Los gobiernos de Jatami (1997 – 2005)

Proseguimos con el especial sobre Irán tras una larga interrupción de 17 días.  Como ya comenté, mi nueva situación laboral me hace difícil publicar con regularidad. Esta será la penúltima o antepenúltima entrega. Después de ella quedarían los gobiernos de Ahmadineyad, y el actual gobierno de Jatami, acompañado sobre una reflexión sobre la situación actual y las perspectivas diplomáticas.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini

Los gobiernos de Jatami

La campaña presidencial de 1997

Como decíamos en la entrega anterior, las elecciones de 1997 se prevían interesantes. Por supuesto, la mayoría de las candidaturas a la presidencia fueron anuladas por el Consejo Guardián. De los 200 candidatos que se inscribieron, 9 de ellos mujeres, solo 4 pudieron presentarse finalmente.

De entre ellos sobresalían Ali-Akbar Nateq Nuri, el candidato oficial, apoyado por Jamenei, los Pasdarán y la “vieja guardia” revolucionaria, un veterano clérigo, colaborador de los jomeinistas desde 1963, y miembro de varios parlamentos de la República Islámica; y Mohammad Jatami, un intelectual religioso que había sido director del Centro Islámico de Hamburgo, Ministro de Cultura entre 1983 y 1992, editor del periódico Kayhan, director de la Biblioteca Nacional, y tenía muy buenas relaciones con la industria cinematográfica iraní.

Durante su campaña, Jatami prometió que defendería los derechos de las mujeres y las minorías religiosas y que Irán avanzaría bajo su mandato hacia una verdadera “democracia islámica”. También prometió relajar la censura sobre la prensa, y ampliar la “sociedad civil” apoyando organizaciones no gubernamentales y movimientos populares.

Igualmente, proponía mejorar las relaciones internacionales de Irán para eliminar la imagen exterior de la República Islámica como un régimen caótico, agresivo e imprevisible. Dado que su dimisión en 1992 se produjo a consecuencia de su defensa de un periodista acusado por el Tribunal Especial del Clero, parecía que Jatami estaba comprometido realmente con su discurso. Por el lado contrario, Nuri defendía la ley, el orden, el status quo, y el legado de la Revolución.

Jatami
Mohammed Jatami. Fuente, AFP.

 Jatami contaba con el apoyo de la izquierda islámica que operaba dentro del sistema, así como de grupos opositores reprimidos y censurados por el Consejo Guardián, y de gran parte del mundo de la cultura. Las clases sociales que apoyaban a Jatami eran fundamentalmente clases medias y medias-bajas urbanas, sobre todo estudiantes y activistas.

Nuri, por el contrario, estaba respaldado por parte de las instituciones del régimen y los veteranos de la revolución, así como la parte del clero afín a Jamenei y los sectores rurales e industriales. Los “pragmáticos”, nombre con el que se denominaba a los seguidores de Rafsanyani, decidieron finalmente brindar su apoyo a Jatami, dado que temían que una victoria conservadora acabase con el legado reformista y liberalizador del gobierno anterior. Es decir, que se forjó una inusual alianza de liberales, socialdemócratas, izquierdistas y opositores a la República Islámica para evitar la victoria del candidato oficial, al que todas las encuestas daban como seguro ganador.

Los resultados de las elecciones fueron apabullantes. La participación fue muy elevada, un 88% del electorado acudió a las urnas. 30 millones de iraníes (69% de los votantes) dieron su apoyo a Jatami. Solo 7 millones optaron por Nuri, y su derrota fue, para muchos, un puñetazo en la cara de Jamenei y los suyos.

Una nueva era, parecía, empezaba para Irán. La victoria del amable, conciliador y sonriente Jatami era vista por muchos como una prueba del descontento de la población con el Líder Supremo, el Consejo Guardián, los Guardias Revolucionarios y la judicatura.

Primer gobierno de Jatami

Como ya explicamos en la tercera entrega, el sistema constitucional de la República Islámica consiste en un complejo entramado de instituciones que compiten entre sí y limitan la capacidad de acción de las demás. El Presidente nombra gobierno, pero este debe ser autorizado por el Parlamento; y todas las leyes y medidas que se aprueben deben ser sancionadas por el Consejo Guardián, una especie de Tribunal Constitucional integrado por juristas religiosos (ayatollahs) elegido a partes iguales por el Líder Supremo y el Parlamento. El CG también dictamina quién puede presentarse a las elecciones, y a su vez el CJ es elegido por el Parlamento.

Aunque Jatami tenía el apoyo del electorado, su poder real era bastante reducido. La coalición que le había llevado al poder no tenía aún presencia en el Parlamento, puesto que no habría elecciones hasta el 2000, y en el 96 la Asociación de Clérigos Combatientes, ACC (el partido de Jamenei y Nuri) había obtenido mayoría.

El nuevo gobierno contaba con muchas caras nuevas, como Masoumeh Ebtekar, la que fuera portavoz de los estudiantes que tomaron la embajada de EEUU, y que se convirtió en la primera mujer vice-presidente de Irán, cargo que hoy día sigue ejerciendo en el gobierno de Rohaní. Sin embargo, la ACC se aseguró el control de los ministerios importantes (Inteligencia, Defensa) de forma que las fuerzas de seguridad continuasen siendo afines a Jamenei.

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Masoumeh Ebtekar en 1979, cuando tenía 19 años y, en perfecto inglés, actuaba como portavoz de los estudiantes iraníes que secuestraron la embajada americana. Captura de pantalla de un vídeo de Thames Tv. Fuente, Shelf3d

En todo caso, los “Jatamistas” estaban al frente del ministerio de Cultura, y relajaron ampliamente la censura. La prensa tuvo un auge inédito desde los días de la Revolución, y se multiplicaron los debates sobre la tolerancia religiosa, sociedad civil, el papel de la mujer, las relaciones con Occidente e incluso la idoneidad del velayat e-faqih (el Gobierno del Jurista, la ideología en la que se inspira la República Islámica).

La reacción desde la judicatura y los grupos armados revolucionarios no se hizo esperar, y los políticos, periodistas y clérigos que cruzaron la línea roja y criticaron abiertamente a Jamenei y el velayat-e faqih sufrieron arrestos domiciliarios, detenciones y juicios. El gran ayatollah Montazeri fue condenado por criticar al régimen, y el alcalde “reformista” de Tehrán, Gholam Karbaschi, fue inhabilitado por corrupción, lo que ocasionó una oleada de protestas estudiantiles duramente reprimidas.

En el verano de 1998 la judicatura comenzó a cerrar periódicos pro-Jatami y arrestar a periodistas, a la vez que los grupos paramilitares revolucionarios (Pasdarán, Basij), hostigaban y acosaban a activistas estudiantiles, periodistas y escritores y personalidades del mundo de la cultura. Durante los primeros 18 meses de Jatami en el poder, al menos nueve activistas fueron asesinados o desaparecieron en extrañas circunstancias.

En materia económica, Jatami tuvo que hacer frente a una dependencia del petróleo arrastrada desde los años del shah (en 1997 el petróleo representaba un 50% de los ingresos del Estado), un creciente desempleo (entre el 15% y el 30%) y la resistencia de los “bazaaris” (comerciantes minoristas) a la apertura a la inversión extranjera. Dado que el 60% de la economía de Irán está planificada por el Estado (y otro 20% depende de las “fundaciones religiosas” ligadas a Jamenei y sus afines), parecía necesario continuar el programa de privatizaciones de Rafsanyani, lo que suscitó tensiones internas en la alianza que sostenía a Jatami.

La necesidad de apoyos sociales, hizo que el presidente reculara y optara por el contrario por detener el plan de privatizaciones y, en su lugar, subir los sueldos públicos, medida muy apreciada ya que el sueldo de los maestros, por ejemplo, estaba por debajo de la línea de la pobreza. En todo caso, las resistencias internas y la divergencia de opiniones entre los aliados de Jatami hicieron que éste no ahondara en las reformas económicas, poniendo sus esperanzas en mejorar las relaciones internacionales con el objetivo de mejorar la inversión extranjera. A pesar de sus divergencias en política interna, tanto Jamenei como Jatami coincidían en que este punto era vital para los intereses de la República Islámica.

Diálogo de civilizaciones, choque de civilizaciones

En 1998, Jatami acuñó la expresión “Diálogo de Civilizaciones” o “Alianza de Civilizaciones”, como contrapeso al Choque de Civilizaciones propuesto por el académico de Harvard Samuel Huntington (¡el mismo que le propuso al último shah crear un partido único!).

Choque de Civilizaciones, para los que no estén familiarizados con la obra, puede resumirse en que las relaciones internacionales se mueven según la afinidad cultural entre los distintos actores, que las diferencias son irreconciliables y que en el futuro no habrá conflictos geopolíticos sino grandes luchas entre civilizaciones, siendo China y el Islam las más problemáticas para Occidente.

El libro es interesante pero sus posiciones no se sostienen, y ha sido ampliamente criticado y defenestrado por parte de la comunidad académica. No es mi objetivo analizar en este artículo la obra de Huntington, pero en mi opinión la teoría hace aguas por todas partes y abusa de las generalizaciones simplistas, aunque para mérito del autor, supo prever el actual conflicto en Ucrania.

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Jatami, Erdogán y ZP posando para las cámaras. Fuente, Getty Images.

Volviendo al tema, la Alianza de Civilizaciones, que luego retomaría o plagiaría el ex-presidente Zapatero, surgía como una llamada al diálogo amistoso entre los distintos países del mundo. Proponía abandonar la necesidad de establecer una ideología mundial (“democracia occidental, capitalismo, derechos humanos”, sin mencionarlos explícitamente) y ahondar en los puntos en común en lugar de las diferencias.

A la vez que proclamaba su admiración por las tradiciones políticas estadounidenses, Jatami daba por concluido el caso Rushdie (recordemos que Jomeini había emitido una fatua pidiendo su ejecución por su obra Los Versos Satánicos) y trataba de liderar a los países musulmanes organizando la asamblea Conferencia Islámica Internacional. Al igual que Rohaní las últimas semanas, Jatami dio una gira triunfal por Europa, siendo el primer presidente iraní en visitar Roma, París y otras capitales.

