Arabia Saudí V: Petróleo con sabor americano (1938-1953)

En la entrega anterior vimos como Ibn Saud pacificó a los Ijwan, aseguró su sucesión y organizó un rudimentario estado. Hoy hablaremos de lo que pasó desde que el petróleo fue descubierto en 1938 hasta su muerte. La prosperidad aumentó el poder de los Saud, pero hizo surgir nuevos problemas sociales. Al mismo tiempo, Ibn Saud cerró una alianza con los EEUU que dura hasta hoy.

Historia de Arabia Saudí
1Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


La llegada del petróleo

Un año después de proclamar oficialmente el reino de Arabia Saudí, Ibn Saud tenía una deuda de más de 300,000 libras esterlinas de la época, según cuenta la historiadora Al Rasheed. Como decía en la entrega anterior, hasta entonces la mayor fuente de ingresos eran las caravanas de peregrinos hacia La Meca. La crisis global de 1929, no obstante, había hecho descender dramáticamente el número de peregrinos, con fatídicas repercusiones para el tesoro Saudí, que no rebajó el nivel de gastos.

Por este motivo, en 1933 el monarca firmó un acuerdo con la Standard Oil de California (SOCAL) para realizar prospecciones petrolíferas en su territorio. El oro negro había sido descubierto en el vecino emirato de Bahrein, y podía resultar una fuente de ingresos estable y segura. La Anglo-Persian Oil Company (posteriormente BP), que tenía prácticamente el monopolio de la explotación en el cercano Irán, ofrecía condiciones mucho menos competitivas. Para cubrirse las espaldas teológicamente, Ibn Saud recurrió a la sura 109 del Corán:

Di: ¡oh infieles!
No adoraré lo que vosotros adoráis
Vosotros no adoráis lo que yo adoro
Yo no adoro lo que vosotros adoráis
Vosotros no adoráis lo que yo adoro
Vosotros tenéis vuestra religión y yo tengo la mía

Y es que en los siguientes años, con la presencia de ingenieros, trabajadores y empresarios americanos, británicos y holandeses, se iba a multiplicar el número de infieles occidentales en el reino, que hasta entonces solo habían sido unos pocos consejeros británicos. Philby, uno de estos consejeros que se había convertido al islam, actuó como representante saudí ante los americanos. Ibn Saud le debía dinero al propio Philby, que obtuvo el mejor acuerdo posible para el rey saudí además de una sustanciosa comisión. El arabista británico perjudicó los intereses de su imperio permitiendo la entrada de capital e influencia estadounidenses, pero de todos es sabido que el dinero no tiene patria.

Durante cinco años se realizaron labores de prospección por los distintos territorios del reino, hasta que en 1938 empezó a fluir oro negro de la tierra cerca de Dammam. En mayo de 1939 partió el primer petrolero hacia Estados Unidos. La producción diaria superaba los 1.500 barriles de petróleo, mucho más de lo que producían los pozos en suelo americano. Antes de eso, Ibn Saud ya había gastado los pagos iniciales para saldar sus deudas y construir lujosos palacios para su familia y los invitados.

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Soldado saudí en los años 40. Fuente, Aramco expats

En 1944 se formó ARAMCO, la Arabian American Oil Company, como subsidiaria de la SOCAL. La producción, sin embargo, no despegó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reestableció plenamente el comercio mundial. En 1943 Roosevelt declaró que Arabia Saudí era “vital para la defensa de los Estados Unidos”, y el reino saudí se pudo beneficiar de generosos préstamos, a la vez que declaraba la guerra al Eje. ARAMCO, además de extraer el petróleo, se convirtió en la empresa constructora y proveedora de servicios públicos para el reino. Una especie de enorme subcontrata que construía carreteras, hospitales, tuberías y demás infraestructuras.

Riad se convirtió en el epicentro del sector de la construcción, aumentando su población de (aproximadamente) 45.000 personas en 1940 a 80.000 en 1950. Números modestos todavía en comparación con los estándares actuales, pero brutales si tenemos en cuenta que medio siglo atrás Riad era poco menos que un pueblo. La ciudad no solo crecía en tamaño sino también en infraestructuras. Comenzaron a instalarse bombas de agua que llevaban el agua corriente de los pozos subterráneos a fuentes y viviendas particulares. Aumentaba el número de coches (que pertenecían casi exclusivamente al clan de los Saud) y aviones en las fuerzas aéreas, y en 1951 se finalizó la primera línea de ferrocarril del reino (aparte del proyecto Estambul- La Meca que fue destruido en la primera Guerra Mundial).

Transformaciones sociales

La llegada de la industria petrolífera alteró para siempre la estructura social de Arabia Saudí. Esto no se debía a una influencia benigna de los trabajadores occidentales de ARAMCO, ni mucho menos. Los estadounidenses, un tercio de los 20.000 empleados de la compañía, vivían en una comunidad privada rodeada de alambre de espino y dotada de todo tipo de servicios, una especie de ciudad americana en medio del desierto saudí, similar a los campamentos militares del ejército estadounidense a lo largo del globo. Apenas se mezclaban o integraban con la población local, por xenofobia y en parte por exigencias de Ibn Saud, que invocaba la sura de los infieles. Esta tendencia continúa en la actualidad, como describe Ángeles Espinosa en su libro.

Sin embargo, ARAMCO precisaba también de mano de obra nativa no cualificada, y comenzó a reclutar trabajadores saudíes para sus cuatro pozos petrolíferos y sus proyectos de infraestructuras. La mayoría de estos trabajadores, en torno a dos tercios, provenían de la región chií de Hasa, donde se situaba la mayor parte de la industria petrolera, aunque también había población sedentaria del Najd y algunos beduinos del desierto. Casi todos provenían de familias rurales empobrecidas, atraídos por la promesa de pago en metálico (una práctica poco común por aquel entonces).

