Reseña: Sectarianization 0 – Introducción

Llevo más de un mes sin publicar nada. He estado ocupado con el trabajo y otros proyectos adicionales. Hoy voy a comenzar con la reseña de uno de los libros más importantes sobre Oriente Medio que ha salido en el último año. Me parece tan relevante, que os lo voy a resumir capítulo por capítulo a lo largo de una serie de artículos. Hoy empezaremos por la introducción.

Nader Hashemi y Danny Postel (editores), Sectarianization. Mapping the New Politics of the Middle East, Hurst & Co, 2017. 384 pp. ISBN: 978-18-4904-702-9

Introducción

Sectarianization es un libro necesario. Durante años, la comunidad académica especializada en Oriente Medio ha pasado por alto una narrativa que se ha popularizado en los medios de comunicación: la de un conflicto eterno entre suníes y chiíes. Acomodados en su torre de marfil, los expertos en la región, especialmente los historiadores, se han limitado a encogerse de hombros o mirar con desdén a los periodistas y opinólogos que, desde la prensa generalista, se han dedicado a propagar una serie de mitos erróneos sobre su región de estudios.

La tendencia es mundial. Tanto la prensa de habla inglesa como la española se ha regodeado en la explicación sectaria: es llamativa, es sencilla, y permite mostrar a los musulmanes como unos fanáticos religiosos que se matan por estupideces como la sucesión de Mahoma hace 1.400 años. Aquí tenéis un ejemplo de esta narrativa absurda, y aquí otro más (El Mundo), y otro más (ABC), y aquí podéis ver cómo El País tiene una categoría entera de noticias con el título “Conflicto suníes-chiíes” (donde meten todo lo que tenga que ver con terrorismo y Oriente Medio). El rasgo común de estas interpretaciones simplonas es llevar las diferencias al plano religioso y convertir pequeñas diferencias doctrinales en la causa de la violencia. No voy a comentar los artículos en detalle porque no sostienen un mínimo análisis, y porque he venido aquí a hablar de un libro.

Por suerte, hay voces sensatas como Martí Nadal, que argumentan que todo esto del conflicto sectario eterno no es más que un mito. En un artículo que escribí para Ágora, defendí una postura similar. Parece que los jóvenes analistas no nos conformamos con las lecturas simples que nos ofrecen en los grandes medios. En ese sentido, la publicación de Sectarianization es una gran noticia, pues nos ofrece ejemplos reales y contrastables, análisis e investigaciones en multitud de países por académicos reconocidos y de prestigio.

La tesis de la sectarización

¿Sectarianización? ¿Sectarización? ¡Vaya palabro raro que se han inventado estos académicos! ¿Cómo lo traducimos al castellano? El término escogido es chocante, sin duda, pero en el capítulo introductorio los editores del libro, Nader Hashemi y Danny Postel, explican su por qué. El carácter sectario de algunos de los conflictos del Oriente Medio actual es innegable, afirman. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, sino que es el resultado de un proceso de manipulación política por parte de las élites de la región que, incapaces de ofrecer una respuesta a los fracasos de su gestión autoritaria y corrupta, han avivado las llamas del conflicto sectario. Vamos, un “dividir y gobernar” de toda la vida mezclado con el inventarse un “otro” enemigo para dirigir las iras de la población hacia otros que no sean los gobernantes.

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Esta idea del conflicto sectario como un proceso contemporáneo ocurrido en las últimas décadas no queda clara con el término “sectarismo”, que parece aludir a un estado permanente, y de ahí la necesidad de acuñar un nuevo término. Esta idea, la del conflicto sectario como un proceso deliberado y rabiosamente actual, es la tesis fundamental del libro, un argumento mucho más convincente y preciso que el de un “antiguo conflicto religioso”.

Hashemi y Postel nosofrecen innumerables ejemplos de personalidades estadounidenses destacadas aludiendo a un supuesto conflicto inmemorial y eterno. Obama, Ted Cruz, Sarah Pailin, periodistas como Bill Maher o Bill O’Reilly, e incluso “expertos” en la región como Joshua Landis, todos creen (o afirman creer) que en Oriente Medio llevan mil años matándose por diferencias doctrinales. Por el contrario, los autores del libro defienden que la causa de la sectarización no es la religión, sino el autoritarismo corrosivo de la región. Comparan el sectarismo con el etno-nacionalismo, argumentando que se trata de fuerzas e identidades variables con el tiempo, no inmutables.

Fechas clave: 1979, 2006, 2011

El proceso de sectarización comenzó hace menos de 4 décadas, tras la revolución iraní de 1979. Un detalle a tener en cuenta sobre la revolución islámica es que sus promotores trataban de apelar a todos los musulmanes, no solo a los chiíes, y que desde el primer momento intentaron “internacionalizarla”, aunque solo fuera retóricamente. Ante el riesgo de que la revolución se propagase y pusiera en peligro su reino, los saudíes comenzaron una campaña anti-chií tratando de desacreditar a Jomeini y sus seguidores. Al mismo tiempo, los soviéticos invadían el vecino Afganistán, y Arabia Saudí y otros países del Golfo armaron y financiaron a grupos diversos de muyahidin, a los que también inculcaban la desconfianza ante los chiíes (y alguno de los cuales perpetraría masacres contra los grupos chiíes de Afganistán).

La tensión continúo durante los años 80, durante la guerra entre Irán e Irak. Las monarquías del Golfo apoyaron a Sadam Hussein con armas y dinero, aunque el conflicto no tomo un carácter decididamente sectario, pues la población chií de Iraq no apoyo a los invasores iraníes tras 1982. Tras la paz y la muerte de Jomeini, comenzó una época de distensión que duraría hasta la entrada de los EEUU en la región en 2001.

El proceso de sectarización resurge con fuerza en 2003 y, sobre todo, en 2006. La invasión norteamericana de Iraq deja un estado inoperativo y un enorme vacío de poder. La alianza táctica de los partidos chiíes con Irán y sus triunfos electorales hacen saltar las alarmas en el Consejo de Cooperación del Golfo, que ve crecer la influencia persa. En 2006, al-Qaeda atacó la mezquita al-Askari, uno de los lugares sagrados del chiísmo, dando pie a represalias por parte de milicias chiíes contra la población civil suní, y desencadenando una breve e intensa guerra civil entre milicias suníes y chiíes.

En verano de ese mismo año, Hezbollah consigue expulsar a los israelíes del sur del Líbano, siendo la primera vez que el ejército israelí es “derrotado” por una fuerza árabe. Nasrallah, el líder de la organización, se convierte en una de las figuras más populares de la región. Esto inquieta a los monarcas árabes, y ese mismo año el rey de Jordania acuña el término “creciente chií” o media luna chií, refiriéndose al arco formado por Líbano, Siria, Iraq e Irán. Se presenta a los chiíes, dominados por Irán, como una amenaza para la estabilidad de la región. Es la época de Ahmadineyad.

shiitecrescentLa media luna chií. Juan Cole.

La Primavera Árabe de 2011 supone un nuevo capítulo en el proceso de sectarización. El mayor exponente del uso de la narrativa sectaria para dividir el movimiento opositor es Bahréin, del que ya hablé en un artículo. Hashemi y Postel, sin embargo, se centran en Arabia Saudí e Irán. Irán culpó a los saudíes de financiar las protestas de 2009, el Movimiento Verde que protestaba contra la reelección de Ahmadineyad. Lo mismo, pero a la inversa, sucedió en Arabia Saudí en 2011: las protestas en el país se achacaron a la influencia de los ayatolás persas entre la población chií del país.

El mayor enfrentamiento entre ambas potencias se da en Siria. Desde el comienzo de las protestas contra al-Assad y el inicio de la guerra civil, los medios iranís caracterizan a los opositores al régimen sirio como yihadistas financiados por los petrodólares de las monarquías del Golfo. A su vez, Irán moviliza a militantes afganos recurriendo a los temas clásicos del chiísmo (el martirio, el sacrificio de Hussein en Kerbala) y les ofrece la ciudadanía iraní. Por su parte, Arabia Saudí apoya a grupos armados que hacen propaganda anti-chií explícita

El último episodio de este relato a grandes rasgos de la sectarización de Oriente Medio se produce el año pasado, cuando Arabia Saudí ejecuta al clérigo chií Nimr al-Nimr y, en represalia, la embajada saudí en Tehrán es quemada ante la impasibilidad de las fuerzas de seguridad persas. Twitter se llena de mensajes de odio, tanto de extremistas suníes contra los chiíes como al contrario.

Conclusiones

Tras estas breves pinceladas cronológicas, los editores del libro describen brevemente sus distintas partes y capítulos. Una primera parte donde ofrecen un marco teórico e histórico en el que inscribir el proceso de sectarización, y una segunda parte llena de estudios particulares de distintos países de la región, desde Líbano a Pakistán pasando por Yemen, Siria, Iraq y unos cuantos más.

Las conclusiones de los autores y editores del libro son claras. Observar Oriente Medio desde un prisma sectario oscurece y dificulta el análisis. La crisis actual se debe al colapso de la autoridad estatal (debida en parte a las intervenciones americanas). Las protestas de 2011 dejaron claro que la región no es sectaria, puesto que en diversos países (Siria, Bahréin) las manifestaciones comenzaron con participantes de todos los grupos religiosos que apelaban a la unidad. Si bien es cierto que hoy en día la identidad sectaria es más saliente en la región que en épocas anteriores, esta identidad ha sido politizada por los actores estatales.

Hay una “relación simbiótica” entre la presión social desde abajo –demandas de inclusión, participación, representación y reconocimiento en la política interna- y el rechazo de las élites a ceder ni un ápice de su poder. Esto último crea una crisis de legitimidad que debe ser manejada con precaución por los estados, lo que acaba desembocando en la sectarización, como salida fácil. Los gobernantes invocan los conflictos sectarios para crear un enemigo externo (e interno en países multiconfesionales) de forma que su ineptitud quede oculta. El sectarismo no es algo intrínseco a las masas árabes, sino que es un proceso relativamente reciente que ha sido muy rentable para algunos.

