Fuentes primarias: La expulsión de María Rosa Baeza y su hijo Juan Jiménez de Larache, 1888

Os ofrezco la transcripción de varias fuentes primarias relacionadas con la expulsión de una madre y su hijo de la ciudad marroquí de Larache a finales del siglo XIX. Los documentos están extraídos del Archivo General de la Administración. Esta es una selección reducida del expediente completo, que es algo más largo.

Para entender el contexto del texto, hay que tener en cuenta que los españoles residentes en Marruecos no estaban sujetos a las leyes marroquíes. Bajo el régimen de capitulaciones establecido en el Tratado de 1861 entre España y Marruecos, los españoles estaban bajo la autoridad de los agentes consulares, que podían decretar su expulsión. No obstante, estos agentes consulares no podían recurrir a la coerción física, lo que daba pie a todo tipo de situaciones. Nótese la dureza del vicecónsul Cuevas con los inmigrantes españoles en Marruecos, a quienes considera una turba de vagos y maleantes.

Despacho del vicecónsul español en Larache al enviado especial y ministro plenipotenciario de España en Marruecos, 6 de Agosto de 1888

Exc.mo señor.

Muy señor mío, V.E. conoce la clase de españoles que por desgracia para nuestro prestigio acude generalmente a Marruecos. Aparte de los empleados, de algunos comerciantes y contadas personas dignas de toda estimación, aparte de una que otra familia de honrados artesanos, nos vemos invadidos por un elemento social contaminado por la inmoralidad en palabras y en costumbres y por individuos de deplorables antecedentes. 

Semejante situación obliga a este viceconsulado a velar activamente con objeto de que ningún español se establezca o venga a Larache sin estar provisto de su documentación personal; para evitar y reprimir con severidad los desmanes de la borrachera y su inmediata consecuencia las riñas y los actos de conducta individual y para barrer por último de la Colonia española los perturbadores de su tranquilidad cuando después de reiteradas reincidencias viene a comprenderse no ser posible la enmienda. De no proceder así, de no mantener a los españoles de Larache bajo la idea de que sus excesos han de ser inmediatamente reprimidos, hubiera sido ya establecida en las huertas inmediatas y aún dentro de la ciudad la fabricación de moneda falsa y no pasaría semana sin que fuese necesario proceder gubernativa o judicialmente contra algunos culpables. Por fortuna los falsos monederos no han logrado hacer más que ligeros ensayos de su mala industria pues así que comprendieron que se estaban practicando ciertas indagaciones se apresuraron a ausentarse. 

Esas cuestiones de vecindad, esas peleas que acompañadas de gritos descompasados, insultos soeces, provocaciones procaces amenazas y hasta golpes, repetidas con alarmadora frecuencia y con ardor cada vez creciente, hace motivado la provicencia gubernativa por mi tomada de expulsar de Larache a la española María Rosa Baeza y Pro, natural de Manilva, viuda de Andrés Giménez Núñez; mujer al parecer buena e inofensiva, de aspecto inocente, pero provocativa y maldiciente, famosa en Tánger mismo tanto por su constante afán de escándalo como por otras razones de que tal vez ese Sr. Cónsul de España y aún la Misión Apostólica estén enterados. Semejante resolución no ha venido así de pronto, sino después de multitud de amonestaciones, advertencias y reprehensiones, cuantas veces este Sr. Vicecónsul de Portugal se ha visto precisado a acudir a mí para defender contra la María Rosa a la familia portuguesa de Ramón Patricio, a cuya esposa villanamente calumniaba en su honra.

En la propia medida de expulsión estaba comprendido un hijo de la misma mujer, llamado Juan Giménez Baeza de unos 18 años de edad. Este joven fue echado por defraudador del molino harinero de esta localidad y convertido hoy en consumado vago, pasa su vida contrayendo deudas y bebiendo por veces hasta llegar a embriagarse. De aquí repetidos emplazamientos y severas advertencias en este Viceconsulado. Además, el hecho de ser algo tonto le conduce a la manía fomentada por su madre de querer galantear a cuantas señoritas europeas hay en Larache, a las cuales dirige a veces cartas saturadas de necedad y cuanto su lado pasa las dice por vía de requiebro ciertas expresiones indecentes. También repetidas veces he tenido que amonestarle por estas causas. La enmienda ha sido siempre irse a la calle y allá vociferar amenazando con matarme a mí y a otras personas. Hace pocos días dirigió una de sus sucias frases a cierta niña. Hubieron de oírle unos primos de ella; le reprendieron, contestó él con insultos y hablando de puñales y pistolas y se armó un escándalo que una hora más tarde la madre renovó corriendo por las calles y dando desaforados gritos. 

