachemíes en el poder. A mediados de la década de 1850, el emir de la Meca organizó una expedición contra los saudíes, y consiguió obtener de ellos un cuantioso tributo anual. También sometieron temporalmente otras regiones, como Asir. Con esos tributos y los generosos subsidios que recibían de los otomanos, los hachemíes compraban la lealtad de las tribus beduinas y evitaban que asaltasen a los peregrinos. Al igual que sucedía con los saudíes, los hachemíes tenían la costumbre de conspirar y luchar entre sí por el poder, al no haber reglas claras de sucesión. Sin embargo, su emirato se diferenciaba del saudí en tres elementos importantísimos: el carácter cosmopolita y heterogéneo de la región, con una importante dualidad entre campo y ciudad (en el Najd no había ciudades propiamente dichas); el carácter sagrado del linaje hachemí, reconocido hasta por los chiíes (había incluso quien decía que los emires hachemíes eran en realidad chiíes encubiertos), y por último el apoyo firme y decidido de los otomanos.

El inicio de la reconquista saudí: las campañas de Ibn Saud (1902-1919)

A principios del siglo XX, el antiguo emirato saudí se encontraba sometido por los rashidíes. Abd al-Rahmán, el último emir saudí, había huido a Kuwait, donde vivía en la corte de los Sabah, la familia gobernante local. En 1899, esta familia había firmado una alianza con Gran Bretaña. Los Sabah recelaban de los rashidíes, que además contaban con la protección otomana, de modo que alentaron a Abd al-Aziz, el hijo de Abd al-Rahmán, a que organizase una incursión con el objetivo de recuperar el antiguo territorio de su familia.

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En enero de 1902, acompañado por medio centenar de hombres, Abd al-Aziz ibn Abd al-Rahmán Al Saud (a partir de ahora Ibn Saud) partió rumbo a Riad. En un ataque nocturno con sorpresa, consiguió matar al gobernador local rashidí y conquistar el oasis. Riad volvía así al control saudí, y la familia exiliada volvió a su viejo hogar. El padre de Ibn Saud le confirmó como gobernador de la ciudad. Rápidamente los saudíes se lanzaron a la reconquista de su antiguo dominio, y comenzaron una larga campaña contra los rashidíes en la región central del Najd. Los otomanos, que ya conocían el peligro que suponían los saudíes, apoyaron a sus aliados rashidíes con armas, tropas y munición. Ibn Saud, por su parte, estableció una alianza con los kuwaitíes, con el beneplácito de Gran Bretaña que aprovechaba la ocasión para desestabilizar un poquito más al Imperio Otomano. Comenzaba el tercer emirato saudí.

En 1906, Ibn Saud había logrado una serie de importantes victorias contra los rashidíes, llegando a matar a Abd Al-Aziz ibn Rashid, el emir de Hail. Los otomanos retiraron sus tropas de apoyo a Iraq y apoyaron la división del Najd entre los rashidíes y los saudíes. De allí la acción se desplazó a Hasa, que era territorio otomano. En 1913, Ibn Saud atacó y ocupó la región, y obtuvo de los otomanos el reconocimiento formal como emir del Najd, además de imponer a uno de sus familiares como gobernador de Hasa. Al parecer, Ibn Saud había llegado a un entendimiento con los ulema chiíes de la región: a cambio de su apoyo contra los otomanos, les garantizaba la libertad religiosa una vez estuvieran bajo su mando. Papel mojado, pues bajo la doctrina wahabí los chiíes eran herejes, y como tal fueron tratados (y siguen siendo tratados hoy en día). Los británicos, mientras tanto, consideraron a Ibn Saud un vasallo otomano, de modo que no firmaron con él ningún tratado, pese a sus pretensiones. El estallido de la Primera Guerra Mundial cambiaría las cosas.

abdul-aziz-bin-abdul-rahman-al-saud-ibn-saud-in-1910Abd al-Aziz ibn Saud (nacido en 1880) en 1910. Fuente, Riyadhvision.

Los otomanos, atrapados entre numerosos frentes, trataron de reconciliar a rashidíes y saudíes para evitar un foco de inestabilidad en la frontera sur de su imperio, con escaso éxito. A finales de 1915, británicos y saudíes firmaron el Tratado Anglo-Saudí, en el que los británicos prometían protección a Ibn Saud si era agredido y le hacían entrega de mil fusiles y 20.000 libras, además de un subsidio mensual de 5.000 libras (que Ibn Saud cobró hasta 1924) y el envío regular de fusiles, ametralladoras y munición. A cambio, Ibn Saud se comprometía a no entablar relaciones con ninguna otra potencia y respetar los protectorados británicos de Kuwait, Bahrain, Qatar y Omán. Ibn Rashid, por su parte, estrechó sus relaciones con los otomanos y recibió 300 soldados y 25 oficiales-asesores alemanes y turcos. Los británicos animaron a Ibn Saud a atacar a los rashidíes, y éste aprovechó para pedir más dinero y más armas, aunque no logró victorias significativas durante el transcurso de la Gran Guerra.

Mientras tanto, en el Hiyaz, los británicos convencían a los hachemíes de organizar una rebelión general contra los otomanos. La historia es bien conocida y nos ha dejado románticas historias como la de Lawrence de Arabia. En resumen, los británicos prometieron vagamente al sharif de La Meca que, una vez expulsados los otomanos de las tierras árabes, la familia hachemí se convertiría en la soberana de un hipotético reino árabe unificado. Si bien el sharif Hussein cumplió con su promesa y puso en graves apuros a los otomanos (que hasta entonces habían apoyado a su familia y financiado importantes obras de infraestructura en el Hiyaz, como el ferrocarril a La Meca), los británicos se desentendieron del tema al final de la guerra, pues habían adquirido otros compromisos contradictorios (el famoso acuerdo Sykes-Picot y la Declaración Balfour). De esta tema ya hablé en otro artículo. Los hachemíes, no obstante, no se quedaron con las manos vacías, ya que los hijos de Hussein recibirían varios reinos en forma de Mandatos de la Sociedad de Naciones.

La Gran Guerra no alteró sustancialmente el equilibrio de poder en Arabia, aunque introdujo la influencia y el armamento británicos. Los rashidíes serían los principales perjudicados, pues los otomanos desaparecieron del mapa. Hachemíes y saudíes, por el contrario, contaban con el apoyo financiero de Gran Bretaña. Durante los años 20, Ibn Saud completaría la conquista del territorio de sus antepasados, ocupando sucesivamente los territorios rashidíes y los hachemíes, ante la pasividad de los británicos.


Eso es todo por hoy. En la próxima entrega, veremos cómo ibn Saud conquistó finalmente Hail y el Hiyaz durante los años 20, estableciendo finalmente su reino en 1932. También nos detendremos con más detalle en los grupos en los que Ibn Saud se apoyó para consolidar su dominio: el clero wahabí y los ijwán, tropas de origen nómada altamente ideologizadas que imponían el orden y la ley en los nuevos territorios de al Saud.

Arabia Saudí I: Geografía y primer emirato (1744-1818)

Hoy comienzo una serie de artículos sobre la historia de un país al que hasta ahora no hemos mencionado en exceso. Se trata de un caso especial: no fue colonizado en su totalidad ni por el Imperio Otomano ni por las potencias occidentales, pero al mismo tiempo, y a diferencia de países como Irán o Egipto, es un estado relativamente nuevo (en términos históricos). Me refiero, en efecto, a Arabia Saudí.