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Trabajador saudí de ARAMCO en los años 40. Fuente: Aramcoexpats

Los trabajadores saudíes vivían en barracas sin ningún tipo de servicio público, y la experiencia compartida hizo que por primera vez comenzaran a desarrollar una identidad saudí, por encima de las distinciones de tribu y aldea. El número de trabajadores saudíes de ARAMCO no superaba los 13.500 de una población total de 2,5 millones, pero su influencia se extendería a toda la sociedad. También había una pequeña comunidad de trabajadores provenientes de países árabes y africanos que difundieron entre los obreros saudíes nuevas noticias e ideas.

Algunos de aquellos trabajadores libaneses o palestinos trajeron consigo radios que se escuchaban en común. Estas radios hablaban de eventos desconocidos para los saudíes, que empezaron a entender el momento histórico global que estaban viviendo. La preocupación por la situación de Palestina, el pan-arabismo, el nasserismo y las ideas comunistas y socialistas entraron así en Arabi Saudí, que por primera vez se convertía en un país receptor de inmigrantes. Los trabajadores de ARAMCO se organizaron para exigir mejoras en su salario y en sus condiciones de trabajo, organizando huelgas y disturbios.

Si bien Ibn Saud no llegaría a presenciar la influencia de estos cambios, sus sucesores sí que lo harían. Los problemas del reino dejaban de ser tribales y tradicionales, y comenzaban a estar relacionados con las desigualdades económicas y la situación general del mundo árabe. Si los principales desafíos de Ibn Saud habían sido los típicos a los que se enfrentaban los emires de la Arabia pre-moderna (la conquista, pacificación, e integración de las distintas tribus), sus sucesores tendrían que hacer frente a problemas sociales, a huelgas, disturbios políticos, agitación comunista y pan-árabe…

El amigo americano

Ibn Saud había conseguido unificar y pacificar los territorios que hoy conforman Arabia Saudí. En 1930 se había anexionado la región de Asir, aunque había permitido la continuidad de los gobernantes locales, los Idrisi. Éstos, en connivencia con algunas familias notables del Hiyaz descontentas con el dominio de Ibn Saud, se rebelaron en 1932. La rebelión fue abortada rápidamente, aunque el Imam de Yemen intervino para ayudar a los Idrisi. Ibn Saud pidió armas y apoyo a los británicos, pero estos se desentendieron, pues percibían el conflicto como una disputa fronteriza que no afectaba a sus intereses. Arabia Saudí y Yemen hicieron las paces rápidamente, ya que carecían de los fondos y el armamento para llevar a cabo una guerra de desgaste. Al Rasheed especula que esta fue una de las razones por las que Ibn Saud decidió firmar la concesión petrolífera con los estadounidenses en vez de con los británicos: se sentía decepcionado por la falta de apoyo a sus conflictos bélicos. Además, los británicos eran el principal sostén de los reinos hachemitas de Iraq y Transjordania. Los hachemitas, recordemos, eran la familia que había regido tradicionalmente sobre el Hiyaz, y ahora ocupaban el trono de dos ex-mandatos británicos.

1Ibn Saud y Roosevelt, 1945. Rob L. Wagner

El gobierno de Estados Unidos, por el contrario, parecía lo suficientemente lejano como para tener intereses imperiales en el área. Además, como dije antes, durante la segunda Guerra Mundial habían concedido ventajas (dinero y armas) al entender que el suministro de petróleo era vital para su defensa. En 1945, Ibn Saud y el presidente Roosevelt se reunieron en un crucero cerca de Suez. Acordaron que los americanos construirían una base aérea en el reino, y que sus barcos podrían usar los puertos saudíes. A cambio, Ibn Saud confirmaba el acuerdo con ARAMCO y daba permiso para construir un oleoducto entre la región petrolera de Hasa y el Mediterráneo. Ibn Saud encontró así un poderoso aliado internacional, y los EEUU consiguieron nuevas bases aéreas, rutas marítimas y petróleo a buen precio.

El principal damnificado era el Imperio Británico, que veía como Arabia Saudí escapaba de su esfera de influencia. Por primera vez, EEUU sustituía a Gran Bretaña como aliado de un país remoto. Además, EEUU obtenía su primer socio en Oriente Medio. Los británicos, por su parte, entraban en un periodo de retroceso que culminaría con su abandono de la India en 1947. Se iniciaba así una relación muy fructífera para Estados Unidos y Arabia Saudí que ya mencioné en Independencia y Guerra Fría. Petróleo a buen precio a cambio de protección y la no interferencia en política interna.

Los últimos años de Ibn Saud

Ibn Saud murió en 1953. Sus últimos años los pasó en calma y tranquilidad, rodeado de lujos y de sus seres queridos. Sus dos hijos mayores, de los que hablamos en la entrega anterior, el príncipe heredero Saud, y Faisal, llevaban ya unos años haciéndose cargo de las regiones de Najd y Hiyaz. El imperio de ARAMCO, mientras tanto, crecía y prosperaba en Hasa.  Satisfecho con sus logros, Ibn Saud se fue retirando poco a poco de la vida pública y centrándose en educar a sus últimos hijos, los nacidos en los años 30 y 40, que no eran fruto de uniones políticas sino de las concubinas favoritas del harem del rey saudí. Una de estas concubinas era la armenia Munaiyir, que las fuentes británicas y americanas describen como la favorita del monarca por su inteligencia y belleza. Con ella tuvo un hijo, Talal, que se convirtió en uno de los más queridos de Ibn Saud. A pesar de ser su vigésimo hijo, el rey promovió su carrera a costa de sus otros hermanos, lo que le hizo ser objeto de celos y envidia. Talal, que fue llamado “el príncipe rojo”,  se convertiría después en un personaje de importancia, el díscolo líder de los “Príncipes libres” que durante los 60 criticaron al régimen. Pero eso lo dejamos para una futura entrega.