En vista de esto y teniendo en cuenta además de lo acontecido, lo que pueda sobrevenir de dejar como otras veces impunes hechos de esta naturaleza, comprendí por ser indispensable alejar igualmente de aquí al Juan Giménez y en consecuencia me ajusté con el patrón de un falucho para que condujese a Tánger a la madre y al hijo.

El buque ha zarpado hoy a cosa del mediodía; pero sólo marchó María Rosa, porque su hijo, que andaba borracho por las calles desde ayer tarde, se fue a casa del Cadí; declaró querer volverse moro y al ser por aquí reclamado al Jalifa Caid Mohamed ben Abselam y Serbut, que tanto detesta a los españoles, me fue rotundamente negado por esta autoridad. 

De lo ocurrido con tal motivo daré cuenta a V.E. con despacho separado.

Larache, 6 de Agosto de 1888

[Firmado] Pedro de Cuevas

Carta del vicecónsul de España en Larache al Jalifa del Bajá de Larache, 6 de agosto de 1888

Si Mohamed ben Abselam Serbut, Jalifa del Bajá de Larache

Juan Giménez Baeza ha sido por este Viceconsulado condenado a ser expulsado de Larache con su madre María Rosa. Hoy se ha vuelto moro. El cambio de religión no borra la nacionalidad, y por tanto Juan Giménez es español. Yo os he reclamado a dicho individuo primero por medio de uno de mis soldados y luego por el intérprete José Gallego. Vos me habéis hecho contestar que esto depende del Cadí y el Cadí ha dicho que siendo moro el Juan ni quiere ni debe entregarle, y que para esto estáis vos. No he querido llamar en auxilio de mi autoridad a las tripulaciones de buques españoles surtas en este puerto, pues hubiera podido tener lugar un conflicto sangriento. 

Os escribo pues, instando a que como primera autoridad de la provincia con quien deben entenderse los Cónsules, me entreguéis inmediatamente al español Juan Giménez, y si os negáis a mi justa petición, os hago responsable de las consecuencias. 

Larache, 6 de Agosto de 1888

[Firmado] Pedro de Cuevas

Traducción al árabe de la carta del vicecónsul Pedro de Cuevas al jalifa del bajá de Larache

Respuesta del Jalifa del Bajá de Larache al vicecónsul de España en Larache, 7 de agosto de 1888

Traducción de una carta dirigida por el Caid Mohamed ben Abselam Serbut, Jalifa del Bajá de Larache al Vicecónsul de España en la misma residencia a veintisiete del mes de Dulcada del año mil trescientos cinco, (7 de agosto de 1888). 

Loor al Dios único. 

A mi amigo el atento caballero representante de los españoles, Cónsul Cuevas, el español, concédate Dios mucho bien y te bendiga. 

Recibí vuestro escrito referente al asunto del cristiano Juan el español y de su madre María mandados ambos expulsar por vos del pueblo, renegando luego el hijo de la referida mujer; y a que me enviásteis el soldado que está en nuestra puerta y luego el intérprete Sr. José, añadiendo que conteste que la cuestión estaba en manos del Cadí y que quisísteis enviar a todos los marineros de los buques españoles surtos en el puerto para que cogiesen a la fuerza (al Juan) y que después lo retirásteis por temor a un conflicto escribiéndome por lo tanto para decirme que yo soy el encargado del pueblo. Esto es lo que me decís. 