Aunque no consiguió mejorar las relaciones entre Irán y EUU (a pesar de que se levantó el embargo sobre los pistachos y las alfombras persas), el primer mandato de Jatami sirvió para relajar la tensión entre su país y Arabia Saudí, y sobre todo para mejorar la relación de Irán con uno de sus principales vecinos y enemigos históricos, Rusia y las exrepúblicas soviéticas de Asia Central.

El 11S y la intervención estadounidense en Afganistán no alteraron significativamente, al menos en principio, la posición de Irán respecto al régimen Talibán. Desde el acceso de los Talibán al poder en 1996 la República Islámica había estado apoyando a la coalición rival en la guerra civil que asola Afganistán desde hace más de 20 años, la Liga Norte. La ayuda de EEUU a esta alianza de señores de la guerra parecía asegurar una mejora en el entendimiento entre Irán y EEUU, dado que compartían aliados y enemigos en el país afgano. Nada más lejos de la realidad.

Segundo gobierno de Jatami

En 2001, Jatami fue reelegido presidente. La victoria de sus partidarios y aliados en las elecciones parlamentarias de 2000 (71% de los escaños) garantizaban que el presidente pudiera continuar con su programa, ahora sin la oposición parlamentaria de los conservadores. Las elecciones locales de 1999, las primeras de la historia de la república Islámica, habían sido anunciadas como un gran éxito de Jatami y sus reformistas. Dado que el Consejo Guardián no tenía poder de veto sobre las candidaturas locales, la campaña fue festiva e intensa. Numerosas mujeres fueron elegidas para posiciones de poder, y los partidarios de Jatami se apuntaron importantísimas victorias en grandes y pequeñas ciudades.

“Reforma”, “reformismo” y “reformista” son palabras ambiguas y amables, cuyo significado no queda muy claro. Los académicos y periodistas anglosajones las emplean con muchísima frecuencia, al igual que están comenzando a hacer los medios en habla hispana. El término “reforma” no es más que un sinónimo de “cambio”. Es decir, un reformista no sería sino alguien que quiere hacer cambios (cualquier tipo de cambios) en el orden político, económico y social. Estos cambios no se plantean de forma brusca, sino gradual y progresiva, de modo que a los reformistas también se les denomina “moderados”.

Si decimos de alguien que es un “reformista moderado”, sentiremos por él una oleada de simpatía, aunque realmente no conozcamos su ideología y sus intenciones. El efecto contrario es producido por las palabras “fundamentalista” y “ultraconservador” y que evocan imágenes violentas, lapidaciones y juicios sumarios. Es decir, que cuando no conocemos nada de un país, los “reformistas” generan confianza mientras que los “fundamentalistas” inspiran miedo.

 Estoy intentando no utilizar la palabra “reformista” para referirme a Jatami, a pesar de que es la más empleada en los medios de comunicación anglosajones y la literatura académica. Esta omisión deliberada se debe a la confusión semántica que el término puede generar, como he explicado en el párrafo anterior. Creo que, por lo general, los expertos occidentales en Irán experimentaban una gran simpatía por Jatami, y de ahí el empleo continuado de la palabra “reformista”, que también se aplicó a Rafsanyani (aunque ideológicamente estuviera lejos de Jatami) o al hoy presidente Rohaní.

En el sentido estricto del término, un reformista moderado sería todo aquel que propone cambios graduales al sistema en el que vive, definición que haría que la mayoría de personas entráramos en esta ideología difusa. En el caso español, tanto Rajoy como Pablo Iglesias, por citar dos ejemplos opuestos, podrían ser considerados reformistas, ya que ambos plantean “reformar” el sistema y las instituciones. En Irán, ya hemos visto que una amalgama de grupos e individuos con ideologías no necesariamente compatibles daba su apoyo a Jatami. Esa heterogénea alianza de liberales, socialdemócratas, izquierdistas, centristas, laicos y religiosos, dentro y fuera del sistema político, es a lo que se denomina “reformistas”.

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Manifestación conmemorando el aniversario de la Revolución Islámica (Tehrán, 11 de febrero de 2002) y recordando quién es el “Gran Satán”. Fuente: Global Post

 Lo que Jatami planteaba, según sus defensores, era democratizar las instituciones de la República Islámica desde dentro, reduciendo el poder de los órganos no-electos y ampliando las competencias del presidente y su gobierno. Los representantes de dichos órganos no-electos, por el contrario, percibían en Jatami una persona con ansias de poder y determinado a alterar el delicado equilibrio institucional que mantenía el correcto funcionamiento la República Islámica. Por tanto, y a pesar del batacazo electoral, tanto el poder judicial como el Consejo Guardián, el Líder Supremo, y las fuerzas de seguridad se dedicaron a boicotear en la medida de los posible el gobierno de Jatami, que no solo amenazaba sus intereses políticos y económicos sino también, se decían, el espíritu anti-imperialista e islámico de la Revolución.

  Desde la primavera de 2000 se produjo un incremento en las detenciones de activistas, estudiantes, intelectuales y demás voces críticas con el régimen. Veteranos políticos de la revolución como Ezzatollah Sahabi y Ebhrahim Yazdi (del Movimiento de Liberación, prohibido pero tolerado) fueron condenados y encarcelados, periodistas de investigación como Akbar Ganji fueron silenciados y metidos entre rejas, y Hasem Aghajari, un profesor universitario de Historia, fue condenado a muerte por criticar la doctrina de la emulación (véase ¿Qué es un ayatollah?). Afortunadamente para él, su caso fue revisado dada la oleada de indignación popular que suscitó.

Otros menos conocidos, sobre todo líderes estudiantiles, desaparecieron sin dejar rastro. También se produjeron asaltos y ataques no ordenados directamente por la judicatura. Periódicos críticos con el Consejo Guardián fueron asaltados, y manifestaciones estudiantiles fueron dispersadas por bandas paramilitares sin identificar. Incluso altos cargos del partido de Jatami sufrieron acoso y asaltos, como Said Hajjarian, atacado con arma de fuego.

Aunque Jatami no era responsable directo de las detenciones y las violaciones de los Derechos Humanos que cometían las fuerzas de seguridad, muchos iraníes empezaron a dudar de la capacidad del líder reformista para crear un cambio significativo. Su tibieza a la hora de criticar estos abusos, a la vez que su actitud conciliadora, hicieron que algunos planteasen que el cambio desde las instituciones del régimen era imposible. A pesar de los éxitos del gobierno de Jatami (políticas sociales, incremento del PIB, mejora de las relaciones internacionales, incremento de las libertades políticas hasta cierto punto y un poco menos de censura en la prensa), la desilusión y el descontento cundió entre sus partidarios, que empezaban a fragmentarse entre diversas corrientes políticas.

 George Bush se encargó de dar la puntilla a Jatami. Para perplejidad del gobierno iraní, que llevaba desde 2001 suministrando a los EEUU informes de inteligencia sobre las actividades de los Talibán, Bush declaró en 2002 que Irán integraba, junto con Iraq y Corea del Norte, el celebérrimo “Eje del Mal”. Esto hizo saltar las alarmas en Irán, que se preparaba para una invasión inminente como la que experimentaría Iraq en 2003.

No sé si era el objetivo de Bush, pero la inclusión de Irán en el Eje del Mal terminó de dinamitar el proyecto reformista y facilitó el retorno de los velayatis al poder. La estrategia conciliadora de Jatami, la prometedora Alianza de Civilizaciones, había resultado ser un verdadero fracaso. Las palabras amables del presidente, sus llamadas al diálogo y el entendimiento, habían caído en saco roto, y eran percibidas por los conservadores como una humillación y una perversión del mensaje anti-imperialista de la Revolución.

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Quién mató al ayatolá Kanuni, editado en castellano por Alianza.

El ambiente enrarecido de los últimos años del mandato de Jatami está genialmente plasmado en la novela Quién mató al ayatollá Kanuni, de Naïri Nahapétian. La obra, disponible en español (yo la tomé prestada de la Biblioteca de Castilla La Mancha), trata un caso ficticio con nombres inventados, aunque la protagonista parece estar en A’zam Taleqani, hija del ayatollah Taleqani, una de las grandes figuras del Movimiento de Liberación y de la Revolución, muerto en 1979. La novela refleja de forma muy amena y sin tantas complicaciones como mis textos las intrigas y luchas internas entre los altos cargos de la República Islámica, a la vez que la ficción permite a la autora ciertas licencias artísticas.

Jatami, en fin, parecía haber fracasado. Ninguno de los tres grandes puntos de su programa (aumento de las libertades civiles, mejora de la economía y cambio en las relaciones internacionales) había cumplido las expectativas levantadas. El descontento y el desánimo cundieron entre los iraníes.

La participación en las elecciones presidenciales de 2003 sería baja, dado que muchos de los antiguos partidarios de Jatami decidieron abstenerse como forma de restarle legitimidad al régimen. De entre los que decidieron participar en el sistema, no surgió ningún candidato capaz de aglutinar los intereses e ideologías contrapuestos y de despertar el entusiasmo de los votantes. Terminaba el momento político de las clases medias urbanas. Los sectores más desfavorecidos de la sociedad, aquellos que no estaban interesados en las libertades civiles sino en salir de la pobreza, serían los grandes protagonistas de las elecciones de 2005. De ellos hablaremos el próximo día.

Irán después de Jomeini (1989-1997)

Tras una pausa de una semana, continuamos con el especial “Acuerdo nuclear”. En esta cuarta entrega, hablaremos del periodo que va desde la muerte de Jomeini hasta 1997, incluyendo referencias a las relaciones entre Irán y EEUU. Como he encontrado trabajo hace poco, no tengo tiempo para escribir y editar artículos extensos, de modo que las actualizaciones serán más intermitentes en lo sucesivo. Disculpad las molestias.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini

Irán tras la muerte de Jomeini

 Un nuevo líder supremo

13 de Jordad de 1368 (3 de Junio de 1989). El Líder Supremo de la República Islámica, el Imam de la revolución y marya-e taqlid, Ruhollah Jomeini, ha muerto. La guerra con Irak terminó el año anterior. Empieza una nueva etapa en la vida política de Irán. Como siempre que fallece un líder poderoso y carismático, se respira cierta incertidumbre en el ambiente. No obstante, Jomeini y los velayatis (partidarios del velayat-e faqih, ver sección “El Gobierno del Jurista” en parte 3) han dejado todo atado y bien atado.