Como curiosidad con sabor español, en abril de 1952, año y medio antes de su muerte, Ibn Saud y sus hijos Saud y Faisal recibían condecoraciones militares por orden de Franco. Ibn Saud recibía la “Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar con Distintivo Blanco” por sus relevantes méritos y su amor a España. A Saud se le otorgaba la “Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas” como muestra de aprecio personal por parte del dictador español. Y Faisal era condecorado con la “Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil”, también como muestra de aprecio. Franco cultivó las relaciones de España con los países árabes a través de la concesión de medallas y honores a sus líderes. También condecoraría a Sadam Hussein décadas más tarde.

boe-1952Hoja del BOE del 22 de abril de 1952 con las condecoraciones a los Saud

Abdulaziz ibn Abdul Rahman ibn Faisal ibn Turki ibn Abdullah ibn Muhammad Al Saud murió en la cama el 9 de noviembre de 1953 con su hijo Faisal a su lado. Arabia Saudí había sido su creación y su obra. ¿Sobreviviría el reino a su muerte? El petróleo había traído riquezas y estabilidad, pero al mismo tiempo había planteado problemas para los que la rudimentaria administración no tenía soluciones.

Con el fallecimiento del gran patriarca comenzaba una nueva era para el reino. En la próxima entrega veremos qué pasó durante los primeros años de esa nueva era.

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Arabia Saudí IV: El reino antes del petróleo (1926-1938)

Continuamos con la historia de Arabia Saudí. Nos habíamos quedado en 1926, cuando Ibn Saud completa la conquista del territorio. Los agentes de la conquista habían sido, por un lado, los mutawain, el bajo clero del desierto najdí; y los ijwan, una hermandad de guerreros tribales al servicio del wahabismo (véase la entrega anterior). Paralelamente, habían comenzado a surgir ulema wahabíes propiamente dichos, es decir, expertos religiosos en la doctrina hanbalí que dominaban todos los aspectos de las ciencias islámicas, algo que sería muy importante posteriormente.

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


La rebelión de los Ijwan (1927-1930)

Una vez completada la conquista, comenzaron a aflorar las tensiones con respecto a la forma de entender el gobierno y el liderazgo. Ibn Saud veía la anexión de el Hiyaz como la restauración del dominio de sus antepasados y la ampliación de su patrimonio personal. Los mutawain y los ijwan, por el contrario, la percibían como una ampliación de la umma (comunidad islámica) y una oportunidad para expandir la fe y continuar la yihad. Los ijwan se veían como iguales de Ibn Saud, no súbditos. Muchos de ellos, pese a estar convertidos a la causa wahabí, recordaban su linaje tribal y aspiraban a ejercer posiciones de liderazgo en los recién conquistados territorios. El más famoso de ellos era Faisal al-Duwaish, un jeque de una tribu beduina del Najd sedentarizada.

Tras la conquista del Hiyaz, los líderes ijwan organizaron una asamblea o conferencia en al-Artauiya, la aldea de Faisal al-Duwaish y uno de los asentamientos que Ibn Saud había creado para los ijwan. Allí, los guerreros wahabíes discutieron varios asuntos, como las características del buen liderazgo religioso, la legitimidad islámica de los impuestos establecidos por Ibn Saud, el estilo de vida lujurioso y relajado del sultán del Najd y rey del Hiyaz, sus numerosos matriminios y, no menos importante su relación con los ingleses. También se habló de la necesidad de “islamizar” a los chiíes de Hasa, de los límites de la yihad y del problema que suponían los peregrinos de otras partes del mundo islámico, con su música y sus cantos.

724px-flag_of_ikhwan-svgLa bandera negra de la hermandad Ijwan. Fuente: Wikipedia

Ibn Saud reaccionó convocando otra conferencia en la que él personalmente consultaría a los ulema wahabíes. Los ulema respondieron a cada uno de los puntos planteados por los ijwan: sin duda, era necesario islamizar a los chiíes, y desde luego había que impedir a los peregrinos cantar y tocar música. También recomendaron destruir las tumbas y monumentos de santos. Sobre la yihad, los ulema recordaron que proclamar la yihad ofensiva correspondía únicamente al líder de la comunidad, al Imam, es decir, a Ibn Saud. También rechazaron las alegaciones de que su estilo de vida fuera anti-islámico. ¡Cómo iba a ser Ibn Saud un hombre impío si se gastaba un dineral en construir mezquitas y madrasas y en dar de comer a los ulema y mutawain!

Los ijwan rechazaron las explicaciones de los ulema de Riad e insistieron en su desafío. Esta rebelión, en un principio, no se dirigió contra Ibn Saud. Los ijwan simplemente se negaban a ser desmovilizados y continuaron haciendo la yihad, atacando Jordania y Kuwait, para horror de los emires locales y de los británicos, que recurrieron a la fuerza aérea para defender a sus aliados. El uso de aviación contra grupos insurgentes en el desierto, como podéis ver, no es algo especialmente reciente.

En 1928, Ibn Saud mandó cartas a todos los rincones del reino anunciando su abdicación y convocó a sus seguidores en Riad. Ulema, mutawain, jefes locales, la aristocracia comercial y, en definitiva, las “fuerzas vivas” del reino acudieron a la llamada. En la capital, Ibn Saud pronunció un discurso recordando su épica conquista de la ciudad con medio centenar de hombres, la necesidad religiosa de seguir a un líder, el progreso económico, y el grado de islamización que habían alcanzado. A continuación, pidió a los notables allí presentes que, si no estaban contentos con su liderazgo, eligieran a otro miembro de su familia para gobernar. Esto último es importante, pues nos muestra la imagen patrimonial que Ibn Saud tenía de sus dominios. Ibn Saud no podía concebir que otra familia salvo la suya ejerciese el poder. Y es que, como cuenta Ángeles Espinosa en su libro, los Saud ven Arabia Saudí como su finca particular.

No se propuso a ningún candidato alternativo, de modo que Ibn Saud continuó al mando. Además, los ulema decretaron que los ijwan estaban actuando sin el consenso de la comunidad religiosa, que su yihad no eran más que ataques bárbaros, y que Faisal al-Duwaish era un usurpador que debía ser destruido. Aparte de eso, llegaron a la conclusión de que el telégrafo no era un artefacto diabólico, y que su uso estaba religiosamente permitido. De este modo,  Ibn Saud y sus seguidores se prepararon para aplastar la rebelión ijwan.

arabia-unified-xGuerrero Ijwan hacia 1923. Fuente: ctesiphon.com

Ibn Saud salió muy reforzado de la “conferencia” en Riad. Su relación con los ulema de Riad se había estrechado. La división de tareas que se inició durante el primer emirato saudí se consolidó: Ibn Saudí se encargaría de gobernar y dirigir los ejércitos, y los ulema de emitir fatuas sancionando las acciones del monarca y controlar a sus discípulos, los mutawain. La religión estaba supeditada a la política, no al revés. La legitimidad de Ibn Saud dependía de los clérigos, es cierto, pero estos necesitaban los subsidios y la protección de Ibn Saud.