Historia de Arabia Saudí
1 – Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)

2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


Si bien es cierto que la primera entidad política saudí se formó a mediados del siglo XVIII, la consagración definitiva del reino no llegaría hasta 1926, cuando Abdelaziz ibn Saud sometió y unificó las distintas regiones y se proclamó rey. En esta primera entrega veremos brevemente la geografía del reino y la historia del primer emirato (1740-1814), que la casa de Saud utiliza hoy día de forma mitificada para justificar su soberanía sobre el país.

Aunque muchas veces la monarquía de los Saud se asocie a formas “tradicionales” de gobierno árabe, lo cierto es que se trata de una formación política relativamente reciente, si lo comparamos con otros países de su entorno. Y, aunque suela tomarse como ejemplo de “monarquía tribal”, los orígenes de la casa de Saud no están relacionados con el mundo beduino, como veremos a continuación.

Geografía

Antes de entrar en materia, merece la pena detenerse brevemente en la geografía del país. Al igual que muchos estados surgidos en el siglo XX, Arabia Saudí engloba regiones y poblaciones muy heterogéneas, con poca historia común salvo la sumisión a la casa de Saud. En este dos mapa podemos ver delimitadas las principales regiones:

saudi_arabia-regionsRegiones de Arabia Saudí. Fuente: Looklex

En el Hiyaz se ubican las ciudades sagradas de Meca y Medina. La región se encuentra dividida entre la llanura costera y el interior de arena volcánica por una cadena de montañas. Ha sido tradicionalmente una zona de paso caravanero y de contacto con el exterior, y el carácter de sus habitantes era más cosmopolita y refinado que el de los beduinos del Najd. Dada su importancia estratégica y religiosa, la zona fue ocupada y gobernada de forma indirecta por los sultanes otomanos (a menudo mediante alianzas con emires locales), que trataban de garantizar la seguridad de los peregrinos musulmanes, siendo ocasionalmente conquistada por los egipcios durante el siglo XIX.

Hasa es una zona fértil, donde ha habitado históricamente un gran núcleo de población sedentaria, principalmente agricultores chiíes. Su cercanía al Golfo Pérsico ha hecho que sea una zona con mucho contacto con el exterior. A partir de los años 50 se convirtió en la sede de la industria petrolera del país.

Asir es una región montañosa, escarpada y fértil. Allí se da la mayor cantidad de precipitaciones, y también se encuentran los picos más altos. Tradicionalmente funcionó como una zona de frontera entre el Hiyaz, el Najd y el Yemen. Antes de la conquista de los Saud, fue un emirato independiente gobernado por los descendientes de un célebre sufí marroquí.  La zona marcada como “Tihama” en el mapa es la llanura costera de la región de Asir.

El Najd (o Nechd) es un extenso desierto salpicado de oasis. En el desierto vivían los beduinos, las tribus nómadas de pastores, guerreros y comerciantes. Los oasis eran dominados por las tribus beduinas y, en algunos casos, por familias sedentarias sin lazos tribales fuertes, como era el caso de los Saud. El Najd es el corazón del reino saudí y del wahabismo, de su identidad política, religiosa y cultura, que se han impuesto sobre las más cosmopolitas regiones periféricas.

Finalmente, el Rub al-Jali es un inhóspito desierto de arena prácticamente deshabitado, donde ni siquiera los beduinos se atrevían a adentrarse. Hoy día es la principal región petrolera del país y del mundo.

La historia de Arabia Saudí es la historia del sometimiento de las tribus y de la conquista del Najd por una familia, los Saud; de la difusión de una ideología religiosa, el wahabismo; y de la expansión gradual del dominio de los Saud y los wahabíes hacia las demás regiones. La cultura y las tradiciones del Najd han acabado imponiéndose sobre el resto de las regiones del país, en un equilibrio frágil y tenso. Véamos como se sembraron las semillas de este proceso.

El primer emirato saudí (1744-1818)

En Movimientos de Reforma I contábamos como un clérigo reformista hanbalí llamado ibn Wahhab y Mohammed ibn Saud, el jefe de Diriyah, una aldea del Najd, establecieron una alianza político-religiosa a mediados del siglo XVIII. Diriyah era un pequeño asentamiento poblado por granjeros, comerciantes, artesanos, ulemas menores y esclavos. Probablemente los Saud habían sido el clan fundador del pueblo, según la historiadora Madawi al-Rasheed. Los Saud eran un clan de pequeños comerciantes y terratenientes, sin lazos fuertes con las tribus beduinas. Ejercían de emires de Diriyah, defendiéndola de las incursiones de las tribus beduinas hostiles, pero su autoridad no se extendía más allá del perímetro de la aldea. En ese sentido no se diferenciaban mucho de otros pequeños emiratos sedentarios, como por ejemplo los Banu Jalid de Hasa.

Ibn Wahhab, por su parte, era también miembro de una tribu sedentaria del Najd. Su familia se había dedicado tradicionalmente a la religión, pero no había amasado una gran fortuna a causa de ello. Como conté en su día, ibn Wahhab viajó a Medina, Hasa y Basora (Iraq) a proseguir su formación religiosa. Regresó a Uyaynah, el pueblo donde su padre ejercía de juez, y comenzó a predicar contra las innovaciones peligrosas (bidaa), como el culto a santos, y a insistir en la necesidad de rezar de forma comunitaria y pagar el impuesto religioso. Su excesivo celo en la aplicación de su versión de la sharía le hizo ser expulsado de su aldea. Pronto se asentó en Diriyah, que estaba a unos 60 km de distancia. Al parecer su fama ya había llegado hasta el oasis de los Saud, que vieron en el clérigo una buena oportunidad de afianzar su poder y ganar legitimidad. Recordemos que los Saud no tenían conexiones con el mundo beduino, y tampoco disponían de excesivos fondos para sostener un ejército y una administración.

Allí, en 1744, ibn Saud e ibn Wahhab establecieron su famosa alianza, en la que se repartieron las tareas: ibn Saud sería el líder de la comunidad, mientras que ibn Wahhab estaría a cargo de las labores religiosas. Se construyó una mezquita especial para el predicador y se obligó a hombres y niños a asistir a clases: los que no acudieran deberían pagar una multa y afeitarse la barba (la barba, recordemos, es uno de los atributos de los musulmanes píos). El cumplimiento de los preceptos wahabitas, al menos en los aspectos rituales y externos, cohesionó el emirato y le dotó de cierta identidad.

800px-first_saudi_state_bigLa expansión del primer emirato saudí. Fuente: Wikimedia

 Desde aquel momento, los Saud comenzaron un programa de expansión. La difusión de la doctrina wahabí les dotaría de legitimidad y proveería una importante fuente de ingresos gracias al zakat (impuesto religioso). Sin la doctrina wahabí, es difícil que los Saud hubieran logrado ampliar sus dominios de forma tan exitosa. Al fin y al cabo, existían numerosos emiratos mucho más ricos y poderosos, y con buenas conexiones con las tribus beduinas. El programa de los Saud e ibn Wahhab consistió en tratar de eliminar las antiguas solidaridades tribales y de clan, a favor de la adscripción a una doctrina religiosa rigorista que reportaba pingües beneficios, además de “purificar” Arabia de formas de religiosidad heterodoxas e imponer un estricto código de normas sociales.

