Orígenes del nacionalismo árabe I: toma de conciencia (1840-1880)

Introducción

El mundo árabe no es y no ha sido nunca una unidad cerrada y homogénea. El concepto de nación árabe, de hecho, es relativamente reciente en el tiempo. Aunque la identidad árabe estaba más o menos definida a nivel cultural durante el primer tercio del siglo XX (el arabismo), esto no implicaba necesariamente que hubiera un programa político que pudiéramos llamar nacionalismo árabe.  La identidad nacional árabe, superior a la tribu o el clan o a la confesión religiosa, se solapaba a principios del siglo pasado con muchas otras realidades y visiones basadas en el origen o la ubicación geográfica, la religión, o la clase política y social de cada uno. Desde la universalista e “inclusiva” (para los musulmanes) identidad panislámica hasta las perspectivas localistas como el egiptismo, el “despertar de la conciencia árabe” tuvo que competir con muchas otras identidades.

1024px-arabic_dialects-svgDialectos del árabe. Wikimedia

En este artículo voy a empezar a contar los orígenes remotos del nacionalismo árabe. Hoy nos centraremos en el siglo XIX, caracterizado por la aparición del arabismo, la noción de que existía una identidad cultural común a los árabes. Este renovado interés por lo árabe y el orgullo que ciertos intelectuales sintieron por la lengua y la cultura comunes estuvo inicialmente restringido a los sectores urbanos acomodados, y no tuvo el carácter político que poseía el panarabismo de mediados del siglo XX. Me voy a quedar en los países árabes del Mashreq o de lo que hoy día llamamos Oriente Medio, es decir, Egipto, la península Arábiga, el Levante y Mesopotamia.

Para empezar, voy a describir brevemente el mosaico de identidades solapadas e identidades disputadas que es el mundo árabe en el primer tercio del siglo XX. Después, haré un breve repaso al periodo del “renacimiento” (an-Nahda) en Egipto y el Levante, donde comenzó a surgir la idea de una identidad y cultura común a los árabes. Para entender el contexto histórico y político en el que nos situamos, recomiendo a los lectores que no lo hayan hecho ya leer La colonización europea de Oriente Medio y Movimientos de reforma II: el modernismo laico.

Identidades solapadas

En Oriente Medio y en la mayoría de regiones del mundo, los individuos podían -y pueden- definirse a sí mismos en términos muy diversos: Afiliación religiosa, origen geográfico, etnia, comunidad lingüística, clase social, tribu o familia extensa, si se es nómada o sedentario, rural o urbano… Dependiendo del contexto una persona puede dar prominencia a cualquiera de estas identidades sobre las demás. Es decir, la identidad es algo mutable y en constante cambio. La mayoría de árabes hablan árabe (verbigracia) y profesan el islam suní, aunque hay árabes no-musulmanes (como por ejemplo los maronitas) y musulmanes no árabes viviendo en países de mayoría árabe, como los kurdos.

Desde la época de la conquista islámica existían importantes minorías cristianas en Egipto, el Levante y Mesopotamia. Estos cristianos mantuvieron su religión, que incluso en época bizantina había sido un símbolo y un motivo de orgullo regional,1 pero con el tiempo adoptaron el árabe. Con excepciones, la relación entre ellos y las comunidades suníes era buena. Durante la época otomana, los árabes estaban fragmentados en una serie de comunidades religiosas que, aunque compartían un idioma común, tenían instituciones, líderes y costumbres muy distintas. Hasta mediados del siglo XIX, estuvieron organizadas siguiendo el sistema de los millets, en el que las distintas comunidades tenían un gran grado de autogobierno (incluyendo sus propios tribunales) siempre y cuando se mantuvieran leales al sultán. El decreto de ciudadanía universal de 1856 que establecía la igualdad entre todos los súbditos otomanos es el principio del fin de este sistema. No obstante, esta no creó un sentimiento extendido de “otomanismo”, ya que los europeos trataron de debilitar al imperio otomano aprovechándose de sus minorías religiosas.

18638803955_e8cab9e2f7_hMapa Otomano de 1804. Fuente: Afternoon map

Las tensiones entre comunidades eran anteriores a la penetración occidental, aunque normalmente fueron agravadas por la injerencia europea. En 1860, por ejemplo, hubo una dura guerra civil entre drusos y maronitas en el Líbano que finalizó con una intervención militar francesa. Los motivos no eran religiosos sino más bien socio-económicos, pero la prensa europea lo trató como un tema confesional.

Hacia 1914 la mayoría de los árabes levantinos permanecían leales al imperio Otomano. Aunque había cierta sensación de superioridad cultural sobre los turcos y algunos pensadores reclamaban una mayor autonomía dentro del Estado otomano, solo unos pocos cristianos que se veían discriminados en un imperio confesional pedían la independencia política para los árabes, aunque esto solo eran gritos ahogados sin un plan de fondo o una base social en la que se apoyasen. Es decir, que antes de la primera guerra mundial la arabidad era solo una de las muchas capas que formaban parte de la identidad de los árabes. Esta identidad árabe no entraba en contradicción con la lealtad al imperio otomano, algo que a lo largo de la guerra cambiaría. Los asirios, por ejemplo, sufrieron una dura represión y un intento de limpieza étnica que dejó medio millón de muertos por su colaboración con las potencias europeas.

1280px-french_expeditionary_corps_landing_in_beyrouth_16_august_1860Cuadro de la tradición orientalista representando la entrada triunfal de los franceses en Beirut en agosto de 1860. Fuente: Wikimedia

Tras el colapso otomano y la conquista del levante árabe por Francia y Gran Bretaña durante la primera guerra Mundial, las minorías cristianas fueron empleadas como agentes y funcionarios de las nuevas administraciones. Muchos de ellos fueron leales a los occidentales, pero otros fueron activos en la resistencia anti-colonial y más tarde en las acciones anti-sionistas organizadas por los nacionalistas laicos.

Las diferencias entre musulmanes suníes y chiíes no parecen haber tenido importancia en el seno del movimiento nacionalista, pues a principios del siglo XX los chiíes no eran muy prominentes políticamente. Durante la época de los mandatos (1919-1948) la mayoría de chiíes eran campesinos empobrecidos en áreas aisladas y subdesarrolladas, como el valle de la Bekaa en Líbano, aunque ciudades como Bagdad presenciaron un cierto florecimiento del chiísmo gracias al éxodo rural. Con la excepción de Yemen, no había ni un solo gobierno árabe liderado por los chiíes. Más allá de cierta agitación en Iraq, no había ni rastro de las tensiones sectarias que supuestamente hoy recorren la región. No obstante, antes de adelantar acontecimientos e irnos a los años 30, veamos brevemente el surgimiento del nacionalismo cultural.


1 Por ejemplo, los coptos son los sucesores de los cristianos monofisitas que habitaban Egipto y que siempre habían luchado contra el centralismo de Constantinopla. Colaboraron con los conquistadores árabes, que necesitaban una clase administrativa para recaudar impuestos, pues ellos eran principalmente guerreros. A cambio, mantuvieron sus costumbres y su idioma, aunque poco a poco se fueron arabizando.

An-Nahda: El renacimiento cultural árabe

Durante el siglo XIX surgió en algunas ciudades árabes un difuso nacionalismo cultural, muy relacionado con el modernismo laico que comenzaba a surgir en Oriente Medio. El movimiento fue bautizado a posteriori como Al-Nahda [pronunciado an-nahda] ( النهضة), el renacimiento o despertar árabe. Sus epicentros fueron El Cairo y Alejandría y, en menor medida, Damasco y Beirut.

Egipto era el lugar perfecto para el resurgir de la autoestima árabe: como cuento brevemente en Movimientos de Reforma II, Mehmet (o Mohamed) Alí consiguió expulsar a los mamelucos en 1811 y convirtió a Egipto en una provincia prácticamente independiente de los otomanos, mientras que el resto de los árabes del Mashreq seguían bajo la tutela turca. Mehmet Alí decidió enviar varios agentes a Europa para investigar la organización y estilo de vida occidentales, una tendencia que también se dió en lugares como Irán.

bulaq09Rifa’a al-Tahtawi, 1801-1873. Fuente: Biblioteca de Alejandría

Uno de estos agentes fue Rifa’a Tahtawia (o Rifa’a al Tahtawi), al que se considera como padre de la Nahda. Rifa’a llegó a París en 1826, una década después de las primeras misiones egipcias. Su tarea inicial era servir de imán para algunos egipcios que entrenaban en la academia militar de París, aunque pronto comenzó a traducir al árabe numerosas obras científicas y políticas del periodo de la Ilustración. De vuelta a Egipto, fue el director de la gaceta oficial Al-Waqa’i al-Misiriya (Asuntos Egipcios, una especie de BOE de la época). También estableció una escuela de traductores y comenzó la difusión de algunas de las ideas que había elaborado en París, entroncando así la tradición egipcia con las ideas liberales europeas. Este artículo (en inglés) es muy interesante y refuta algunos de los mitos sobre Tahtawia (se suele decir que volvió fascinado de Francia y totalmente occidentalizado; en realidad su visión era bastante más crítica).

Otra figura que suele aparecer citada como uno de los fundadores de la corriente arabista es Mohamed Abduh (1849-1905), al que ya mencioné brevemente en el artículo sobre el modernismo islámico. Su obra, muy marcada por el racionalismo, tiene un carácter más religioso que centrado en lo árabe o egipcio, así que no me voy a detener mucho en él.

Mucho más relevante para el tema que hoy tratamos es el levantino Butrus al-Bustani (1819-1883), al que se suele considerar como el primer nacionalista árabe. De origen cristiano maronita, se convirtió al protestantismo y en la década de 1840 comenzó a colaborar con misioneros británicos y estadounidenses que operaban en Líbano. Sin embargo, poco a poco se empezó a desencantar con ellos y a adoptar posturas favorables a los otomanos, especialmente tras el decrreto de ciudadanía universal de 1856. Al-Bustani se convirtió en un duro crítico de la educación misionera, que se realizaba en idiomas extranjeros (inglés o francés) y en la que los niños solo aprendían historia y filosofía europeas, sin espacio para el legado árabe u otomano, causando división y pérdida de indentidad.