Finalmente, los autores advierten de los peligros de incurrir en explicaciones “orientalizantes”, es decir, en esencialismos que caractericen una región como inmutable y radicalmente distinta a Occidentales (“estos moros, ya se sabe, están locos, todo el día luchando por la religión”… “llevan mil años matándose entre sí”… etcétera) Aún así, y a pesar de que la tesis de los “odios religiosos ancestrales y no resueltos” no se ajuste a la realidad, los colaborades de Sectarianization nos advierten de que hay que tener cuidado, pues se puede convertir en una profecía auto-cumplida, tanto por parte de los propios habitantes de Oriente Medio, que se arriesgan a ser manipulados por las élites de sus países, como de los políticos y generales occidentales que, a menudo, toman decisiones trascendentales sin demasiado conocimiento de causa, informados por periodistas y analistas que difunden unas interpretaciones vagas y erróneas.

Con su libro, los autores de Sectarianization, esperan contribuir humildemente a redefinir los términos del debate académico, aunque son conscientes de que aplacar las iras sectarias requerirá años de esfuerzo educativo y, sobre todo, paz y estabilidad.


Próximamente iré comentando por separado los diversos capítulos de esta obra.

15 años de la invasión de Afganistán

Desvelando Oriente celebra su primer aniversario. Para conmemorarlo, publico hoy este artículo de opinión, de tono más personal. Sé que me salgo de la línea habitual del blog, pero hoy no quiero informar, sino generar debate y plantear preguntas para las que no tengo respuesta. La primera parte del artículo os resultará extraña a los lectores de más edad, pero creo que los nacidos en la primera mitad de los 90 os sentiréis identificados.
Sobre Afganistán y los Taliban publiqué un artículo hace tres años, mucho más serio que este, que podéis encontrar aquí.


Afganistán e Iraq a los ojos de un niño español

Se cumplen 15 años de la invasión de Afganistán. Yo tenía por aquel entonces 9 años, y era la época en la que empezaban a interesarme las noticias de la tele a la hora de la comida. El 11 de septiembre de 2001 era la víspera del primer día de cuarto de primaria. Estaba comiendo con mi familia con las imágenes del “incendio” en una de las Torres Gemelas de fondo, y de pronto un avión se estrelló con la otra torre. Parecía una película, pero era de verdad (aunque no sé hasta qué punto era capaz de entenderlo). Fue una tarde de tele muy entretenida, y al día siguiente todos hablábamos de ello en el recreo.

Las aventuras del cole se mezclan en mis recuerdos con el inicio de la guerra, que parecía la cosa más natural del mundo. Había un malo, Bin Laden, el que había atacado las Torres Gemelas y el Pentágono. El malo se escondía en las montañas de un país lejano llamado Afganistán. Tenía un ejército de terroristas (los Talibanes), y las Naciones Unidas (una reunión de tooodos los países del mundo) organizaron una invasión para capturarlo. Los americanos (que eran los más poderosos) iban a ir a matar a los malos, y los españoles iban a llevar ayuda humanitaria y regalos para los niños. Sobre todo, recuerdo imágenes. La demolición de los budas, la foto de la chica afgana de Time, los bombardeos y los vídeos de mala calidad del Malo y otros tíos barbudos diciendo que nos iban a matar a todos en un idioma extraño.

osama-bin-laden-video-759358189El Malo Maloso en uno de sus famosos vídeos, imagen icónica de nuestra infancia.

También recuerdo una canción que despertó mi pequeño espíritu punki. Los Reyes de 2002 me trajeron un equipo de música. En un insulso CD de “éxitos de 2002” (era la época de Rosa, Bisbal, Bustamante,  Chenoa) encontré este tema tan divertido que bailaba en mi cuarto cuando nadie me veía. Todo esto suena frívolo (la gente muriendo a kilómetros de distancia y yo hablando de una canción tonta), pero así es como lo vivimos los niños, que no sabíamos nada de Afganistán y tampoco nos importaba mucho.

Un año después, los americanos invadieron otro país llamado Irak. Las invasiones llenaban el espacio entre Eurocopa y Mundial de fútbol, parecía que estaba hecho a propósito. Cada dos años, invasión. Quedaban un montón de países raros de nombre parecido en esa parte del mundo, así que parecía que quedaba diversión para rato. Si, parece cruel hablar del tema así, pero era como lo  veiamos los niños, incapaces de separar la realidad de la ficción (o quizá yo era particularmente autista y poco empático).

En Irak había otro malo llamado Sadam Hussein que ayudaba a Bin Laden, que había escapado de Afganistán.  Sadam Hussein tenía Armas de Destrucción Masiva™, que eran bombas nucleares y misiles enormes que los terroristas iban a utilizar para atacarnos. Así que había que invadir Irak para que Sadam no diera las armas a Bin Laden. Sin embargo, no todo el mundo parecía estar de acuerdo con lo de la guerra. Esta vez no lo apoyaba la ONU, así que ya no estaba tan claro que estuviera bien. Mucha gente salió a protestar contra ello, y en algunas casas y edificios ponía “¡No a la guerra!”. En el recreo se debatía (con la intensidad y clarividencia de los niños de 10 años) si había guerras buenas y malas (lo decidía la ONU), si todas las guerras eran malas, o si es mejor ir con los que ganan y aprovecharse de ello (¡España iba a ser tan importante como Inglaterra o América!).

Invadimos Irak. Los americanos destruían todo y nosotros lo íbamos arreglando (o eso nos contaban). Cuando los yankis entraron en la capital de Irak, un montón de gente salió a celebrarlo y empezaron a derribar la estatua del dictador (un dictador es alguien que manda sin que le elijan, como Franco). Pero después vinieron los americanos con tanques y cuerdas y lo derribaron ellos. No molaba, era como querer quitarle el protagonismo a la gente de ese país. Un periodista español (José Couso) murió después porque los americanos se confundieron y le dispararon. Eso tampoco estaba bien. Empezaban a caerme un poco mal los americanos. Además su presidente parecía un poco bobo.

Statue - Saddam HusseinLa estatua de Sadam Hussein siendo derribada por los yankis. Fuente: The Guardian

2004 era el último año de primaria. El 11 de marzo estábamos de excursión en una granja escuela. No teníamos móviles ni nada de eso, así que nos enteramos de la noticia por la noche cuando llamamos a nuestras familias por qué sucedían estas cosas. Por suerte, ni los niños ni los profes perdimos a nadie. No me voy a recrear en el trauma colectivo y la indignación porque todos lo vivimos, cada uno a nuestra manera. La política internacional empezaba a afectarme casi personalmente, así que empecé a leer con curiosidad la sección de internacional de los periódicos que llegaban a mis manos (en mi casa no había internet por aquel entonces). No mentiré diciendo que en ese momento decidí dedicarme a los estudios orientales, porque eso sería una mentira como una catedral. Todo esto llegó mucho más tarde. Pero sí es cierto que el atentado marcó el final de mi inocencia, y comencé a ver las guerras, el terrorismo y la muerte como algo real y doloroso, no como un mero espectáculo de accion hollywoodiense.


El extraño consenso sobre la invasión de Afganistán

En los 15 años que han pasado desde la invasión, y muchos otros, hemos crecido y disfrutado de las comodidades de la paz y de la vida occidental, con unos difusos “terroristas yihadistas” como enemigo lejano y varias guerras iniciadas por los aliados de nuestro país para exportar la democracia y protegernos del terrorismo. Si bien con la de Iraq hubo mucha polémica, la de Afganistán pasó desapercibida. Hasta el final de su mandato, Zapatero mantuvo a las tropas españolas en Afganistán sin que hubiera grandes movilizaciones en su contra. La bendición de la ONU suele citarse como la causa de esta diferencia de apreciación pero, en mi humilde opinión, la guerra de Afganistán no ha tenido nada de humanitaria.

En septiembre de 2010, Zapatero afirmaba en el Congreso que las tropas continuarían en Afganistán mientras esté en peligro la seguridad global y la seguridad de los españoles“, es decir, para siempre. El uso de eufemismos siempre caracterizó a Zapatero, pero es que no podía ser más específico sin ser políticamente incorrecto. No iban a decir que estamos allí para ayudar a la OTAN a mantener el “centro del tablero” que controla Eurasia. ¿De verdad un país sin salida al mar, sin recursos económicos ni naturales más allá del opio, arrasado por décadas de guerra civil, es un peligro para la seguridad global?

afghanistangooglemapsAfganistán y sus vecinos. Un país pobre y sin salida al mar, pero de gran valor estratégico.

Afganistán no es nada más que una casilla en el juego de Risk que las potencias llevan jugando por siglos.  Una casilla con alto valor estratégico, pues tiene frontera con Irán, Pakistán, China y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central. Es decir, Afganistán es el lugar desde el que la OTAN tener a tiro a los rusos, los chinos y los iraníes (y los pakistaníes y los indios, en caso de que se pongan tontos).

Durante 15 años, los gobiernos de España (y por extensión los españoles, que por algo votamos) hemos apoyado una guerra de agresión. También lo han hecho países que se opusieron a la guerra de Irak, como Alemania o Francia. Desde la retirada en 2014 solo queda una decena de militares españoles allí, pero desde el inicio de la invasión más de 100 soldados españoles han perdido la vida sin que haya habido un debate muy profundo sobre qué hacían ahí. Parece haber cierto consenso con una noción de seguridad global consistente en mantener a las potencias rivales bajo control e impedirles obtener victorias tácticas. En ese asunto no me meto (de momento), pero me gustaría plantear una cuestión:

¿Hasta qué punto ha ayudado la presencia española en Afganistán a mejorar la situación del país?