En 1929, Ibn Saud reunió un gran ejército reclutado de entre la base tradicional de los ejércitos saudíes, la población sedentaria del Najd. La batalla de Sabila fue su primer gran enfrentamiento: a los ijwan montados en camellos se enfrentaron las tropas saudíes a caballo con apoyo de ametralladoras. Tras esta aplastante victoria saudí, los ijwan trataron de refugiarse en Kuwait, donde les esperaba la fuerza aérea británica. Finalmente, en 1930 los ijwan se rindieron a los británicos en Kuwait. Tras asegurarse que la vida de los prisioneros sería respetada y que no habría ejecuciones masivas, los ijwan cautivos fueron traspasados a Riad.

La rebelión fue aplastada, y la importancia del mundo tribal en el emergente estado saudí fue disminuyendo cada vez más. Los ijwan habían sido útiles en la expansión territorial, pero después se convirtieron en una amenaza para el dominio de Ibn Saud. El rey saudí no estaba dispuesto a compartir el poder con ellos ni permitirles conservar su influencia. Desconfiaba de los beduinos, y la rebelión fue la ocasión perfecta para eliminarles de la estructura de poder. Los ulema, en cambio, se habían mostrado cruciales a la hora de garantizar la estabilidad en tiempos de crisis, y su importancia en el estado aumentaría con el tiempo. Los clérigos tenían la última palabra sobre las nuevas tecnologías, que se multiplicarían durante las siguientes décadas.

Abortada la insurrección ijwan y pacificado el territorio, Ibn Saud se vio con confianza como para unificar política y administrativamente los reinos del Najd y el Hiyaz y proclamarse a sí mismo rey de un nuevo país llamado Arabia Saudí. Corría el año 1932. El reino, todo hay que decirlo, era uno de los más pobres y subdesarrollados del mundo, pero al menos era independiente y no estaba sujeto a ninguna potencia colonial, como sucedía con el resto de países árabes. Aún no se había descubierto el petróleo, y la economía saudí se limitaba a la agricultura, el pastoreo, el comercio interno y los ingresos derivados del peregrinaje anual a La Meca.

La estabilización de la dinastía

Ibn Saud, que superaba ya el medio siglo de edad, conocía bien la historia de su familia, y no estaba dispuesto a ver cómo las luchas interfamiliares que habían desgajado el segundo emirato acababan con su legado. De modo que, una vez unificado y estabilizado el reino, se dedicó a controlar a las ramas díscolas de su familia y organizar la sucesión para que sus hijos, y no sus hermanos o primos, fueran los herederos de su reino. Una vez pacificado el reino, quedaba pacificar a la familia.

Las ramas colaterales de los Saud, de hecho, ya le habían ocasionado problemas. Los Araif, sus primos paternos, protagonizaron una rebelión en la región oriental durante 1908. El conflicto se resolvió después de varias batallas y un acuerdo matrimonial: la hermana de Ibn Saud se casaría con su primo, y sus descendientes quedarían bajo la supervisión del patriarca Ibn Saud. La política matrimonial, de hecho, se convertiría en uno de los pilares del régimen de los Saud, cómo veremos más adelante.

arabia-unified-dIbn Saud con algunos de sus hermanos e hijos. Fuente: ebay

Ibn Saud aprendió la lección y evitó amenazas incorporando a diversos miembros de las ramas colaterales del clan Saud en distintos puestos de poder. Los Juluwi, descendientes de Turki (el fundador del segundo emirato saudí), estuvieron junto a Ibn Saud desde el primer momento. Abdullah Ibn Juluwi, amigo y compañero de Ibn Saud, fue recompensado con el gobierno de Qasim en 1908 (el mismo año de la rebelión de los primos díscolos), y cinco años después se le dio el mando de toda la región de Hasa. Sus hijos y hermanos fueron incorporados también a la rudimentaria estructura estatal saudí: siendo “funcionarios” y beneficiarios de las pagas de Ibn Saud, no se opusieron a él.

En mayo de 1933, Ibn Saud nombró príncipe heredero a su hijo Saud, para así prevenir conflictos sucesorios y rencillas familiares. Ibn Saud quería que sus hijos fueran sus sucesores, especialmente los mayores, Saud y Faisal, que habían estado presentes y activos durante las campañas de conquista y pacificación. El trono sería sucesivamente para ellos, y después para los demás hermanos. Los seis reyes que han sucedido a Ibn Saud han sido, en efecto, hijos suyos. Con más de 40 hijos varones, parece que quedan herederos para rato, aunque llegará un momento en el que este modelo de sucesión sea generacionalmente insostenible.

En los primeros años del reino, el principal desafío para una sucesión estable eran los seis medio-hermanos de Ibn Saud, que podían reclamar el trono para ellos o sus descendientes. Saad, su único hermano de madre y padre murió en una de las campañas contra los hachemíes en el Hiyaz. Saud quedó desolado, y aprovechó para casarse con la viuda de su hermano. ¿Cómo lidió Ibn Saud con los rivales en el seno de su propia familia, algunos de los cuales habían sido piezas claves de la conquista del Hiyaz o de la pacificación de los ijwan? Maniobrando hábilmente, dándoles posiciones ceremoniales pero con escaso poder, cooptándoles con dinero y lujos, superándoles numéricamente (Ibn Saud tuvo 43 hijos y más de 50 hijas), o gracias a desafortunados “accidentes.” Se dice que en 1927, Jalid, un sobrino de Ibn Saud, intentó asesinar a Saud, el futuro príncipe heredero. Cuando se estableció el reino, Jalid era uno de los principales candidatos alternativos a la sucesión, aunque por suerte para Ibn Saud y su hijo, murió “misteriosamente” en 1938.