Al-Bustani comenzó así un ambicioso programa en el que trataría de reivindicar el árabe como lengua para la educación y la literatura, escribiendo artículos, dando charlas, recopilando un diccionario. Él árabe era para él una forma de dar cierta unidad a una Siria fragmentada en multitud de comunidades religiosas. “Siria no debe convertirse en una Babel de lenguas, pues ya lo es de religiones y sectas”, escribía en 1861. La actividad de al-Bustani era frenética: estableció una escuela, una sociedad científica, varios periódicos y publicó siete volúmenes de una enciclopedia universal en árabe.

butrus_bustaniButrus al-Bustani. Wikimedia

El proyecto final de al-Bustani era favorecer la integración de las comunidades religiosas sirias en una sola identidad, con la lengua árabe como base. Sin embargo, ni al-Bustani ni sus seguidores llegaron a plantear la cuestión de independizarse del imperio otomano. De hecho, su relación con las autoridades era bastante buena. Los proyectos de al-Bustani recibieron financiación del gobierno durante la década de 1860, y él no dejó de expresar su creencia de que la presencia otomana en Siria era deseable a la injerencia extranjera. No muchos intelectuales cristianos compartían esta opinión. Las críticas de al-Bustani al gobierno autoritario le valieron ciertos periodos de censura en la década de 1870, pero aun así su posición sobre la necesidad de permanecer en el imperio no se vio alterada. [Si os interesa saber más sobre la vida y obra de al-Bustani, os recomiendo este artículo. Si necesitáis el PDF, pedídmelo]

Por supuesto, hay muchísimas más figuras relevantes en el periodo, pero a veces hay que elegir tan solo unos pocos ejemplos. En general, el movimiento del Renacimiento Árabe fue exclusivamente cultural en sus inicios y restringido a las clases altas y medias de las ciudades del Levante. Sin embargo, fue el principio de una toma de conciencia que continuaría en las siguientes décadas. El auge del nacionalismo turco en la primera década del siglo XX haria que muchos arabistas pidieran una mayor autonomía para los países árabes, aunque muy pocos osaron reivindicar una independencia formal. La primera guerra Mundial lo cambiaría todo, pero eso lo veremos el próximo día. Hasta entonces.


Como siempre, si queréis más información o bibliografía, no dudéis en contactarme por email o a través de las redes sociales. Muchísimas gracias a todos los que me habéis escrito hasta ahora: me hacéis sentirme útil y me dais energía para continuar con este proyecto.

Arabia Saudí VII: el despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)

Historia de Arabia Saudí
1Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)

Introducción

En la anterior entrega contaba como el rey Saud había sido obligado a abdicar, siendo sustituido por su hermano Faisal, también hijo del patriarca y fundador del reino, Ibn Saud. Si el reinado de Saud se caracterizó por el caos económico y el malestar en el seno de la familia saudí, el de Faisal lo haría por los motivo contrarios.

Faisal invirtió las ganancias del petróleo en la consolidación del Estado, cuya estructura expandió enormemente, en la creación de infraestructuras y en el desarrollo de servicios públicos básicos, especialmente educación. Paralelamente, maniobró para que el monarca tuviera un control mucho más firme sobre las riendas del Estado que durante el periodo en el que Saud estuvo al mando. Por estos motivos me gusta denominar a Faisal como un déspota ilustrado: todo para el pueblo, pero por supuesto sin el pueblo.

Faisal pone orden en casa

Los primeros pasos del reinado de Faisal consistieron en evitar el tipo de errores que había cometido Saud. Es decir, mantener el orden interno en la extensísima familia saudí para evitar envidias y conspiraciones palaciegas. El principio fundamental que siguió Faisal fue el de repartir el poder entre sus hermanos y medio hermanos, que serían la generación que hasta 2017 estaría en control de los asuntos del reino. En lugar de tratar de colocar a sus hijos en posiciones de poder como había hecho Saud, Faisal designó a algunos de sus hermanos de mayor edad (Nayef o Sultan, por ejemplo) para los puestos estratégicos, como el ministerio de Interior o el de Industria, a la vez que mantuvo a los príncipes veteranos que ya disfrutaban de posiciones de responsabilidad (Fahd) . Jálid, 7 años menor que Faisal, fue designado príncipe heredero y de hecho se convertiría en rey tras la muerte de Faisal.

Paralelamente, la figura del defenestrado rey Saud se fue eliminando poco a poco de la memoria pública. Su retrato se quitó de edificios públicos a la vez que las instituciones que llevaban su nombre (como la actual Universidad de Riad) eran rebautizadas. No me quiero extender con el culebrón interno de la familia saudí, pero quiero que una idea quede clara: Faisal sentó las bases del sistema de sucesión saudí que se ha respetado hasta la nominación de Mohammed bin Salman este año. El trono y los puestos de poder no se transmitirían de padres a hijos, sino entre los hijos mayores de Ibn Saud.

saudi treeÁrbol genealógico resumido de los Saud. El aún rey Salman (que llegó al trono en 2015) es uno de los hermanos menores de Faisal. Nació en 1935, y desde 1963 hasta 2011 fue gobernador de Riad. Houseofsaud.com

Una vez tranquilizados los hermanos de Faisal y marginados los hijos y nietos de Saud que aún conservaban algún poder, Faisal y su equipo se encargaron de que el díscolo Talal y sus príncipes libres continuaran en el exilio y no supusieran ninguna amenaza. Su propuesta de convertir Arabia Saudí en una monarquía constitucional no tenía partidarios entre los miembros más destacados de la dinastía, y los príncipes libres no contaban con una base social nativa que compartiera sus reivindicaciones, de modo que su movimiento se fue desinflando. Faisal, de hecho, concentró aún más poderes en la figura del monarca, eliminando cargos y duplicidades que podían amenazar su dominio del Estado saudí.

Desarrollo y modernización

Uno de los primeros objetivos de Faisal, sus hermanos mayores y sus asesores fue arreglar las maltrechas finanzas saudíes. Para ello, eliminaron gastos fastuosos innecesarios y elaboraron el primero de una serie de planes quinquenales. Los Saud eran anti-comunistas, eso seguro, pero eso no significa que no creyeran en la economía planificada. Los planes dieron sus frutos: el PIB de Arabia Saudí se multiplicó por 15 entre 1964 y 1975. Factores como el aumento de los precios del petróleo a raíz de la crisis de 1973 ayudan a explicar este desarrollo espectacular (en 1975 el petróleo suponía tres cuartos de los ingresos estatales), pero no hay que negar la gestión por parte de Faisal y los suyos.

Los planes de desarrollo seguían el modelo de modernización en boga en los años 60 y 70. El Estado saudí financió la construcción de infraestructuras (carreteras y otras conexiones de transporte, alumbrado, agua corriente), a la vez que desarrollaba un sistema de educación pública gratuita. El gran problema de Arabia Saudí en los años 50 y 60 es que había tenido que importar mano de obra cualificada de otros países árabes para la industria petrolera y la creciente burocracia. Esto planteaba problemas sociales ademas de económicos, pues los inmigrantes traían consigo nuevas costumbres e ideas peligrosas y revolucionarias.

3840264669Proximidades de la Meca, década de 1970. Fuente: Aramcoexpats

El gobierno de Faisal estableció numerosas escuelas públicas y varias universidades técnicas y religiosas, e incluso promovió la educación femenina. Esto último preocupó seriamente al clero, al que se tranquilizó otorgándole el control sobre las escuelas para chicas. En general, Faisal consiguió reducir paulatinamente la dependencia de la mano de obra extranjera, proporcionando empleos cualificados a muchos de sus súbditos, que además no pagaban impuestos.

Arabia Saudí, al fin y al cabo, es uno de los ejemplos clásicos de Estado rentista, y el modelo se consolidó durante el reinado de Faisal. El desarrollo económico, especialmente, posibilitó la expansión del Estado y la creación de una burocracia sólida, superandose así los modelos rudimentarios e informales implantados por Ibn Saud. Cada vez más súbditos estaban a sueldo del Estado como funcionarios o soldados a la vez que más servicios públicos estaban al alcance de los saudíes.

Los monarcas saudíes siempre habían sido vistos como proveedores y redistribuidores de riqueza. En la cuarta entrega explicaba cómo antes del descubrimiento del petróleo Ibn Saud mostraba su poder organizando banquetes para sus súbditos y concediéndoles regalos. Durante el reinado de Faisal, esta generosidad real se traducía en sanidad y educación públicas y de calidad, vivienda pública, parques y jardines, becas para estudiar en Estados Unidos y un sinfín de “obsequios”. La sociedad de consumo se implantó poco a poco entre los saudíes, no sin reservas de los círculos más conservadores.

Si los súbditos de a pie disfrutaban de nuevos servicios, las ramas colaterales de los Saud y las élites tribales de la periferia del Estado no se quedaron atrás. Cada príncipe saudí se rodeó de un círculo particular de cortesanos pelotas (líderes tribales en decadencia, primos sin poder y sin sueldo estatal) a los que llevaban de viaje por Europa y daban donativos regulares. Los miembros menores de la familia Saud, que no necesitaban la limosna de algún príncipe más importante pero que no esperaban ocupar ningún cargo político, se dedicaron al mundo de los negocios aprovechando sus lazos familiares para obtener suculentos contratos públicos y acuerdos comerciales ventajosos.

desalination-plantSello conmemorativo de la inauguración de la primera desaladora en 1971 (1391 de la era islámica). Me encantan los sellos como fuente histórica, pues muestran la “ideología oficial” que el Estado trata de transmitir.

Arabia Saudí, en fin, entraba en el mundo desarrollado y consumista. Esto, sin embargo, generó grandes tensiones. Hace tiempo que no hablamos de ellos, pero no viene mal recordar que el reino saudí era el fruto de un acuerdo entre la familia Saud y el estamento clerical wahabí. Y los wahabíes, recordemos, no eran muy amigos de las innovaciones.

Religión y Estado durante el reinado de Faisal

En 1965, una multitud enfurecía chocaba con las fuerzas de seguridad saudíes en Riad. El líder de la protesta, un sobrino lejano del rey llamado Jalid bin Musaid, era abatido por la policía. El motivo de los disturbios, por llamativo que parezca, era la inauguración de la primera cadena de televisión en Arabia Saudí.

Buena parte de los saudíes no veían con buenos ojos las nuevas tecnologías. En su libro, Ángeles Espinosa cuenta como una simple bicicleta era calificada como “el caballo del diablo” a mediados de siglo XX. La doctrina wahabí era una de las causas de esta reticencia al progreso tecnológico .Para continuar con sus planes de desarrollo, Faisal necesitaba tranquilizar a los hombres de religión e incorporarles a la estructura del Estado saudí, a la vez que debía marginar y silenciar a los clérigos intransigentes que no estaban dispuestos a cooperar.

¿Os acordáis de los mutawain? Hablé de ellos en la tercera entrega. Los mutawain eran clérigos no profesionales que se encargaban de difundir la doctrina wahabí y pegar con un palo a los que no la respetasen, y fueron un factor fundamental en la consolidación del reino de Ibn Saud. Desde entonces, habían disfrutado de privilegios y ejercían como policía religiosa. Faisal dió un paso más en el desarrollo de los lazos entre el Estado y el estamento religioso. Escogió a los más “educados” de entre ellos y los puso al frente de las recién creadas universidades religiosas, a expensas de los ulema más consolidados de regiones como Hiyaz. Los ulema hiyazíes pertenecen por lo general a la escuela malikí, mientras que los Saud siguen la doctrina wahabí, que a su vez pertenece a la escuela hanbalí. Si todo esto os suena a chino, quedaos con que los Saud fomentaron su propia visión del islam suní por encima de la que es tradicional en otras regiones del país.

faisal rezandoEl rey Faisal rezando. Getty Images.

La doctrina wahabí, que hasta entonces había sido transmitida informalmente en las madrasas cercanas a la mezquita, se desplazó a las recien establecidas universidades religiosas, donde adquirió una estructura formal y estandarizada. Muchos mutawain se convirtieron así en ulema propiamente dichos.  Mientras tanto, el número de mutawain encargados de velar por la moral pública aumentaba. Como he mencionado arriba, el clero wahabí se hacía además con el control de la recién establecida educación femenina, lo que aumentaba aún más su influencia en la sociedad saudí. Los clérigos que rechazaban realizar concesiones al desarrollismo de Faisal eran excluidos del funcionariado y de las escuelas y universidades religiosas.