La respuesta varía según a quien le preguntes. Hace un par de meses tuve la oportunidad de compartir viaje con dos oficiales de infantería, uno de ellos veterano de Afganistán, que defendían la necesidad de la intervención española. Las razones eran un tanto difusas: “hay que acabar con el terrorismo fuera para evitar que después vengan a España a atentar” o “hay que ayudarles a tener un ejército moderno y unas instituciones decentes antes de poder dejarles a su libre albedrío”.

El oficial de la Legión, que había estado en Afganistán, me contaba cómo había presenciado muchas escenas chocantes, como un niño de 8 años dándole una paliza a una niña de 6 mientras los viejos del pueblo lo aprobaban en silencio… Como ser humano, me contaba, no se puede permanecer impasible ante eso. Los militares españoles habían intervenido para separar a los chicos, pero, según aseguraba el legionario, “en cuanto nos vamos la situación vuelve a ser la misma”.

Historias similares sobre la barbarie Talibán (la prohibición de la música y de los entretenimientos “pecaminosos”) y anécdotas sobre el tráfico de drogas y cierta percepción de que la población local no fundamentalista apoyaba la intervención servían a los militares para justificar su posición. Yo, que jamás he estado en Afganistán, me abstuve de pronunciar mi opinión por respeto ante personas cuyo trabajo consiste en jugarse la vida por una causa que ellos creen justa (aunque a mí no me lo parezca) y que en caso de conflicto armado serán los encargados de defendernos mientras los demás opinamos en la web.

h_kabul_oct06La embajada española en Kabul, construida sobre suelo expropiado de forma ilegal. Fuente (e historia completa): RAWA

Por otro lado, España ha sido cómplice de violaciones de los derechos humanos en Afganistán. La embajada española, que ha sido atacada varias veces, fue construida tras la invasión sobre suelo procedente del desalojo ilegal de un barrio humilde, que enriqueció a unos pocos corruptos. El gobierno afgano, en manos de las facciones militares que se unieron para resistir a los Talibán, es nepotista y arbitrario. La desigualdad y la pobreza han aumentado desde 2001, y la situación de las mujeres no mejora. El paro, según algunas fuentes, supera el 60%. Nuestros aliados bombardean a la población civil (ojo: el enlace contiene imágenes fuertes) y hospitales de Médicos Sin Fronteras. Os recomiendo leer los informes y las noticias de de la Asociación de Mujeres Revolucionarias de Afganistán, RAWA, una de las organizaciones más combativas y vocales en su defensa de los derechos humanos y de la libertad de los afganos, que exige la retirada inmediata de todas las fuerzas extranjeras (petición utópica, desgraciadamente). Tienen sección en español.

Afganistán, no obstante, ya era una pena antes de 2001. Desde finales de los 70, el país ha estado en guerra permanente. Primero con los soviéticos, que intervinieron para apoyar al gobierno comunista afín que estaba siendo amenazado por una insurgencia islamista apoyada por EEUU, Pakistán y otras potencias. Después en guerra civil, dado que los “luchadores por la libertad” que desalojaron a los soviéticos se negaban a sentarse a formar un gobierno civil y se centraron en luchar por el poder y matarse entre sí. Los Talibán aparecieron en los 90 como reacción contra los señores de la guerra, y consiguieron dominar casi todo el país y de paso putear horriblemente a la población civil, que ya llevaba década y media de saqueos y violaciones. En 2001, la OTAN dio su apoyo a una alianza de facciones que antiguamente luchaban entre sí y que se unieron contra los Talibán, la famosa Liga Norte que hoy domina el país, aunque la guerra civil sigue hasta hoy después de casi cuatro décadas de conflicto.

khoshalmeenaAfganistán ya estaba en ruinas en los 90. Fuente: RAWA

Vale, todo es un asco… ¿Qué propongo entonces? En realidad, no propongo nada. Sé que la geopolítica global es una materia compleja y delicada, y que a ojos de los estrategas y expertos en seguridad, la vida humana no tiene valor en comparación con las ganancias y riesgos potenciales de mantener la ocupación o retirarse. Desde 2014, la presencia de la OTAN en Afganistán se ha reducido de forma significativa. Dado que los Taliban continúan teniendo una fuerte presencia en gran parte del país, es posible que China y sus aliados de la SCO aprovechen el vacío que dejaría la OTAN en caso de que se retirase definitivamente.

Solo pretendo que, como ciudadanos de países democráticos donde hay libertad de prensa y de expresión, nos permitamos reflexionar y cuestionarnos la necesidad de intervenir en países lejanos para proteger nuestros intereses políticos y económicos. La excusa de la seguridad, al menos para mí, no funciona. Soy incapaz de comprender cómo y por qué un país empobrecido situado a miles de kilómetros de distancia podría suponer siquiera una ligera amenaza para el bienestar de mi país. No consigo hallar la conexión entre la lucha antiterrorista (que debe ser una material policial y doméstica) y la presencia militar española en Oriente Medio. No quiero decir que no la haya, sino que no la entiendo. Así que si alguien me lo puede explicar de forma clara, lo agradecería.

Espero, en todo caso, que la paz llegue algún día a Afganistán y que los afganos vuelvan a ser los dueños de su destino, libres de señores de la guerra y de ocupantes extranjeros.

Y vosotros, lectores, ¿qué opináis?

¿Qué pasa en Bahréin?

Hoy vamos a hablar de un pequeño país que suele pasar desapercibido en las crónicas sobre Oriente Medio, pero que sin embargo es un microcosmos muy ilustrativo sobre la región. Es un artículo cortito y divulgativo que trata de dar una visión general sin entrar en muchos detalles.


Bahréin, un pequeño archipiélago en el Golfo Pérsico, suele ser descrito como una de las economías árabes más desarrolladas. Fue uno de los primeros países donde el petróleo fue descubierto y explotado, y también fue uno de los primeros países en diversificar su economía al darse cuenta de que sus reservas eran limitadas y no durarían para siempre. Con un boyante sector financiero y rentables industrias de transformación, Bahréin puntúa alto en indicadores económicos como el PIB per cápita o el índice de desarrollo humano. Además, su mano de obra nativa está bien cualificada y es menos reticente a integrarse en el sector privado. No obstante, el reino de Bahréin depende de su principal socio comercial, Arabia Saudí, y requiere inversión extranjera para seguir siendo competitivo.

Por este motivo, Bahréin, como la mayoría de monarquías de la península arábiga, invierte ingentes cantidades de dinero en campañas de relaciones públicas: organización de conferencias internacionales, grandes eventos deportivos como el gran premio de Fórmula 1, y un equipo olímpico integrado por atletas de élite nacionalizados a golpe de talonario. Paralelamente, los al-Jalifa, la familia real de Bahréin, mantienen relaciones más que cordiales con las monarquías europeas, lo que les hace mejorar su imagen apareciendo en la prensa rosa rodeados de lujo y aristocracia occidentales. A pesar de que la monarquía tiene por las riendas al gobierno y controla (por ley) la mitad del parlamento, Bahréin aparece en la prensa como una monarquía constitucional, mucho más tolerante y progresista que su vecina Arabia Saudí.

protesters_fests_toward_pearl_roundaboutLa rotonda de la Perla, foco de las protestas de 2011. Fuente: Wikimedia

Sin embargo, hay un relato alternativo sobre este grupo de islas bastante incómoda para su familia real. Una visión centrada en la represión estatal, la discriminación, la censura y las restricciones políticas. En 2011, el año de la “primavera árabe”, las calles de Manama y otras ciudades de Bahréin se llenaron de manifestantes exigiendo mejores condiciones económicas y una mayor libertad política (demandas que podemos entender si leemos el informe de Human Rights Watch de 2010), aunque más tarde se llegó incluso a exigir el fin de la monarquía. Las protestas fueron reprimidas brutalmente, y por primera hizo su aparición como fuerza antidisturbios el “Escudo de la Península”, una fuerza militar conjunta de los países del Consejo de Cooperación del Golfo, aunque en este caso solo colaboraron Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos.

Desde entonces, el gobierno de Bahréin ha seguido recortando libertades y cientos de activistas, disidentes y personalidades de la sociedad civil han sido detenidas. Ha habido llamadas periódicas a la acción y oleadas intermitentes de protestas, lo que a su vez ha intensificado la represión gubernamental. Este año ha sido prohibido el principal grupo opositor, el Wefaq, y su líder, el clérigo chií Ali Salman, ha sido encarcelado y despojado de su nacionalidad.También han sido arrestados dos activistas que criticaron en la red el apoyo de Bahréin a la intervención saudí en Yemen.

pearl-007La rotonda fue destruida por el gobierno en un intento de eliminar todo recuerdo de la insurrección de 2011. Fuente: The Guardian

La situación, aún así, no es esencialmente nueva. Un informe de 1985 ya afirmaba que “desde 1975, los habitantes de Bahréin han vivido bajo un estado virtual de emergencia que ha enterrado todas las formas de oposición política.”  En los 80, tal y como hoy, el principal grupo de la oposición era chiita. Sus preocupaciones no eran exclusivamente religiosas sino sobre todo políticas y económicas. (Aunque hubo también algunos que intentaron emular la revolución iraní, sin mucho éxito). También hubo manifestaciones y revueltas en los 90.

La mayoría de los medios occidentales, si es que hablan de Bahréin, muestran sus conflictos internos como un reflejo del “cisma” entre suníes y chiíes que supuestamente está afectando el mundo árabe. Por tanto, según esta visión, la oleada de protestas de 2011 fue provocada por la alienación de los chiitas, que son la mayoría de la población pero se encuentran excluidos del gobierno y de las fuerzas de seguridad, donde solo pueden trabajar suníes. Este relato, según algunos críticos, tan solo beneficia a la familia real, que se nutre de él. Además, no es del todo preciso.

page_66_4La rotonda de la perla, también conocida como Lulú, se ha convertido en un símbolo de resistencia al gobierno y la familia real. Foto: Amal Khalaf

Es cierto que el gobierno está integrado exclusivamente por suníes, y hasta cierto punto han tenido éxito al retratar a la oposición como conspiradores chiíes pro-iraníes que amenazan la estabilidad y la seguridad del régimen. En efecto, la mayoría de los chiíes, sea cual sea su nivel económico, desconfía de un gobierno que les niega oportunidades. Por el contrario, no todos los suníes son firmes partidarios de la familia real. Muchos de ellos participaron en las manifestaciones de 2011, especialmente los de capas sociales más bajas (se hicieron virales unas pancartas en las que se leía “ni suní ni chií: bahreini” ). Esto es problemático para los al-Jalifa. La estabilidad de su gobierno dependerá de su habilidad para mantener a los suníes leales y sumisos, alentando las divisiones sectarias y el recelo mutuo. Divide y vencerás.