Poco a poco, el mensaje wahabí y el poder de los Saud se fueron expandiendo. Primero fueron incorporados los hombres de los oasis cercanos a Diriyah, atraídos por el revigorizado discurso religioso y las promesas de paz y unidad; o tal vez asustados por las amenazas de incursiones de represalia. En todo caso, aumentó el poder recaudatorio de los Saud y con ello su capacidad de reclutar y sostener ejércitos. Ello le permitió someter algunas tribus nómadas, que a su vez se unieron de buen grado al emirato gracias a las perspectivas de botín en las incursiones contra los “pecadores” y las tribus y aldeas “desobedientes”.

El hijo de Muhammad ibn Saud, Abd al-Aziz, expandió el dominio de su familia hacia Riad, Qasim y Jarch. Los emires locales fueron incorporados, siempre que se comprometiesen a pagar el impuesto religioso a los Saud. Los predicadores wahabíes (llamados mutawain) se establecieron en los asentamientos sedentarios y continuaron difundiendo el mensaje religioso, que también había conseguido calar hondo en las tribus. Según algunos historiadores, el wahabismo había conseguido conectar a los habitantes nómadas y sedentarios del Najd de una forma inédita. Más tarde, los saudíes abandonaron los confines del Najd y se dirigieron a Hasa, poblada mayoritariamente por chiíes. Una vez dominada la zona, exigieron tributo a los emires de Qatar y Bahrain, que aceptaron asustados por las posibles represalias. Posteriormente, los saudíes decidieron adentrarse en el Hiyaz, conquistando Meca y Medina y destruyendo las tumbas del profeta y sus compañeros y numerosos santuarios, para prevenir a los musulmanes de caer en la idolatría y adorar a humanos en lugar de a Dios. Finalmente, consiguieron dominar Asir y se lanzaron a la conquista del Yemen, sin mucho éxito. Por el norte, se adentraron en la llanura mesopotámica y saquearon Kerbala (Iraq), ciudad santa del chiísmo. La consecuencia fue el asesinato de Abd al-Aziz en 1803 por un seguidor chií.

El éxito de la expansión saudí se debe, según al-Rasheed, a cuatro factores: La desunión y rivalidad entre los emires del Najd, que hizo que pudieran ser derrotados uno por uno. En segundo lugar, el descontento prevalente en algunos osasis, que permitió a los Saud incorporar a opositores y disidentes como “agentes”, acelerando la descomposición interna. En tercer lugar, la emigración o huida de algunas tribus nómadas a Siria e Iraq, ya fuera por temor a los Saud o por sequías que les hicieron buscar tierras más fértiles. Por último, y no menos importante, la popularidad del mensaje wahabí, que creó una base popular favorable a la conquista saudí antes de que esta se produjera.

SaudcasaLa casa de Saud. Los emires hoy mencionados son los que están señalados con los números del 1 al 4.

Sin embargo, las incursiones periódicas de los Saud sobre algunos territorios (para renovar la lealtad), acabaron alienando a la población local, harta del saqueo. La destrucción de las tumbas del profeta y sus compañeros, y el peligro que entrañaba que una secta disidente (porque eso era el wahabismo en principio) dominase los santos lugares, poniendo en peligro la seguridad de los peregrinos a La Meca y los ingresos derivados de ello, hicieron que en 1811 el sultán otomano enviase a Muhammad Ali (el pachá de Egipto) a someter a los saudíes y devolver el Hiyaz al control imperial. Varias tribus, descontentas con el afán recaudatorio de los Saud, cambiaron de bando y juraron lealtad a las tropas otomano-egipcias. En 1814 Abdula, hijo de Saud ibn Abd-al Aziz, y bisnieto de ibn Saud, quiedó a cargo del emirato saudí.

Ibrahim, el hijo de Muhammad Ali, dirigió la expedición contra Diriyah. El 11 de septiembre de 1818 los saudíes se rindieron, tras haber quedado su capital completamente destruida. Abdula fue mandado a Estambul, donde fue decapitada. Numerosos ulemas wahabíes fueron ejecutados. Terminaba así el que se ha conocido como “primer emirato saudí.”

Poco después, los descendientes de los Saud comenzarían una nueva aventura y restaurarían parcialmente los dominios de su familia.

Continuará…


Bibliografía básica recomendada

Madawi al-Rasheed, Historia de Arabia Saudí, Cambridge, 2003:
Una buena introducción a la historia del reino, por un historiador crítico y riguroso que no acepta la historiografía oficial saudí. Ameno y fácil de leer. Disponible en bibliotecas públicas. Tengo la versión en lengua inglesa en PDF, mandadme un mail en caso de que necesitéis leerla y no podáis haceros con un ejemplar.

Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto, Aguilar, 2006:
Crónica de las impresiones de la periodista española en sus sucesivos viajes a Arabia Saudí. Se centra más en la actualidad que en la historia del reino, pero es una muy buena fuente para conocer lo que se cuece hoy día por Arabia Saudí a través de las impresiones de sus habitantes. Disponible en bibliotecas públicas..

Los 6 errores de Turquía en Siria

Adaptación y traducción libre, sintetizada y resumida de un artículo de Sibel Oktay para The Conversation. (Artículo original). 

A raíz del atentado del aeropuerto de Estambul, la académica y analista Sibel Oktay reflexiona sobre la política exterior turca. En su opinión, Erdogan ha cometido 6 graves errores o pecados. La mayoría de ellos tienen que ver con la guerra civil siria. Para cotextualizar, en este otro artículo ofrezco un resumen detallado de la dimensión internacional del conflicto sirio.

En un principio, Turquía adoptó la que oficialmente fue conocida como la “política de 0 problemas con los vecinos”. (Explicación del Ministerio de exteriores turco). La idea inicial era aumentar la influencia turca en los Balcanes, el Cáucaso y el Oriente Medio árabe mediante una estrategia de disensión y relaciones amistosas. Esta estrategia tuvo cierto éxito, Siria y Turquía reabrieron sus fronteras y las familias de al-Assad y Erdogan pasaron juntos unas vacaciones.

assadLos Erdogan y los Assad, en feliz armonía. Fuente.

No hablaremos aquí de asuntos internos turcos, pero para el lector no familiarizado con Turquía que quiera saber más recomiendo buscar información sobre las protestas del parque Gezi, el ascenso y caída del movimiento Gülen y la aparición del HDP. Estos tres fenómenos son contemporáneos a lo que hoy veremos.

Entre 2009 y 2012, laestrategia “0 problemas” se vino abajo. Primero, Erdogan y el entonces presidente israelí Shimon Peres tuvieron una pequeña bronca en el Foro Internacional de Davos, tensiones que se agravaron cuando el ejército israelí interceptó la famosa Flotilla de la Libertad. Surgieron problemas poco después con Armenia y Azerbaiyán. La primavera árabe y el fin de Mubarak enfrío las relaciones entre Turquía y Egipto. Y finalmente, el inicio de la guerra civil siria en 2012 hizo saltar por los aires la retórica de los “0 problemas”. Erdogan vio en la represión violenta de al-Assad una línea roja, y comenzó a plantearse la posibilidad de apoyar un cambio de régimen. Aquí empezó la cadena de errores:

  1. Entrar en el conflicto. Turquía empezó a apoyar a las “facciones moderadas” (como el Ejército Sirio Libre) de la oposición a al-Assad. Al poco tiempo comenzó a suministrar armas también a grupos salafistas violentos cercanos a al-Qaeda, incluyendo el frente al-Nusra. El problema de dar armas y apoyo logístico a grupos sobre los que no ejerces un control sólido es que estos pueden perseguir agendas y estrategias opuestas a las tuyas y molestar a tus aliados.
  2. Subestimar al Daesh. Cuando Daesh se escindió de al-Qaeda en Irak el asunto pasó relativamente desapercibido, a pesar de los intereses económicos turcos en el norte de Irak. Cuando entraron en Siria no fueron percibidos como una amenaza para las fronteras turcas, sino un contendiente más en la guerra contra al-Assad. Daesh capturó Mosul (Irak) en 2014, tomando como rehenes a medio centenar de trabajadores del consulado turco en la ciudad. Supuestamente, para garantizar su liberación, Turquía transfirió material de guerra al grupo terrorista, sin considerar que más tarde este material podría ser utilizado en su contra.
  3. No controlar la frontera con Siria. El país vecino estaba en caos. Era de esperar que, arovechando el vacío de poder, los distintos actores de la guerra siria, especialmente los islamistas, buscaran penetrar por la frontera norte y asentarse en suelo turco. Daesh en concreto se estableció en ciudades como Adiyaman, reclutando soldados para su guerra en Siria y organizando brutales atentados contra objetivos civiles. Sin embargo, Otkay olvida mencionar aquí que millones de personas huían del conflicto. 3 millones buscaron refugio en Turquía, que vio su población aumentada en un 2,5%. Ante la dramática situación humanitaria, abrir las fronteras parecía una de las soluciones menos malas.
  4. Atacar a los kurdos. Ante la desestabilización de Siria y el fracaso del Ejército Siria Libre, los EEUU, uno de los principales aliados de Turquía, decidieron apoyar al YPG, la sección militante siria del PKK (principal partido kurdo y organización terrorista). Y es que su éxito frenando el asedio de Kobane les hacía aparecer como uno de los pocos grupos que podían oponerse efectivamente a al-Assad y el Daesh, sin el peligro de tomar una deriva salafista violenta. El problema aquí es que para el gobierno turco, las organizaciones armadas kurdas son una amenaza de primer nivel, dada la complicada y violenta historia de los últimos 30 años. De modo que Turquía, ignorando los designios de su aliado en la OTAN, centró sus esfuerzos militares en debilitar a los kurdos mediante ataques aéreos en lugar de luchar contra Daesh.
  5. Perder credibilidad ante EEUU. La lucha unilateral de Turquía contra los kurdos del norte de Siria, apoyados por EEUU, hizo dudar a los norteamericanos de la fiabilidad de su aliado. Empezaron a surgir voces criticando la política de Erdogan y acusándole de tibieza frente al Daesh. Las acusaciones (no demostradas) de connivencia y compra-venta de petróleo entre el gobierno de Erdogan y el grupo terrorista empezaron a parecer verosímiles en Occidente. Ankara comenzó a estar aislada internacionalmente.
  6. Enfadar a Rusia. Las relaciones entre Putin y Erdogan tocaron fondo cuando los turcos derribaron un avión ruso que, supuestamente, había penetrado en el espacio aéreo turco. Esto sucedió poco después de que Rusia decidiera intervenir activamente en el conflicto para apoyar a al-Assad y mantener su base en el Mediterráneo, lo que permitió al gobierno sirio ganar mucho terreno perdido. Las consecuencias del derribo del avión fueron un embargo ruso a las exportaciones turcas, sanciones económicas y dificultades en la concesión de visados y limitaciones en el turismo. Es decir, graves problemas para la economía turca.

Es fácil relacionar estos errores con la serie de atentados que se ha producido en Turquía en el último año y medio. En mi opinión personal, estos ataques también habrían podido producirse si Turquía se hubiera mantenido al margen de la guerra, no hubiera intercambiado armas por rehenes o hubiera controlado de forma más firme la frontera con Siria.

En todo caso, el atentado del aeropuerto de Estambul pone en serias dificultades al gobierno turco, que ve peligrar el sector turístico. Aislada internacionalmente y sin los ingresos y el empleo del turismo, los problemas internos de Turquía podrían amenazar la hegemonía de Erdogan y el AKP. En ese sentido, Turquía ha dado un par de pasos destinados a mejorar su situación diplomática.

  1. Erdogán ha pedido disculpas públicamente por derribar el caza ruso. El gobierno turco espera así normalizar las relaciones con su vecino, recuperar los lazos económicos y relanzar el sector turístico.
  2. Israel y Turquía han reabierto relaciones diplomáticas con un acuerdo firmado recientemente. Ambos gobiernos intercambiarán embajadores, Israel compensará económicamente a los familiares de los turcos fallecidos en el ataque a la flotilla, y las ONGs turcas serán autorizadas a llevar ayuda humanitaria a Gaza.

Todo parece que Turquía intenta abandonar su agresiva política exterior de los últimos años y volver a la dinámica de “0 problemas”. Sus relaciones con Rusia dependerán en última instancia de su rol en Siria, aunque los últimos acontecimientos parecen indicar que las tensiones se relajan. El tiempo dirá si esto es un verdadero cambio de rumbo en la diplomacia turca, o si Erdogán proseguirá con su programa otomanista e intransigente.

Movimientos de Reforma (II)

En este artículo veremos lo que pasó en los países no colonizados durante el siglo XIX y la primera mitad del XX. Nos centramos en el surgimiento de una nueva corriente política, el modernismo laico.

El modernismo laico (1798-1952)

Siglo XIX. Época de la colonización europea.  Los habitantes de Oriente Medio, en su mayoría musulmanes, se preguntaban qué podían hacer ante la superioridad técnica y militar de los occidentales. Una de las respuestas, como vimos en la entrega anterior  fue ignorar a los extranjeros e intentar volver a un pasado dorado idealizado, reinventando la religión islámica y eliminando sus aspectos más heterodoxos, como por ejemplo las cofradías sufíes. Esta actitud, sin embargo, solo servía para territorios relativamente aislados y alejados de los europeos (Arabia), o para aquellas clases y sectores sociales de los pueblos sometidos que no necesitaban interactuar con los administradores coloniales y se podían permitir ignorarlos (los Deobandis en el Industán). Las  élites políticas y económicas, por el contrario, veían mermar su influencia y su poder ante el empuje de los europeos, y se pusieron a buscar soluciones. Una de ellas, la más extendida y exitosa, fue lo que los historiadores han denominado “el modernismo laico”.

 El modernismo laico no es una ideología cohesionada y coherente, pero tiene patrones comunes. Grosso modo, aboga por separar la religión del gobierno, y suele inspirarse en modelos políticos y económicos europeos. Los pensadores modernistas laicos, por lo general, aspiraban a que sus pueblos se independizasen de las potencias coloniales, pero al mismo tiempo admiraban a los europeos y pensaban que sus sistemas constitucionales y parlamentarios eran la mejor garantía para la libertad, la independencia y el autogobierno. Estos intelectuales eran, la gran mayoría de las veces, hijos de la nueva clase media-alta de militares y burócratas que había emergido durante el siglo XIX. Trataron de elaborar teorías y símbolos nacionalistas en regiones donde esta tradición política no había llegado a desarrollarse. Paradójicamente, muchos acabaron tan asimilados a la cultura europea que se desconectaron de la realidad de sus países de origen.