Estado y wahabismo, una vez más, se fundían en una provechosa alianza. Salvo en asuntos puntuales, el clero saudí apoyó y sancionó religiosamentecasi todas las decisiones del monarca.

La diplomacia de Faisal: Arabia Saudí se convierte en potencia regional

En el plano diplomático, el reinado de Faisal puede considerase un éxito. La política errática de Saud fue sustituida por una estrategia planificada a la vez que oportunista que consiguió convertir a Arabia Saudí en la principal potencia árabe.

Las principales amenazas exteriores para los Saud eran las nuevas ideologías del baazismo y el nacionalismo árabe. Para contrarrestarlas y obtener apoyo frente a las repúblicas árabes, Faisal adoptó una retórica panislamista que hizo las delicias del clero saudí a la vez que proyectaba a Arabia Saudí más allá del mundo árabe, estrechando sus relaciones con países como Pakistán o Irán. La Liga Mundial Islámica (1962) y la Organización para la Cooperación Islámica (1969) surgieron gracias a la iniciativa de Faisal, que las dio sede y financiación. Los saudíes también comenzaron a financiar la construcción de mezquitas y madrasas a lo largo del globo, y gracias a su generosidad, consiguieron que su rol de “Guardianes de los Santos Lugares” adquiriese un carácter político.

Faisal subió al trono durante la intervención saudí en Yemen, en lo que era una suerte de guerra fría entre Egipto y Arabia Saudí. Comenté el asunto al final de la entrega anterior. En 1965, Nasser y Faisal llegaron a un acuerdo por el cual Egipto retiraría sus tropas al final del año siguiente y Arabia Saudí dejaría de apoyar a los realistas. Nasser tenía objetivos más ambiciosos en Palestina y le venía bien liberar algunas de sus tropas.

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Faisal, Gadafi, Iryani (presidente de Yemen) y Nasser. BBC

La guerra de los Seis Días de 1967, un ataque preventivo del ejército israelí contra sus vecinos, fue un tremendo desastre para los nacionalistas árabes liderados por Nasser. En menos de una semana, Egipto perdió el control de Gaza y el Sinaí, Siria los altos del Golán, y Jordania se quedó sin Jerusalén y Cisjordania. Libia, Kuwait y Arabia Saudí (productores de petróleo) anunciaron que ayudarían económicamente a los países de la “línea de frente”. Con Nasser neutralizado por su incapacidad para defender su país, Faisal tenía vía libre para seguir con su proyecto de convertir a Arabia Saudí en potencia regional a golpe de talonario. Cuando Nasser fue sustituido por Sadat en 1972, Egipto, necesitado de ayuda financiera, pasó a entrar en la esfera de influencia saudí.

Gracias al apoyo económico saudí los egipcios restauraron su maltrecho ejército y en 1973 sorprendieron a los israelíes en la guerra de Yom Kipur. Sadat tenía el apoyo logístico y moral de Faisal, que había suscrito los tres principios acordados por los mandatarios árabes en 1967: no al reconocimiento del estado de Israel, ni a las negociaciones con ellos, ni a la paz. Sin embargo, su apoyo a los palestinos y la OLP no estaba justificado desde un punto de vista nacionalista árabe, sino religioso, dada la importancia de Jerusalén como lugar sagrado islámico. Los saudíes consiguieron que otros estados musulmanes apoyasen la campaña contra Israel, y además financiaron a la OLP y a sus campos de entrenamiento en varios países árabes.

Arabia Saudí y otros países árabes productores de petróleo acordaron subir los precios del crudo en 1973 como consecuencia del apoyo a Israel por parte de los EEUU y Europa. Esto causó una crisis económica mundial sin precedentes, a la vez que aumentaba enormemente los ingresos de los saudíes. Faisal se convertía en el líder simbólico de la nación árabe, un monarca capaz de desafiar a los americanos. No obstante, la historiadora Madawi al-Rasheed afirma que Arabia Saudí no quería recurrir al embargo y solo se unió a él cuando no podía rechazarlo por miedo a perder su recién obtenido liderazgo en el mundo árabe.

1101731119_400Faisal en la portada de Time, Noviembre de 1973.

Faisal estaba entre la espada y la pared. Por un lado, debía hacer honor a su condición de nuevo líder de los árabes y mantener el pulso a los americanos y los israelíes, tal y como demandaban los líderes nacionalistas árabes de sus países vecinos (Siria, Iraq, Yemen). Por otro, necesitaba no alienar demasiado a los americanos, de quienes dependía para la explotación y exportación de petróleo y para su protección militar frente a los regímenes panarabistas. Al final, Faisal logró sus objetivos forzando a la OPEC a mantener una política de precios moderados y aumentando la producción de crudo a los pocos meses de ser iniciado el embargo, lo que fue premiado cpn una serie de acuerdos para la formación del ejército saudí y la adquisición de armamento pesado americano.

En julio de 1968 los baazistas iraquíes se hacían con el control del gobierno de su país con un golpe de Estado. Bagdad sustituía a El Cairo como capital simbólica del nacionalismo árabe, y allí se daban cita los escasos disidentes y opositores izquierdistas saudíes, así como algunos círculos chiíes. Esta oposición era muy reducida y apenas tenía influencia, aunque se mantuvo activa durante un tiempo y consiguió publicar revistas y panfletos en los que se criticaba a la monarquía.

El asesinato del rey Faisal

Todo parecía atado y bien atado en Arabia Saudí. La familia real estaba en orden, la población parecía contenta con la bonanza económica, la ausencia de impuestos y los servicios públicos de calidad. Egipto, el gran rival ideológico y militar de los saudíes había fracasado en su guerra contra Israel y se había convertido en un satélite de los saudíes. Faisal gozaba de prestigio internacional y el reino saudí se consolidaba como referente en el mundo islámico. Y, sin embargo, Faisal murió asesinado.

El regicida, sin embargo, no era un opositor izquierdista o un espía internacional. Como suele suceder en Arabia Saudí, se trataba de un asunto doméstico de la familia Saud. He mencionado antes la manifestación contra la televisión pública en 1965 en la su líder, un joven príncipe llamado Jálid ibn Musaid, había muerto a manos de la policía. Diez años después, el hermano de este Jálid, que también se llamaba Faisal, decidió asesinar al monarca durante una de las tradicionales reuniones en las que el rey recibía a dignatarios extranjeros y miembros de su familia.

the-one-and-only-during-the-1973-arab-israeli-war-when-9579212Meme conspiranoico en el que se afirma que Faisal fue ejecutado por la CIA a causa de la crisis del petróleo.

¿Los motivos? Hay quien dice que fue una venganza por la muerte de su hermano; otros afirman que la venganza era por la deposición del rey Saud, ya que el joven Faisal se iba a casar con la hija del antiguo rey; otras versiones dicen que fue un asunto de drogas o incluso un complot de la CIA. Lo único cierto es que el rey Faisal estaba muerto y el 25 de marzo de 1975 su hermano Jálid ibn Abdulaziz se convertía en el nuevo sultán de Arabia Saudí.

Jálid reinaría hasta 1982, y su mandato coincidiría con la revolución iraní. Hablaremos de ello en la siguiente entrega.

 

 

 

 

 

Afganistán III: Rumbo a la revolución (1933-1978)

Continuamos con la historia de Afganistán. Este artículo, al igual que los dos anteriores, es una traducción libre y ampliada de la historia de Afganistán de Gerald Farrell, hecha con el permiso del autor. En esta entrega he traducido con mucha más libertad, alterando párrafos y añadiendo u omitiendo detalles para que el texto sea más agradable para los lectores castellanohablantes. Los encabezados y la división de los párrafos también son cosa mía.

El reinado de Mohammed Zahir Shah (1933-1973)

Mohammed Zahir Shah, el hijo de Nadir Shah, reinaría en Afganistán durante cuarenta años, un periodo de paz casi sin precedentes y cierto desarrollo económico gracias en parte a las ayudas económicas que el país recibía. El rey y su primer ministro entre 1953 y 1963, Mohammed Daud Jan, se dejaron agasajar por las potencias imperiales de la época, EEUU y la URSS, a quienes conseguían extraer fondos para infraestructuras como presas y escuelas a cambio de un apoyo que no se llegaba a materializar.

Daud, que era familia directa del rey y además estaba casado con su hermana, causó problemas con Pakistán y con los grupos no pastunes de Afganistán al insistir demasiado en el tema del Pastunistán y tratar de reforzar la posición de los pastunes a expensas de otros grupos étnicos. Daud fue retirado del gobierno en 1963, y en la década siguiente mantuvo un perfil bajo mientras preparaba su venganza. El rey, mientras tanto, se dispuso a introducir una serie de reformas, como elecciones o declaraciones de derechos de la mujer.

zahir-shah1El rey Mohammed Zahir Shah  y su primer ministro Mohammed Daud

Aunque eran un paso bienintencionado, estas medidas escondían la falta de progreso material real en el Afganistán donde vivía la mayor parte de la población. Una vez más, vemos una élite urbana prosperando y dictando el camino a seguir a las masas rurales “atrasadas”, y una vez más vemos a las masas rurales sintiendo cierto rencor ante las buenas intenciones de las progresistas élites que les exigían cambios sin ofrecer a cambio unas mejoras en su calidad de vida. Aún así, estos años son considerados una época dorada, lo cual no es sorprendente considerando lo que vino después.

Daud, que había estado cultivando relaciones con los marxistas del país y la Unión Soviética, tramó un golpe para volver al poder. En 1973, cuando el rey estaba de vacaciones en el extranjero, se hizo con el control del país con la ayuda del ejército, que poco a poco había quedado bajo la influencia de los consejeros soviéticos y los intelectuales marxistas. En lugar de proclamarse a sí mismo rey, como venía siendo la costumbre, Daud abolió la monarquía y se nombró a si mismo presidente de la nueva república afgana.

La república afgana (1973-1978)

El golpe de Daud dió ánimos los elementos más progresistas de la sociedad afgana. La izquierda urbana pensó que era el momento de aplicar su programa de transformación social, algo difícil teniendo en cuenta lo lejos que Afganistán estaba de reunir las condiciones “objetivas” que los marxistas han considerado tradicionalmente como aptas para la transición al socialismo. Los años siguientes estuvieron marcados por la inestabilidad y la lucha por el poder entre las distintas facciones izquierdistas de Kabul y otras áreas urbanas. Muchos hombres y mujeres jóvenes que habían sido formados en la Unión Soviética regresaban a casa, impacientes por poner en práctica sus ideales revolucionarios y crear una sociedad mejor. Al mismo tiempo, el aumento del desempleo y de la corrupción hacía que estos jóvenes tuvieran cada vez menos oportunidades.