En su lecho de muerte, Jomeini nombró una comisión de juristas y clérigos expertos para que designasen a su sucesor, modificando ciertos aspectos del código legal y la Constitución para adaptarlos a la nueva situación. Como dice el refrán, “allá van leyes do quieren reyes”, y la República Islámica no es una excepción.

Aunque en principio el líder supremo, el faqih, debía ser un erudito del Islam de probado prestigio, un sabio emérito que no solo dominase la doctrina islámica sino también la gramática, la filosofía y las artes gubernamentales, un marya e-taqlid en definitiva (véase ¿Qué es un ayatollah?), al final los requisitos se relajaron bastante. Ali Jamenei, un clérigo de rango modesto (hoyatoleslam, menos importante que ayatollah), fue designado Líder Supremo de Irán.

 Jamenei quizá no tenía las publicaciones ni el prestigio necesario para ser considerado una eminencia religiosa, pero era una figura política muy importante. Era muy leal a Jomeini y había participado en la revolución y la República Islámica desde sus inicios. Fue el líder del Partido de la República Islámica (PRI, hablamos de ellos en la anterior entrega) hasta su disolución en 1987, y además presidente electo de Irán durante 8 años, el tecero después del depuesto Bani-Sadr y el asesinado Raja’i.

Es decir, que el criterio para designarlo no fue su trayectoria religiosa, sino la política. Un asunto que podría haber sido problemático dada la autoproclamada confesionalidad del régimen, pero que fue asumido sin mayor dificultad por las instituciones de la República Islámica. Al fin y al cabo, cuando la religión y la política se mezclan, el poder y la lealtad suelen ser más importantes que la piedad y las credenciales religiosas.

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Jamenei en 1979. Fuente: Wikimedia

 Jamenei fue designado Líder Supremo fundamentalmente porque no había ningún otro clérigo de alto rango que reuniese las características necesarias, es decir, lealtad y compromiso con el proyecto político de Jomeini y sus seguidores. El que era considerado como principal candidato al puesto, el ayatollah Montazeri, cometió el error de criticar públicamente ciertas medidas de la República Islámica (persecución de minorías, lapidaciones, ejecución de opositores, la fatua de Jomeini contra Salman Rushdie…) que, en su opinión, no eran propias de un Estado Islámico legítimo. Esto le costó un arresto domiciliario y el apartamiento de la vida pública y política, y por supuesto, que no fuera elegido sucesor de Jomeini. Montazeri era un marya, y por tanto un caso notable, pero son numerosos los clérigos que han perdido sus privilegios y empleos por criticar el régimen.

 En todo caso, la llegada de Jamenei no alteró en exceso las relaciones entre Irán y EEUU. Justo once meses antes de la muerte de Jomeini, cuando la guerra entre Irán e Irak no había terminado aún, un avión de pasajeros iraní fue destruido por misiles americanos, el famoso vuelo 655 de Iran Air. Irán, por su parte, seguía con la retórica anti-imperialista y revolucionaria de la época de Jomeini. La fatua sobre Rushdie no estaba vigente (pues en el chiísmo las fatuas se extinguen al morir su emisor), pero Irán siguió intentando exportar la revolución apoyando a Hezbollah, que organizó ataques terroristas como el coche bomba en un centro judío en Buenos Aires o el ataque a la embajada israelí en la misma ciudad.

Atentado 17 marzo 1992 argentina
Atentado en la embajada israelí en Argentina, 17 de marzo de 1992. Fuente: Vos Iz Neias.

La República Islámica, que había excluido toda oposición, se empezó a dividir internamente en facciones y partidos, no solamente a nivel parlamentario. La República Islámica contaba con numerosas instituciones: La judicatura, el ejército, los Guardas Revolucionarios, el estamento religioso, las fundaciones benéficas, la administración estatal… todas ellas con sus propios intereses, cooperando y compitiendo a la vez.

Como árbitro y guardián, el Líder Supremo. El complejo sistema constitucional parecía garantizar el equilibrio entre todos los que estaban dentro del sistema. Rafsanyani, un comerciante de pistachos con una larga trayectoria en el Partido de la República Islámica, fue elegido Presidente en 1989. El parlamento estaba dominado por lo que Nikki Keddie denomina la “Izquierda islámica”, que por lo general se oponía a Rafsanyani, un hombre de negocios liberal. Por suerte, el presidente contaba con el apoyo de su predecesor, Jamenei, ahora convertido en líder supremo. El problema era reconstruir el país y mantener contentos a los ciudadanos, muy cansados después de 8 años de guerra y escasez.

Las presidencias de Rafsanyani

El programa de Rafsanyani y Jamenei consistía en liberalizar la economía iraní y abrirla al exterior, moderando el tono agresivo de la diplomacia oficial (por ejemplo, manteniéndose neutrales en la Guerra del Golfo). Entre 1989 y 1995 se intentó privatizar un millar de empresas públicas, pero los intereses de las instituciones que las gestionaban y los casos de corrupción en la adjudicación de los contratos hicieron que el ambicioso plan inicial se paralizase.

La orientación de la producción hacia el mercado exterior tecnificó la agricultura y permitió cierto desarrollo industrial, aunque los beneficios se invirtieron en una burbuja del sector inmobiliario. Además, Irán tuvo que hacer frente en enero de 1995 a una crisis de deuda externa a corto plazo, agravada por las sanciones que Clinton aplicó en mayo de ese mismo año. Las privaciones y el descontento causaron disturbios que fueron brutal y eficientemente reprimidos en 1992, 1994 y 1995.

Las elecciones parlamentarias que se llevaron a cabo en 1992 contaron con 1.000 candidaturas anuladas por el Consejo Guardián, de un total de 3.000. Muchos de los descalificados eran parte de la “izquierda islámica” y de la Asamblea de Clérigos Combatientes, veteranos de la revolución, algunos incluso presentes en el asalto a la embajada estadounidense. Es decir, que los que controlaban los hilos del régimen (Consejo Guardián, Jamenei) decidieron limitar la participación política ante el riesgo de desorden.

Aun así, no podían encarcelar o exiliar a todos los descontentos, algunos con un impecable credencial revolucionario, y a pesar de la censura cada vez empezó a hablarse más de temas como derechos humanos, libertades democráticas, justicia económica y social, relaciones amistosas con el exterior, etc. Muchos de los rechazados en la política se reconvirtieron en periodistas, cineastas, escritores, académicos y artistas. A menudo el rechazo al régimen se manifestó en una elevada abstención. En 1993 Rafsanyani volvió a ganar las elecciones a la presidencia, con una participación del 63%.

16 aniversario revolución
Sello commemorativo del 16 aniversario de la Revolución, 1995. Fuente: IranStamp

En cuanto a las relaciones con EEUU, Rafsanyani no fue capaz de mejorarlas. El apoyo a Hezbollah, la oposición a Israel en la ONU y el programa nuclear iraní fueron los pretextos de los embargos de Clinton, que dañaron bastante la ya de por sí maltrecha economía iraní. Desde antes de la revolución la administración iraní había intentado llevar a cabo un programa nuclear, no para desarrollar armas atómicas sino para construir centrales eléctricas que permitieran al país producir energía de forma alternativa al petróleo, para poder exportar lo que no se gastase.

En los años 90 se reactivó el programa, de nuevo con el pretexto de estar destinado al uso civil. ¿Buscaba Irán la Bomba? Los lobbies pro-israelíes y los analistas americanos más belicistas aseguran que sí, aunque el gobierno iraní siempre haya defendido lo contrario. Dado que 3 de sus vecinos cercanos poseen armas nucleares (India, Pakistán, Israel), no parece descabellado pensar que la República Islámica intentara hacerse con un par de misiles atómicos, por eso de ver quien la tiene más grande, pero en mi opinión eso son tan solo especulaciones.

El gobierno de Irán tenía (y aún tiene) que gastar su dinero en programas de ayuda social para mantener contenta a la población y evitar que se repitiese lo de 1979, de modo que centrar la inversión en adquirir armas nucleares sería cometer el mismo error que el shah cometió. Los dirigentes de la República Islámica conocen la historia de su país.

 Los programas de ayuda social eran necesarios, y para mérito de la República Islámica, se llevaron a cabo. Entre 1985 y 1997 la mortalidad materna se redujo de 140 a 37 por 100,000 nacimientos. Se construyeron hospitales en áreas rurales y barrios deprimidos. Los estudiantes de medicina reciben formación gratuita a cambio de cinco años de servicio como médicos de pueblo. El programa de planificación familiar de Irán, que provee de anticonceptivos a las familias, fue incluso alabado por la ONU. La tasa de fertilidad de Irán bajó hasta niveles europeos. Se multiplicó la inversión en educación, y la escolarización segregada hizo que muchas familias rurales llevasen a sus hijas a la escuela, algo que no sucedía antes de 1979. Las mujeres no perdieron el derecho a ejercer un empleo, y la modernización (urbanización y terciarización) continuaron a pesar del tinte islámico del régimen.

Todos estos cambios hicieron que las elecciones presidenciales de 1997 se presumieran interesantes. El descontento creciente con la gestión económica del régimen y el auge de una clase media muy debilitada por los años de la guerra, sumado al hambre de y libertades civiles y democráticas, hicieron que la actividad política se multiplicase en la víspera de las elecciones. Dado que los presidentes en Irán solo pueden gobernar durante 8 años, Rafsanyani no podía presentarse de nuevo, lo que hacía que las elecciones se convirtiesen en un evento muy excitante y estimulante para unos votantes que anhelaban cambio. Pero de eso hablaremos el próximo día.


Bibliografía general:

Nikki Keddie, Modern Iran: Roots and Results of the Revolution, Yale University Press, 2006.

Ervand Abrahamian, A History of Modern Iran, Cambridge University Press, 2008.

La revolución islámica (1977-1989)

                En este texto me voy a centrar en la revolución y la organización del nuevo régimen en el periodo 1979-1989. El artículo me ha quedado un poco largo, pero espero aún así que sea ameno y fácil de entender.