Bahréin es un aliado geopolítico crucial para Occidente, ya que es la seda de la Quinta Flota estadounidense. Antes de eso, fue uno de los socios más destacados del Imperio Británico en el Golfo Pérsico, una relación que este año está siendo commemorada. Desde su independencia en 1971, el archipiélago ha sido gobernado por los al-Jalifa, que ya llevaban en el poder desde finales del siglo XVIII. Bahréin mantiene fuertes relaciones con las demás monarquías del mundo árabe, que les han suministrado fondos en época de crisis y ayuda militar, y que no estarán dispuestos a dejar caer a la familia real.

Europa, mientras tanto, mira para otro lado. La estrategia de los tres monos puede ser buena a corto plazo, pero podría dañar seriamente las relaciones diplomáticas en caso de que el régimen cayera. Aunque eso no parece que vaya a suceder próximamente. El tiempo dirá.


 

Saber más:

Amnistía Internacional

Americans for Democracy and Human Rights in Bahrain

Bahrain Observer

Bahrain Watch

Human Rights Watch


Encuentro internacional “Imagen e imaginario España-Irán” (2 de 2)

En este artículo resumo la segunda mitad de las ponencias del encuentro Imagen e Imaginario España-Irán: miradas y representaciones celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid el 10 de octubre de 2016. Puedes encontrar la primera mitad en este otro artículo. Aquí termina mi crónica de las conferencias, pues no pude asistir a la segunda jornada, que tuvo lugar el martes 11 de octubre.

Irán en los medios de comunicación españoles

 Tras la pausita para café volvimos a la sala de vídeo donde tenía lugar el encuentro. Este segundo bloque de ponencias, moderado por José Lus Neila, se centraría en la imagen de Irán que los medios españoles transmitido desde los años 70. Hubiera sido interesante alguna reflexión sobre la visión opuesta (España en los medios iraníes), pero en general estuvo muy bien.

img_20161010_1403411De izquierda a derecha: Fernando Camacho, Nadareh Farzamnia, Jose Luís Neila y Misael Arturo López Zapico

La imagen de Irán en la Televisión Española. Del régimen del Sha a Rohaní.

Fernando Camacho, especialista en Historia Global (y en particular historia chilena), nos ofreció en su ponencia un breve análisis de los documentales y especiales emitidos por TVE desde los años 70 hasta la actualidad. Todos ellos son visualizables a través del archivo digital de Televisión Española y los he enlazado abajo, para el que tenga curiosidad. Tomando como referencia estos archivos, Camacho se preguntó, ¿cuántos programas sobre Irán se han emitido desde los 70? ¿Cuándo se han emitido? ¿Quiénes los han realizado? ¿Dónde?

En los años 70 surgieron los primeros especiales dedicados al país persa. Sin embargo, dada la situación política en España y la cercanía diplomática entre Franco y el Shah, la información era apologética y se centraba en la figura del shah como gran estadista modernizador y como monarca con un estilo de vida lujoso. No se mencionaba la represión del SAVAK ni la agitación política, no fueran a dar malas ideas. Por supuesto no se mencionaba nada del golpe de Estado de 1953 que dio el poder al shah. La información era por tanto oficialista y laudatoria, poco crítica.

shariati-jomeiniCarteles de Jomeini y Shariati durante la revolución.

Con la revolución de 1979 las cosas empezaron a cambiar. TVE fue el único canal español en informar in situ sobre Irán, pero además fue de los últimos en abandonar el país dada la escasa hostilidad que España generaba en los revolucionarios. Informe Semanal emitió un exhaustivo especial, y en los telediarios se informaba de los acontecimientos. Camacho mencionó un libro, Episodios Persas, escrito por el embajador español en Irán durante el periodo revolucionario al que espero poder echar un vistazo pronto. Por lo visto, Sierra Nava actuó de enlace entre los secuestradores de la embajada estadounidense y la dipomacia americana.

Después de la revolución se sucedieron tres décadas sin apenas información sobre Irán, con la excepción de un documental turístico emitido en el 99. El interés por el país persa resurgió en 2009 como consecuencia del Movimiento Verde, una oleada de protestas por (entre otras cosas) la supuesta manipulación de los comicios presidenciales que dieron a Ahmadineyad su segundo mandato. Ese año se emitieron 3 programas sobre Irán, seguidos dos años más tarde por la célebre entrevista de Ana Pastor a Ahmadineyad y otro documental en 2012. Curiosamente, los presentadores de los programas y documentales emitidos desde 2009 han sido casi exclusivamente mujeres.

La lista completa de documentales es:

  1. El despertar de Ciro (1974)
  2. Los reyes de España en Irán e Iraq (1978)
  3. Jomeini, Alma de Dios (1979)
  4. Irán por dentro (1981)
  5. Irán detrás del velo (1999)
  6. Irán, juventud a escondidas (2009)
  7. Irán, 30 años después de los rehenes (2009)
  8. Las fronteras de la revolución (2009)
  9. Entrevista a Ahmadineyad
  10. Irán, la guerra secreta (2012)

La revolución de Irán contemplada desde España

En la segunda ponencia, Misael Arturo López analizó el tratamiento dado a la revolución iraní por dos de los principales diarios españoles, ABC y El País, el primero representando posiciones más conservadoras y el segundo algo más “joven” y progresista, al menos por aquel entonces. López está muy interesado en investigar la función de la prensa y los medios de comunicación como agentes en la política internacional, afectando a las percepciones de la opinión pública y la diplomacia.

Antes de la revolución, Irán solo aparecía en la prensa rosa y las noticias del corazón, en medios como ¡Hola!. La imagen mostrada era de frivolidad, lujo y modernización, y se centraba exclusivamente en la familia de Muhammad Reza Pahlavi, el flamante shah de Persia. Esto cambió radicalmente durante los meses de enero y febrero de 1979, los momentos más críticos de la revolución.

En enero de 1979, Irán apareció en 7 portadas de El País, tres de ellas con imagen. En ABC apareció tan solo en dos ocasiones, ambas con foto. El mes siguiente, El País dedicó a la revolución 5 portadas, todas salvo una con foto; mientras que el ABC contaba con 4 noticias sobre Irán en primera plana, todas con imagen. Las notas de prensa no eran especialmente innovadoras o rompedoras: la mayoría de ellas provenían de agencias o de corresponsales en París (donde se encontraba Jomeini) y EEUU, nunca desde Irán. Los temas tratados solían ser las declaraciones del Shah, especulaciones sobre su fortuna (con posibles errores de traducción, pues las cifras variaban según el medio) y opiniones de expertos en EEUU, así como la suerte de los 1500 “expatriados” (esa eufemismo para no decir “inmigrante), de los cuales solo quedaron 400 al final de la revolución .

jomeini paris, rohaniJomeini en París

A medida que se desarrollaron los acontecimientos, ambos medios trataron de responder a los interrogantes sobre la nueva forma de gobierno de Irán, la República Islámica. Para el ABC era algo natural pues “al contrario que en la Iglesia Católica, la política no está separada del islam.” Afirmación curiosa teniendo en cuenta que España salía de 40 años de dictadura nacionalcatólica donde los protestantes (entre otros) habían sido perseguidos, y un buen ejemplo de cómo los medios siempre aprovechan para lanzar mensajes referidos a la política local. ABC también expresaba su preocupación por el precio del petróleo y las inversiones españolas en el país persa. El País, por su parte, calificaba a Jomeini como “la encarnación de la oposición popular al shah” el 3 de enero del 79, y al día siguiente criticaron duramente al shah en su editorial. El concepto de república islámica se analizó a partir de unas declaraciones del ayatolá Montazeri.

No obstante, El País informaba sobre la revolución con tonos claramente orientalistas y literarios, casi líricos, poco adecuados para noticias de actualidad. Zapico citó numerosos ejemplos de esta retórica, aunque solo pude copiar varios de la entrevista realizada por El País a Jomeini en París; una entrevista con escasa discusión política pero con frases descriptivas como “la cerilla coránica”, “severidad serena y cataclismal”, etcétera. Más allá de eso, El País percibía cuatro fuerzas en el Irán revolucionario: el ejército, el “populismo”, la socialdemocracia y el chiísmo. Un análisis bastante cutre, todo hay que decirlo, aunque claro, es fácil criticar desde la distancia. Se salvan, en opinión de Zapico, los artículos de Félix Bayon que ofrecían una lectura geoestratégica acertada.

ABC, mientras tanto, definía a Jomeini como “la suma de Gandhi y la violencia”, o lo comparaba con Sabino Arana. También aprovechaban paracriticar a la UCD, pues desde 1977 Irán era el principal proveedor de petróleo de España (Irán y Arabia Saudí sumaban casi el 60% de las importaciones), y algo tendrían que haber hecho, pues la economía española no se podía permitir un alza en los precios del combustible. También se metían con la blandeza del presidente Jimmy Carter, que había permitido que un país tan estratégico (por su ubicación geográfica y sus reservas de petróleo) abandonase el “mundo libre.”

En conclusión: la cobertura de la prensa española no fue muy extensiva, y por lo general se abusaba de los tópicos y los elementos pintorescos y exóticos al hablar de un país lejano y desconocido. ABC, como buen medio conservador, era más crítico con la revolución y se preocupaba especialmente de la situación económica. El País, más joven y progresista, parecía más favorable a la caída del shah aunque era crítico con la evolución teocrática de los acontecimientos.