El principal partido político de finales de los 60 y principios de los 70 fue el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Haciendo honor a las tradiciones de la izquierda, este partido estaba acabó escindiéndose en dos facciones encontradas, los Parchamis (de parcham, bandera) y los Jalquis (de jalq, masas). Los Parchamis, liderados por Babrak Karmal, ayudaron a Daud a hacerse con el poder en el golpe del 73. Su visión era que, dado que Afganistán no reunía las condiciones materiales para aplicar el comunismo al estilo soviético, era precisa una estrategia gradualista y pragmática en la que poco a poco sus ideas fueran obteniendo apoyo popular, y de ahí su alianza táctica con Daud, un aristócrata burgués que no tenía mucho de comunista. Los Jalquis, por su parte, preferían una estrategia leninista de toma del poder a manos de una pequeña vanguardia organizada. Sus líderes eran Nur Muhammad Taraki y Hafizullah Amin, los cuales criticaron duramente el apoyo de los Parchamis a Daud.

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De izquierda a derecha: Taraki, Amín y Karmal

Aún así, la luna de miel entre el gobierno y sus aliados socialistas no duró mucho. Preocupado por la posible influencia soviética, y empeñado en seguir presionando a Pakistán en relación al Pastunistán (hablamos brevemente de ello en la anterior entrega), Daud comenzó un acercamiento hacia los Estados Unidos y su socio (y vecino), Irán. El rpesidente esperaba así paliar el descenso de la ayuda al desarrollo soviética, de la que su país seguía dependiendo. Hacia 1975, la mayoría de los Parchamis habían sido expulsados del gobierno, y los asesores soviéticos habían sido devueltos a su país. La semilla de una toma de poder por parte del PDPA, con apoyo soviético, estaba sembrada. Lo único que hacía falta es que los socialiustas dejasen de luchar entre sí.

La revolución de Saur (1978)

El PDPA se las apañó para reunificarse y no disolverse el tiempo suficiente como para echar a Daud del poder con la ayuda del ejército. Se puede decir que la suerte les acompañó. La revolución de Saur (el mes del calendario persa en el que tuvo lugar) fue precipitada por el asesinato extrajudicial de un notable miembro del PDPA. Su funeral fue la escena improvisada de una impresionante manifestación, a la que Daud respondió encarcelando a Taraki y Karmal, pero no a Amín. Este fue el primero de una serie de fallos por parte de las fuerzas de seguridad leales al presidente sin los cuales la revolución no hubiera sido posible.

Amín consiguió ocultar bajo el colchón de su hijo los planes para el golpe de estado que el PDPA había planeado para meses más adelante. A pesar de encontrarse bajo arresto domiciliario, la policía permitió a uno de los cómplices de Amín visitarle, pensando que se trataba de su hermano, de forma que el líder del los Jalquis fue capaz de suministrar instrucciones a sus aliados en el ejército. Por si fuera poco, el gobierno organizó un baile para sus soldados con el objetivo de celebrar el arresto de los líderes comunistas. El día siguiente, el 28 de abril de 1978, el régimen de Daud se derrumbó. El apoyo al PDPA en buena parte del ejército, así como la incompetencia del gobierno, elevó a los comunistas al poder y convirtió a Taraki en el nuevo líder del país. Daud fue asesinado al amenazar con su revólver a los soldados que se disponían a arrestarle. A pesar de lo que se creía en Occidente, a los soviéticos este evento les pilló por sorpresa, aunque se mostraron cautamente satisfechos por el nuevo aliado que los acontecimientos les brindaban.

Una vez más, sin embargo, es crucial recordar que esta “revolución” tenía escasa relación con la vida cotidiana de la gran mayoría de los afganos, cuya existencia rural apenas era afectada por los grandiosos planes de los intelectuales urbanos. La política en el siglo XX había estado marcada por planes intermitentes e inconclusos y constituciones idealistas. Se pueden escribir todas las constituciones que se quiera, pero estas no dejan de ser una pila de papel si no se crean unas instituciones que las pongan en práctica, lo que no siempre sucedió en Afganistán.

En el siguiente video se pueden ver una serie de imágenes acompañadas de una música agradable que da una idea de la atmósfera que se respiraba en Kabul tras la revolución. La mayoría de la gente común parece perpleja, probablemente preguntándose qué pasará después y esperando que los políticos se limiten a matarse entre sí y dejarles en paz. Desafortunadamente, este no sería el caso en los años venideros.

Los comunistas no contaban con un apoyo popular extendido, más allá del ejército y un pequeño grupo de intelectuales urbanos y trabajadores industriales concienciados. La “revolución” no había sido tal, sino más bien un golpe de estado organizado gracias a la infiltración en el ejército. Una vez alcanzó el poder, el PDPA trató de que sus visión de futuro fueran algo más que una serie de planes idealistas en un trozo de papel. Comenzaron enviando a algunos de sus miembros al campo para poner en marcha su programa, que consistía en educación universal para todos (incluyendo por supuesto a las mujeres), la prohibición del matrimonio infantil, una campaña contra el velo femenino, reforma agraria, cancelación de las deudas en las que se encontraban sumidos muchos campesinos y que los convertían virtualmente en esclavos, y el estatus de igualdad para todas las minorías étnicas.

pdpaEmblema del PDPA

Todo esto suena muy bien, pero para llevarlo a cabo hace falta un grado de control y una influencia sobre las zonas rurales que los políticos de la capital no poseían. Y con estas medidas se estaban ganando la enemistad de las clases sociales tradicionales que habían ejércido el poder, los terratenientes rurales y el clero tradicional, que veían sus intereses amenazados. El antagonismo entre la clase política urbana y la élite rural tradicional, persistente durante todo el siglo XX, acabaría produciendo tristes resultados, de los que hablaremos en la próxima entrega.

– – –

Antes de terminar, me gustaría hacer una pequeña reflexión como historiador que trasciende las fronteras de Oriente Medio. A menudo, un cambio político en los centros de poder (las ciudades) encumbra a una nueva élite progresista con grandes ideales, casi siempre impaciente por llevarlos a cabo. La mayoría de las veces, especialmente si los cambios se intentan imponer de forma rápida y radical, esto acaba generando una violenta reacción en contra por parte de las clases rurales dominantes. A pesar de sus planes altruistas, buena parte del pueblo llano no se fía de sus “liberadores” urbanitas y da su apoyo a los líderes tradicionales, a pesar de que estos les oprimen.

Más que una muestra de lo reaccionarios que son los campesinos, esto es un ejemplo de que las ciudades y el campo se mueven a ritmos distintos. El refranero español lo explica claramente: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. En nuestro país, el rechazo que la reforma agraria y las políticas laicizantes de la II República suscitaron entre los labradores y campesinos del norte de España podría ser entendido en este contexto. En Irán, la toma de poder por parte de los clérigos a pesar de que la revolución había sido iniciada por las clases medias urbanas se explica en parte por el mismo principio.

Arabia Saudí VI: el breve reinado de Saud (1953-1964)

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)

Introducción

Noviembre de 1953. Abdelaziz Ibn Saud, conquistador y pacificador de los territorios que hoy día forman Arabia Saudí, acaba de morir. El reino es más próspero que nunca gracias a las riquezas del petróleo, aunque también más vulnerable. Las rivalidades familiares y la incertidumbre del momento histórico, en el que se sucedían los golpes que derrocaban a las monarquías vecinas, hicieron que los primeros años tras la muerte de Ibn Saud fueran turbulentos.

La primera década tras la muerte del gran patriarca sería un periodo de lucha interna entre los dos hijos mayores de Ibn saud, Faisal y Saud, pero también una etapa en la que el estado saudí tendría que hacer frente a las amenazas ideológicas que llegaban desde el exterior. El momento histórico, sin duda, era emocionante para los árabes. El partido Baaz era fundado en Siria y se expandía por otros países árabes, llegando a ser una fuerza significativa en algunos parlamentos. En Egipto, Nasser se hacía con el control y plantaba cara a las antiguas potencias coloniales con la nacionalización del canal de Suez. La Nakba palestina hacía emerger un sentimiento de solidaridad y de impotencia entre los árabes. Demasiados desafíos externos para un reino que se enfrentaba a su primera sucesión.

Saud el olvidado (1953-1964)

El heredero al trono, como contaba en la entrega anterior, era el príncipe Saud, que fue coronado a los pocos días de la muerte de su padre, mientras que Faisal era proclamado heredero al trono. Faisal estaba mucho más versado en las labores de gobierno que su hermano, y pronto el nuevo rey y su heredero comenzaron a mostrar sus diferencias. Saud sería depuesto por su propia familia en 1964, un acontecimiento insólito en la historia reciente del reino. ¿Cómo se llegó a esa situación?

El primer motivo fueron los problemas económicos. A pesar de que los ingresos por el petróleo no dejaban de aumentar, Saud disparó el flujo de gasto sin ningún tipo de control, y las deudas que había heredado de su padre se multiplicaron. Aunque el nuevo rey canceló los pocos proyectos de obras públicas que había comenzado, no disminuyó el gasto destinado a los demás príncipes de su familia, y los lujos de la enorme familia Saud consumieron las finanzas del estado.

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Fuga en un oleoducto en 1958. Aramcoexpats.

Si anteriormente la familia estaba sujeta a la magnanimidad del patriarca Ibn Saud, que concedía regalos y prebendas a su voluntad, Saud fijó un sueldo anual muy generoso para los improductivos miembros de la familia (32.000$ al año).

En 1958, la deuda saudí alcanzaba los 480 millones de dólares, y los bancos internacionales, así como ARAMCO, el consorcio petrolero que operaba en el país, se negaron a conceder más créditos. El valor del rial se devaluó a la mitad de su precio anterior.

El colapso económico, no obstante, no explica la caída de Saud. El principal motivo de su abdicación forzosa se debió a la lucha que mantuvo con su hermano Faisal por el poder. La historiografía saudí ha presentado el enfrentamiento como el choque entre dos formas de entender el gobierno: una, la de Saud, tribal , medieval y despótica; y la otra, la de Faisal, modernizadora, eficiente y cabal. Sin embargo, las cosas distan de ser tan idealistas. En la práctica, el enfrentamiento tuvo que ver con las ramas de la familia que controlaban los órganos de gobierno.

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Saud en 1952. Wikimedia

Como contaba en la entrega anterior, Abdelaziz Ibn Saud se retiró del gobierno durante sus últimos años, dividiendo las responsabilidades entre Saud y Faisal. Ibn Saud había creado una serie de instituciones de gobierno y ministerios para facilitar su gobierno. Aún así, estaba claro que el poder absoluto estaba en sus manos, pues al fin y al cabo él había sido el conquistador y arquitecto del reino. El problema estuvo, tras su muerte, en el papel que estas nuevas instituciones tendrían en el nuevo gobierno. La última instución que fue creada por Ibn Saud, un mes antes de su muerte, fue el Consejo de Ministros.

Este consejo fue pensado como rama ejecutiva del gobierno. Podía aprobar decretos, pero sus decisiones precisaban de la aprobación del rey. El primer ministro, director del consejo, ejercería como líder del ejecutivo. Y aquí es donde comenzaron los problemas. Faisal, que era ministro de asuntos exteriores, fue designado como primer Primer Ministro (valga la redundancia) del reinado de Saud. Saud, que desconfiaba de su hermano, decidió liquidar el puesto y ejercer él mismo como primer ministro de facto, pues para algo era el rey.