Aunque la prensa lo haya podido pintar como un régimen monolítico e inflexible, lo cierto es que dentro de la República hay numerosas facciones e instituciones enfrentadas que rivalizan por el poder político. Desde los primeros meses tras la revolución, la política exterior ha sido un elemento fundamental de la política interna iraní y la lucha entre facciones. No es posible comprender las turbulentas relaciones entre el país persa y Estados Unidos sin tener en cuenta las particularidades del sistema iraní.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


La revolución islámica (1977-1979)

                Las revoluciones, ya sean liberales, comunistas o islámicas, suelen funcionar de forma parecida. Se desarrollan en dos grandes fases, una primera en la que diversos grupos opositores se coordinan y movilizan a las distintas clases sociales para derribar el régimen existente; y una fase final en la que esos grupos se disputan el poder. El resultado, si la revolución es exitosa, no es otra cosa que un Estado mucho más fuerte, aunque su control haya cambiado de manos. Los ganadores de la revolución no son necesariamente los que la iniciaron, ni los que ocupan el gobierno provisional, sino los que han sabido inmovilizar los antiguos instrumentos del poder y monopolizar las nuevas instituciones revolucionarias. Así sucedió en Francia, en Rusia y también en Irán.

                Pocos se imaginaban en 1977 que dos años más tarde Irán experimentaría una revolución (recordemos que Carter se refería a Irán como una “isla de estabilidad en una región turbulenta”), y mucho menos que se habría convertido en una teocracia. La mayoría de los observadores y académicos occidentales consideraban que los clérigos chiíes eran cada vez menos importantes, y pensaban que en dos o tres generaciones su influencia en la sociedad sería nimia. El futuro era de los jóvenes de clase media. Y esos jóvenes, se suponía, pasaban de los ayatollahs y querían pizza, salir de fiesta y, algunos de ellos, los más activos, la revolución. Un exultante Peter Avery (historiador británico) escribía en 1965:

 Los nuevos embalses [parte de la Revolución Blanca] se han convertido en resorts para jóvenes hombres y mujeres que se entretienen hacienda ski acuático y muestran en cada uno de sus gestos una libertad absoluta respecto a los dictados y restricciones de los viejos códigos. La Victoria del modernismo está más asegurada que nunca.
Avery, Modern Iran, Londres, 1965, p. 506. La traducción es mía

                El bueno de Avery no podía haber estado más equivocado. Estos jóvenes que disfrutaban sin las restricciones del pasado fueron uno de los principales actores de la revolución que encumbraría a Jomeini. Quizá el ski acuático no estuviera al alcance de toda la juventud, o tal vez no fuera suficiente para convencerles de que el gobierno del shah era lo mejor para su país. Recordemos, además, que durante los años 60 y 70 había surgido un fuente sentimiento de anti-americanismo entre los intelectuales iraníes, muy inspirados por los éxitos de la revolución cubana y Vietnam del norte.

IMG_0086.JPGMezquita chií de Hamburgo, lugar habitual de reunión de opositores al shah en los años 70. La foto es mía.

                El único espacio en el que los iraníes podían hablar libremente de política e ideologías eran las universidades extranjeras. Dado que la infraestructura educativa de Irán era bastante deficiente, el número de plazas universitarias era muy reducido y no satisfacía la creciente demanda laboral, por lo que muchos jóvenes, financiados por el gobierno o por sus padres, finalizaron su educación formal en universidades europeas (sobre todo francesas y alemanas) y estadounidenses. Gran parte de ellos militaba en alguna de las numerosas asociaciones de estudiantes, a menudo ligadas a partidos y grupos iraníes, ya fueran islamistas, marxista-leninistas, maoístas, etcétera. Durante los años 70 fueron famosas las movilizaciones de estudiantes iraníes en el exterior. Tanto Al-e Ahmad como Shariati, del que os hablé en la anterior entrega, así como muchísimos otros personajes de relieve de la época, habían estudiado fuera.

                Teniendo todo esto en cuenta, se entiende el carácter anti-americano de la revolución, incluso se puede comprender que se reivindicase el islam como seña de identidad frente a un régimen laico y pro-occidental. En todo caso, es difícil de entender de primeras que una revolución iniciada por la juventud y la clase media, por muy anti-imperialista que fuera, se convirtiese en un régimen teocrático con el clero chií ocupando los principales puestos de poder. Para poder comprender el desarrollo de la revolución, hay que tener en cuenta la estructura social de Irán en los años 70.

                Lo cierto es que la clase media “moderna” (es decir, profesionales liberales, maestros, ingenieros, funcionarios del Estado) apenas representaba un 15% de la población total, mientras que la clase media “tradicional” (comerciantes, clérigos, pequeños propietarios) suponía poco más de un 10%. Esta reducida clase media, la que tenía el tiempo y los medios para involucrarse en política, estaba además tremendamente fragmentada ideológicamente. La mayoría de partidos políticos clandestinos, desde el comunista Tudeh hasta el liberal y laico Frente Nacional, pasando por el islamista y anti-clerical Movimiento de Liberación, reclutaba a sus miembros de entre este reducido y acomodado 25% de la población.

                Irán era un país con una crisis social latente. En las ciudades grandes se apiñaban millares de inmigrantes rurales y desempleados que no recibían asistencia alguna por parte del Estado, y que acudían a las mezquitas de barrio en busca de consuelo material y espiritual. El clero chií, recordemos, era económicamente independiente, y pudo dar alimento y techo a centenares de personas sin rendir cuentas al Estado. El régimen, centrado en reprimir a los partidos y organizaciones de clase media, apenas prestó atención a los barrios pobres del sur de Tehrán, de donde surgiría la masa de manifestantes que acabó derribando el régimen.

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Dos ancianas en el patio de su casa en el sur de Teherán, donde se concentraba la masa d inmigrantes rurales que buscaban una vida mejor en las ciudades.  Tehran. (Fotografía de Kaveh Kazemi/Getty Images, 1980)

                La mayoría de los historiadores piensa que el detonante de la revolución fue el relajamiento de la represión política que el shah inició en 1977. Algunos dicen que se lo pidió el presidente Carter, preocupado por las flagrantes violaciones de los Derechos Humanos del régimen de los Pahlavi. Otros minimizan la importancia de Carter y aseguran que el shah preparaba una sucesión pacífica para su hijo, dado que estaba enfermo de cáncer. Esta segunda explicación parece más plausible. Recordemos que, durante las mismas fechas y unos 5.000 km al oeste, la España franquista se reconvertía más o menos pacíficamente en una monarquía parlamentaria. No obstante, el shah había desatendido los programas de ayuda social, y los iraníes estaban muchísimo más cabreados y hambrientos que los españoles.

                Los primeros en manifestarse pacíficamente contra el régimen fueron los profesionales de clase media (abogados, médicos, ingenieros), a los que pronto se unieron los estudiantes y los precarios partidos políticos, y poco después los estudiantes religiosos. Dado que el shah había invertido en armamento pesado en lugar de material antidisturbios, se vio obligado a dispersar las manifestaciones a balazos. Esto no hizo sino complicar las cosas. Los clérigos salieron a las calles liderando a las masas de pobres descontentos, la pequeña burguesía comercial (el bazar) cerró sus tiendas durante semanas como muestra de solidaridad, y los funcionarios del Estado abandonaron su trabajo. Finalmente, se unió a la revolución el escaso proletariado (en el sentido “puro” de la palabra), que trabajaba sobre todo en la industria petrolera, de enorme importancia estratégica. El ejército, desmoralizado, se declaró neutral, y los grupos armados que se habían formado a principios de los 70, los Fedaian (marxistas-leninistas) y los Moyahedin (socialistas islámicos) tuvieron su momento de gloria derrotando a la guardia monárquica y asaltando las armerías el 11 de febrero del 79. En apenas un año y medio un implacable régimen se derrumbó como un castillo de arena.

                Si bien la revolución no la iniciaron los clérigos, ellos eran los que aglutinaban tras de sí a mayor parte de la sociedad. Jomeini, que llevaba en el exilio desde el 63, era un ídolo de masas. Sus discursos en Nayaf (santuario chií en Irak) eran distribuidos clandestinamente en citas de casette a una velocidad asombrosa. Su retórica cautivaba a todos, desde conservadoras amas de casa hasta jóvenes estudiantes revolucionarios e izquierdistas. Si bien es cierto que el ayatollah llevaba años denunciando la monarquía, su creciente popularidad al inicio de las manifestaciones hizo que el Shah pidiese a Sadam Hussein que expulsase al ayatollah de su país. Craso error, pues Jomeini se refugió en París asistido por una veintena de jóvenes activistas que preparaban y traducían sus discursos, convirtiéndose así en el líder simbólico de la revolución. Si habéis visto o leído la saga Los Juegos del Hambre, Jomeini era algo así como la protagonista de la trilogía, Katniss, el símbolo de la revolución, una eficaz arma propagandística al servicio de los opositores. La diferencia era que Jomeini no era una ingenua adolescente, sino un veterano ayatollah más listo que el hambre. Los jóvenes agitadores (muchos de ellos parte del Movimiento de Liberación) pensaron que podrían utilizar a Jomeini para dar impulso a su revolución, pero al final fueron ellos los que acabaron siendo usados por el septuagenario clérigo.

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Jomeini encabezando la oración durante su estancia en París. El segundo por la izquierda es el actual presidente de Irán, Hasan Rohaní. Fuente, Reddit

                El 1 de febrero de 1979 Jomeini aterrizó en Tehran, siendo recibido por millones de personas. Poco después nombró un gobierno provisional encabezado por Mehdi Bazargán, un respetado ingeniero, líder del Movimiento de Liberación. Un par de semanas después el Shah abandonaba el país. Bazargán y su partido, al que también perteneció Shariatí, fueron el objeto de mi tesina de fin de máster, así que podría contar millones de cosas sobre ellos. Servirá decir que Bazargán era un buen tipo aunque no tenía mucho carisma, que pecó de ingenuo al confiar en las buenas intenciones de Jomeini y los demás partidos y que su partido era pequeño y estaba internamente dividido. Como afirmé en el párrafo inicial, las revoluciones suelen reforzar el poder del Estado. Los que proponen reducir el poder y el tamaño de ese estado, ya sean anarquistas o liberales como Bazargán, no suelen salir bien parados.