Las transformaciones políticas en Oriente Medio durante el último cuarto del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX fueron lideradas por los modernistas laicos. Por ello, en este artículo no analizo en profundidad las ideas modernistas laicas, sino que me centro en el surgimiento de una nueva clase media-alta “modernizante” que poco a poco se impuso, para ser sustituida más tarde por una clase media-baja de militares y burócratas. Para no extenderme hasta el aburrimiento he decidido centrarme en los cuatro países más importantes donde el modernismo laico se hizo con el poder: Turquía, Irán, Egipto e Indostán.

No obstante, este artículo es largo (casi 5.000 palabras), de modo que te aconsejo que respires y te lo tomes con calma. Para facilitar la lecura y permitir retomarla con facilidad he dividido el texto en muchos apartados.

 1908-mesrutiyetPostal celebrando la revolución constitucional de los Jóvenes Turcos (1908). Wikimedia

 

Modernización y constitucionalismo (1800-1919)

 A principios del siglo XIX, los gobernantes de Oriente Medio veían cómo iban perdiendo terreno frente a las potencias europeos. ¿Cuál era el secreto de su éxito? Parecía necesario fijarse en Europa, sobre todo en su organización militar y burocrática. Durante las primeras décadas del XIX, los reyes y sultanes de la región recibían asesores militares occidentales, y a su vez enviaban a sus jóvenes burócratas a Europa, a intentar descubrir el motivo de su superioridad militar y económica. A medida que Oriente Medio y los países árabes iban siendo colonizados, surgía en los gobernantes de las zonas que quedaban independientes la necesidad de equipararse técnicamente a los europeos, emprendiendo lo que los historiadores denominan modernización defensiva, o mucho más eufemísticamente, “reforma”. [1] Esta modernización defensiva se centró inicialmente en el ejército, aunque en algunos casos se llegó a extender a la burocracia, el sistema educativo y la economía.

 La intervención francesa en Egipto en 1798 hizo saltar todas las alarmas. Los ejércitos tradicionales, los jenízaros otomanos y los mamelucos egipcios, habían sido incapaces de hacer frente a los europeos. Ambos cuerpos militares, que habían ejercido enorme influencia en la política interna de sus países, funcionaban de forma parecida: estaban integrados por “esclavos” reclutados desde niños, que solo eran leales al sultán y, sobre todo, a sus camaradas. Durante el siglo XIX el imperio Otomano y Egipto fueron sustituyendo este sistema por un ejército nacional de reclutas nativos, al estilo europeo.  Paralelamente, trataron de ampliar la estructura del estado, impulsando el centralismo frente a las tradicionales élites regionales.

 Muchos de los jóvenes oficiales y burócratas, hijos de la clase alta, que viajaron a Europa (sobre todo a París y Londres) quedaron fascinados por lo que vieron y, a su vuelta, defendieron activamente la necesidad de emular y aprender de los europeos, sobre todo en lo que a organización política y militar se refería. En los países no colonizados, como Irán y Turquía, los intelectuales burgueses soñaban con limitar el poder de las monarquías estableciendo sistemas parlamentarios y constituciones liberales que permitiesen a sus países salir del atraso secular en el que, según ellos, se encontraban.

 Mientras tanto, los reyes y sultanes de Oriente Medio, abandonaban los símbolos tradicionales de sus monarquías y copiaban las modas europeas, en un intento infructuosos de mostrarse como iguales a sus homólogos occidentales. Ávidos de capital para poder llevar a cabo sus programas de modernización defensiva, concedían capitulaciones y abrían sus mercados a los productos europeos, lo que causaba la ruina de la industria y artesanía locales. Los terratenientes, a su vez, reconducían la producción agrícola hacia el monocultivo destinado la exportación (mucho más rentable a corto plazo), lo que a su vez aumentaba la dependencia y la relación desigual entre los países de Oriente Medio y las potencias coloniales, y en ocasiones facilitaba la conquista militar. He narrado el proceso con mayor detalle en La colonización europea de Oriente Medio.

 3 shahs
Evolución de la estética de los shahs de Persia entre 1798 y 1881. Véase Especial Irán (1).

 

 Imperio Otomano

El primer lugar donde el reformado ejército trató de imponer sus ideales constitucionales fue el imperio Otomano, donde formaron una organización secreta conocida como Nuevos Otomanos, el antecedente de los jóvenes turcos. En 1876, organizaron un pronunciamiento que obligó al sultán a aprobar la Primera constitución Otomana, para la indignación de los ulema y los conservadores, aunque dos años después sería suspendida por el sultán y sus promotores encarcelados o exiliados.

 Uno de los principales ideólogos de los Nuevos Otomanos fue Namik Kemal (1840-88) Este autor, muy influido por la filosofía francesa, tradujo al turco a Montesquieu y Voltaire y admiraba profundamente a los revolucionarios italianos Garibaldi y Mazzini. Junto con muchos otros intelectuales otomanos, Namik Kemal pasó largas temporadas en el exilio, donde publicó duras críticas contra el gobierno del sultán. A pesar de su admiración por las ideas europeas, Kemal se declaraba musulmán y consideraba que un islam revitalizado debía formar la base de la sociedad y el gobierno, y trató de expresar las ideas de la Ilustración a través de términos islámicos. El islam, para él y otros de su generación era, una especie de “ideología de autenticidad nacional, más que la observancia disciplinaria de una serie de ritos; una especie de nacionalismo cultural que aún hoy pervive”.[2]

 En 1908, un grupo de oficiales y burócratas herederos ideológicos de los Nuevos Otomanos, los Jóvenes Turcos (oficialmente llamados Comité de Unión y Progreso, CUP, no confundir con el partido catalán), lideraron un movimiento revolucionario con la intención de restaurar la Constitución de 1876. Uno de sus objetivos era acabar con las capitulaciones que convertían al imperio en una semi-colonia, recuperando así el respeto de las potencias europeas y convertiéndose en “el Japón del Próximo Oriente”. Entre 1908 y el inicio de la Primera Guerra Mundial se sucedieron las intrigas militares, golpes y contragolpes, acusaciones de fraude electoral y, especialmente, las crisis en las fronteras occidentales del imperio otomano, las famosas Guerras Balcánicas  que antecedieron la Primera Guerra Mundial.

 800px-greek_lithograph_celebrating_the_ottoman_constitutionPostal griega de 1895 conmemorando la constitución de 1876. A la izquierda, el pueblo y las banderas de los distintos millets (regiones): los verdes son árabes, los rojos turcos y los azules, cristianos de Rumelia. El ángel porta un cartel con el eslogan “libertad, igualdad y fraternidad”. Namik Kemal es el personaje del centro a la derecha, el único que no lleva el fez (gorro rojo). Wikimedia

Egipto

Quizá el ejemplo perfecto de la progresión modernización defensiva-dependencia-invasión colonial sea Egipto: Mehmet Ali (que hacia 1811 había desmantelado el sistema mameluco) y sus sucesores decidieron industrializar el país rápido y a lo bruto, creando fábricas estatales -y a menudo deficitarias- de textil y otros productos, construyendo infraestructuras (ferrocarril, telégrafos), pidiendo préstamos a bancos occidentales, y cambiando la agricultura al monocultivo de algodón para pagarlos.  Al igual que en Irán, el apoyo de las potencias europeas (en este caso Francia y Gran Bretaña) se convirtió en uno de los pilares de la dinastía.