Además, Saud decidió situar a sus hijos y descendientes en los altos cargos de la burocracia en expansión: Los nuevos ministerios de Educación, Comunicación y Agua y Agricultura fueron establecidos durante el primer año de reinado de Saud. El rey decidió además situar a los suyos en los puestos estratégicos. En 1957, Saud nombró a su hijo Fahd ministro de Defensa, y colocó a sus vástagos Sa’ad, Musa’id y Jalid al frente de la Guardia Especial, la Guardia Real y la Guardia Nacional, respectivamente.

Aparte de sus hijos, Saud colocó a personas de su confianza, no ligadas a la familia real, o pertenecientes a ramas menores y colaterales de la descendencia de su padre, a la cabeza de la mayoría de ministerios. Esto enfadó muchísimo a sus hermanos de mayor edad, especialmente a Faisal, que veía como Saud repetía las tácticas con las que su padre se encargó de marginar a sus hermanos a principios de siglo. Uno de los medio-hermanos menores que Saud colocó en el gobierno, Talal, daría mucho que hablar años más tarde.

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Talal. Wikimedia

Los miembros de la familia Saud y sus clientes se acabaron dividiendo en tres bandos informales. En primer lugar, los partidarios del rey Saud, especialmente sus hijos y descendientes directos. En segundo lugar, Faisal, sus tíos, y algunos de sus hermanos, que posteriormente serían llamados los Siete Sudairis. Por último, Talal y sus príncipes libres. ¿Cómo? ¿Príncipes libres?

Así es. Mientras en otros países árabes, las monarquías caían y los regímenes se transformaban gracias a la sociedad civil y grupos de “oficiales libres” (como el de Nasser en Eigpto), en Arabia Saudí este papel lo intentaron desempeñar los hijos menores de Ibn Saud, que reclamaban “reformas” y un gobierno más plural.

Talal había sido parte del gobierno hasta 1961, cuando fue cesado por su ambición y sus roces con Saud y Faisal. Ese año se exilió en Beirut, y allí formó su grupo de oposición, al-umara’ al-ahrar, los príncipes libres, que fue seguido de cerca por la prensa egipcia y libanesa. Entre otras cosas, los príncipes reclamaban una monarquía constitucional y más derechos y libertades, todo ello revestido de retórica inspirada en el panarabismo y el nasserismo.

La sociedad saudí no era especialmente activa en cuestiones políticas, salvo unos pocos afortunados que habían podido estudiar en el extranjero. Los trabajadores de la industria petrolera, gracias a la influencia de los inmigrantes de otros países árabes, fueron capaces de organizar varias huelgas exitosas para reivindicar mejores condiciones laborales. Más allá de eso, la política era un asunto familiar y dinástico, y solamente los Saud y sus protegidos se interesaban por el tema.

El rey Saud, no obstante, desconfiaba del ejército y de sus hermanos y se temía un golpe de Estado. Hay varias anécdotas graciosas al respecto, que incluyen al rey escondiéndose tras haber entendido mal a sus sirvientes. El temido golpe acabó llegando de la forma más inesperada. En 1964, cuando Saud estaba en el extranjero recibiendo tratamiento médico, Faisal formó un nuevo gobierno que excluía a los hijos de Saud e incluía a Fahd, Sultan y otros de los mencionados “Siete Sudairis”. Prometieron una serie de reformas básicas, así como la abolición de la esclavitud y la redacción de unas leyes básicas.

A la vuelta, el rey rechazó las medidas y amenazó con movilizar a la Guardia Real contra Faisal. Faisal respondió convocando a la Guardia Nacional. Finalmente los ulema y los miembros de la familia más ancianos intervinieron y forzaron un compromiso. Saud se iría al exilio en Grecia, donde moriría 5 años más tarde, y Faisal se convertiría en nuevo rey. Un golpe intrafamiliar y sin sangre.

Diplomacia saudí en la era de la independencia

Otro de los grandes problemas de Saud fue su diplomacia errática. Su reinado (1953-1964) coincidió con un periodo muy interesante en la política de los demás países árabes. Podéis encontrar un poco más de contexto en este artículo.  Dos tendencias destacan en esta década. En primer lugar, la sustitución de las monarquías liberales resultantes de la descolonización por repúblicas de corte socialista, a menudo gobernadas por los militares (Egipto en 1952 era el caso más reciente). En segundo lugar, la lucha entre EEUU y la URSS por la influencia en la región.

monarquias republicas 1950

monarquias republicas 2016Monarquías en 1950 y monarquías en la actualidad. Hay un error, y es que Siria ya era una república en 1950.

Sin embargo, los principales enemigos de los saudíes seguían siendo los hachemitas, que gobernaban en Jordania e Iraq (para más información, véanse Arabia Saudí II, III, y La colonozación de Oriente Medio). Saud intentó apaciguar a Nasser, que había tomado el poder en Egipto, a la vez que firmaba con él un tratado de defensa mutua en 1955, pensado para contrastar la creciente influencia de los hachemitas y el Pacto de Bagdad.

Siguiendo el ejemplo del líder egipcio, Saud intentó adoptar la retórica del nacionalismo árabe y buscó acuerdos con los países de la órbita soviética. También intentó eliminar algunos de los monopolios de los que la empresa ARAMCO disfrutaba en su país, como los derechos sobre el transporte del crudo, algo que no sentó muy bien en la empresa y en EEUU.

Saud apoyó a Nasser cuando decidió nacional izar el Canal de Suez, y cortó las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña. Las cosas ya se habían puesto tensas entre el reino saudí y el decadente Imperio británico en los últimos años de Ibn Saud, ya que Arabia Saudí había intervenido en las disputas internas de varios emiratos del Golfo (Omán, Abu Dhabi) que estaban bajo la protección británica.

CENTO
El Pacto de Bagdad

No obstante, la relación entre Nasser y Saud no llegó a cuajar. El presidente egipcio visitó Arabia Saudí en 1956, disfrutando de una cálida recepción popular. Esto preocupó mucho a la familia Saud, que no deseaban un levantamiento popular anti-monárquico. Además, Nasser estaba en pleno enfrentamiento contra los Hermanos Musulmanes, un grupo que contaba con las simpatías de los saudíes. Nasser propuso la unión de Egipto, Siria y Arabia Saudí en un único estado, algo que tampoco hizo mucha gracia a los Saud, que veían el país como su propiedad y su cortijo privado.

Cuando Egipto y Siria se unieron en 1958, Saud decidió conspirar para asesinar a Nasser. La trama fue descubierta por la prensa libanesa, llenando a la familia saudí de vergüenza. Faisal y sus hermanos mayores se enfadaron con el rey, al que acusaban de una diplomacia inconsistente y de minar la reputación del reino. Probablemente las semillas de la abdicación forzosa de Saud se sembraron aquí. El año anterior, Saud había visitado al rey hachemita de Iraq, el antaño archienemigo de su familia, para intentar forjar una alianza contra Nasser. El entendimiento no duró mucho, ya que en julio del 1958 el rey de Iraq fue depuesto por los militares, apoyados por el partido Baath y los nasseristas.

Esta Guerra Fría entre Saud y Naser se desplazó entonces a Yemen, donde en 1962 Abdulá al Salal, un oficial apoyado por los egipcios, depuso al monarca yemení e instauró una república, la primera república en la península arábiga, y una amenaza vital para la supervivencia del reino saudí. Se inició así un conflicto entre Egipto y Arabia Saudí con Yemen como campo de batalla. Saud apoyó a los realistas, mientras que Nasser aportó tropas y financiación a los partidarios del nuevo presidente . Cuando Saud fue depuesto, el conflicto civil en Yemen no había terminado. Arabia Saudí interviniendo en Yemen… nos suena terriblemente actual, ¿verdad?

Esta intervención fue apoyada por los EEUU, gracias especialmente a la mediación del futuro rey, Faisal. EEUU acordó establecer un sistema de defensa aérea en la fontera con Yemen y realizó maniobras conjuntas con los saudíes, así como ejercicios de intimidación contra los egipcios. La cosa no llegó a más, pues Kennedy no quería tensar las relaciones con Egipto, y además entendía que su responsabilidad se limitaba a proteger los yacimientos petrolíferos y el suministro de crudo.

EEUU y Arabia Saudí no se entendieron bien durante la primera mitad de los 60. Faisal, que se encargaba de los asuntos exteriores, trató de mejorar las relaciones con Gran Bretaña a raíz del conflicto en Yemen. Sin embargo, los británicos no disponían de los medios ni de la sganas para apoyar la campaña saudí en Yemen. Además, Faisal entendió bien que en el nuevo mundo bipolar los británicos jugaban un papel secundario. El futuro pertenecía a EEUU y la URSS, y dado que los saudíes eran fervientemente anti-comunistas (al fin y al cabo, la suya era una monarquía despótica apoyada en la religión), decidieron que su supervivencia pasaba por llevarse bien con los americanos, que además tenían importantes intereses económicos en el país.

Saud no solo había llevado acabo una política interna errática y económicamente desastrosa, sino que sus esfuerzos diplomáticos fueron en vano y a menudo contraproducentes.

Durante el reinado de Faisal, Arabia Saudí abandonó su posición marginal en la región y se consolidó como potencia. Lo veremos en la siguiente entrega.

Afganistán II: La llegada del modernismo laico (1919-1933)

Proseguimos con la Historia de Afganistán. Os recuerdo que no se trata de un texto de mi autoría, sino de una traducción libre y ampliada de la Historia Contemporánea de Afganistán que Gerard Farrell publicó en su blog Two Legs Bad. [El texto que veáis entre corchetes como estos será añadido mío]. Los encabezados también han sido añadidos por mí, y también he acortado los párrafos para facilitar la lactura. Algunas de las fotos también las he puesto yo.

La tercera guerra anglo-afgana (1919)

[Farrell no se detiene excesivamente en el tercer y último conflicto entre el Imperio británico y el emirato afgano. Bélicamente fue una guerra de baja intensidad, con escasas bajas y relativamente corta, apenas tres meses. Fue iniciada por Afganistán, en el contexto de una lucha sucesoria entre el recién proclamado emir Amanulá Jan y su tío.

El objetivo de la campaña era recuperar el control sobre las relaciones internacionales. Aunque Afganistán se mantuvo neutral durante la primera guerra mundial, intentó cultivar relaciones con el eje turco-alemán, ganándose la reprimenda de los británicos. En el vecino Indostán sucedían cosas tan agradables como esta, lo que sumado al revuelo interno, animó al nuevo emir a invadir el Raj británico.

Tácticamente, la victoria fue británica. La aviación  fue un factor psicológicamente determinante para forzar a los afganos a firmar un armisticio. Sin embargo, la victoria moral y estratégica fue afgana, pues dejaron de ser un protectorado y se convirtieron en un emirato independiente y en pleno control de su política exterior. Los británicos, aún así, arrancaron una importante concesión: la línea Durand siguió siendo la frontera entre Afganistán y el Indostán británico].