Los matrimonios de Ibn Saud

Incluso para una sociedad polígama como era Arabia, Ibn Saud tenía un harem excesivamente grande. Había llegado a casarse con más de 200 mujeres, divorciándose de muchas ellas. Además de esposas, tenía numerosas concubinas “exóticas”, que abandonarían su posición de esclavas tras dar a luz a un hijo varón. La interpretación “tradicional” del islam en cuanto a poliginia no permite que un hombre tenga más de cuatro esposas, pero ni a Ibn Saud ni a los ulema que le apoyaban parecía importarles.

Jack Philby pensaba que el amplio número de matrimonios de Ibn Saud se debía a una estrategia política deliberada. El monarca, en efecto, se casaba con las hijas y hermanas de sus aliados y subordinados: las élites de los oasis, las familias de tradición religiosa, las familias más nobles y antiguas de las confederaciones tribales. Ibn Saud se casaría también con numerosas hijas y hermanas de sus rivales derrotados, alcanzando así un doble objetivo. En primer lugar, se aseguraba la lealtad y la obediencia de las élites derrotadas, que no intentarían nada contra Ibn Saud para no poner a sus mujeres en peligro. Además, “dominaba” simbólicamente a estas derrotadas élites, arrebatando sus mujeres e incorporándolas a su harem, siempre en expansión.

Historiadores contemporáneos como al-Rashid, por el contrario, afirman que la política de Ibn Saud no puede calificarse estrictamente como de “alianzas matrimoniales”, ya que para que una alianza matrimonial funcione, es preciso que el intercambio de esposos y esposas sea mutuo. Ibn Saud, por el contrario, solo dejaba que sus hijas se casasen dentro del seno de su propia familia. Además, la poligamia y el divorcio no favorecen el desarrollo de alianzas, sino que crean rencillas y rivalidades. Por estos motivos niegan que el rey saudí casase por motivos estratégicos, y achacan su gran número de matrimonios al deseo de Ibn Saud de dejar claro su dominio político y, por qué no, a un apetito sexual aparentemente insaciable.

al-ahsaLa ciudad-oasis de al-Hasa a principios siglo XX. La foto parece ser posterior a la conquista saudí dado el elevado número de abayas. Fuente: Rob L. Wagner

La Arabia Saudí pre-petrolera

En 1933, Ibn Saud firmó una concesión con una compañía americana, en la que autorizaba a esta a buscar petróleo. El hallazgo no se produjo hasta 1938, y trastocó radicalmente la estructura económica del reino. Si bien la monarquía saudí no era una forma “tradicional” de gobierno, en tanto a que no era de origen tribal como los emiratos precedentes, y además se apoyaba en una visión extrema y novedosa del islam (el wahabismo), sí es cierto que la forma de vida en la Arabia Saudí pre-petrolera no era radicalmente distinta a la de cincuenta años atrás, salvo quizá por la presencia de la policía religiosa y una rudimentaria centralización política.

Hasta el descubrimiento del petróleo, el Estado saudí era parco en recursos y apenas estaba estructurado o contaba con burocracia. Ibn Saud, como los emires tradicionales y los jefes de tribu y aldea, recibía cada día en su palacio o en su tienda (si se estaba desplazando) a todos aquellos que tuvieran peticiones que hacerle o asuntos que tratar. En las reuniones estaban presentes, además del rey y su familia, numerosos miembros de las familias derrotadas o “incorporadas” como los rashidíes. Así, el rey mostraba simbólicamente su dominio y generosidad, e ilustraba a sus familiares y rivales con su sabiduría política. El arabista británico Jack Philby estuvo en muchos de esos majlis o reuniones, y dejó escritas sus impresiones al respecto.

Los majlis eran una de las primeras muestras del poder del monarca, antes de la época de esplendor económico. La importancia de Ibn Saud se manifestaba en su indumentraia y en el respetuoso silencio: él era el protagonista y se explayaba en largos monólogos, mientras los demás asistentes asentían con murmullos. A continuación los súbditos en problemas presentaban su caso, el rey meditaba y consultaba con sus consejeros si era necesario, y expresaba su veredicto.  Aparte de estas sesiones de carácter pública, cada día Ibn Saud organizaba dos reuniones de carácter privado en la que delineaba las líneas maestras de su gobierno con sus allegados, y una sesión religiosa con ulema de su confianza.

early-20th-century-jeddahYiddah a principios del siglo XX. Fuente: Rob L. Wagner

Además de estas reuniones, el poder de Ibn Saud se manifestaba en sus excursiones al desierto, en las que conducía su flamante automóvil, acompañado por su séquito a caballo. Los nobles y notables, incluídas los hijos de las familias rivales derrotadas, participaban en carreras de cabellos con suculentos premios en oro. Cuando el rey y su corte viajaban, se llevaban consigo todas sus pertenencias y los escasos documentos reales. En sus paradas en el camino, recibían a las tribus beduinas que presentaban sus respetos. La hospitalidad y generosidad del rey eran proverbiales, y se organizó un estricto protocolo que regulaba los banquetes y raciones que se servirían a los invitados según su procedencia y relevancia social.

Cuando estableció el reino en 1932, Ibn Saud comenzó a desarrollar una administración o burocracia paralela. Contrató asesores extranjeros, tanto occidentales como árabes (egipcios, libaneses), para que le aconsejasen en materias técnicas. También tenía un ministro de finanzas, Ibn Sulayman, que gestionaba el subsidio británico que había estado recibiendo Ibn Saud hasta mediados de los años 20 y, en general,  los ingresos y gastos de la familia/estado. La mayoría de los ingresos se debían a los peregrinos, y adicionalmente a las aduanas en Hasa y al zakat, el impuesto religioso, que en algunos casos era recolectado por los mutawain.