                Mientras Bazargán y compañía intentaban hacerse con el control de las desmoralizadas instituciones del Estado (administración, judicatura, policía), Jomeini se iba distanciando de ellos y estrechaba lazos con un grupo afín de clérigos y seguidores, que formarían a los pocos meses de su llegada el Partido de la República Islámica. El PRI (ojo, no confundir con el grupo mexicano) avocaba, entre otras cosas, por instaurar en el nuevo régimen una doctrina llamada velayat-e faqih. Hagamos una breve pausa para explicar qué es eso.

El Gobierno del Jurista

               Velayat e-faqih podría traducirse más o menos como Tutela o Gobierno del Jurista. El concepto no lo inventó Jomeini, aunque él es sin duda su máximo exponente. Jomeini escribió “Gobierno Islámico” en 1971. El modelo que propone está parcialmente inspirado en la “República” de Platón. Jomeini, como Platón, concibe una sociedad donde los filósofos, austeros, eruditos, y desprovistos de ambiciones materiales, son los gobernantes. En su versión, los filósofos son los intérpretes de la ley islámica. Esta ley, otorgada por Dios, deberá aplicarse hasta el final de los tiempos. Aunque a lo largo de la historia los clérigos chiíes jamás detentaron ningún poder, esta idea basa su legitimidad en el legado del califa Alí y sus sucesores. Tras la “ocultación” del duodécimo Imán (ya hablaremos de ello), los clérigos y jueces chiíes se convirtieron en sus teóricos representantes en la tierra.

                Si queréis saber más, os recomiendo mirar su Gobierno Islámico,  en especial la tercera sección del libro, “la forma de gobierno islámico”. El texto completo en español puede encontrarse en este enlace. La palabra clave del texto es “ley”. Sustituid faqih (interpreté de la ley islámica, juez) y fuqaha (jueces) por sus equivalentes en español, y todo tendrá muchísimo más sentido. La ley y el orden están de moda en todas partes y en todas épocas. La cuestión siempre es qué ley, y quién puede interpretar esa ley.

                En 1978 y 79, la mayoría de la oposición organizada, incluidos los comunistas, apoyaron el liderazgo simbólico de Jomeini. No se dieron cuenta que estaban apoyando a un tipo que había anunciado 8 años antes su intención de convertirse en el “Líder Supremo” de Irán. Al igual que los académicos occidentales, los opositores al shah pensaron que la religión era cosa del pasado y que tarde o temprano ellos se harían con el poder. El Movimiento de Liberación, único partido que estaba en posición de influir en las nuevas instituciones, subestimó al hombre que tenía enfrente. La facción de Jomeini consiguió liderar la asamblea constituyente y diseñar una constitución muy influida por el Gobierno Islámico.

                Es necesario mencionar que los velayatis o jomeinistas no representaban a todos los clérigos, y de hecho la suya era una posición minoritaria. Por un lado, había una sección conservadora y quietista que consideraba que la religión no debía mezclarse con la política, encabezada por el marya (escalafón superior del chiísmo) Shariatmandari. De igual modo, existían ayatollahs progresistas como Taleqani o en menor medida Mutahhari que defendían un orden democrático y parlamentario sin la tutela de un grupo de juristas islámicos.

La caída del gobierno provisional

                Al gobierno provisional de Bazargán, únicamente legitimado por la designación de Jomeini, se le asignó la tarea de organizar un referéndum sobre la forma de gobierno. La pregunta era “República Islámica sí o no”. Bazargán intentó cambiar la denominación a República Democrática Islámica, pero Jomeini se negó. Mientras tanto, Irán se sumía en el caos. El gobierno de Bazargán fue incapaz de controlar efectivamente a la policía o el ejército, a la vez que se sucedían en Irán las detenciones espontáneas y las ejecuciones sumarias, ordenadas por juntas revolucionarias que no obedecían al gobierno. Milicias improvisadas se dedicaron a imponer la moralidad que a ellos les parecía conveniente, a la vez que luchaban contra los que no compartían sus ideales. Merece la pena leer la entrevista de Oriana Fallaci a Bazargán en el New York Times, que podéis encontrar aquí, solo para entender el caos al que hizo frente el gobierno provisional.

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Bani-Sadr (izquierda), Bazargán (centro) y Jomeini. La cara de Bazargán lo dice todo. Fuente, Fouman.com

                Poco a poco, el PRI fue haciéndose con el control de las nuevas instituciones revolucionarias, tanto del grupo paramilitar conocido como los Guardias Revolucionarios (Pasdarán) o los tribunales que condenaban a muerte a “colaboradores” con el Shah y elementos sospechosos en general. Al mismo tiempo, consiguieron mayoría en la Asamblea de Expertos que iba a preparar la nueva Constitución. El Movimiento de Liberación y las fuerzas de izquierdas solo eran populares en las ciudades, y el sistema diseñado por Bazargán daba ventaja a los distritos rurales (cabe señalar que el 40% de la población de Irán seguía ocupada en el sector agrícola). Y es que Bazargán se empeñaba en jugar limpio cuando todos los demás jugaban sucio. Por ejemplo, el Tudeh, partido comunista iraní, estableció una alianza táctica con el PRI con el objetivo de desgastar a Bazargán. Parece estúpido en retrospectiva, pero es que los comunistas pensaban que un gobierno clerical no duraría y que finalmente las masas entenderían que eran ellos los destinados a liderar el país. El tiempo se encargó de mostrarles lo equivocados que estaban (en 1982 su partido fue ilegalizado y su cúpula arrestada).

                La constitución, aprobada por referéndum, establecía un sistema de contrapesos bastante extraños a ojos de un europeo. El parlamento unicameral estaría encargado de aprobar leyes. El presidente de la república sería elegido en elecciones libres, y formaría un gobierno (con Primer Ministro) con el beneplácito de parlamento. Al mismo tiempo, una institución jurídico-eclesiástica denominada Consejo Guardián se encargaría de asegurarse de que la legislación estaba de acuerdo con su interpretación de la ley islámica, y de comprobar que los candidatos a la presidencia y el congreso cumpliesen con unos requisitos determinados. El Consejo Guardián estaría elegido por la Asamblea de Expertos que se encargó de redactar la constitución. Sobre todo ello, un Líder Supremo, que sería el jurista más versado, respetado y sabio (es decir, Jomeini) se aseguraría de que las distintas partes integrasen un todo armonioso y funcional, así como de designar a ciertos miembros del Consejo Guardián. Es decir, una democracia muy restringida y tutelada por Jomeini y otros clérigos afines.

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Esquema del funcionamiento interno de la república. Fuente: Ervand Abrahamian, A History of Modern Iran, Cambridge, 2008, p. 165.

                El golpe final al gobierno de Bazargán fue la toma de la embajada americana por un grupo de estudiantes afines al PRI. Recordemos una vez más que la opinión pública iraní era bastante anti-americana. Por el contrario, el gobierno provisional había decidido ser pragmático y buscar el entendimiento con los yanquis. Su falta de compromiso con la causa anti-imperialista fue determinante en su caída. Jomeini se negó a condenar el secuestro, comunistas y velayatis acusaron a Bazargán de ser una marioneta de los americanos, el Movimiento de Liberación se dividió aún más, y ante la incapacidad de arreglar la situación el veterano ingeniero decidió dimitir del gobierno. El secuestro duraría más de un año.

                Tras la dimisión de Bazargán se prepararon las primeras elecciones democráticas para presidente y congreso. El primer presidente electo fue Abolhasán Bani-Sadr, un economista educado en la Sorbona, amigo de Shariatí e hijo de un ayatollah compañero de Jomeini. En el parlamento tuvo mayoría el PRI, que dificultó bastante la labor ejecutiva de Bani-Sadr. Mientras tanto, centenares de iraníes abandonaban el país asustados por la intensificación de la violencia, las instituciones revolucionarias seguían haciendo de las suyas (es decir, ejecutando y acosando a los no-afines) y continuaba el secuestro de la embajada americana. Se avecinaban elecciones en EEUU y Carter llevaba las de perder frente a Ronald Reagan, que abogaba por la mano dura frente a los revolucionarios.

Invasión iraquí y consolidación de la República Islámica (1980-1988)

                En septiembre de 1980, Sadam Hussein decidió invadir Irán. Contaba con el apoyo de EEUU y la Unión Soviética, algo que parecería excepcional si no fuera porque Jomeini había jurado destruir ambos, y los locos barbudos islámicos eran percibidos como una seria amenaza para la estabilidad de Oriente Medio. El shah, como ya conté, había invertido ingentes sumas de dinero en armamento pesado de última generación, sin embargo faltaban piezas de recambio y municiones, y las potencias se negaron a suministrarlas. La guerra, uno de los conflictos bélicos más largos del siglo XX, no solo devastó Irán sino que además permitió a los jomeinistas asegurarse el control sobre su país.

                La primera víctima política fue Bani-Sadr, destituido por Jomeini con la excusa de no ser competente para dirigir el país durante la guerra. Meses antes, un grupo armado islamista-marxista denominado Moyahedin-e Jalq (Luchadores del pueblo) había iniciado una campaña de ataques terroristas contra el PRI y las instituciones del nuevo régimen, matando a varios miembros del parlamento y al Primer Ministro Rajai. Los Moyahedin, que durante la guerra decidieron apoyar a Sadam Hussein, fueron también el pretexto perfecto para intensificar la represión. La lucha contra el enemigo, tanto interno como externo, hacía precisos ciertos sacrificios, de forma que se restringió la libertad de asociación y la de prensa.