La línea Durand y las etnias de Afganistán

Antes de continuar con el relato, merece la pena pararse a considerar la línea Durand. Fue acordada en los 1890s, al término de la III Guerra Anglo-Afgana, entre el emir y un funcionario británico apellidado Durand. La línea representaba el límite máximo donde los británicos podían esperar ejercer la autoridad sin embarrarse en un conflicto largo, sangriento e improductivo como los que ya hemos visto. El hecho de que esta zona fronteriza no tuviera ningún tipo de relación con las realidades étnicas, lingüísticas o políticas del terreno no parece haber tenido peso en sus cálculos. Esta no es una mera anécdota histórica; tendría consecuencias reales y peligrosas en el futuro.

durand-line1[Línea Durand y distribución de los pastunes. Fuente: Khaama Press]

La línea Durand seccionaba el área donde vivía el mayor grupo étnico de Afganistán, los pastunes, de modo que la mitad de la población pastún quedó en Afganistán y la otra en lo que después de 1947 se conocería como Pakistán. Hasta hoy, la frontera entre ambos países es poco más que una línea porosa, y en muchos lugares la población puede cruzar de un país a otro libremente sin ningún tipo de control fronterizo. Esto se convirtió en un factor fundamental para facilitar la resistencia a las ocupaciones soviética y americana.

El hecho de que los pastunes fueran divididos entre Afganistán y Pakistán, y el sueño de algunos pastunes de conseguir una patria independiente, también serían motivos de tensión entre ambos países. La idea de un Pastunistán continuaría siendo atractiva para algunos políticos hasta los años 70, aunque a día de hoy ya no es tan popular.

Aunque estemos hablando de los pastunes, hay que tener en cuenta que son solo uno de los muchos grupos étnicos en el país. Los más importantes, además de éstos, son los tayikos, los hazaras, los uzbekos, los aimak, los turcomanos y los baluchis. Aún así, como veremos más adelante, la lealtad de la mayoría de los afganos operaba en un nivel mucho más local que el de la identidad nacional o étnica.

Los grupos étnicos mencionados arriba no equivalen a nacionalidades políticamente cohesivas. Por este motivo, a pesar de todos los problemas de los últimos 40 años, el estado afgano nunca ha corrido el riesgo de “balcanización” etnolingüística. Los afganos parecen cómodos con la idea de un estado multiétnico. No obstante, estas identidades étnicas a veces han servido para trazar alianzas o establecer rivalidades políticas.

Lo que vemos en Afganistán, en realidad, son múltiples líneas divisorias superpuestas. [Geográficas, culturales, lingüísticas, religiosas, económicas…] Una de las principales será el abismo entre el Afganistán rural y el urbano, algo que no es exclusivo de este país. En realidad, el mayor conflicto del Oriente Medio moderno no es entre el islam y Occidente o entre comunismo y capitalismo,  sino entre lo urbano y lo rural, entre lo próspero y modernizado y lo demás.

El reinado de Amanulá (1919-1929)

Afganistán salió de la tercera guerra contra los británicos como un emirato (reino a partir del 26) modernizador y progresista. Al menos así se veían a sí mismos sus líderes. Esta distinción es importante, porque los esfuerzos de Amanulá Jan (abajo a la izquierda) por modernizar su país siguiendo las líneas occidentales son un precedente del tipo de narrativas que se adoptarían a final de siglo, antes de que el país se sumiese en la violencia.

kingandtarziAmanulá Jan y Mahmud Tarzi

Amanulá Jan estaba influido por un intelectual llamado Mahmud Tarzi, que trataba de emular en Afganistán las trasformaciones sociales que Mustafá Kemal Atatürk había llevado a cabo en Turquía. [Tarzi y Amanulá eran, como Atatürk, Modernistas laicos. Véase Movimientos de reforma II]. Amanulá visitaba Europa a menudo, fascinado por la cultura europea y sus coches de carreras, y (sorprendentemente), permitía ir sin velo a la reina Soraya, que era la hija de Tarzi. [El velo islámico ha sido, históricamente, algo más propio de las clases altas que de las bajas].

Soraya fue nombrada ministra de educación, y animó a las chicas a conseguir una educación y despojarse del velo. Se llevó a cabo una intensa campaña de occidentalización que fue solo bien recibida por una pequeña élite de Kabul y quizá alguna de las otras ciudades. Para la vasta mayoría de los afganos, la realidad era bien diferente.

Para empezar, gran parte de la población vivía en áreas rurales, lo que en un país tan montañoso y geográficamente inhóspito como Afganistán, significaba comunidades rurales aisladas, aldeas o asentamientos fortificados, apenas afectados por ningún tipo de autoridad estatal centralizada. La autoridad en estos pueblos era bicéfala, por un lado el malik, o jefe, que era generalmente elegido por consenso; y los mullah, líderes y consejeros religiosos, a menudo de origen local. La unidad política que realmente importaba para la mayoría de los afganos era el qaum, definido por Angelo Rasanayagam como:

“… una  red de relaciones autónoma y un tanto elusiva, a los ojos de la cual el estado era una intrusión. Este amplio espacio rural era el propio Afganistán, y se podría describir como una comunidad de intereses locales y tradicionales, que, junto con la composición multi-étnica de la población, inhibían el desarrollo de una nación-estado moderna. La interacción competitiva entre las fuerzas del estado, simbolizado por Kabul y su burocracia, y el qaum, constuitiría la historia política del siglo XX en Afganistán.”

El Afganistán conservador y rural del qaum se exaspero ante el empeño del rey en llevarles a un futuro que no estaban seguros si querían. Amanulá promulgó una constitución (ya de por sí un acto radical) que desalentaba el uso del velo, garantizaba la libertad de culto y la educación femenina, y abolía la tortura y la esclavitud, todo estupendo en principio. Los problemas surgían con algunos aspectos peculiares del nuevo orden: Por ejemplo, no se permitía que los funcionarios públicos llevasen barba, y estaban obligados a vestir a la occidental con traje y corbata. [Esto nos recuerda, en efecto, a la Turquía de Atatürk y al Irán de Reza Jan].

Estas reformas eran una amenaza para los mulás, que veían amenazada su influencia y su sustento. Tras la visita del rey a Europa en 1927, se hicieron públicas unas fotografías de la reina Soraya sin velo, confraternizando con hombres europeos. Empezaron a propagarse todo tipo de rumores sobre el rey bebiendo alcohol y abandonando el islam, y hacia 1928 buena parte del país estaba en abierta rebelión contra el rey.

sorayaLa reina Soraya

Algunos autores, como Tamim Amsary, han sugerido que los británicos estuvieron detrás de la distribución de las fotografías de la reina, y que posiblemente ayudaron a financiar el movimiento fundamentalista que destronó a Amanulá en 1929. Sus sospechas se basan, entre otras, en la presencia de T.E. Lawrence (de Arabia) en Peshawar.

[En todo caso, el reino de Amanulá estaba condenado. Las reformas bruscas desde arriba no suelen tener mucho éxito si no se dispone de un aparato coercitivo poderoso y bien cohesionado. El afán centralizador del estado choca con los usos y costumbres rurales, el qaum, que reacciona defensivamente ante la pérdida de independencia. A eso hay que sumarle que una política exterior ambiciosa e independiente hace que los reyes “modernizadores” sean percibidos por los imperios como una amenaza, más que un potencial aliado. Recordaremos esta afirmación (modernizar desde arriba no da buenos resultados) al analizar el fracaso del gobierno comunista en los 70].

Los cortos reinados de Kalakani y Nadir Shah (1929-1933)

[La revuelta contra Amanulá, transformada en guerra civil, hizo que el rey abdicase y que el líder de las tropas tribales que tomaron Kabul se convirtiese en el nuevo gobernante]. El nuevo rey era Habibullah Kalakani, un bandido tayiko que se encontraba en el lugar adecuado en el momento adecuado. Pasará a la historia como uno de los reyes más insospechados, analfabeto e hijo de un aguador. Su pertenencia a la etnia tayika, sin embargo, sería el aspecto más problemático de su identidad, que haría que no fuera aceptado por la mayoría de pastunes.

habibullah_kalakani_of_afghanistanKalakani

Las políticas de Kalakani fueron opuestas a las de Amanulá, pero igual de intolerantes. Obligó a los hombres a llevar barba y a las mujeres a llevar el velo, y abolió la educación para niñas. [Como vemos, una de las características del siglo XX en Oriente Medio es cierto empeño de los gobernantes en imponer códigos de vestimenta sin preguntarse si a la población le parece bien. Si en 1936, en el vecino Irán se obligó a las mujeres a no llevar velo, en 1979 se les impuso esa prenda].

Kalakani fue derrocado por Mohammed Nadir Shah, un descendiente de Dost Muhammad que había mantenido un perfil bajo durante los últimos y turbulentos años de Amanulá, desligándose del rey (al que servía como embajador en Francia), mientras recordaba a los británicos su disposición a reemplazar a Amanulá.  Nadir Shah tomó el país, depuso a Kalakani, [pacificó la rebelión religiosa e instauró una nueva constitución], aunque no pudo evitar ser asesinado cuatro años más tarde. [Su hijo y sucesor, sin embargo, gobernaría durante cuatro décadas. De él hablaremos el próximo día].


Apéndice

La cita original de Rasanagayam sobre el qaum es:

‘. . . an autonomous and somewhat elusive network of relationships, in the eyes of which the state was an intrusion. This vast rural space is Afghanistan proper, and could be described as a community of interests, local and traditional, which, along with the multi-ethnic composition of the population, inhibited the development of a modern nation-state. The interaction of the competing forces of the state, symbolized by Kabul and its bureaucracy, and the qawm would constitute the political history of twentieth-century Afghanistan.’

Afganistán I: Primera y segunda guerra anglo-afganas (1838-1880)

A pesar de que la de Arabia Saudí esté aún a medias, voy a comenzar hoy con la publicación de una serie de artículos sobre la historia de Afganistán. Los que cubran el periodo de 150 años entre la Primera Guerra Anglo-Afgana (1839) y la retirada soviética (1989)  serán la traducción libre de de los artículos relativos a la historia de Afganistán en el blog Two Legs Bad, obra de Gerard Farrell. El autor me ha dado permiso para ello, y salvo que venga indicado entre corchetes [como estos] lo que leeréis a partir de ahora serán sus palabras. Cuando lleguemos a 1989, volveré a ser yo el que retome la narración. Mi primer artículo accadémico jamás publicado trata precisamente del periodo Taliban (1991-96).

Farrell es historiador, aunque su especialidad es la Irlanda de los siglos XVII y XVIII. Su blog, que tiene un enfoque similar al mío, ofrece una narrativa histórica accesible y condensada para todos aquellos que quieran saber más sobre la historia de Oriente Medio. Según cuenta el autor, Two Legs Bad es es una especie de proyecto alternativo, un hobby con el que se distrae de sus labores académicas. Para los historiadores, eso implica escribir artículos en un tono más relajado y sin notas a pie de página o bibliografía. Me gusta su estilo y la forma en la que ha contado los eventos, y aunque no indique las referencias y, por desgracia, no cita el origen de las imágenes, creo que sus artículos está bien documentados. Mis únicos añadidos, aparte de los que vengan entre corchetes y de la castellanización de la fonética de los nombres, serán los títulos de los apartados y subapartados, que Farrell no incluyó en sus artículos originales. Vamos allá.