Os diré que de esta cuestión vos tenéis la culpa porque ese hombre se ha vuelto moro por nuestra causa por no haber encontrado en vos la verdad en sus asuntos y así renegó sin que nadie le obligase; además en tu misma religión el hombre es libre. Yo no tuve el conocimiento de que hubiese renegado hasta que nos mandásteis a los tripulantes de los barcos españoles autorizándoles a cogerle (a Juan) a viva fuerza. Era menester que antes de todo me lo comunicases y veríamos cómo arreglarlo todo en bien para que no resultase cuestión ninguna importante entre nuestros súbditos. Y la carta que me enviásteis la observo como prueba contra vos de cuanto hicísteis con los marineros que mandásteis de vuestra nación y con los judíos en las puertas del baño de los moros y se hubiera levantado un escándalo a no haberse encontrado allí gente nuestra de juicio. Esto mismo lo saben todos y lo tenemos por escrito, y lo prueba tu carta que me enviásteis, lo cual me basta y gracias a Dios por todo que salió así. 

Y la paz = escrito a 27 del mes de Dulcada de 1305. Firmado Mohamed ben Abselam Serbut. Guárdele dios

[Firmado] El Intérprete: José Gallego

Fragmento de la respuesta original en árabe

Despacho del vicecónsul español en Larache al enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de España en Marruecos, 12 de agosto de 1888

Excmo. Señor […]

El Caid Serbut continua sin querer entregar al español Juan Giménez. 

Parece que el proyecto de hacerse moro databa en este muchacho desde el día en que fue echado por defraudador del molino a vapor, inclinándole más a ello los pérfidos consejos de su madre y sus aficiones sodomíticas. La madre misma, la famosa María Rosa, había también tratado en dos distintas ocasiones de apostatar. La vez primera fue rechazada, pero la segunda sólo la entereza de su hija logró apartarla del tal intento. 

Dios Guarde a V.E. muchos años.

Larache, 12 de Agosto de 1888

Interrogatorio a Juan Jiménez Baeza en Tánger, 20 de agosto de 1888

Interrogado en este Consulado de España y de órden del Sr. Ministro, el español Juan Giménez, enviado a disposición de la Legación por el Vicecónsul en Larache, con oficio del 17 del actual, contestó: que al notificarle dicho Vicecónsul que iba a ser expulsado con su madre María Rosa Baeza, del distrito de Larache, se presentó a un moro de aquella ciudad, de oficio cafetero, llamado Aly, y después al Jalifa, Kaid Mohamed Serbout, manifestándoles su deseo de convertirse al mahometismo. Que dicho Kaid se mostró muy satisfecho de aquel deseo y le prometió recomendarle al Sultán para que le dieran huertas y casas, y hasta un mando en el Ejército. 

Que acompañado del citado Aly y de orden del mismo kaid, entró el Juan en el Santuario de Lala (Mimana? MInana?), patrona de aquella ciudad y en el que aparentó convertirse al mahometismo. Que acompañado después de una multitud de moros, lo llevaron al baño y después y precedido del mismo Kaaid Surbout y del Kadi de la misma población, lo instalaron en la misma casa que habitan las dos hijas del sultán en dicha ciudad, siendo objeto de toda clase de festejos y de atenciones por todos los moros, y especialmente por el Serbout y el Kadi; quienes le enviaban diariamente comida abundante y le visitaban con gran frecuencia. 

Que seis días después, y por temor quizás de que lo sorprendieran y se lo llevaran de dicha casa los españoles, lo envió el Kaid Serbout a la cárcel, a pesar de haberse opuesto el Kadí, permaneciendo allí encerrado y solo allí; algunos días y enviándole también la comida el mismo Serbout y el Kadí. 

Que seis días después, y sin haberle permitido comunicar con nadie, y menos con el barbero español Juan Gómez, que lo solicitaba con insistencia, se lo llevó a su casa el mismo Kadi, tratándole con toda clase de atenciones. 

Que el día diez y seis fue entregado al Vicecónsul, saliendo al siguiente día y de orden del mismo para Tánger, acompañado de un soldado.

Interrogado igualmente por las deudas que hubiera contraído el Giménez en Larache, contestó que sólo debía siete duros y catorce reales al hebreo Salomón de Plata, y ocho duros y catorce reales a Mordajay Gabay, a quienes di el oportuno recibo. 