En 1875 el estado egipcio entró en bancarrota, y los acreedores europeos, con la connivencia del rey, impusieron una “troika” que gestionaba las cuentas, limitaba el gasto, y se apropiaba de buena parte del presupuesto. El ejército modernizado y la nueva burguesía terrateniente conspiraron para recuperar el control del país, en la llamada Revuelta de Urabi (1882).  Aunque, como aseguraba el cónsul alemán de la época, Urabi y sus aliados no tenían intención de romper con las potencias europeas (dado que se beneficiaban del comercio con ellos), Gran Bretaña invadió el país con la excusa de restaurar el orden, asegurar el pago de la deuda y controlar el Canal de Suez. Se quedaron allí hasta 1954, aunque hubo constantes revueltas anti-coloniales, como la “revolución” de 1919.

Irán

En Irán, el modernismo fue civil y burocrático, más que militar. Recordando el éxito del boicot al tabaco de 1896, que obligó al shah a cancelar unas concesiones que había hecho a los británicos, los modernistas persas, entre los que destacaba Ahmad Kasraví, organizaron una revuelta constitucional en 1905, aliados con un sector del clero. Sus fuentes de inspiración, además de los ilustrados europeos, eran dos acontecimientos recientes: la victoria japonesa ante Rusia, la primera vez que una potencia occiental era derrotada por un país asiático; y la revolución de la Duma rusa que forzó al zar a adoptar un sistema parlamentario. Sin embargo, el bando constitucionalista pronto se dividiría en facciones y perdería el apoyo de los ulema, temerosos de la deriva ilustrada y europeizante de sus antiguos aliados. Rusia y Gran Bretaña aprovecharon el desgobierno para invadir el país durante la Primera Guerra Mundial y dividírselo en esferas de influencia. Trato la época con más detalle en la segunda mitad de este artículo.

Indostán

En los territorios colonizados, los modernistas laicos como Sayyid Ahmad Khan, al que he dedicado un artículo en exclusiva, adoptaron el discurso de los europeos y trataron de mostrarse como únicos representantes legítimos de los musulmanes, a la vez que trataban de limitar el poder de los ulema y restringir la religión a un ámbito privado. La principal preocupación de las élites musulmanas de los territorios colonizados fue defender sus intereses frente a la estrategia de “dividir y gobernar” que seguían las potencias coloniales. Británicos y franceses solían privilegiar a minorías étnicas y religiosas como los asirios, los drusos o los judíos, que estaban sobrerrepresentados en la administración colonial nativa frente a los musulmanes, la comunidad mayoritaria. En el Industán, donde eran minoría, trataron de demostrar su superioridad militar e intelectual frente a los hindúes, que estaban siendo favorecidos.

diagrama

 De imperios a naciones: el modernismo nacionalista (1919-1955)

Las cuatro décadas que siguieron al fin de la primera Guerra Mundial estuvieron dominadas por el modernismo laico. El antiguo liberalismo pro-occidental de la aristocracia fue sustituido por el nacionalismo.Turquía e Irán se libraron de la colonización directa. Como hemos visto, ambos países experimentaron revoluciones constitucionalistas en la primera década del siglo XX. Ambos participaron en la Primera Guerra Mundial; Turquía como contendiente e Irán como simple teatro de operaciones. Durante los años 20, tanto en Irán como en Turquía se producirían cambios de régimen: las monarquías y la nobleza “occidentalizante” serían sustituidos por gobiernos modernistas y nacionalistas. Las nuevas élites no provendrían de la clase media-alta ligada a la realeza, sino de la media-baja. En Egipto, un proceso similar tuvo lugar durante los años 50; y en Indostán.

 Turquía

Durante la primera Guerra Mundial, el imperio Otomano perdió los países árabes (el Levante Mediterráneo e Irak). Sin embargo, Anatolia no fue conquistada por los Aliados. Los Aliados ocuparon Estambul en 1918, forzando al sultán a firmar un tratado de capitulación. Los Jóvenes Turcos y otros grupos organizaron un movimiento parlamentario de resistencia con sede en Ankara. Durante cinco años, lucharon contra los Aliados y los griegos (la llamada Guerra de la Independencia Turca), y en 1923 los jóvenes turcos les forzaron a firmar el Tratado de Lausana, que entre otras cosas supuso la deportación forzosa de millares de turcos y griegos para alcanzar una hipotética (y falsa) pureza étnica territorial, una de las consecuencias del principio de autodeterminación nacional defendido por el presidente americano Woodrow Wilson.

 Los detalles y las vicisitudes específicas las dejamos para un artículo futuro sobre la historia de Turquía. Quedémonos con lo básico: En la defensa del corazón del imperio se destacó un oficial de los Jóvenes Turcos llamado Mustafá Kemal, al que más tarde se conocería como Atatürk. Atatürk y sus seguidores decidieron abolir la monarquía otomana, el Califato, y expulsar a la antigua élite del país. En 1924 Mustafá Kemal se convertiría en el primer presidente de la República de Turquía


Canción en ladino (dialecto sefardí) sobre la defensa de los Dardanelos, agradeciendo a Mustafá Kemal la victoria frente a los Aliados. Se entiende perfectamente si eres castellanoparlante.

Atatürk fundó un partido, el CHP (en castellano: Partido Republicano del Pueblo)  desarrollaron una ideología, el Kemalismo, centrada en la modernización y “turquificación” del país y la superación del pasado imperial. Los seis principios kemalistas, definidos en el tercer congreso del partido en abril de 1931, eran Republicanismo, Nacionalismo, Populismo, Estatismo, Laicismo y Revolucionismo/reformismo.  La constitución de 1924 fue reformada en 1937 para incluir estas seis máximas.Los kemalistas, procedentes de los sectores medios de la burocracia y el ejército, emprendieron una intensa reforma de la administración y trataron de sustituir la difusa identidad “otomana” por un nacionalismo turco. Aparte de prohibir el velo y el fez (gorro típico), sustituyeron el alfabeto arábigo por una adaptación del latino y depuraron el lenguaje de “arabismos”, “persianismos” y otras “impurezas”.

El nuevo régimen no trató especialmente bien a las minorías étnico-religiosas que no encajaban en su definición de “turquedad”, como los kurdos o los armenios. A pesar del proclamado laicismo de la nueva República de Turquía, el estamento religioso, los ulema sunníes, fueron discretamente incorporados en la administración estatal y fueron un importante actor en el proceso de homogeneización étnica, lingüística y cultural que pretendían los kemalistas. Al inicio de la segunda guerra mundial, Turquía era una república presidencialista laica, cuyos habitantes se vestían a la occidental y utilizaban caracteres latinos.

cumhuriyet_halk_partisiLogo del CHP con las 6 flechas representando los principios del Kemalismo.

Irán

En Irán, la dinastía Kayar fue sustituída por la de los Pahlaví, cuyo fundador fue un militar, Reza Jan. Jan admiraba cómo Atatürk había conseguido asegurar la independencia de su país, así que trató de hacer algo similar. Para tranquilizar a los sectores tradicionales, no proclamó una república tras deponer al último shah Kayar, sino que él mismo se entronizó. Al igual que Atatürk, Jan trató de difundir una ideología centrada en el nacionalismo por encima de la identidad religiosa. El propio nombre que dio a su dinastía evoca la época pre-islámica. Reza Jan se empleó a fondo en ampliar la estructura del Estado, mejorar su capacidad recaudadora y eliminar competidores; fundamentalmente las tribus nómadas y los clérigos chiíes, los ulama.