Poco a poco el gobierno de Ibn Saud fue adquiriendo más trabajadores y se fue sofisticando más. Si bien no era capaz de construir  infraestructuras básicas o proveer servicios públicos, el ministerio de finanzas se encargó de redistribuir los ingresos del Estado a base de regalos, banquetes y festivales ceremoniales, no sin antes pagar los sueldos de los empleados públicos y las asignaciones de los hijos y familiares de Ibn Saud. También se organizó un rudimentario ministerio de asuntos exteriores que extendía visados a peregrinos y que entabló relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, EEUU, la Unión Soviética (uno de los primeros estados en reconocer el reino saudí), Holanda, Francia y más países. También sirvió de plataforma para que mercaderes de confianza del rey establecieran contactos comerciales con el exterior.

Sin embargo, a mediados de los años 30 Arabia Saudí no dejaba de ser un Estado muy deficiente y escasamente poblado, con ningún tipo de servicio público o de comodidad básica. Los saudíes no disponían de agua corriente, electricidad, sanidad pública, carreteras y otros servicios que los estados considerados “desarrollados” en la época ofrecían a sus ciudadanos. La situación cambiaría radicalmente a partir del descubrimiento del petróleo, que convirtieron a la familia saudí (y por extensión al Estado) en millonarios, posibilitando una modernización económica y social sin precedentes.

Arabia Saudí, como hemos visto, ya había experimentado cambios drásticos, fundamentalmente una unificación política y un proceso de homogeneización cultural y religiosa centrado en la identidad Najdí/wahabí. El petróleo no sacó a los árabes de un letargo medieval, como se suele afirmar. La región llevaba desde el siglo XVIII en constante cambio y transformación. No obstante la velocidad de los cambios y su impacto material y cultural se incrementarían a partir de 1938, una frecha crucial en la historia del país.

Lo veremos en la siguiente entrega. ¡Hasta entonces!

Reseña: Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto

Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto: Arabia Saudí frente a sus contradicciones, Aguilar, 2006. 257 pp.
ISBN: 84-03-09684-4.

La reseña de hoy trata sobre un libro que apareció hace diez años, pero que sigue siendo actual y relevante. Se trata de El Reino del Desierto de Ángeles Espinosa, un ensayo sobre la Arabia Saudí actual. La obra recorre diversos aspectos de la vida cotidiana en el reino saudí a través de las impresiones de la autora en sus viajes y de sus entrevistas y conversaciones con saudíes y expatriados (inmigrantes de países ricos). El capítulo sobre las mujeres es especialmente bueno. No obstante, no se trata de un libro de historia, y carece del necesario contexto histórico para entender los cambios que ha experimentado el reino en el último siglo. Esto es compensado con la viveza de los testimonios y la diversidad de temas tratados y, sobre todo, por la actitud de la autora, para nada paternalista o condescendiente.  Ángeles Espinosa justifica la escasez de referencias a la historia saudí con una cita del controvertido Amir Taheri, que afirma que un libro realmente útil sobre Arabia Saudí apenas debe dedicar una quinta parte de su contenido a la historia, pues el país está cambiando a un ritmo excepcionalmente rápido. Por el contrario, debe basarse en observaciones personales y entrevistas con saudíes de toda clase social para mostrar las tensiones internas del país. La autora ha logrado sin duda lo propuesto por Taheri, pero como historiador debo estar en desacuerdo: no es posible entender el presente sin comprender el pasado, y Arabia Saudí no es una excepción.

angelesespinosaÁngeles Espinosa. Periodista Digital

La obra está dividida en nueve capítulos. El primero es una presentación de Arabia Saudí, con menciones a su historia y organización política. En las primeras páginas Espinosa nos presenta sus primeras impresiones al llegar al reino, lleno de contrastes entre el desierto y la ciudad, la riqueza y la pobreza, las innovaciones técnicas y el tradicionalismo wahabí. Historias como la del “caballo del diablo” (una bicicleta en los años 40) ilustran la resistencia de los saudíes rurales y el estamento religioso ante las innovaciones, aunque la profusión de móviles y antenas parabólicas parece mostrar que no todos los saudíes se oponen al progreso técnico. La historia del emirato y reino desde 1744 hasta la proclamación del reino en 1902 se despacha en poco más de una página. Hay algún error conceptual, como describir a Muhammad ibn Saud como un líder tribal (En Arabia Saudí I expliqué por qué los Saud no son una dinastía tribal). Por otro lado, el equilibrio de fuerzas entre los Saud, el estamento religioso y el pueblo es contextualizado correctamente. También se explican de forma satisfactoria las desigualdades regionales y el dominio del Najd (y la doctrina wahabí) sobre las demás regiones.

El segundo capítulo, “Fantasmas negros”, habla sobre las mujeres. Este es el capítulo más brillante de la obra por la ausencia de prejuicios de la autora y la variedad de ejemplos y testimonios que ofrece. Ángeles Espinosa nos cuenta las regulaciones y normas sociales sobre la abaya (el velo saudí) y sus experiencias con diversas mujeres y familias saudíes. Su primer encuentro con una familia de saudíes, que le invitaron a ella y su marido a cenar, fue muy revelador. Cuestionadas por el velo, las saudíes (de clase alta y formación occidental) explicaron más o menos que es el precio a pagar por unas condiciones de vida inalcanzables para otras mujeres árabes. Vacaciones a Europa, compras en las mejores boutiques londinenses, servicio doméstico y tiempo libre infinito. A cambio, segregación estricta, obligatoriedad (no legal sino social) de la abaya, e imposibilidad de viajar o hacer negocios sin la autorización previa del marido o el familiar responsable. Unas cadenas doradas, de las que estas ricas mujeres saudíes no parecían necesitar ser “liberadas”. Tampoco necesitan ser “educadas”, pues el acceso de las saudíes a los estudios superiores está bastante extendido, si bien es difícil que apliquen sus conocimientos a la vida laboral. La estricta separación de sexos en el espacio público, salvo por las “salas familiares” en algunos establecimientos, son un gasto y una complicación quizá innecesarios, como ilustra el caso de los hospitales. La policía religiosa, los mutawain (hablé de ellos en Arabia Saudí III), se encargan de velar por el cumplimiento de las costumbres religiosas en las calles y cafés. Por supuesto, no todas las saudíes están de acuerdo con su condición de súbditas de segunda clase, y Espinosa nos ofrece diversos ejemplos de ello, desde empresarias hasta aspirantes a gimnastas o pilotos de avión. Un capítulo muy interesante, de obligada lectura para todos los que pontifican sobre las mujeres saudíes sin conocimiento de causa.