Dándole después lectura de la lista de (defraudadores?) según aviso del Vicecónsul de Larache confesó esas deudas, con las alteraciones que aparecen al margen de dicha lista. 

Tánger, 20 de agosto de 1888

Deudas de Jun Jiménez con Abraham Benatuil

La revolución constitucional iraní (1905-1911)

1905. El sha de Irán, Mozaffareddín Shah Qayar, vuelve a su país tras su tercer viaje por Europa. El rey, que llevaba en el trono sólo una década, había comprometido las finanzas del Estado al concertar varios préstamos con acreedores rusos y británicos. Más que para mejorar la administración o la infraestructura del país, el dinero sirvió principalmente para pagar los gastos suntuarios del monarca, como el mantenimiento de su corte y sus estancias en varios balnearios de Europa, recomendadas por su médico personal. Para pagar sus deudas, había subido los impuestos y vendido concesiones de explotación de recursos (como el recién descubierto petróleo).

La presión fiscal, la penetración política y comercial de rusos y británicos y los abusos de poder de las autoridades aumentaron el descontento popular. Tras una vejación pública a dos mercaderes, varios miembros de los grupos sociales más influyentes en Teherán, los comerciantes y el clero, se organizaron y comenzaron una campaña de protestas y encierros en santuarios, una táctica que había dado resultado quince años atrás durante el movimiento contra la concesión del monopolio del tabaco a los británicos. Tras meses de tensión, y ante una capital desierta y bloqueada por los cierres, el rey se vio obligado a aceptar una monarquía parlamentaria como forma de gobierno.

Celebraciones tras la promulgación de la constitución. Fuente: Wikimedia

La revolución constitucional es recordada en Irán como una época de efervescencia política y cultural. Se multiplicaron los periódicos y publicaciones de todo tipo, además de las organizaciones políticas y artísticas. El movimiento revolucionario estaba integrado por distintos actores de la sociedad iraní, desde mercaderes descontentos con la situación económica y la injerencia occidental a jóvenes intelectuales que aspiraban a incorporar instituciones de gobierno representativas como las de algunas monarquías europeas, además de ayatolás críticos con los abusos del poder monárquico y mujeres que denunciaban las desigualdades y aspiraban a una educación y derechos políticos.

El primer parlamento, elegido por sufragio universal masculino a finales de 1906, se apresuró a redactar una constitución que limitaba y regulaba los poderes sha y ponía el poder legislativo en manos del parlamento, que también se reservaba el derecho de aprobar préstamos, concesiones económicas y la construcción de infraestructuras. La constitución establecía el chiísmo duodecimano como religión oficial del país e instituía la creación de un comité integrado por cinco ayatolás designados por el parlamento para garantizar que las nuevas leyes no entraran en conflicto con la doctrina islámica. El clero, económica independiente en Irán desde hacia varios siglos y muy activo en el movimiento constitucional, conseguía por primera vez poder político efectivo.

El sha Mozaffareddín, enfermo, procrastinó ratificar la constitución hasta prácticamente su lecho de muerte a principios de 1907. Su sucesor, Mohammad Alí Shah, no acató la nueva constitución y trató de acabar con el parlamento a través de coacciones y violencia. El caos se desató en Teherán, con disturbios, asesinatos políticos y una durísima represión. En junio de 1908, tras un intento de magnicidio, el rey organizó un golpe militar contra el parlamento. Tras bombardear el edificio y reducirlo a ruinas, los cosacos persas, al mando del coronel ruso Liájov, capturaron y ejecutaron a los supervivientes. Las noticias de la represión en Teherán se extendieron por el país

En Tabriz, capital del Azerbaiyán meridional y una de las ciudades más pobladas y desarrolladas, las milicias populares resistieron el asedio de las tropas reales hasta que fueron expulsados por los rusos, que ocuparon la ciudad con el pretexto de proteger las vidas y propiedades de los europeos. Los milicianos, que se hacían llamar fedayines o muyahidines, se dirigieron a la provincia de Guilán. Allí se les unieron varios grupos revolucionarios locales con los que emprendieron la marcha hacia Teherán. Mientras tanto, por el sur, una insurrección de los bajtiari conseguía expulsar al ejército real de Isfahán y avanzaba también hacia la capital.  En julio de 1909, los revolucionarios tomaron Teherán. El rey se refugió en la embajada rusa y su hijo Ahmad, de apenas once años de edad, fue proclamado sha por el segundo parlamento.