La imagen de Irán en España: de Ahmadinejad a Rohani

Nadereh Farzamnia, iraní, profesora de Historia de Oriente Medio en la UAM y autora de De la revolución islámica a la revolución nuclear, dedicó la última ponencia del día a analizar el tratamiento de Irán en los medios de comunicación españoles durante la última década. Fue la ponencia más larga, aunque también la más expresiva y viva, llena de anécdotas interesantes. Me gustó el patriotismo indignado de la doctora iraní, que a pesar de no comulgar con el régimen teocrático, ha intentado defender a su país de las difamaciones de los medios de desinformación. Su principal crítica es que los medios han asociado la imagen del país a sus políticos, generalizando alegremente sobre los iraníes a partir de sus líderes.

La cobertura de los gobiernos de Ahmadineyad (2005-2013) ocupó la mayor parte de la ponencia, algo lógico dada su extensión y el controvertido carácter del presidente. Polémico desde que llegó (una vez que los comicios presidenciales pasaron a una segunda vuelta), Ahmadineyad se convirtió en el niño rebelde predilecto de la prensa occidental. Su política se basaba en tres pilares: volver a los principios de la revolución, luchar por la justicia social y contra la corrupción, y exportar la revolución islámica. Este último punto, que en sus discursos se materializaba en un tono desafiante y acusador frente al “Occidente imperialista y opresor”, permitió a la prensa despacharse agusto contra el presidente.

Así, en 2006, el diario El Mundo publicó en su sección de deportes (!) un artículo en el que de algún modo conseguían conectar las declaraciones del presidente iraní con una imagen negativa de la selección nacional de fútbol persa que podía perjudicar el rendimiento del equipo. Farzamnia continuó citando ejemplos absurdos, en el que se destacan las arengas de Federico Jiménez Losantos equiparando Irán con los Talibán, o un programa de telecisión en el que entrevistaron a Farzamnia y pidieron su opinión sobre el burka… a pesar de que el burka es afgano y no iraní.La ponente también criticó artículos de periodistas supuestamente más informados, como Ángeles Espinosa.

Los discursos del presidente iraní eran analizados y comentados hasta el más ínfimo detalle, no solo los pronunciados ante organismos internacionales sino también los que estaban destinados a consumo interno. La imagen transmitida por los medios era la de un Irán beligerante con sed de guerra. Nada más lejos de la realidad, pues los iraníes tenían aún fresca en su memoria la guerra contra Iraq y no deseaban embarcarse en un nuevo conflicto, mucho menos contra una superpotencia como los EEUU.

La reciente invasión estadounidense del país mesopotámico y la agresividad de George Bush hicieron saltar las alarmas. En 2007, el líder supremo Alí Jamenei dio un toque de atención a Ahmadineyad para que moderase el tono, pues no era deseable causar problemas diplomáticos. Un alto cargo del gobierno americano había afirmado que no se descartaba una intervención militar contra Irán. La prensa internacional había desarollado una narrativa que justificaba la invasión: Irán es una amenaza mundial, Irán tiene la bomba. Farzamnia aseguraba entre risas que “desde hace 15 años, Irán estará listo para tener la bomba en menos de 6 meses”.

gran satanManifestación anti-americana en Irán.

La prensa española tuvo su parte en la divulgación de esta visión negativa de Irán, asociado perpetuamente a la crisis nuclear. La mayoría de las veces tan solo tenían como referencia a agencias de comunicación británicas y estadounidenses, muchas de ellas conectadas a lobbies sionistas. Otras veces, se limitaban a traducir artículos aparecidos en la prensa israelí. Así, en julio de 2007 El País afirmaba que Irán tenía la Bomba, y El Mundo aseguraba que Israel preparaba un ataque nuclear preventivo contra el país persa. Todo esto, aseguraba Farzamnia, a pesar de que el gobierno iraní colaboraba abiertamente con las agencias internacionales contra la proliferación atómica y permitía la visita de supervisores.

Dada la escasez de tiempo, la ponente tuvo que saltar a 2011, mencionando de pasada el movimiento de protesta de 2009. En 2011, Irán seguía sintiendo las sacudidas de dichas manifestaciones. Sin embargo, la prensa española lo incluyó erróneamente en sus análisis como parte de la Primavera Árabe, sin tener en cuenta que los iraníes no son árabes y que el movimiento se había originado dos años antes, a raíz de los dudosos resultados de las elecciones presidenciales.

Un año después, en 2012, Irán seguía siendo caracterizado como un país conflictivo y peligroso, merecedor de sanciones. La crisis nuclear seguía siendo el centro de atención de las noticias sobre el país, además de esporádicas menciones a la brillantez de sus cineastas. Situación que cambió radicalmente tras la elección de Rohaní, el principio de lo que un editorial de El País calificaba como “un gobierno de prudencia y esperanza” cuya misión era resolver la crisis diplomática y devolver Irán a la comunidad internacional.

Nadereh Farzamnia no pudo analizar exhaustivamente el tratamiento dado por la prensa a Rohaní, ya que se quedó sin tiempo. Yo también estaba cansado y dejé de tomar notas. En todo caso, fue una charla muy agradable y entretenida, que a pesar de su extensión no se hizo tediosa. El debate de la tarde no fue todo lo animado que podía haber sido, y de él no tomé apuntes así que no lo puedo plasmar aquí.


Me hubiera encantado estar en las ponencias del día siguiente, pero tenía que trabajar la tarde del martes y, como buen profesor, debía preparar mis clases por la mañana, así que me quedé en Toledo. Si alguno de mis lectores estuvo en la sesión del martes y puede comentar algunas impresiones, le estaría muy agradecido. Al mismo tiempo, si alguno de los ponentes de aquel día quiere matizar o corregir la información que he dado, que no dude en escribirme a desvelandooriente@yandex.com

Este blog no deja de ser un proyecto amateur, y como buen aficionado, el que escribe puede cometer errores o haber tomado mal las notas.

 

 

 

Encuentro internacional “Imagen e Imaginario España-Irán” (1 de 2)

Los pasados días lunes 10 de octubre y martes 11 se celebró un interesante encuentro internacional en la Universidad Autónoma de Madrid. Su título era Imagen e imaginario España – Irán: miradas y representaciones, y consistía en una serie de ponencias y debates centradas en la visión de Irán en España y viceversa, a cargo de diversos académicos de la UAM y de la Universidad Allameh Tabataba’i de Tehrán.

Por desgracia, el encuentro no fue muy publicitado, más allá de carteles dispersos por la facultad de letras de la UAM. Si no me llega a avisar una amiga, no me hubiera enterado. La web de la UAM ofrece una descripción muy escueta, y la web del proyecto IPESP en el que se enmarcaba el encuentro lleva medio año sin ser actualizada. Najmeh Sobeiri, una de las ponentes, se quejaba con razón de que este tipo de iniciativas no suelen superar los muros de la famosa “torre de marfil” académica y trascender a la prensa. Para remediar esto os voy a ofrecer este breve resumen basado en las notas que tomé ese día (de modo que puede haber errores y omisiones). La difusión de este blog es muy modesta, pero mejor algo que nada. Por motivos laborales solo pude asistir a la primera jornada, de modo que me voy a centrar en las ponencias del lunes. El público era reducido, pero el ambiente muy agradable.

Embajadas y misiones diplomáticas en los siglos XV-XIX

El primer bloque de exposiciones, moderado por Fernando Camacho, se centraba en la historia diplomática de la época moderna. No tenía título, pero el que le he dado se ajusta bien, yo creo. La principal fuente primaria para el estudio de estos periodos, además de los documentos oficiales, son los libros de viajes. La primera ponencia fue un interesante resumen introductorio, y las dos siguientes se centraban en personajes concretos.

El país de Irán a través de la diplomacia española. Una larga historia

En la primera ponencia, Fernando Escribano Martín nos presentó las distintas misiones diplomáticas entre España y Persia desde la Edad Media hasta finales del siglo XIX. El periodo más intenso de contacto fueron los siglos XVI y XVII, ya que la monarquía hispánica y la dinastía safávida de Irán tenían un formidable enemigo común: los turcos otomanos. El antecedente, sin embargo, es la célebre Embajada a Tamerlán de Ruy González de Clavijo. Esta misión diplomática, que tuvo lugar entre 1403 y 1406, fue ideada por Enrique III de Castilla para estudiar las posibilidades de una alianza contra los turcos entre su reino y la poderosa dinastía Timúrida (de origen mongol) que dominaba la meseta irania y Asia central por aquel entonces. Si bien la alianza no se concretó, el resultado fue uno de los primeros libros de viajes europeos y el primero en lengua castellana.

Los safávidas ascendieron al poder en Irán en 1501, y su dinastía coincide temporalmente con la de los Austrias en los reinos españoles. El interés mutuo entre ambas monarquías, sin embargo, no cristalizaría hasta el siglo XVII, que nos dejó múltiples informes y dos libros de viajes, el de García de Silva y Figueroa (el primer europeo en identificar el cuneiforme como un sistema de escritura, hecho que se suele atribuir a Pietro de la Valle) y las Relaciones de Juan de Persia (un embajador de los safávidas que se convirtió al catolicismo y se quedó en Castilla). Ambos serían tratados en las ponencias posteriores.

Aprendí cosas muy interesantes en la exposición de Fernando Escribano, como que los famosos hermanos Shirley (los primeros occidentales en llegar a Irán e instalarse como asesores y consejeros en la corte safávida) no eran leales agentes de la corona británica (como se suele asumir), sino aventureros, comerciantes y buscavidas católicos (en un momento en el que ser católico en Inglaterra era bastante peligroso), que de hecho trabajaron para diversos reinos.