Los nómadas fueron obligados a sedentarizarse; y los ulama pasaron a ser supervisados por el Estado: solo aquellos clérigos que pasasen un examen y cumpliesen una serie de regulaciones podían llevar turbante y ejercer su profesión. Además, inició una campaña de “persianización”, tratando de eliminar los dialectos túrquicos que hablaba el 40% de la población. Y por supuesto, prohibió el velo, lo que irónicamente hizo que muchas mujeres tradicionales no volviesen a salir de su hogar.

El objetivo de Reza Jan era crear un Estado fuerte e independiente, pero sus coqueteos con los alemanes en la segunda Guerra Mundial hicieron que el país fuera invadido por los británicos y los rusos, que depusieron a Reza Jan y coronaron a su hijo, menor de edad. La constitución de 1906, suspendida por Reza Khan, volvió a entrar en vigor, hasta que en 1953 el nuevo monarca, apoyado por un sector del ejército, la CIA y el MI6, organizara un golpe de Estado para deponer al presidente Mosadeg, que había osado nacionalizar el petróleo iraní. Lo cuento con algo más de detalle al final de este artículo y el principio de este).

 Egipto

En 1922, en línea con el espíritu de la Sociedad de Naciones, los británicos abolieron el protectorado y concedieron a Egipto una independencia muy limitada, donde la defensa y el control de los recursos seguían en mano de los invasores. Los nacionalistas egipcios, que habían sido encarcelados y exiliados por su oposición a la presencia inglesa, volvieron al país y se prepararon para redactar una constitución. Los años 20 estuvieron dominados por Zaghlul y el partido Wafd, una unión de burgueses y terratenientes de ideología modernista laica. Las mujeres del Wafd, como Huda Sharawi, fueron pioneras del feminismo árabe, las primeras mujeres de clase alta en quitarse el velo en  (las campesinas y obreras no solían ir veladas) y participar en manifestaciones. El “experimento liberal”, como lo califica la historiadora egipcia Afaf Lufti, duró tres décadas. Durante esos años, continúo la transición al monocultivo y la integración de Egipto en la economía mundial. La resolución de los problemas sociales (superpoblación) se postpuso hasta que se consiguiese firmar un tratado satisfactorio con los ingleses. Las clases dirigentes, por muy nacionalistas que fuesen, se vieron atrapadas en la contradicción de depender económicamente de los británicos y de haber asimilado los gustos occidentales. Las tensiones entre el Wafd, la monarquía, los británicos y los demás partidos de la oposición marcarían el periodo. Durante la Segunda Guerra Mundial se incrementaría la presencia de tropas británicas, con el consiguiente malestar que ello generó en la población.

En 1948, el Egipto liberal del rey Faruq, junto a los demás países árabes, declaró la guerra al recién creado Estado de Israel. La operación fue un rotundo desastre, con escándalos de corrupción incluídos. Al mismo tiempo, sirvió de campo de entrenamiento para los jóvenes oficiales del ejército egipcio, y para unidades para-militares no afiliadas al gobierno que tras la guerra de Palestina organizarían una guerrilla anti-británica en Suez (algunas de estas milicias eran organizaciones islamistas, cercanas a los Hermanos Musulmanes; otras eran nacionalistas).

Los jóvenes oficiales del ejército egipcio, al igual que sus homólogos otomanos medio siglo antes, se organizaron en una sociedad secreta, el Movimiento de Oficiales Libres, en el que destacaban Nasser y Sadat.  La mayoría de miembros de esta organización provenían de las clases medias-bajas, y su bienestar económico no dependía del comercio colonial, sino de los presupuestos del Estado, de modo que eran abiertamente anti-británicos.Ante el descrédito de la monarquía y el Wafd, y en un clima muy tenso tras el incendio del Cairo de 1952, decidieron dar un golpe de Estado y derrocar a la monarquía. El nuevo régimen sería nacionalista y laico, para descontento de los pan-islamistas Hermanos Musulmanes. Sin embargo, el gobierno de Nasser no adaptaría las tesis liberales de principios de siglo, sino que trataría de aumentar el peso del Estado en la economía nacional, tomando como modelo los países socialistas. Como buena autocracia de la postguerra, Egipto llevaría a cabo programas de seguridad social, educación pública, industrialización y demás medidas modernizadoras, que he explicado en La construcción del Estado postcolonial.


Especial informativo británico sobre el incendio de El Cairo en 1952

Indostán

Durante los años 20 y 30, los sucesores de Sayyid Ahmad Khan educados en la academia de Aligarh abandonaron la política conciliatoria de sus mayores y decidieron enfrentarse decididamente al gobierno colonial.  Hace unos años, en 2013, escribí en Facebook un resumen de la vida de un activista de la época. Rescato el texto, pues resulta interesante y me evita tener que volver a narrarlo todo. Disculpad el tono distendido y las expresiones coloquiales:

<<Muhammad Ali Jouhar,
sobre el que no hay nada de información disponible en internet en español, fue uno de los más simpáticos agitadores de todos los tiempos. Estudió de jovencito en la madrasa de Deoband y en Aligarh College (dos de las más prestigiosas instituciones educativas de la comunidad musulmana de la India) y obtuvo un BA en Historia Moderna en la Universidad de Oxford (en su etapa universitaria era un fiestas “occidentalizado”, aunque nunca renegó de su religión). De vuelta al subcontinente trabajó brevemente para el gobierno colonial y en 1911 fundó un periódico en inglés (The Comrade) y otro en Urdu (Hamdard), desde donde se dedicó a poner a caldo a los británicos (él solito escribía todo el contenido de ambas publicaciones). Fundó la Jamia Millia (universidad nacional Urdu) y colaboró en la mejora del Aligarh College.

Estuvo involucrado en movimientos políticos desde edad temprana, y aparte de ser uno de los miembros fundadores de la Liga Musulmana de la India, fue uno de los no muy numerosos musulmanes del Congreso Nacional Indio. Cuando finalizó la Primera Guerra Mundial empezó una campaña muy activa en sus periódicos para que los británicos respetaran la institución del Califato, que tanto significaba para los musulmanes del mundo por ser el último reducto de poder temporal islámico (ya se sabe, los Otomanos perdieron la primera guerra mundial). No le hicieron ni caso, así que decidió pasar a la acción y con su hermano y otros colegas decidieron pasar a la acción. Es el comienzo del “movimiento del califato” o “Khilafat Movement”.

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Muhammad Ali Jouhar.


Durante cuatro años, los musulmanes y los hindúes de la India se unieron para desafiar al poder colonial de forma “no-violenta” (es un decir, porque hubo violencia, pero la idea era esa); los hindúes reclamando independencia política, los musulmanes exigiendo respeto al islam y el fin de los mandatos franco-británicos en Siria, Palestina y Mesopotamia. Gandhi y Muhammad Ali eran amigos muy cercanos, y juntos trabajaron para que el entendimiento interconfesional fuera próspero y provechoso. Ali y su hermano estuvieron numerosas veces en la cárcel (¡muchas más que Gandhi!) y eran considerados individuos muuuy peligrosos por el régimen colonial.

Las cosas iban bien hasta que un tal Atatürk decidió cargarse la institución del Califato por su cuenta, sin escuchar las desesperadas peticiones de los musulmanes indios. Años de esfuerzo fueron en vano, y la comunidad islámica se sumió en gran confusión. Los enfrentamientos comunales se reanudaron y todo volvió a ser un asco. Pero al menos durante cuatro años los indios adquirieron conciencia “nacional”, olvidaron las disputas religiosas y colaboraron entre sí, poniendo en jaque al gobierno colonial británico. Fue bonito mientras duró.