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Mujer colaborando en la defensa de Jorramchar, ciudad iraní del Golfo Pérsico. Fuente, Fouman.com

                Si no entendéis cómo un pueblo que había colapsado las calles pudo permitir que sus libertades volviesen a ser recortadas, recordad que estábamos en pleno conflicto bélico, algo que no sucedía en Irán desde la segunda guerra mundial. Cuando las bombas caen en la calle de al lado y matan a tus vecinos, el orden de prioridades se altera. La guerra sirvió para consolidar enormemente el nuevo régimen. A los mártires de la revolución se les sumaron los mártires de la guerra contra el invasor. Y en 1982, cuando contra todo pronóstico los iraníes habían conseguido hacer retroceder a las tropas iraquíes, Jomeini decidió continuar la guerra. “Hasta Jerusalén pasando por Bagdad”, proclamó, e inició la conquista de Irak. La operación fue un fracaso, la táctica de “marea humana” fue bastante ineficaz, el conflicto se alargó durante seis años más y murieron millares de personas. El esperado apoyo de los chiíes iraquíes no se produjo. Y es que las divisiones sectarias no son tan importantes como la identidad nacional o el lenguaje, por mucho que la prensa se empeñe en mostrar lo contario. A pesar de que los chiíes iraquíes eran oprimidos y discriminados por el régimen de Hussein, la mayoría de ellos apoyó a sus compatriotas árabes frente a los invasores persas.

                En 1988, ante la incapacidad de resolver el conflicto por la vía armada, Irán e Iraq firmaron un acuerdo de paz. Quizá desde el punto de vista geopolítico la estrategia de Jomeini parece absurda (perder cientos de miles de vidas para arrancar un acuerdo al que se podía haber llegado en 1982, cuando las tropas iraquíes se retiraron de Irán), pero sin duda desde una perspectiva interna fue todo un éxito. Toda la energía y el entusiasmo heredados de la revolución se canalizaron en una guerra en las fronteras, alejada de los centros de poder. La población en edad de protestar se consumió en las trincheras y no se opuso a los progresivos recortes de libertades. Las restricciones se justificaron mediante la lógica de guerra (debemos permanecer unidos, ganar la guerra es más importante que las libertades democráticas, etc), y la República Islámica pudo consolidar sus mecanismos e instituciones. Una vez eliminada o marginalizada la oposición al PRI, este se dividió en varias facciones y partidos. Sin embargo, no hablaremos en detalle de ellos hasta la próxima entrega.

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El elevado numero de bajas causado por las tácticas de “marea humana” hizo que la edad de reclutamiento fuera cada vez más temprana. Una generación entera creció bajo el trauma de la guerra.  Fuente, Fouman.com

                Jomeini murió en 1989. Tras su muerte, la República Islámica se adaptaría a los nuevos tiempos. La sucesión como “Líder Supremo” fue controvertida, pero no quiero adelantar acontecimientos. El próximo artículo cubrirá el periodo entre 1989 y la actualidad. Hasta entonces.

Relaciones Irán-Occidente (1953-1979)

Continuamos con el especial sobre Irán. En esta entrega podrás leer un resumen del gobierno del último Shah, con especial énfasis en el surgimiento de un fuerte sentimiento anti-occidental entre los estudiantes, intelectuales y opositores al régimen.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979

El shah consolida su poder

En la última entrega nos quedamos en el golpe de Estado de 1953. Este golpe no sólo ligó la monarquía de los Pahlaví al apoyo Occidental, sino que además sirvió para que EEUU sustituyese en el imaginario colectivo persa a Gran Bretaña como la gran potencia malvada que amenazaba la independencia de Irán.

En efecto, la disgregación progresiva del imperio británico (que, entre otras cosas, abandonó la India en 1947, tema del que ya hablaremos otro día) y los problemas económicos del gobierno de Londres hicieron que la diplomacia americana tomase el relevo de la británica. El shah Muhammad Reza Pahlavi se convirtió así en el principal socio americano en Oriente Medio, una pieza fundamental en el tablero de la Guerra Fría.

Si en política exterior el Shah se consideraba parte del “mundo libre y democrático”, dentro de sus fronteras reprimió y encarceló todo atisbo de oposición. Los dos partidos títere que se alternaban en el parlamento (llamados por los iraníes el “Partido del Sí” y “Partido sí señor”) fueron complementados con uno de los servicios secretos más implacables y poderosos del tercer cuarto del siglo XX, el célebre SAVAK, hoy rebautizado como SAVAMA.

Anulada la oposición, el shah se centró en continuar el legado de su padre y fortalecer el poder del Estado. Así, se persiguió a las tribus, se impuso el uso del persa como lengua oficial (gran parte de la sociedad iraní, especialmente en las zonas montañosas y rurales, todavía hablaba dialectos túrquicos), se impulsaron las importaciones de bienes occidentales y se intentó crear una clase media “moderna” (asalariada y dependiente del Estado) que sirviese de base social al régimen. Más o menos lo que se cuenta en la segunda de la Breve Historia de Oriente Medio 3.

En 1963, diez años después del golpe, el shah anunció a bombo y platillo un programa de reformas denominado grandilocuentemente “Revolución Blanca”. El nombre se debe a que el shah pensaba que era la forma más eficiente de prevenir una revolución roja, aunque en opinión de bastantes historiadores no sirvió sino para sembrar las semillas de la revolución islámica.

Las medidas modernizadoras consistían, entre otras cosas, en una reforma agraria y un control más estricto de las instituciones religiosas por parte del Estado. La reforma agraria no fue muy exitosa, acabó con uno de los principales apoyos del régimen, la aristocracia terrateniente, y además favoreció un flujo progresivo de emigrantes rurales que se apiñaron en barrios de chabolas en las principales ciudades.

Las medidas contra el clero provocaron una oleada de protestas que tuvo como epicentro Qom, la principal ciudad religiosa de Irán. En ellas destacó un sexagenario ayatollah (¿Qué es eso?) llamado Ruhollah Jomeini. Si bien Jomeini no era por aquel entonces una de las principales figuras religiosas del país, su actitud combativa y rebelde, en contraste con el quietismo conformista de los líderes chiíes, le hizo ganar numerosos adeptos. Por supuesto, las manifestaciones fueron reprimidas a sangre y fuego, y Jomeini tuvo que exiliarse en Irak, donde permanecería hasta 1978.

Anti-occidentalismo y oposición intelectual

Al mismo tiempo, surgía entre los intelectuales y la clase media un fuerte sentimiento de rechazo hacia todo lo occidental. Su primer exponente fue Yalal Al-e Ahmad, un profesor, periodista y escritor de Teherán. He leído un buen número traducciones de sus obras, y puedo deciros es un escritor fascinante, al igual que sobre su esposa, Simin Daneshvar, que ya mencioné ayer.

En todo caso, en 1962 Al-e Ahmad publicó de forma clandestina un ensayo titulado Gharbzadegi, que puede traducirse como Occidentalitis o Intoxicación Occidental. En esta obra, deliberadamente polémica y emotiva, Al-e Ahmad afirmaba que los intelectuales iraníes se habían alejado de su pueblo y sus raíces, adquiriendo además un sentimiento de inferioridad respecto a Occidente, a la vez que la economía se resentía e Irán se convertía en un mero exportador de materia prima a cambio de productos manufacturados innecesarios (una tesis muy parecida a la Teoría de la Dependencia de Cardoso y Faletto para America Latina, aunque expresada de una forma muchísimo más visceral y literaria).

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Yalal Al-e Ahmad junto a su esposa, la también escritora Simin Daneshvar. Fuente, Not Even Past.

La respuesta, indicaba Al-e Ahmad, debía consistir en recuperar la confianza perdida, volver a las raíces (el islam) y rechazar la dependencia de la tecnología occidental alienante e innecesaria. El panfleto fue todo un éxito, y pese a la censura se convirtió en una de las obras más influyentes entre los intelectuales y estudiantes de aquellos años. Su popularidad hizo que incluso Jomeini alabara la obra y adoptara su retórica anti-occidental.

Al-e Ahmad murió en el 69 en extrañas circunstancias. Muchos iraníes pensaron que se trataba de un asesinato político, aunque su mujer desmintió las acusaciones y afirmó que había sido un ataque al corazón. No obstante, otros recogieron su testigo. Occidentalitis presentaba un diagnóstico, pero no ofrecía soluciones. Éstas fueron brindadas por otros autores y movimientos.

Más allá de la miríada de organizaciones marxistas (estalinistas, maoístas, partidarios de la no-violencia, grupos armados…), que tan solo tenían éxito entre los universitarios y ciertos elementos de la clase media “moderna” (que nunca fue muy numerosa), el teórico político más célebre del momento fue un joven sociólogo llamado Alí Shariatí.

Shariatí es una figura fascinante y muy controvertida, y es injusto despacharle en un par de líneas (ya escribiré algo más adelante). No obstante, para la fluidez del texto me limitaré a indicar que Shariatí hizo del anti-imperialismo una de los principales temas de la juventud. En su visión, oponerse a Occidente era igual que oponerse a la dictadura, y reivindicar el Islam y sus símbolos era una forma de reafirmar la identidad nacional iraní, desprenderse de la alienación provocada por el capitalismo y caminar hacia una sociedad sin clases, verdaderamente democrática y por tanto, islámica.

Por supuesto esta lectura pseudo-marxista de los textos islámicos enfureció al clero, más aún teniendo en cuenta que Shariatí los acusaba abiertamente de embaucar y adormecer a las masas con rituales y regulaciones absurdas, de desviarse del sentido revolucionario original del Islam, y de monopolizar la religión. También enfadó a los comunistas, a los que Shariati calificaba de materialistas y ajenos a la voluntad del pueblo.

Por fortuna para todos ellos, Shariati murió en Inglaterra en 1977, después de haber sido sometido a torturas por el SAVAK y escapar por los pelos del país. Es decir, que el movimiento islámico anti-clerical (sobre el que escribí mi tesina) perdió a su voz más popular un par de años antes de la revolución. “Bad timing”, como dicen los ingleses. El principal defensor de la acción revolucionaria no llego a verla materializada.

shariati-jomeiniPancartas con los rostros de Jomeini y Shariatí durante la Revolución. Fuente, The Iranian.

El shah prepara el camino para la revolución

Mientras tanto, Muhammad Reza Pahlaví seguía confiado en su trono, sintiéndose más fuerte que nunca aunque en realidad se estaba quedando más solo que ningún otro gobernante iraní en la historia. En 1975, siguiendo las recomendaciones de un académico de Harvard llamado Samuel Huntington (el del “Choque de Civilizaciones), el shah decidió liquidar el ficticio sistema parlamentario e instaurar un partido único llamado Rastajiz (Resurgimiento).