El último viajero en el que se centró Escribano fue Adolfo Rivadeneyra. Hijo de un famoso editor, uno de los gobiernos de la Primera República le encomendó viajar a Persia para estudiar las posibilidades comerciales con los Qayar, con la promesa de que costearían la publicación de un libro con sus impresiones. A su vuelta, la República había sido derrocada, y los gobiernos de la Restauración se desentendieron de Rivadeneyra, que por suerte disponía de los medios económicos para publicar su obra. Podéis encontrar un detallado artículo sobre Rivadeneyra escrito por el propio Escribano Martín en este enlace. Como ejemplo de la desidia de la administración española, nos enseñó un cuadro de corte orientalista inspirado en las impresiones de Rivadeneyra en Irán… erróneamente titulado “Escena de Marruecos” y situado en la secretaría del Ministerio de Administraciones Públicas.

asirio_trad08gAdolfo Rivadeneyra en Dizful. Grabado realizado sobre un cuadro de J. L Pellicer. Fuente: Asiriología UAM.

Las crónicas de Don García de Silva y Figueroa, embajador de Felipe III en la corte de los Safávidas de Persia.

La segunda ponencia estuvo a cargo de Najmeh Shobeiri, doctora en Literatura por la UCM y directora del departamento de Filología Hispánica de la universidad Alameh Tabataba’i. Shobeiri amplió con mucho detalle la introducción que nos había hecho Fernando Escribano sobre García de Silva tratando de responder un interrogante: ¿fue un viaje inútil?

El viaje se produjo entre 1614 y 1619. El contexto de la época es importante: los safávidas estaban en guerra por los otomanos. Recordando el susto que los turcos habían dado a los cristianos (el siglo anterior habían llegado a las puertas de Viena), el Shah Abbas I mandó una carta al Papa y a los principales reyes europeos proponiendo una alianza para estrangular a los turcos en dos frentes. Para explorar las posibilidades de esta alianza, así como reanudar las relaciones iranio-portuguesas y controlar las ambiciones inglesas, Felipe III mandó a Persia a García de Silva, un militar y diplomático de su confianza, acompañado de un impresionante séquito cargado de regalos. Además de la misión diplomática, García de Silva tenía otro objetivo en mente: conocer la cultura y las costumbres de los persas y explorar sus ruinas y reliquias del pasado.

A diferencia de la mayoría de aventureros y viajeros que llegaban a Irán en esa época, de Silva era un hombre culto e ilustrado, con intereses no puramente comerciales. Su estilo literario, afirmaba Shobeiri, es refinado y de calidad. El diplomático describe en su libro las semejanzas entre España e Irán, desde  los paisajes hasta la arquitectura, pasando por la hospitalidad (¡tan diferente en nuestra tierra en comparación a otros países europeos!), que atribuía al pasado islámico de España. El libro de de Silva y Figueroa es especial porque habla de cosas que ningún otro europeo menciona, como los juegos y deportes practicados por los persas, la vida en la corte, la vestimenta, la gastronomía, el carácter de la gente, etcétera. Mientras que los hermanos Shirley y demás se centran en los recursos, productos y las posibilidades militares y comerciales, de Silva se centra en aspectos sociológicos. Era un humanista y Abbas I, uno de los pocos monarcas inteligentes y decentes que ha habido en la historia de Irán (según Najmeh Shobeiri) supo reconocer su calidad humana.

A continación nos narró una anécdota fascinante: El shah Abbas y de Silva y Figueroa estaban un buen día  hablando de festivales y tradiciones en sus respectivos países. Abbas contó a D. García en qué consistía la Ashura (que de hecho ha sido esta semana), y el embajador español la comparó con la Semana Santa católica, también un periodo de lamento y penitencia. La descripción de los rituales católicos, de las procesiones con velas y de los costaleros, entusiasmó al shah, que decidió incorporar algunos de esos elementos a la Ashura chií. El resultado es una tradición sincrética, incorporando elementos ajenos a la cultura irania que resultan sorprendentemente similares a la Semana Santa. Shobeiri demostró su argumento con fotografías de los rituales español e iraní, apuntando que las velas no son tradicionales en los rituales chiíes. El parecido es innegable.

mourning_of_muharram_in_cities_and_villages_of_iran-342_16_66La “Semana Santa” iraní, con costaleros y todo. Fuente: Wikimedia

Esta revelación fue lo mejor de todo el día, al menos para mí. Najmeh Shobeiri continuó su exposición explicando que el siglo XVII fue el primer periodo de contacto intenso entre las culturas persa y europea, el “puente”. Abbas I, afortunadamente, fue un monarca bastante tolerante a la vez que piadoso. Bajo sus órdenes se contruyó la catedral cristiana de Isfahán (es preciosa, buscad fotos). El shah fue el primero en “inaugurar” la iglesia, participando en el ritual y bebiendo el vino consagrado. Como penitencia por beber alcohol, fue andando descalzo hasta Mashad (que está bastante lejos).

La embajada de de Silva y Figueroa, en definitiva, fue muy provechosa, no tanto desde un punto de vista político y comercial, sino en otros aspectos más intangibles, principalmente culturales y literarios. La ponencia fue interesantísima y estuvo muy bien estructurada, me encantaría poder leer la tesis doctoral de Najmeh Shobeiri algún día. Su español era impecable, y además era muy simpática.

Relaciones de Don Juan de Persia: Representación de la cultura persa en la narración y descripción en el género libro de viaje.

Baharak Akradlu nos ofreció la última ponencia de este bloque, centrada en la obra del enigmático Juan de Persia, un contemporáneo de García de Silva. Por desgracia, se me había pasado el efecto del café de la mañana, así que mis notas sobre este tema son más escasas. Uruch Beg, nombre original de Juan de Persia, era un noble iraní, sobrino del primer embajador Safávida a Europa, que se quedó a vivir en Valladolid. No se sabe por qué decidió quedarse en España, ni por qué se convirtió del chiísmo al catolicismo, ni siquiera se sabe si si fue él el que llegó a escribir el libro, aunque Akradlu cree que sí. Llegó en 1601 y el libro fue publicado en 1604.

Las Relaciones están dividias en tres partes. En la primera parte se detallan brevemente las motivaciones del autor (dar a conocer la tierra de Persia al rey Felipe III) y se da información sobre la geografía y la política de Irán, así como la religión, los recursos, la cultura, la tecnología, etcétera. En la segunda parte se narran las guerras de persia contra los otomanos que, recordemos, eran el principal motivo por el que europeos y safávidas intercambiaban embajadores. La tercera parte se centra en el viaje de Don Juan, su vida y los dos compañeros que decidieron quedarse con él, que también se convertirían y se bautizarían como Don Felipe y Don Diego de Persia.

Uno de los elementos más interesantes de la obra es el “yo”. Don Juan escribe como si fuera español, constantemente contraponiendo un “nosotros” hispano frente al “otro” persa. Esto puede deberse a que la obra estuviera escrita para el rey, o que Don Juan quisiese reafirmar su españolidad. Uruch Beg era de Isfahan, y “los de Isfahán son muy listos“, concluyó Akradlu, de forma que puedes esperarte cualquier cosa de ellos.

La verdad es que este tema era quizá el más enigmático e interesante (¿cómo y por qué un noble persa decidió dejar a su familia en Irán y quedarse en Valadolid adoptando el catolicismo?), pero como contaba, empezaba a estar cansado y dejé de tomar notas. En todo caso, para el que sienta curiosidad por la obra, la Junta de Castilla y León la ha subido a internet muy amablemente una edición de 1946 que se puede encontrar aquí en PDF.


Después de esta ponencia hubo una pausita para café, seguida de otro bloque de ponencias. Las resumiré en el próximo artículo.

Reseña: Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto

Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto: Arabia Saudí frente a sus contradicciones, Aguilar, 2006. 257 pp.
ISBN: 84-03-09684-4.

La reseña de hoy trata sobre un libro que apareció hace diez años, pero que sigue siendo actual y relevante. Se trata de El Reino del Desierto de Ángeles Espinosa, un ensayo sobre la Arabia Saudí actual. La obra recorre diversos aspectos de la vida cotidiana en el reino saudí a través de las impresiones de la autora en sus viajes y de sus entrevistas y conversaciones con saudíes y expatriados (inmigrantes de países ricos). El capítulo sobre las mujeres es especialmente bueno. No obstante, no se trata de un libro de historia, y carece del necesario contexto histórico para entender los cambios que ha experimentado el reino en el último siglo. Esto es compensado con la viveza de los testimonios y la diversidad de temas tratados y, sobre todo, por la actitud de la autora, para nada paternalista o condescendiente.  Ángeles Espinosa justifica la escasez de referencias a la historia saudí con una cita del controvertido Amir Taheri, que afirma que un libro realmente útil sobre Arabia Saudí apenas debe dedicar una quinta parte de su contenido a la historia, pues el país está cambiando a un ritmo excepcionalmente rápido. Por el contrario, debe basarse en observaciones personales y entrevistas con saudíes de toda clase social para mostrar las tensiones internas del país. La autora ha logrado sin duda lo propuesto por Taheri, pero como historiador debo estar en desacuerdo: no es posible entender el presente sin comprender el pasado, y Arabia Saudí no es una excepción.

angelesespinosaÁngeles Espinosa. Periodista Digital

La obra está dividida en nueve capítulos. El primero es una presentación de Arabia Saudí, con menciones a su historia y organización política. En las primeras páginas Espinosa nos presenta sus primeras impresiones al llegar al reino, lleno de contrastes entre el desierto y la ciudad, la riqueza y la pobreza, las innovaciones técnicas y el tradicionalismo wahabí. Historias como la del “caballo del diablo” (una bicicleta en los años 40) ilustran la resistencia de los saudíes rurales y el estamento religioso ante las innovaciones, aunque la profusión de móviles y antenas parabólicas parece mostrar que no todos los saudíes se oponen al progreso técnico. La historia del emirato y reino desde 1744 hasta la proclamación del reino en 1902 se despacha en poco más de una página. Hay algún error conceptual, como describir a Muhammad ibn Saud como un líder tribal (En Arabia Saudí I expliqué por qué los Saud no son una dinastía tribal). Por otro lado, el equilibrio de fuerzas entre los Saud, el estamento religioso y el pueblo es contextualizado correctamente. También se explican de forma satisfactoria las desigualdades regionales y el dominio del Najd (y la doctrina wahabí) sobre las demás regiones.