La primera guerra y segunda guerras Anglo-Afganas (1838-1880), por Gerard Farrell

Introducción

[El artículo, cuyo original podéis encontrar aquí, comienza con una reflexión sobre lo mucho que le cuesta al autor ser breve sin perder el nivel de detalle. Aprovecho para mencionar, ya que Farrell lo olvida, que Afganistán es un país muy difícil de definir geográficamente, ya que se encuentra en el límite entre la meseta irania, el Hindu Kush, las estepas de Asia Central y las estribaciones del valle del Indo. Se trata, por tanto, de una zona fronteriza, agreste, y poco cohesionada, con un interior abrupto y montañoso, lo que da pie a una gran riqueza étnica, lingüística y cultural. La región ha estado habitualmente sometida a otros imperios salvo cuando ha producido dinastías guerreras como los Hotaki.]

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Vamos a ver el trasfondo de la invasion soviética de Afganistán remontándonos al siglo XVIII. Fue entonces cuando la primera entidad política que se puede considerar antecesora de Afganistán fue fundada por un soldado pastún, Ahmad Shah Durrani, que se convirtió en emir en 1747, tras la muerte del shah persa al que había servido. El imperio trazado por Durrani y sus seguidores llegaría a extenderse sobre un área que cubría no solo el Afganistán actual, sino también partes del noroeste de Irán, el este de Turkmenistán y gran parte de Pakistán y el noroeste de la India.

Aquí tenéis un mapa de la región, con las fronteras tal y como estaban en  2016. Tened en cuenta que en 1979 todos los países en rosa al norte de Afganistán eran parte de la Unión Soviética, y si nos remontamos al siglo XIX, el Imperio ruso. Los afganos no solo tenían este imperio al norte, sino que la India británica estaba al sur, en lo que hoy día es Pakistán. Con Persia en el oeste y China en el este, Afganistán nunca careció de vecinos poderosos e invasores potenciales.

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La primera guerra anglo-afgana (1838-1842)

En el siglo XIX, los británicos (un poco absurdamente para una pequeña isla al otro lado del mundo) sentían que sus “intereses” estaban siendo amenazados por el poder ascendente de la Rusia zarista. Si los rusos conseguían imponer algún tipo de dominio sobre Afganistán, pensaban, tendrían un estado vasallo en la frontera norte de la India, la “joya de la corona”, y clave de la vitalidad del imperio británico y de su estatus de super-potencia. [He hablado brevemente de este “Gran Juego” en Irán I]. Con esto en mente, los británicos trataron de sustituir al emir Afgano, Dost Mohammed, al que creían susceptible a la influencia rusa, con un gobernante títere de su elección.

Los británicos invadieron el país en 1838, y para otoño del siguiente año ya habían tomado Kabul y entronizado a su títere, Shuya Shah, que era descendiente del ya mencionado Ahmad Shah Durrani, cuya dinastía había sido reemplazada por los Barkazi, a quienes pertenecía Dost Mohammed. Aunque los británicos no tuvieron muchos problemas para ocupar y conquistar Afganistán, sí que tuvieron más problemas para controlar efectivamente el país (no serían los últimos con esta dificultad).

270px-dost_mohammad_khan_of_afghanistanDost Mohamed

Los afganos no aceptaron a Shuya Shah como gobernante legítimo, ya que le veían como una marioneta en manos de los ocupantes extranjeros. Mientras los británicos retiraban algunas de sus tropas, sus soldados estacionados en Kabul trajeron consigo a sus familias, dando la impresión de que se asentaban para una ocupación permanente. No solo eso, sino que demás muchos de los soldados veían la campaña como unas vacaciones contra un enemigo por el que no tenían ningún respeto desde el punto de vista militar. Hay historias de soldados llegando con caravanas de camellos cargadas de comida, vino y cuberterías de plata, además de zorros para cazar.

La recepción de los afganos fue bastante hostil y les despertó de este ensueño. Dost Mohammed lideró una campaña insurgente contra los ocupantes, y cuando fue capturado y exiliado en la India en 1840, su hijo Wazir Akbar Jan continuó con la lucha. Para finales de 1841, las posiciones británicas en Kabul eran prácticamente indefendibles, y se pusieron a buscar una salida negociada que no sacrificase las ganancias de su conquista inicial. Estos esfuerzos fueron en vano, ya que los negociadores fueron asesinados por Akbar Jan y la moral se desplomó entre los soldados y oficiales de la guarnición británica.

El general Elphinstone consiguió finalmente asegurar un acuerdo en el que los afganos permitirían a los británicos evacuar Kabul y desplazarse hasta Jalalabad, unos 100km al este. La retirada fue un desastre. Las 16.500 tropas lucharon por abrirse camino a duras penas entre pasos montañosos cubiertos de nieve, para  ser después masacrados por los guerreros pastunes. Solo un superviviente llegó con vida a Jalalabad.

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La primera Guerra Anglo-Afgana es principalmente recordada en las fuentes en inglés por esta debacle. Es a menudo presentada en el folclore imperial como una tragedia humanitaria donde los ingleses fueron las víctimas de un enemigo cruel y bárbaro. El hecho de que los británicos fueran los invasores de un país al otro lado del mundo y que fueran, por definición, los agresores en este conflicto, es ignorado en la mayoría de las versiones. Esta rivalidad regional entre los británicos y los rusos fue conocida como el “Gran Juego”, aunque para los afganos atrapados en medio no fuera un juego en absoluto.

No hay apenas menciones de las bajas afganas. Si se busca la estadística, solamente se encuentran discusiones y debates sobre el número de británicos fallecidos, nunca sobre los guerreros afganos o la población civil. Parece que, como para el general Tommy Franks en 2001, en los 1840s los afganos tampoco eran dignos de figurar en la lista de bajas. [Tommy Franks era un general del ejército americano que dijo sobre las guerras de Iraq y Afganistán que ellos no se ponían a contar bajas enemigas, civiles o militares].

Me parece que esta narración de la guerra, donde los británicos son mostrados como las víctimas pasivas, “defendiendo” “su” India, de una agresión afgana, es un ejemplo perfecto de la historia como adoctrinamiento (¡por eso la historia es importante!), de la elaboración de una narrativa a posteriori donde los eventos presentes y futuros pueden ser encajados a conveniencia. De esta forma, el intento de conquistar, o al menos de someter a vasallaje a una nación empobrecida al otro lado del mundo, es representado como una acción defensiva. ¿Nos resulta familiar?

Una consecuencia desafortunada de este tipo de distorsiones es que no aprendemos de la historia. Afganistán es el lugar donde los imperios occidentales no aprenden la lección.  Los victorianos en Afganistán las aprendieron en un primer momento, aunque no lo parezca por las repercusiones inmediatas de la guerra. A pesar de que los británicos mandaron sus tropas de vuelta a Afganistán para ejecutar la venganza (es imposible saber a cuántos mataron) y retomaron Kabul en 1842, en seguida se dieron cuenta de que la ocupación del país era más complicada de lo que merecía, así que acordaron la vuelta al trono de Dost Mohammed, esta vez como aliado en vez de enemigo.

Estado tapón y segunda guerra anglo-afgana (1843-1880)

Los británicos consiguieron así su estado tapón. En efecto, esta política sería exitosa en las siguientes décadas. El emir afgano no intervino en 1857 , a pesar de las llamadas de auxilio de los indios. cuando estos se rebelaron contra los británicos [hablo del Motín de 1857 en este artículo]. La lección, en todo caso, fue olvidada rápidamente, y a finales de la década de los 70 los británicos se metieron en otro embrollo.

In 1878 el hijo de Dost Mohammed, Sher Ali Jan (abajo a la izquierda), aceptó reluctantemente una misión diplomática rusa (no tuvo elección, simplemente se presentaron allí). Cuando los británicos insistieron en enviar su propia misión, el emir les pidió que no lo hicieran, y les advirtió que serían expulsados a la fuerza si intentaban entrar al país sin permiso.

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Los británicos ignoraron su aviso y, una vez más, invadieron el país, haciéndose con extensas porciones de territorio sin excesivos problemas. Cuando el emir murió al año siguiente, su hijo, Mohammad Yaqub Jan (arriba a la derecha) intentó negociar un acuerdo que permitiese la presencia británica en el país, concesiones territoriales, y el control británico de las relaciones diplomáticas afganas.

Esto mantuvo a los ingleses satisfechos, pero un levantamiento popular en Kabul hizo precisa la vuelta del ejército una vez más, y tras una serie de batallas muy destructivas, los británicos y el emir llegaron a un acuerdo similar al anterior. La misión diplomática se retiró de Kabul, y aunque perdió el control de la política externa, Afganistán permaneció más o menos independiente durante 40 años más. [La segunda guerra anglo-afgana, como podemos ver, fue más favorable para los británicos, que se aseguraron un estado tapón vasallo].

Pasarían cuatro décadas entre el final de esta Guerra y la tecera Guerra anglo-afgana en 1919, cuando los afganos aprovecharon la debilidad inglesa tras la primera guerra mundial para recuperar el control de las relaciones internacionales. Una concesión que los británicos ganaron, no obstante, fue la aceptación de la línea Durand como frontera entre Afganistán y la India Británica. [Recordad esta línea. Hablaremos de ella en más detalle el próximo día. La línea Durand ha sido uno de los principales problemas históricos de Oriente Medio, ya que se trata de una frontera artificial que dividió al pueblo pastún en dos].

durand-line1[Línea Durand y distribución de los pastunes. Fuente: Khaama Press]

Continuará…

Arabia Saudí V: Petróleo con sabor americano (1938-1953)

En la entrega anterior vimos como Ibn Saud pacificó a los Ijwan, aseguró su sucesión y organizó un rudimentario estado. Hoy hablaremos de lo que pasó desde que el petróleo fue descubierto en 1938 hasta su muerte. La prosperidad aumentó el poder de los Saud, pero hizo surgir nuevos problemas sociales. Al mismo tiempo, Ibn Saud cerró una alianza con los EEUU que dura hasta hoy.

Historia de Arabia Saudí
1Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)

2 – El siglo XIX (1818-1919)

3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)


La llegada del petróleo

Un año después de proclamar oficialmente el reino de Arabia Saudí, Ibn Saud tenía una deuda de más de 300,000 libras esterlinas de la época, según cuenta la historiadora Al Rasheed. Como decía en la entrega anterior, hasta entonces la mayor fuente de ingresos eran las caravanas de peregrinos hacia La Meca. La crisis global de 1929, no obstante, había hecho descender dramáticamente el número de peregrinos, con fatídicas repercusiones para el tesoro Saudí, que no rebajó el nivel de gastos.