El tercer capítulo es igualmente bueno. Se centra en las limitaciones al ocio, la diversión y el tiempo libre, y por supuesto en los agentes de tales restricciones, los temibles mutawain. Espinosa narra una desagradable experiencia que tuvo en un café, y otras hazañas de la policía religiosa, como la vez que dejaron morir a quince niñas en un incendio en un colegio, impidiendo salir a las alumnas (que no llevaban la abaya) del edificio en llamas y no permitiendo la entrada de los bomberos. Fue en marzo de 2002.  Hay otras anécdotas interesantes, como la prohibición de importar muñecas, las fiestas desfasadas de algunos príncipes saudíes (algunas incluso con carácter homosexual), las técnicas de ligoteo en centros comerciales, las raves clandestinas en el desierto y las dificultades de los saudíes para mantener relaciones sanas y estables después del matrimonio. El hecho de que muchas parejas solo se conozcan después de casarse ha hecho que Arabia Saudí sea uno de los países musulmanes con mayor tasa de divorcios.

El capítulo cuarto trata aspectos económicos. Espinosa habla aquí de la progresiva incorporación de los saudíes al mercado laboral motivada por las dificultades económicas (anteriormente los saudíes rechazaban trabajar de recepcionistas, taxistas o cajeros), los locos horarios de trabajo, la proverbial improductividad de los saudíes, y el doble carácter de la inmigración: los ricos expats, trabajadores cualificados de origen occidental que viven en urbanizaciones aisladas y exclusivas rodeadas de medidas de seguridad, y los pobres inmigrantes procedentes del sur y el sureste asiático (Pakistán, India, Bangladesh, Filipinas) o países árabes menos prósperos (Egipto, Líbano, Palestina), totalmente desprovistos de derechos laborales y sometidos a una explotación semiesclavista. Las dos últimas secciones del capítulo recogen las actividades clandestinas entre los expats: fiestas y ceremonias religiosas (en Arabia Saudí están prohibidas las iglesias y las misas de otras religiones que no sean el islam wahabí).

El quinto capítulo habla sobre la versión wahabí de la sharía y su aplicación, o lo que es lo mismo, el terrible y deficiente récord de Arabia Saudí en lo que a Derechos Humanos se refiere. Entre otras cosas, la autora nos describe las sangrientas penas (amputación de miembros), la arbitrariedad del sistema legal (en el que no son necesarios los abogados defensores y la tortura es norma), las ejecuciones como espectáculo público, la censura y supresión de la disidencia, y las particulares justificaciones que dan las autoridades saudíes  de todo esto.

Las minorías islámicas, chiíes y suníes no wahabíes, son las protagonistas del sexto capítulo, más corto (unas diez páginas). Espinosa nos cuenta aquí distintas anécdotas que ilustran la discriminación que sufren y el odio hacia las minorías que se inculca a los saudíes en la escuela. También nos habla de la región de Hasa y Qatif (“Provincia Oriental” según la denominación oficial), y de cómo los saudíes impulsaron el crecimiento de la ciudad de Dammam para limitar la influencia de las ciudades mayoritariamente chiíes.

El séptimo capítulo tiene dos protagonistas, la familia de los Saud y los EEUU. En la primera parte, Espinosa describe la excentricidad y generosidad del rey Fahd y su séquito en sus viajes a Marbella, así como la amplitud de la familia saudí, con casi 40.000 miembros. El Estado y la Familia se confunden, nos explica Espinosa, de modo que es difícil estimar el porcentaje de los ingresos del Estado que se destinan a los sueldos y caprichos de los príncipes. Al fin y al cabo, el país se llama Arabia Saudí, que es algo así como si España se llamase Borbonia, puntualiza la autora. Aun así, la familia real es popular, o al menos no hay una oposición republicana visible. No obstante, los Saud mantienen sus asuntos en secreto, muy celosos de su privacidad (no hay prensa rosa como el ¡Hola! en la que se enseñen las casas o se analice la vida privada de los príncipes). A mediados del capítulo, Espinosa hace un inciso en el que vuelve a hablar de la historia fundacional del reino. De nuevo, comete algún error: Ibn Saud no se alió con los Ijwan (he hablado de ellos al final de Arabia Saudí III) para conquistar el Hiyaz, sino que estos fueron una creación suya, una forma de desestructurar las tribus beduinas y crear un ejército leal y adepto. Debo insistir en que los Saud no son una monarquía tribal, algo que la autora afirma varias veces a lo largo de la obra.

Continúa el capítulo con la narración de cómo los Saud y los EEUU unieron sus destinos gracias al descubrimiento del petróleo, y prosigue con la narración de la historia del reino desde 1932. Aún no he publicado la parte de mi historia de Arabia Saudí relativa a los seguidores de Ab al-Aziz ibn Saud, pero más o menos se ajusta a lo que cuenta Espinosa. El fundador del reino fue sucedido por Saud, que fue depuesto por el consejo familiar en menos de una década. Faisal, que reinó desde 1962, fue el verdadero “modernizador” del reino. Nacionalizó la industria petrolera, inició ambiciosos programas de educación y servicios públicos y multiplicó la burocracia (más o menos el proceso que describo en La construcción del Estado postcolonial). Faisal potenció el islamismo como contrapeso a las ideas nasseristas y nacionalistas árabes, y consolidó la dependencia de los ingresos del petróleo al no establecer una política fiscal. Faisal fue asesinado y sucedido por Jaled y posteriormente Fahd, que estrechó su alianza con los EEUU a la vez que aumentaba las concesiones a los ulema, a los que daba el control de la educación y los medios de comunicación. Esto creó las condiciones para el surgimiento de una oposición islamista, los llamados salafistas activistas, que se consolidó a raíz de la presencia estadounidense en el reino durante la Guerra del Golfo.