El segundo capítulo, “Fantasmas negros”, habla sobre las mujeres. Este es el capítulo más brillante de la obra por la ausencia de prejuicios de la autora y la variedad de ejemplos y testimonios que ofrece. Ángeles Espinosa nos cuenta las regulaciones y normas sociales sobre la abaya (el velo saudí) y sus experiencias con diversas mujeres y familias saudíes. Su primer encuentro con una familia de saudíes, que le invitaron a ella y su marido a cenar, fue muy revelador. Cuestionadas por el velo, las saudíes (de clase alta y formación occidental) explicaron más o menos que es el precio a pagar por unas condiciones de vida inalcanzables para otras mujeres árabes. Vacaciones a Europa, compras en las mejores boutiques londinenses, servicio doméstico y tiempo libre infinito. A cambio, segregación estricta, obligatoriedad (no legal sino social) de la abaya, e imposibilidad de viajar o hacer negocios sin la autorización previa del marido o el familiar responsable. Unas cadenas doradas, de las que estas ricas mujeres saudíes no parecían necesitar ser “liberadas”. Tampoco necesitan ser “educadas”, pues el acceso de las saudíes a los estudios superiores está bastante extendido, si bien es difícil que apliquen sus conocimientos a la vida laboral. La estricta separación de sexos en el espacio público, salvo por las “salas familiares” en algunos establecimientos, son un gasto y una complicación quizá innecesarios, como ilustra el caso de los hospitales. La policía religiosa, los mutawain (hablé de ellos en Arabia Saudí III), se encargan de velar por el cumplimiento de las costumbres religiosas en las calles y cafés. Por supuesto, no todas las saudíes están de acuerdo con su condición de súbditas de segunda clase, y Espinosa nos ofrece diversos ejemplos de ello, desde empresarias hasta aspirantes a gimnastas o pilotos de avión. Un capítulo muy interesante, de obligada lectura para todos los que pontifican sobre las mujeres saudíes sin conocimiento de causa.

El tercer capítulo es igualmente bueno. Se centra en las limitaciones al ocio, la diversión y el tiempo libre, y por supuesto en los agentes de tales restricciones, los temibles mutawain. Espinosa narra una desagradable experiencia que tuvo en un café, y otras hazañas de la policía religiosa, como la vez que dejaron morir a quince niñas en un incendio en un colegio, impidiendo salir a las alumnas (que no llevaban la abaya) del edificio en llamas y no permitiendo la entrada de los bomberos. Fue en marzo de 2002.  Hay otras anécdotas interesantes, como la prohibición de importar muñecas, las fiestas desfasadas de algunos príncipes saudíes (algunas incluso con carácter homosexual), las técnicas de ligoteo en centros comerciales, las raves clandestinas en el desierto y las dificultades de los saudíes para mantener relaciones sanas y estables después del matrimonio. El hecho de que muchas parejas solo se conozcan después de casarse ha hecho que Arabia Saudí sea uno de los países musulmanes con mayor tasa de divorcios.

El capítulo cuarto trata aspectos económicos. Espinosa habla aquí de la progresiva incorporación de los saudíes al mercado laboral motivada por las dificultades económicas (anteriormente los saudíes rechazaban trabajar de recepcionistas, taxistas o cajeros), los locos horarios de trabajo, la proverbial improductividad de los saudíes, y el doble carácter de la inmigración: los ricos expats, trabajadores cualificados de origen occidental que viven en urbanizaciones aisladas y exclusivas rodeadas de medidas de seguridad, y los pobres inmigrantes procedentes del sur y el sureste asiático (Pakistán, India, Bangladesh, Filipinas) o países árabes menos prósperos (Egipto, Líbano, Palestina), totalmente desprovistos de derechos laborales y sometidos a una explotación semiesclavista. Las dos últimas secciones del capítulo recogen las actividades clandestinas entre los expats: fiestas y ceremonias religiosas (en Arabia Saudí están prohibidas las iglesias y las misas de otras religiones que no sean el islam wahabí).

El quinto capítulo habla sobre la versión wahabí de la sharía y su aplicación, o lo que es lo mismo, el terrible y deficiente récord de Arabia Saudí en lo que a Derechos Humanos se refiere. Entre otras cosas, la autora nos describe las sangrientas penas (amputación de miembros), la arbitrariedad del sistema legal (en el que no son necesarios los abogados defensores y la tortura es norma), las ejecuciones como espectáculo público, la censura y supresión de la disidencia, y las particulares justificaciones que dan las autoridades saudíes  de todo esto.

Las minorías islámicas, chiíes y suníes no wahabíes, son las protagonistas del sexto capítulo, más corto (unas diez páginas). Espinosa nos cuenta aquí distintas anécdotas que ilustran la discriminación que sufren y el odio hacia las minorías que se inculca a los saudíes en la escuela. También nos habla de la región de Hasa y Qatif (“Provincia Oriental” según la denominación oficial), y de cómo los saudíes impulsaron el crecimiento de la ciudad de Dammam para limitar la influencia de las ciudades mayoritariamente chiíes.

El séptimo capítulo tiene dos protagonistas, la familia de los Saud y los EEUU. En la primera parte, Espinosa describe la excentricidad y generosidad del rey Fahd y su séquito en sus viajes a Marbella, así como la amplitud de la familia saudí, con casi 40.000 miembros. El Estado y la Familia se confunden, nos explica Espinosa, de modo que es difícil estimar el porcentaje de los ingresos del Estado que se destinan a los sueldos y caprichos de los príncipes. Al fin y al cabo, el país se llama Arabia Saudí, que es algo así como si España se llamase Borbonia, puntualiza la autora. Aun así, la familia real es popular, o al menos no hay una oposición republicana visible. No obstante, los Saud mantienen sus asuntos en secreto, muy celosos de su privacidad (no hay prensa rosa como el ¡Hola! en la que se enseñen las casas o se analice la vida privada de los príncipes). A mediados del capítulo, Espinosa hace un inciso en el que vuelve a hablar de la historia fundacional del reino. De nuevo, comete algún error: Ibn Saud no se alió con los Ijwan (he hablado de ellos al final de Arabia Saudí III) para conquistar el Hiyaz, sino que estos fueron una creación suya, una forma de desestructurar las tribus beduinas y crear un ejército leal y adepto. Debo insistir en que los Saud no son una monarquía tribal, algo que la autora afirma varias veces a lo largo de la obra.

Continúa el capítulo con la narración de cómo los Saud y los EEUU unieron sus destinos gracias al descubrimiento del petróleo, y prosigue con la narración de la historia del reino desde 1932. Aún no he publicado la parte de mi historia de Arabia Saudí relativa a los seguidores de Ab al-Aziz ibn Saud, pero más o menos se ajusta a lo que cuenta Espinosa. El fundador del reino fue sucedido por Saud, que fue depuesto por el consejo familiar en menos de una década. Faisal, que reinó desde 1962, fue el verdadero “modernizador” del reino. Nacionalizó la industria petrolera, inició ambiciosos programas de educación y servicios públicos y multiplicó la burocracia (más o menos el proceso que describo en La construcción del Estado postcolonial). Faisal potenció el islamismo como contrapeso a las ideas nasseristas y nacionalistas árabes, y consolidó la dependencia de los ingresos del petróleo al no establecer una política fiscal. Faisal fue asesinado y sucedido por Jaled y posteriormente Fahd, que estrechó su alianza con los EEUU a la vez que aumentaba las concesiones a los ulema, a los que daba el control de la educación y los medios de comunicación. Esto creó las condiciones para el surgimiento de una oposición islamista, los llamados salafistas activistas, que se consolidó a raíz de la presencia estadounidense en el reino durante la Guerra del Golfo.

El penúltimo capítulo, el octavo, se centra en Bin Laden y la simpatía de parte de la población hacia Al Qaeda y el terrorismo islámico. La trayectoria de Bin Laden es de sobra conocida y no me detendré en ella. [Para despistados: Bin Laden pertenece a una rica familia del negocio de la construcción; fue a Afganistán durante la invasión soviética para apoyar a la resistencia afgana y fundó Al Qaeda junto con varios compañeros saudíes; a su vuelta a Arabia Saudí a finales de los 80 ofreció sus servicios y los de su organización a la familia real, que estaba muy preocupada por la invasión de Kuwait por Saddam. Los Saud rechazaron la ayuda de Al Qaeda y acudieron a los americanos para proteger su reino, en ese momento Bin Laden se enfadó mucho y decidió hacer la yihad global con su organización].  Al Qaeda le vino muy bien al régimen saudí, que pudo calificar de terroristas a todas las organizaciones opositoras islamistas (es decir, la mayoría), aunque estas no apoyasen la violencia. Fue el caso del Movimiento para la Reforma Islámica de Arabia, el MIRA, que fue incluido en la lista de organizaciones terroristas de la ONU.

El último capítulo trata de las consecuencias del 11S en la política interna y externa saudí. Comienza narrando la historia de un simpatizante del salafismo radical que se retractó. Posteriormente, Espinosa cuenta los esfuerzos del gobierno saudí de mejorar su imagen ante el exterior (la mayoría de los terroristas del 11S eran saudíes), organizando una conferencia antiterrorista. Los atentados de 2003 dirigidos contra inmigrantes occidentales hicieron que muchos expats abandonasen el país y que los que quedaban se encerrasen aún más en sus urbanizaciones. El problema, explica Espinosa respaldada por varios testimonios saudíes, está en la educación religiosa, memorística y acrítica, que no fomenta la reflexión y el debate. Los que más sufren las consecuencias son los propios saudíes, que ven aumentar sus problemas cuando viajan al extranjero. En el breve epílogo, Ángeles Espinosa expresa sus dudas sobra la capacidad del reino de modernizarse y democratizarse. El tiempo parece haberle dado la razón.