Por este motivo, en 1933 el monarca firmó un acuerdo con la Standard Oil de California (SOCAL) para realizar prospecciones petrolíferas en su territorio. El oro negro había sido descubierto en el vecino emirato de Bahrein, y podía resultar una fuente de ingresos estable y segura. La Anglo-Persian Oil Company (posteriormente BP), que tenía prácticamente el monopolio de la explotación en el cercano Irán, ofrecía condiciones mucho menos competitivas. Para cubrirse las espaldas teológicamente, Ibn Saud recurrió a la sura 109 del Corán:

Di: ¡oh infieles!
No adoraré lo que vosotros adoráis
Vosotros no adoráis lo que yo adoro
Yo no adoro lo que vosotros adoráis
Vosotros no adoráis lo que yo adoro
Vosotros tenéis vuestra religión y yo tengo la mía

Y es que en los siguientes años, con la presencia de ingenieros, trabajadores y empresarios americanos, británicos y holandeses, se iba a multiplicar el número de infieles occidentales en el reino, que hasta entonces solo habían sido unos pocos consejeros británicos. Philby, uno de estos consejeros que se había convertido al islam, actuó como representante saudí ante los americanos. Ibn Saud le debía dinero al propio Philby, que obtuvo el mejor acuerdo posible para el rey saudí además de una sustanciosa comisión. El arabista británico perjudicó los intereses de su imperio permitiendo la entrada de capital e influencia estadounidenses, pero de todos es sabido que el dinero no tiene patria.

Durante cinco años se realizaron labores de prospección por los distintos territorios del reino, hasta que en 1938 empezó a fluir oro negro de la tierra cerca de Dammam. En mayo de 1939 partió el primer petrolero hacia Estados Unidos. La producción diaria superaba los 1.500 barriles de petróleo, mucho más de lo que producían los pozos en suelo americano. Antes de eso, Ibn Saud ya había gastado los pagos iniciales para saldar sus deudas y construir lujosos palacios para su familia y los invitados.

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Soldado saudí en los años 40. Fuente, Aramco expats

En 1944 se formó ARAMCO, la Arabian American Oil Company, como subsidiaria de la SOCAL. La producción, sin embargo, no despegó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reestableció plenamente el comercio mundial. En 1943 Roosevelt declaró que Arabia Saudí era “vital para la defensa de los Estados Unidos”, y el reino saudí se pudo beneficiar de generosos préstamos, a la vez que declaraba la guerra al Eje. ARAMCO, además de extraer el petróleo, se convirtió en la empresa constructora y proveedora de servicios públicos para el reino. Una especie de enorme subcontrata que construía carreteras, hospitales, tuberías y demás infraestructuras.

Riad se convirtió en el epicentro del sector de la construcción, aumentando su población de (aproximadamente) 45.000 personas en 1940 a 80.000 en 1950. Números modestos todavía en comparación con los estándares actuales, pero brutales si tenemos en cuenta que medio siglo atrás Riad era poco menos que un pueblo. La ciudad no solo crecía en tamaño sino también en infraestructuras. Comenzaron a instalarse bombas de agua que llevaban el agua corriente de los pozos subterráneos a fuentes y viviendas particulares. Aumentaba el número de coches (que pertenecían casi exclusivamente al clan de los Saud) y aviones en las fuerzas aéreas, y en 1951 se finalizó la primera línea de ferrocarril del reino (aparte del proyecto Estambul- La Meca que fue destruido en la primera Guerra Mundial).

Transformaciones sociales

La llegada de la industria petrolífera alteró para siempre la estructura social de Arabia Saudí. Esto no se debía a una influencia benigna de los trabajadores occidentales de ARAMCO, ni mucho menos. Los estadounidenses, un tercio de los 20.000 empleados de la compañía, vivían en una comunidad privada rodeada de alambre de espino y dotada de todo tipo de servicios, una especie de ciudad americana en medio del desierto saudí, similar a los campamentos militares del ejército estadounidense a lo largo del globo. Apenas se mezclaban o integraban con la población local, por xenofobia y en parte por exigencias de Ibn Saud, que invocaba la sura de los infieles. Esta tendencia continúa en la actualidad, como describe Ángeles Espinosa en su libro.

Sin embargo, ARAMCO precisaba también de mano de obra nativa no cualificada, y comenzó a reclutar trabajadores saudíes para sus cuatro pozos petrolíferos y sus proyectos de infraestructuras. La mayoría de estos trabajadores, en torno a dos tercios, provenían de la región chií de Hasa, donde se situaba la mayor parte de la industria petrolera, aunque también había población sedentaria del Najd y algunos beduinos del desierto. Casi todos provenían de familias rurales empobrecidas, atraídos por la promesa de pago en metálico (una práctica poco común por aquel entonces).

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Trabajador saudí de ARAMCO en los años 40. Fuente: Aramcoexpats

Los trabajadores saudíes vivían en barracas sin ningún tipo de servicio público, y la experiencia compartida hizo que por primera vez comenzaran a desarrollar una identidad saudí, por encima de las distinciones de tribu y aldea. El número de trabajadores saudíes de ARAMCO no superaba los 13.500 de una población total de 2,5 millones, pero su influencia se extendería a toda la sociedad. También había una pequeña comunidad de trabajadores provenientes de países árabes y africanos que difundieron entre los obreros saudíes nuevas noticias e ideas.

Algunos de aquellos trabajadores libaneses o palestinos trajeron consigo radios que se escuchaban en común. Estas radios hablaban de eventos desconocidos para los saudíes, que empezaron a entender el momento histórico global que estaban viviendo. La preocupación por la situación de Palestina, el pan-arabismo, el nasserismo y las ideas comunistas y socialistas entraron así en Arabi Saudí, que por primera vez se convertía en un país receptor de inmigrantes. Los trabajadores de ARAMCO se organizaron para exigir mejoras en su salario y en sus condiciones de trabajo, organizando huelgas y disturbios.

Si bien Ibn Saud no llegaría a presenciar la influencia de estos cambios, sus sucesores sí que lo harían. Los problemas del reino dejaban de ser tribales y tradicionales, y comenzaban a estar relacionados con las desigualdades económicas y la situación general del mundo árabe. Si los principales desafíos de Ibn Saud habían sido los típicos a los que se enfrentaban los emires de la Arabia pre-moderna (la conquista, pacificación, e integración de las distintas tribus), sus sucesores tendrían que hacer frente a problemas sociales, a huelgas, disturbios políticos, agitación comunista y pan-árabe…

El amigo americano

Ibn Saud había conseguido unificar y pacificar los territorios que hoy conforman Arabia Saudí. En 1930 se había anexionado la región de Asir, aunque había permitido la continuidad de los gobernantes locales, los Idrisi. Éstos, en connivencia con algunas familias notables del Hiyaz descontentas con el dominio de Ibn Saud, se rebelaron en 1932. La rebelión fue abortada rápidamente, aunque el Imam de Yemen intervino para ayudar a los Idrisi. Ibn Saud pidió armas y apoyo a los británicos, pero estos se desentendieron, pues percibían el conflicto como una disputa fronteriza que no afectaba a sus intereses. Arabia Saudí y Yemen hicieron las paces rápidamente, ya que carecían de los fondos y el armamento para llevar a cabo una guerra de desgaste. Al Rasheed especula que esta fue una de las razones por las que Ibn Saud decidió firmar la concesión petrolífera con los estadounidenses en vez de con los británicos: se sentía decepcionado por la falta de apoyo a sus conflictos bélicos. Además, los británicos eran el principal sostén de los reinos hachemitas de Iraq y Transjordania. Los hachemitas, recordemos, eran la familia que había regido tradicionalmente sobre el Hiyaz, y ahora ocupaban el trono de dos ex-mandatos británicos.

1Ibn Saud y Roosevelt, 1945. Rob L. Wagner

El gobierno de Estados Unidos, por el contrario, parecía lo suficientemente lejano como para tener intereses imperiales en el área. Además, como dije antes, durante la segunda Guerra Mundial habían concedido ventajas (dinero y armas) al entender que el suministro de petróleo era vital para su defensa. En 1945, Ibn Saud y el presidente Roosevelt se reunieron en un crucero cerca de Suez. Acordaron que los americanos construirían una base aérea en el reino, y que sus barcos podrían usar los puertos saudíes. A cambio, Ibn Saud confirmaba el acuerdo con ARAMCO y daba permiso para construir un oleoducto entre la región petrolera de Hasa y el Mediterráneo. Ibn Saud encontró así un poderoso aliado internacional, y los EEUU consiguieron nuevas bases aéreas, rutas marítimas y petróleo a buen precio.

El principal damnificado era el Imperio Británico, que veía como Arabia Saudí escapaba de su esfera de influencia. Por primera vez, EEUU sustituía a Gran Bretaña como aliado de un país remoto. Además, EEUU obtenía su primer socio en Oriente Medio. Los británicos, por su parte, entraban en un periodo de retroceso que culminaría con su abandono de la India en 1947. Se iniciaba así una relación muy fructífera para Estados Unidos y Arabia Saudí que ya mencioné en Independencia y Guerra Fría. Petróleo a buen precio a cambio de protección y la no interferencia en política interna.

Los últimos años de Ibn Saud

Ibn Saud murió en 1953. Sus últimos años los pasó en calma y tranquilidad, rodeado de lujos y de sus seres queridos. Sus dos hijos mayores, de los que hablamos en la entrega anterior, el príncipe heredero Saud, y Faisal, llevaban ya unos años haciéndose cargo de las regiones de Najd y Hiyaz. El imperio de ARAMCO, mientras tanto, crecía y prosperaba en Hasa.  Satisfecho con sus logros, Ibn Saud se fue retirando poco a poco de la vida pública y centrándose en educar a sus últimos hijos, los nacidos en los años 30 y 40, que no eran fruto de uniones políticas sino de las concubinas favoritas del harem del rey saudí. Una de estas concubinas era la armenia Munaiyir, que las fuentes británicas y americanas describen como la favorita del monarca por su inteligencia y belleza. Con ella tuvo un hijo, Talal, que se convirtió en uno de los más queridos de Ibn Saud. A pesar de ser su vigésimo hijo, el rey promovió su carrera a costa de sus otros hermanos, lo que le hizo ser objeto de celos y envidia. Talal, que fue llamado “el príncipe rojo”,  se convertiría después en un personaje de importancia, el díscolo líder de los “Príncipes libres” que durante los 60 criticaron al régimen. Pero eso lo dejamos para una futura entrega.

Como curiosidad con sabor español, en abril de 1952, año y medio antes de su muerte, Ibn Saud y sus hijos Saud y Faisal recibían condecoraciones militares por orden de Franco. Ibn Saud recibía la “Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar con Distintivo Blanco” por sus relevantes méritos y su amor a España. A Saud se le otorgaba la “Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas” como muestra de aprecio personal por parte del dictador español. Y Faisal era condecorado con la “Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil”, también como muestra de aprecio. Franco cultivó las relaciones de España con los países árabes a través de la concesión de medallas y honores a sus líderes. También condecoraría a Sadam Hussein décadas más tarde.

boe-1952Hoja del BOE del 22 de abril de 1952 con las condecoraciones a los Saud

Abdulaziz ibn Abdul Rahman ibn Faisal ibn Turki ibn Abdullah ibn Muhammad Al Saud murió en la cama el 9 de noviembre de 1953 con su hijo Faisal a su lado. Arabia Saudí había sido su creación y su obra. ¿Sobreviviría el reino a su muerte? El petróleo había traído riquezas y estabilidad, pero al mismo tiempo había planteado problemas para los que la rudimentaria administración no tenía soluciones.

Con el fallecimiento del gran patriarca comenzaba una nueva era para el reino. En la próxima entrega veremos qué pasó durante los primeros años de esa nueva era.