Ali y Gandhi siguieron siendo buenísimos amigos, a pesar de todos los malos rollos entre hindúes y musulmanes. Hasta el final de sus días intentaron luchar por la convivencia, el entendimiento y la cordura, aunque con menos fuerza a medida que iban envejeciendo y la situación se iba complicando. Ali Jouhar me cae especialmente bien porque era un señor que no tenía pelos en la lengua. Puede que no siempre tuviera razón, pero hablaba sin cortarse un cacho y siendo siempre sincero. Y sin hipocresía, y con realismo. Además, tenía bastante sentido del humor, no era en absoluto un fanático y era cabezón como él solo. Todo el mundo habla de Gandhi, pero este tío fue tan importante en la política India como el bueno de Mahatma, y de hecho no podría entenderse el pensamiento y la vida de Gandhi si no fuera por Ali.>>

Durante los años 40, las tensiones comunales entre musulmanes, sijs e hindúes, hábilmente explotadas por los británicos, fueron en aumento. La Liga Musulmana y el Congreso Nacional Indio se mostraron muy intransigentes a la hora de negociar la independencia. Los modernistas laicos musulmanes demandaron la creación de un estado propio para los musulmanes del Indostán, y los británicos, que tenían prisa por irse, dividieron el país y dejaron a sus habitantes las labores de construcción estatal y movimientos de población. El resultado fue una de las mayores crisis de refugiados de la historia de la humanidad, con millones de desplazados y muertos.

¿Por qué los musulmanes laicos decidieron apoyar la partición, mientras que los tradicionalistas no? El asunto es muy complejo y tiene muchos matices, pero la interpretación que más me convence es la que expuse brevemente aquí: la Liga Musulmana no quería perder sus privilegios, y temía que una India independiente con mayoría de hindúes les relegase a un plano secundario. El sistema electoral establecido por los británicos, que dependía de la adscripción religiosa, favorecía a los musulmanes. Un sufragio universal indpendiente de la religión en un hipotético Indostán unificado independiente perjudicaba seriamente a la Liga Musulmana. Por eso, pese a que sus ideales fuesen laicos, defendieron la creación de Pakistán, un hogar nacional para los musulmanes del Indostán donde, según su primera constitución, no se discriminaría a nadie en función de su religión.

Tras la independencia de Pakistán, la Liga Musulmana entró en declive. Muchos de sus líderes habían decidido quedarse en la India y no emigrar. Los que se desplazaron a Pakistán perdieron el contacto con su clientela tradicional y su influencia se desvaneció. Pronto, el ejército tomaría las riendas del país. Y poco a poco, los ulema, los islamistas de nuevo cuño y todo tipo de organizaciones islámicas irían ganando importancia en la política pakistaní.

Resumen y conclusión

Durante el siglo XIX, los reinos e imperios de Oriente Medio trataron de resistir el impulso de los europeos aplicando lo que se ha llamado “modernización defensiva”. Esta modernización consistía en reformar el ejército y la burocracia de forma que se asemejasen a los modelos occidentales. Los jóvenes de clase alta de Oriente Medio que iban a estudiar a Europa adoptaron y asimilaron la ideología predominante entre las élites europeas: el liberalismo y el constitucionalismo. Entre 1876 y 1908 tuvieron lugar una serie de movimientos protagonizados por esta aristocracia europeizada, algunos de ellos fueron exitosos y países como Irán o Turquía adoptaron monarquías constitucionales.

Tras la primera guerra mundial, surgió una nueva clase media en los países que habían llevado a cabo “reformas” a la europea. Se trataba de las capas medias de los nuevos ejércitos nacionales y del creciente sistema burocrático. Estos sectores no se beneficiaban directamente del contacto con Occidente o de la dominación colonial (como sí lo hacía la aristocracia), de modo que trataron de restringir la influencia extranjera. Creían que para expulsar a los europeos había que ser, paradójicamente, como los europeos, y desprenderse de toda la tradición y elementos superfluos del pasado imperial. Para ello, decidieron abolir o transformar las monarquías, lo que hacía preciso una ideología potente que las sustituyese. Esa ideología fue un nacionalismo europeizante que trataba de atenuar la influencia islámica, percibida como medieval y atrasada, e integraba elementos nuevos importados de Occidente (códigos civiles, burocracias centralizadas, educación reglada obligatoria).

En Irán y Turquía, el nacionalismo laico se hizo con el poder durante las primeras décadas del siglo XX. En Egipto y otros países árabes sucedió un fenómeno parecido tras la descolonización. No obstante, tras la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, los nacionalismos autocráticos ya no estaban tan de moda. En este caso, la ideología dominante fue el socialismo panárabe. Los líderes de los años 60, ya fueran afiliados al partido Baath (Siria e Irak) o independientes (Gadafi en Libia y Nasser en Egipto) apelaban a la unidad de todos los árabes y a la superación de las diferencias comunales y sectarias. Aunque los líderes árabes se enmarcaban en el Tercer Mundo y el grupo de países no-alineados, también intentaron modernizar y occidentalizar sus sociedades. Y de paso, barrer políticamente a unos de sus competidores más importantes: los islamistas de los Hermanos Musulmanes.

Los programas de modernización-occidentalización impulsados por las instituciones del Estado acabó creando, poco a poco, lo que algunos autores (Houchang Chehabi, Tamim Ansary) han denominado una “sociedad dual”. Las élites y las nuevas clases medias (asalariados del Estado como funcionarios o profesores; empresarios que se beneficiaban del comercio con Occidente) adoptaron las formas culturales occidentales con entusiasmo. Las familias pudientes enviaban a sus hijos a estudiar al extranjero (especialmente a París); y a la vuelta los estudiantes traían influencias artísticas y literarias que trataron de adoptar a sus países de origen. Lo occidental tenía era considerado sofisticado, refinado y avanzado. Las formas artísticas y culturales tradicional eran consideradas arcaicas, anquilosadas e incapaces de ajustarse a los tiempos modernos.

Los que quedaban fuera de este proceso de modernización, el campesinado y las clases medias tradicionales (los comerciantes del bazar y los ulema), simplemente siguieron con sus vidas, inmunes a las influencias extranjeras. Algo similar sucedía en las ciudades del norte de África ocupadas por los occidentales, donde se distinguía entre la villa colonial, donde vivían los oficiales, diplomáticos y comerciantes occidentales y las élites locales occidentalizadas, y la Qasbah o Medina (el casco histórico), donde habitaban todos los demás.


Para saber más: Buena bibliografía introductoria.

Egipto:
· Afaf Lufti al-Sayyid Marsot, Historia de Egipto: de la conquista árabe al presente, Akal, 2008.

Turquía:
· Feroz Ahmad, The Making of Modern Turkey, Routledge, 2000. (Tengo copia en PDF si la necesitáis)

Irán:
· Ervand Abrahamian, A History of Modern Iran, Cambridge UP, 2008 (También tengo PDF)
· Niki Keddie, Modern Iran: Roots and results of Revolution, Yale UP, 2006. Hay edición en español, que se puede encontrar en bibliotecas públicas: Keddie, Raíces del Irán Moderno, Belacqua, 2006.

Oriente Medio en general
· Tamim Ansary, Un destino desbaratado, RBA, 2011.


Referencias

[1] Sobre el ambiguo concepto de “reforma” y “reformismo”, véase Especial Irán parte 5

[2] Sami Zubaida, Beyond Islam, pp. 134-135.