El Reino del Desierto, en definitiva, es un libro muy recomendable. Carece de un análisis histórico que permita explicar y comprender en profundidad las particularidades del reino, pero aparte de eso es una muy buena aproximación a las vicisitudes de la vida cotidiana en Arabia Saudí y los tejemanejes internos de los Saud. Si se me permite una queja puntillosa, no me ha gustado que en ocasiones se utilice el adjetivo “medieval”. Arabia Saudí es una formación política muy reciente en términos históricos. El wahabismo no es una doctrina medieval, sino un movimiento reformista surgido en pleno siglo XVIII, como reacción a las transformaciones que experimentaban los países árabes y a las “perversiones” que sus promotores veían en la jurisprudencia tradicional. Es un movimiento retrógrado y casi totalitario, sin duda, pero nadie ha dicho que las “reformas” tengan que ser necesariamente progresistas. La situación de Arabia Saudí, la discriminación de la mujer, las torturas y ausencias de derechos humanos, el gobierno autoritario de una familia que gestiona el país como si fuera su finca privada, no es el fruto de una herencia medieval, sino de las transformaciones que la península arábiga experimentó entre los siglos XVIII y XX. El Reino del Desierto no lo tiene en cuenta, pero aparte de esto, es una muy buena lectura. Ángeles Espinosa, corresponsal de El País en Oriente Medio (podéis seguirla en Twitter), ha conseguido una imagen muy viva y humana de Arabia Saudí, un libro ameno y sin prejuicios que se lee muy rápidamente, algo que tiene muchísimo mérito.

Reseña: Georges Corm, El Líbano Contemporáneo

He decidido comenzar una nueva sección de reseñas. Por lo general, leo mucho sobre Oriente Medio, pero no todo acaba convertido en un artículo, ya que no domino todos los temas y no creo que haberme leído un libro me de autoridad en la materia. No obstante, creo que puede ser útil (tanto para vosotros como para mí) ir recopilando pequeños resúmenes críticos de los libros que leo. Así, yo no me olvido de ellos y vosotros tenéis una pequeña recensión y podéis decidir si merece la pena o no leerlos.

Georges Corm, El Líbano Contemporáneo: Historia y Sociedad, Ediciones Bellaterra, 2006. 392 pp.
ISBN: 978-84-7290-319-7

Este libro recorre los últimos dos siglos de historia libanesa. Comienza por la época otomana, explicando el surgimiento de las comunidades más importantes del Monte Líbano: drusos, chiíes y maronitas. Estos últimos desarrollaron estrechas relaciones con el mundo católico a partir del siglo XVII, lo que permitió a Francia inmiscuirse de forma temprana en los asuntos de la región.  Las reformas decimonónicas otomanas afectaron al Líbano, que experimentó una oleada de violencia intercomunitaria en torno a 1860. La región fue una zona de conflicto entre los otomanos y las potencias coloniales europeas, Francia y Gran Bretaña, que ejercían su influencia sobre las distintas comunidades y millets. Tras la Primera Guerra Mundial Francia ocupó Líbano y unió dos entidades políticas y geográficas bien diferenciadas: el monte Líbano y la franja costera. A los drusos, maronitas y chiíes de la montaña se les sumaron los cristianos griegos (ortodoxos y católicos) y demás minorías. La ocupación francesa, que agravó las diferencias establecidas por el sistema de millets otomano (en una típica maniobra de “dividir y gobernar”), marca para Crom el inicio del comunitarismo político libanés.

El tema central de la obra de Crom es explorar el surgimiento del comunitarismo y explicar las razones que desencadenaron la guerra civil, así como desmontar varios mitos e interpretaciones erróneas al respecto. Así, aclara que las comunidades no son etnias, que la convivencia entre comunidades ha sido por lo general pacífica, y que la guerra civil no tuvo el trasfondo comunitario-religioso con el que se ha venido representando en los medios tradicionales. El propio Crom es un ejemplo de esto: aunque es cristiano, simpatiza abiertamente con Hezbollah, que consiguió expulsar a Israel del sus del Líbano en el año 2000.

indexGeorges Corm. L’internaute.

En general, Crom es muy crítico con la clase política libanesa, a la que califica de corta de miras, oportunista, y únicamente centrada en el corto plazo. Por tanto, fue la ceguera política de los líderes políticos, que intentaron explotar la organización política comunitaria en su favor, la que desencadenó la guerra civil. La guerra se divide en dos fases: una inicial, que se extendería desde 1976 hasta 1982, caracterizada por un conflicto de baja intensidad y cierta prosperidad económica; y el periodo entre la invasión israelí en 1982 y la firma de los acuerdos de Taif en 1989, donde se produjo el mayor número de matanzas y desplazamiento de la población.

Los actores de la guerra, explica Crom, no fueron las comunidades religiosas, sino las milicias surgidas en su seno. Estas milicias, como en el caso de los Falangistas cristianos, suplantaron y marginaron a la clase política tradicional. Las milicias desmantelaron el Estado y robaron, saquearon y rapiñaron todo lo que pudieron, con la connivencia de las distintas potencias extranjeras (Israel, Francia, Siria, Irán…), que armaban y financiaban a estos grupos para conseguir sus objetivos geopolíticos. Las alianzas no tenían absolutamente nada que ver con criterios religiosos o confesionales, sino con fríos cálculos estratégicos. En ese sentido, recuerda ligeramente a lo que está pasando en Siria. Aunque las milicias se autoproclamaban representantes de sus comunidades, a menudo fueron estas comunidades las que más sufrieron su arbitrariedad. Además, estas milicias actuaron en connivencia las unas con las otras para repartirse el terreno y los recursos; hicieron y deshicieron alianzas constantemente y, en general, secuestraron el país durante 15 años. Los héroes de la contienda son para Crom todos los civiles libaneses, en especial los que se esforzaron en no ceder a las presiones y continuar con su vida normal, siendo a menudo víctimas de los francotiradores que querían impedir la comunicación entre las distintas comunidades religiosas. Especial mención merecen los que, a pesar de los continuos ataques y expolios que sufría, trataron de mantener a flote el maltrecho estado libanés.

La paz y el comienzo de la II República no trajeron cambios significativos para el país. Las milicias seguían dominando el país y dominando los puestos de poder. La gran figura política de los años 90 fue Rafic Hariri. Hariri es, para Crom, la encarnación del empresario neoliberal que se enriquece a costa del Estado. Así, respaldado por el capital saudí, adquirió numerosas fincas y propiedades en todo el Líbano. Cuando alcanzó el poder en 1992, impulsó un fantástico y descabellado plan de reconstrucción de Beirut. Este plan no solo destrozó el centro histórico de la capital libanesa, sino que permitió a unos pocos enriquecerse enormemente y lastró como una pesada losa la economía del país. El plan era irreal, anticuado (se basaba en un modelo de desarrollo urbanístico de “pelotazo” que ya no tenía sentido: en los años 60 Beirut podría haber sido el Montecarlo árabe, pero en los 90 ya había otras ciudades que ejercían tal función en países que no habían sido devastados por la guerra) y, sobre todo, costoso. Como es habitual, se creó un consorcio privado para la reconstrucción, pues el Estado era aparentemente incapaz de financiar las obras por sí mismo. A esta empresa se le adjudicó un contrato millonario que enseguida se llenó de sobrecostes. Dado que la operación no fue rentable, enseguida hubo que rescatarla con dinero público. Mientras tanto, los servicios públicos del país seguían sin reestructurarse, se acumulaban los problemas sociales y medioambientales y la deuda externa crecía a un ritmo imparable.

Georges Crom fue ministro de finanzas durante el gobierno de Selim el-Hoss (1998-2000), un breve intervalo en el que Hariri no detentó el poder. Por supuesto, Crom se recrea en explicar las bondades de su plan económico y reformista, que podía haber arreglado el país pero que fue boicoteado por el conglomerado mediático que presidía Hariri, que se negaba a perder sus privilegios. En cuanto este recuperó el poder, deshizo todos los progresos alcanzados por el anterior gobierno. La relación entre la clase política libanesa moderna y Siria, que ocupó el país hasta 2006, es también analizada en detalle. Parece ser que la mayoría de políticos eran pro-sirios (sin importar su adscripción comunitaria), aunque cambiaban de chaqueta como convenía. Para finalizar, Crom critica duramente a George W. Bush y su política de “desestabilización constructiva”, que desde el año 2003 ha¡afectado gravemente al funcionamiento del Líbano. La influencia siria, advierte Crom, ha sido sustituida por la injerencia franco-americana. Líbano debe dejar de ser un “estado tampón”, y para ello debe esforzarse por acabar con el bloqueo político que supone el sistema comunitario.

Se nota que Crom es economista, y los últimos capítulos son quizá un poco densos en ese sentido (sobre todo si uno se empeña, como yo, en leer y revisar todas las notas al pie). Aún así, es un buen libro de historia. El enfoque sobre la guerra civil y los años posteriores no es cronológico, sino temático. Eso permite a Crom dividir su análisis y centrarse detalladamente en varios aspectos, lo cual es muy aclaratorio y se agradece. Más que una sucesión desconectada de fechas y nombres, encontramos distintos temas desarrollados independientemente y conectados de una forma amena e inteligente. Aparte de eso, la principal virtud del libro consiste en desmontar las explicaciones simplonas de la guerra civil basadas en la religión o el comunitarismo, que tan solo favorecen a las milicias, a las potencias extranjeras centradas en desestabilizar Oriente Medio, y a los políticos oportunistas que se lucran del saqueo del Líbano. Esto confirma el argumento que esbocé en mi articulito en Revista Ágora, (¿Hasta qué punto hay un conflicto entre suníes y chiíes?).

En resumen, una lectura muy aclaratoria y una buena introducción al a historia del país que deconstruye y refuta muchos mitos sobre la “Suiza de Oriente Medio”.