Al mismo tiempo, inició una campaña contra la especulación, instaurando precios fijos y poniendo en su contra a los propietarios y tenderos del bazar. Las rentas del petróleo, bastante lucrativas tras 1971 (Irán fue de los pocos países que no firmó el embargo contra los países occidentales), fueron invertidas casi exclusivamente en tanques, aviones y armamento pesado. En palabras de un observador estadounidense, “el shah devoraba los catálogos armamentísticos como si fueran revistas porno”.

 Quizá hubiera sido mejor para la estabilidad de su régimen invertir en programas sociales para aliviar la pobreza y el descontento en los barrios chabolistas del sur de Tehrán, o al menos en material antidisturbios de última generación (es mejor dispersar manifestaciones a porrazos y a manguerazos que a tiros). Pero por el contrario se dedicó a llevar a cabo una ambiciosa política exterior.

Entre otras cosas, el shah armó a los kurdos con la colaboración de Israel para que desgastasen a Sadam Hussein, hasta que le arrancó un pacto favorable a los intereses iraníes (los pobres kurdos suelen ser un mero peón en batallas geopolíticas de mayor calibre). El shah quería dejar de ser visto como una marioneta americana, y de hecho se volvió arrogante e insolente.

Si entendéis inglés, por favor disfrutad del siguiente video, donde Muhammad Reza Pahlaví recomienda a los británicos “trabajar más duro para salir de la crisis”, explica que debe invertir el dinero del petróleo en armas en lugar de educación y sanidad “para no crear inflación”, y afirma que “el rey y su pueblo están tan unidos como un padre y su hijo”.

En retrospectiva es fácil reírse, pero me parece que el shah se creía sus propias palabras. Tal vez sus asesores no le informasen con fidelidad, tal vez hiciese oídos sordos a las señales de alarma. En todo caso, la diplomacia americana también se tragó el cuento, y en 1978 el presidente Carter afirmó con toda solemnidad que Irán era un paraíso de estabilidad en el turbulento Oriente Medio.

Según un profesor mío que andaba por Irán en los años 70, los americanos fueron incapaces de prever la que se avecinaba porque, entre otras cosas, apenas tenían personal que hablase persa en la embajada, y se limitaban a aceptar los análisis que les ofrecían sus informantes sin contrastarla sobre el terreno. Durante la revolución la cosa no fue muy diferente, y ninguno de los medios estadounidenses se molestó en mandar a ningún especialista de habla persa.

Entre 1977 y 1979, millones de personas colapsaron las calles de las principales ciudades de Irán, en lo que se ha denominado “revolución iraní” o “revolución islámica”. Si bien el carácter islámico del movimiento es discutible (aunque a mí me convence la posición de autores como Mohsen Milani que mantienen que fue, en efecto, islámica), lo que es innegable es su aspecto anti-occidental.

Los principales grupos implicados, tanto los islamistas clericales, como los “modernistas islámicos”, al igual que los diversos comunistas, marxistas y demás, hicieron de la oposición al imperialismo americano su bandera. La dictadura del Shah y Estados Unidos, se creía, era la misma cosa. En el nuevo país que se iba a construir no quedaba lugar, pensaban, para los que durante más de veinticinco años habían sostenido un régimen represor de las libertades que les había malvendido los recursos nacionales. Una vez Irán recuperara su independencia, se decían, se redistribuiría la riqueza y todos podrían disfrutar de los beneficios del petróleo.

 La revolución de 1979 es uno de mis temas predilectos, al que he dedicado meses de lectura e investigación, y sobre el que escribí una tesina de más de 70 páginas. Al igual que con Shariatí, me parece injusto despacharla en pocas líneas, así que le he dedicado todo un artículo. En todo caso, es preciso tener en mente este carácter anti-americano de la revolución, pues el régimen que se construiría sobre ella lo convertiría en una señal de identidad.

El secuestro de la embajada estadounidense a finales de 1979 por parte de un grupo de estudiantes jomeinistas (la famosa crisis de los rehenes) debe ser entendido en esa línea, pero también en clave de política interna. Y es que esta crisis diplomática sirvió para que Mehdi Bazargan, modernista islámico, liberal, pro-occidental y presidente del gobierno provisional, presentase su dimisión al frente del gobierno, facilitando el ascenso del clerical “Partido de la República Islámica”. Se iniciaba así un nuevo capítulo en las relaciones Irán-EEUU, un capítulo que tal vez termine con el acuerdo nuclear y el levantamiento de las sanciones.

En la próxima entrega veremos en detalle la revolución del 79. Hasta la próxima.

Relaciones Irán-Occidente (1800-1953)

 Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


En este primer artículo exclusivo para Desvelando Oriente me gustaría dar cierta perspectiva histórica a un tema de actualidad. En los últimos días la prensa internacional ha celebrado con cierto grado de entusiasmo el acuerdo nuclear entre Irán y Occidente, que se ha empezado a materializar en la forma de intercambio de prisioneros entre EEUU y la República Islámica y el levantamiento de sanciones. Los análisis en la prensa española han sido numerosos, aunque superficiales. Si las elecciones que se avecinan en Irán y EEUU no alteran radicalmente las dinámicas de poder en ambos países, el acuerdo nuclear puede suponer un cambio fundamental en las relaciones internacionales en Oriente Medio. Se cerrarían así casi cuatro décadas de enemistad y tensiones.

Dado que he dedicado el último año de mi vida a estudiar la historia del país persa, he decidido redactar un especial sobre el asunto. En él encontrarás, en primer lugar, una perspectiva histórica condensada de las relaciones entre Irán y Occidente, en particular EEUU (partes 1, 2 ) hasta 1979, año de la Revolución Islámica, que cuento en la parte 3. En ese artículo también encontrarás un breve esquema del funcionamiento interno de la República Islámica, y la guerra intre Irán e Irak . En la parte 4, cuento los primeros ocho años tras la muerte de Jomeini (1989-1997) . Y en la parte 5, la última de momento, resumo las dos legislaturas de Jatamí. Los 8 años de Ahmadineyad y el nuevo gobierno de Rohaní quedan para una futura entrega.

Relaciones Irán-Occidente 1800-1953

Introducción

¿Cuál es el origen de la enemistad entre Irán y EEUU? Los lectores de mi edad recordarán las soflamas del expresidente Ahmadineyad (electo en 2005 y 2009) y la inclusión del país persa en el llamado “Eje del Mal” por parte de George Bush hijo. Los mayores recordarán escenas de la revolución islámica de 1979, la guerra entre Irán e Irak y los discursos del ayatolá Jomeini contra el “Gran Satán” (EEUU). Sin embargo, para tener una perspectiva histórica más coherente de las relaciones de Irán con Occidente hemos de viajar hasta principios del siglo XIX.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX gobernó Irán la dinastía de los Kayar o Qayar (Qajar en inglés). Se trataba de una dinastía de origen túrquico, algo que venía siendo habitual en la antigua Persia desde hacía siglos. A pesar de que los viajeros europeos describieran la monarquía irania como un gobierno absoluto en el que el Shah, o rey de reyes, ejercía el poder omnímodo (lo que los sociólogos e historiadores del siglo pasado mal llamaron “despotismo oriental”), lo cierto es que el sistema se basaba en un delicado equilibrio entre la familia gobernante y los distintos sectores de la sociedad iraní.

Estos sectores eran: la administración de habla persa; el ejército integrado por guerreros y terratenientes de origen túrquico; el estamento religioso, económicamente independiente (los iraníes, chiíes en su mayoría, no pagaban el impuesto religioso al Estado sino a los clérigos e instituciones religiosas de su elección); las tribus turcas nómadas de la periferia, y el campesinado. Los shahs ciertamente tenían a su alrededor cortes fastuosas, pero eso no implicaba que su poder alcanzase todos los rincones de su país. De hecho, la estructura del Estado era bastante limitada. Como en tantos otros países, el poder central concedía a particulares la capacidad de recaudar impuestos en determinadas zonas, lo que hacía que estos “intermediarios” locales tuviesen un poder inmenso.

Europa llega a Irán

 Durante la primera mitad del XIX el proyecto expansionista de los Kayar, que aspiraban a recuperar los territorios gobernados por los Safávidas (siglos XVI-XVII), fracasó estrepitosamente. Por el norte, el Imperio Ruso se hizo con el control la zona norte del Cáucaso (actuales Azerbaiyán, Armenia y Georgia), que tradicionalmente había estado bajo la esfera de influencia persa. Por el este, las campañas contra los afganos fueron un desastre rotundo.

Las derrotas militares y los pactos de capitulación con los rusos crearon en los antaño confiados iraníes cierto sentimiento de inferioridad. Los rusos, un pueblo considerado bárbaro y atrasado por los refinados persas, había sido capaz de infligirles derrotas decisivas. Al mismo tiempo, los británicos, habitantes de una isla diminuta e insignificante, habían conseguido sojuzgar el país vecino, la India.

¿Cómo era posible? ¿Cuál era el secreto de los europeos? La élite iraní comenzó a mirar a Occidente con curiosidad y a emprender viajes a Europa para intentar comprender de dónde sacaban los europeos su extraordinaria fuerza. Uno de los motivos, pensaron, estaba en la organización militar. De este modo, la monarquía Kayar comenzó a contratar a expertos estrategas europeos para que reorganizaran su ejército y modernizasen su material.

Esto tuvo dos consecuencias principales. En primer lugar, el apoyo de las potencias occidentales se convirtió en una pieza más de la política interior iraní. Varias revueltas e intentonas golpistas fueron eficazmente reprimidos gracias al armamento superior europeo. Al mismo tiempo, esto comprometió aún más las ya reducidas arcas del Estado.En segundo lugar, Irán se convirtió en parte del tablero en el que las potencias europeas (Francia, Gran Bretaña, Rusia y en menor medida, Alemania) se disputaban el control del mundo. Tras las guerras napoleónicas, Rusia y Gran Bretaña rivalizarían por el control indirecto de Irán en lo que se ha denominado “El Gran Juego”.