Alfombra conmemorativa de la revolución, actualmente en el Museo constitucional de Tabriz. Fuente: Wikimedia

Poco antes, Rusia y Gran Bretaña, las dos grandes potencias que en el siglo anterior se habían disputado el control de Asia Central durante el Gran Juego, habían firmado un acuerdo secreto en el que dividían Irán en zonas de influencia: el norte y el centro del país, incluyendo la capital e Isfahán, caerían bajo la esfera rusa, Baluchistán bajo la británica, y el sur y la costa del Pérsico serían una zona neutral. Por su parte, los otomanos, aprovechándose de la inestabilidad ocuparon algunas zonas del Azerbaiyán y el Kurdistán iraní hasta que fueron expulsados por los rusos en 1911. Tanto el Zar de Rusia como el Sultán Otomano, asediados por sus propios movimientos constitucionalistas (la revolución rusa de 1905, la revolución de los jóvenes turcos en 1908) tenían motivos para recelar del éxito político de los iraníes.

Mientras tanto, inspirados por el éxito de los japoneses en su guerra contra los rusos, los nuevos gobiernos trataron de reducir la influencia de las grandes potencias. Estados Unidos era entonces percibido entre los revolucionarios como una república moderna y neutral que podría actuar como contrapeso ante los poderes imperiales, Rusia y Gran Bretaña. En 1911, el parlamento iraní, siguiendo recomendaciones de Washington, decidió nombrar al funcionario estadounidense William Shuster como tesorero del Estado. Shuster organizó una policía fiscal, y para encabezarla propuso a un oficial británico. Esto enfureció a los rusos, que consideraban que cualquier cargo extranjero que actuase en su zona de influencia debía estar bajo su control, y amenazaron a Irán exigiendo que en adelante no podría nombrar asesores extranjeros sin el permiso de Rusia y Gran Bretaña. Tras un ultimátum ruso y el avance hacia Teherán de las tropas rusas acantonadas en el Azerbaiyán meridional, el gobierno del regente Naser al-Molk disolvió el parlamento y destituyó a Shuster.

Tropas rusas en Irán, 1911. Fuente: Wikimedia

El regente restauró la censura de prensa, mantuvo el parlamento disuelto y gobernó bajo la atenta supervisión de los rusos, que siguieron ocupando el norte del país, y los británicos, que comenzaban a disfrutar de los beneficios de la concesión de la explotación del petróleo en el sur del país, firmada en 1901 pero cuyos beneficios no se materializaron hasta 1913, cuando la Compañía Petrolera Anglo-Persa ( Anglo Iranian Oil Company) comenzó el refinado de combustible en Abadán.  Terminaba así la revolución constitucional, un periodo que pasaría a la memoria histórica iraní como una época de esperanza y transformación política aplastado por la intervención imperialista.

Su epílogo fue la masacre de Mashad en 1912, en la que las tropas rusas bombardearon y profanaron el histórico santuario del Imán Reza, matando a treinta y nueve personas e hiriendo a decenas y violando la santidad de un espacio tradicionalmente vetado a los no chiíes. El suceso causó indignación en Irán, y sería recordado como un humillante ejemplo de la sumisión del país al imperialismo ruso.

Detalle de una ilustración contemporánea de la masacre. Fuente: Biblioteca Nacional de Qatar
Foto de los daños sufridos por el monumento. Extraída de Rudi Mathee y Elena Andreeva (eds.), Russians in Iran: Diplomacy and Power in the Qajar Era and Beyond, p 164

Bibliografía:

Nikki Keddie, Modern Iran: Roots and Results of Revolution

Ervand Abrahamian, A History of Modern Iran

Rudi Mathee y Elena Andreeva (eds.), Russians in Iran: Diplomacy and Power in the Qajar Era and Beyond