Alrededor de 1830 la monarquía iraní intentó integrarse en la “comunidad internacional” adoptando hasta cierto punto la estética y los símbolos de poder occidentales, como se puede apreciar la siguiente imagen, que representa a tres shahs consecutivos, Fath Ali, Muhammad y Nasir al-din.

3 shahs[Nótese la evolución de la estética de la vestimenta de los shahs y el estilo pictórico. Primer cuadro: Mirza Baba, Fath Ali Shah (1798), British Library. Segundo cuadro: Ahmed, Muhammad Shah (1844), vendido por Sotheby’s in 2010. Tercer y último: Fazl-ulla b. Mirza Muhammad, Nasir al-din Shah (1881), Hermitage Museum.]

Las dificultades económicas de los Kayar, incapaces de aumentar los ingresos del Estado a medida que aumentaban sus gastos, les llevaron a otorgar concesiones económicas a gobiernos o particulares occidentales.

Una de ellas, la del tabaco (1891), provocó una reacción religiosa y popular sin precedentes que se materializó en un boicot contra el consumo de tabaco hasta que no se cancelase el monopolio británico sobre la droga. Este movimiento estuvo inspirado por la singular figura de Jamaluddin Al-Afghani (del que hablo en este artículo), y puede considerarse la primera muestra popular de descontento ante la occidentalización de las élites iraníes.

La constitución de 1906

Una década y media más tarde, una rebelión cívico-religiosa forzó a los Kayar a convertirse en una monarquía constitucional. El movimiento constitucional,  que historiadores como Abrahamian califican de “revolución,” vino inspirado por el éxito de los japoneses ante los rusos en la guerra de 1905 que, se pensaba, se debía a la cohesión nacional que la Constitución Meiji (1868) había dado a Japón. El hecho de que ese mismo año se produjese una revolución pro-constitucional en Rusia confirmaría sus sospechas.

 De acuerdo con Ervand Abrahamian, uno de los principales historiadores iraníes, la “revolución constitucional” fue el resultado de una alianza entre clases medias, entre la mezquita y el bazar, que veían perjudicados sus intereses por la creciente penetración occidental. Paradójicamente, muchos de los “ilustrados” que protagonizaron el movimiento (como el jovencito Ahmad Kasraví, que décadas más tarde escribiría la historia de la revolución), estaban muy influidos por las ideas liberales y laicas europeas, lo que les llevaría a chocar con un importante sector del clero.

La constitución resultante proclamó el Islam chií como religión oficial. Solo chiíes podrían ocupar puestos de gobierno, y el ejecutivo tendría la capacidad de censurar y prohibir obras e ideas heréticas y anti-islámicas. Se instauró un Consejo Guardián integrado por clérigos de alto rango para asegurar que la legislación aprobada por el gobierno estuviese de acuerdo con la ley islámica. Sus miembros serían elegidos por la Asamblea Nacional, y en la práctica vendría a ser algo así como el Tribunal Constitucional español (que utiliza la Constitución Española en lugar de la Sharia). La constitución apenas se aplicó un par de años, pero la idea de un Consejo Guardían se retomaría en la constitución del 79.

En todo caso, el movimiento acabó desintegrándose. Por un lado, las tensiones internas fragmentaron a los partidarios de la monarquía democrática. Por otro, Rusia y Gran Bretaña aprovecharon la debilidad del gobierno iraní para repartirse el país en esferas de influencia (la “Convención Anglo-rusa de 1907”). En 1908, el shah inició una campaña de represión con la ayuda de cosacos rusos al servicio del gobierno y tropas leales. Disolvió el parlamento, arrestó a los líderes políticos y religiosos y estableció un duro control de la prensa.

El bando constitucional se reagrupó y multiplicó sus apoyos entre las minorías. La constitución fue cambiada para integrar a armenios, judíos y azerís, y se formaron milicias integradas por voluntarios. Tras dos años de enfrentamientos, los constitucionales se impusieron y a su vez se dividieron en dos facciones, “Moderados” y “Liberales”, que divergían en el papel que la religión debía tener en el nuevo Estado y fueron incapaces de llegar a acuerdos duraderos de gobierno.

El régimen constitucional fue incapaz de impedir la penetración europea. Entre 1909 y 1911 los rusos ocuparon el norte del país (con el pretexto de restaurar el orden) y los británicos tomaron el control de las rutas comerciales del sureste. La Primera Guerra Mundial incrementó la presencia de tropas rusas y británicas, a pesar de que el parlamento se había declarado neutral. El desconocido Willhelm Wassmus, una especie de Lawrence de Arabia alemán, intentó sublevar contra los ocupantes extranjeros a las tribus turcas como los Bajtiaris, a los kurdos y árabes de la zona del Golfo.

Reza Jan (1921-1941)

La derrota alemana y la revolución soviética animaron a los británicos a tratar de hacerse con el control de todo el país sobornando a los diputados para firmar la “Convención Anglo-Irania” de 1919. El acuerdo fue muy impopular, pues se percibía como la venta del país a los británicos y el fin de la independencia. El delicado equilibrio entre los sectores de la población del que hablaba al principio se acabó rompiendo y hacia 1920 el estado iraní se encontraba prácticamente inoperativo, con amplios territorios de la periferia independientes del poder central.

BP truckCamión de la BP a mediados de los 50. Fuente, Reddit.

 Hizo entonces su aparición Reza Jan (en inglés Reza Khan), un oficial de unos 40 años de edad. Provenía de una familia de tradición militar de la zona del Cáucaso y era el comandante de los cosacos en la ciudad de Qazvín. Los cosacos, por cierto, habían pasado a ser financiados y entrenados por los británicos tras la revolución soviética (lo cual no quiere decir que obedecieran ciegamente las órdenes de la diplomacia británica, aunque en la época había quien consideraba a Jan una marioneta al servicio de los intereses británicos).

Con tan solo 3.000 hombres y algunas ametralladoras, Reza Jan se hizo con el control de Teherán el 21 de febrero de 1921. Implantó la ley marcial, se ganó la confianza del resto del ejército, formó gobierno y se convirtió en la máxima autoridad en la sombra, a la vez que convencía a los británicos que no actuaría contra sus intereses y que mantendría al shah en el trono. Cuatro años más tarde depuso al shah y se coronó a sí mismo como rey de reyes, dando a su dinastía el nombre de Pahlaví o Palevi, que es como se conoce al sistema de escritura de la lengua persa durante el periodo pre-islámico.

Dado que este artículo trata sobre historia de las relaciones Irán-Occidente, no quiero explayarme con el reinado de Reza Pahlaví. En todo caso, el nuevo shah supo restaurar el equilibrio social mencionado anteriormente y ganarse la confianza de los distintos grupos sociales, incluidas las potencias europeas (firmó un acuerdo con los bolcheviques). Una vez consolidado su poder, trató de modernizar el país siguiendo el modelo de Atatürk y limitar la influencia de los que le podían hacer frente, especialmente el clero y las tribus.

Digna de mención es la ley de 1936 que prohibió a las mujeres llevar velo en público y obligó a los hombres a vestirse a la manera occidental, salvo que pudieran acreditar que eran estudiosos del islam. Como vemos, la imposición de un código de vestimenta no es algo exclusivo del Irán post-revolucionario. De hecho, es algo que estuvo muy de moda entre los gobiernos que decidieron modernizar-occidentalizar a la fuerza a sus súbditos, como el Japón Meiji o la Turquía de Atatürk.

El interregno nacionalista (1941-1953)

Reza Pahlavi gobernaría con puño de hierro hasta 1941, cuando Irán fue invadido simultáneamente por los británicos y los soviéticos. Al parecer, el shah había estado coqueteando con los alemanes, ofreciéndoles petróleo y otros recursos. Para prevenir la aparición de un nuevo frente, asegurar los suministros de los británicos a los soviéticos y controlar el preciado petróleo, los Aliados decidieron coordinar su intervención.

La excelente novela Savushun de la escritora Simin Daneshvar, disponible en castellano, está ambientada en la época. Tras la invasión Reza Jan huyó, y los Aliados instalaron en el trono a su hijo, Muhammad Reza Pahlaví. El gobierno de Reza Pahlaví no había sido especialmente popular, pero el nuevo y joven shah prometió respetar la Constitución de 1906, y la presencia de tropas extranjeras disuadió a los iraníes de intentar ningún tipo de rebelión anti-monárquica.

 Se inició así el periodo denominado como interregno nacionalista, en el que hubo elecciones más o menos democráticas (calificadas de caciquistas por contemporáneos e historiadores), libertad de prensa y cierto esplendor cultural. También hubo una movilización política sin precedentes y mucha tensión en las calles, incluyendo  sangrientos atentados de los fedayines, uno de los primeros grupos islamistas chiíes. En 1951, en medio de una crisis turbulenta, el parlamento nombró  presidente a un tal Mohammad Mosaddeq, líder de un movimiento nacional-populista que aglutinaba al bazar, las clases medias y parte de los trabajadores no afiliados al Partido Comunista.

Entre otras cosas, Mosaddeq se propuso nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company (hoy en día llamada BP), que desde 1913 disfrutaba casi en exclusiva de la explotación de petróleo en Irán. Esto hizo saltar las alarmas en Gran Bretaña y EEUU, y en 1953 los servicios secretos de ambos países organizaron un golpe de Estado junto al monarca y sectores leales del ejército, y ante la pasividad de cierta parte del clero que no veía con buenos ojos la popularidad del líder laico.

El suministro de petróleo y la pertenencia de Irán al mal llamado “Mundo libre” quedó asegurado a corto plazo, pero a la larga provocó lo que mi profesor de Historia de Irán, el Dr. Newman, llama un “blowback”, es decir, un efecto boomerang o un tiro por la culata. Vamos, que el golpe de la CIA y el MI6 asoció irremediablemente la dinastía Pahlavi a EEUU y Gran Bretaña, e hizo que una generación de intelectuales, activistas y líderes religiosos se volviesen decididamente anti-occidentales.

En fin, eso es todo por hoy. En el siguiente artículo os hablaré del gobierno autoritario del último shah, la popularidad del anti-occidentalismo en los años 60 y 70, la Revolución de 1979, y la evolución de las relaciones exteriores de la República Islámica.


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