El penúltimo capítulo, el octavo, se centra en Bin Laden y la simpatía de parte de la población hacia Al Qaeda y el terrorismo islámico. La trayectoria de Bin Laden es de sobra conocida y no me detendré en ella. [Para despistados: Bin Laden pertenece a una rica familia del negocio de la construcción; fue a Afganistán durante la invasión soviética para apoyar a la resistencia afgana y fundó Al Qaeda junto con varios compañeros saudíes; a su vuelta a Arabia Saudí a finales de los 80 ofreció sus servicios y los de su organización a la familia real, que estaba muy preocupada por la invasión de Kuwait por Saddam. Los Saud rechazaron la ayuda de Al Qaeda y acudieron a los americanos para proteger su reino, en ese momento Bin Laden se enfadó mucho y decidió hacer la yihad global con su organización].  Al Qaeda le vino muy bien al régimen saudí, que pudo calificar de terroristas a todas las organizaciones opositoras islamistas (es decir, la mayoría), aunque estas no apoyasen la violencia. Fue el caso del Movimiento para la Reforma Islámica de Arabia, el MIRA, que fue incluido en la lista de organizaciones terroristas de la ONU.

El último capítulo trata de las consecuencias del 11S en la política interna y externa saudí. Comienza narrando la historia de un simpatizante del salafismo radical que se retractó. Posteriormente, Espinosa cuenta los esfuerzos del gobierno saudí de mejorar su imagen ante el exterior (la mayoría de los terroristas del 11S eran saudíes), organizando una conferencia antiterrorista. Los atentados de 2003 dirigidos contra inmigrantes occidentales hicieron que muchos expats abandonasen el país y que los que quedaban se encerrasen aún más en sus urbanizaciones. El problema, explica Espinosa respaldada por varios testimonios saudíes, está en la educación religiosa, memorística y acrítica, que no fomenta la reflexión y el debate. Los que más sufren las consecuencias son los propios saudíes, que ven aumentar sus problemas cuando viajan al extranjero. En el breve epílogo, Ángeles Espinosa expresa sus dudas sobra la capacidad del reino de modernizarse y democratizarse. El tiempo parece haberle dado la razón.

El Reino del Desierto, en definitiva, es un libro muy recomendable. Carece de un análisis histórico que permita explicar y comprender en profundidad las particularidades del reino, pero aparte de eso es una muy buena aproximación a las vicisitudes de la vida cotidiana en Arabia Saudí y los tejemanejes internos de los Saud. Si se me permite una queja puntillosa, no me ha gustado que en ocasiones se utilice el adjetivo “medieval”. Arabia Saudí es una formación política muy reciente en términos históricos. El wahabismo no es una doctrina medieval, sino un movimiento reformista surgido en pleno siglo XVIII, como reacción a las transformaciones que experimentaban los países árabes y a las “perversiones” que sus promotores veían en la jurisprudencia tradicional. Es un movimiento retrógrado y casi totalitario, sin duda, pero nadie ha dicho que las “reformas” tengan que ser necesariamente progresistas. La situación de Arabia Saudí, la discriminación de la mujer, las torturas y ausencias de derechos humanos, el gobierno autoritario de una familia que gestiona el país como si fuera su finca privada, no es el fruto de una herencia medieval, sino de las transformaciones que la península arábiga experimentó entre los siglos XVIII y XX. El Reino del Desierto no lo tiene en cuenta, pero aparte de esto, es una muy buena lectura. Ángeles Espinosa, corresponsal de El País en Oriente Medio (podéis seguirla en Twitter), ha conseguido una imagen muy viva y humana de Arabia Saudí, un libro ameno y sin prejuicios que se lee muy rápidamente, algo que tiene muchísimo mérito.

Arabia Saudí III: Conquista y dominio (1919-1926)

En el artículo de hoy narraré cómo Ibn Saud completó la conquista de Arabia Saudí durante los años 20, y cómo consolidó su dominio en sus nuevos territorios gracias a la coacción religiosa de los clérigos wahabíes y a unas tropas tribales leales y terroríficas.

Historia de Arabia Saudí
1 – Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


1919. Termina la Primera Guerra Mundial. Oriente Medio se enfrenta a terribles cambios que afectarían (y aún afectan) toda su historia posterior. El Imperio otomano desaparece y es sustituido por las potencias coloniales europeas, Francia y Gran Bretaña, que se dividen el Levante y Mesopotamia (lo conté aquí). El sistema de Mandatos de la Sociedad de Naciones da alas y esperanza al incipiente nacionalismo árabe, un movimiento restringido a los círculos burgueses e ilustrados de las ciudades mediterráneas.

La península arábiga permanecía ajena a todos estos cambios. Los tres emiratos, saudíes, rashidíes y hachemíes, seguían disputándose el territorio (hablamos de ellos en la entrega anterior). La desaparición de los otomanos supuso un duro golpe para los rashidíes, que se quedaron sin su principal apoyo exterior. Los saudíes, por su parte, habían sido reforzados por los británicos con armas, munición y capital, lo que durante los años 20 les permitió organizar exitosas campañas contra los rashidíes y posteriormente los hachemíes.

Ibn Saud completa su reino: La conquista del Najd y del Hiyaz

Sin el apoyo otomano, los emires de Hail solo podían aspirar a mantener sus territorios y defenderlos del acoso saudí. Los rashidíes intentaron entablar alianza con los hachemíes del Hiyaz y la familia Sabah de Kuwait, aunque esto no se materializó en campañas conjuntas contra los saudíes. Ibn Saud, por su parte, comenzó el asalto definitivo sin grandes movimientos militares: prohibió a la tribu shammar (recordemos, la confederación tribal en la que se apoyaban los rashidíes) el acceso a los mercados de Hasa, debilitando la base económica de los rashidíes y sembrando el descontento. Como explicaba en la entrega anterior, la población sedentaria de Hail apoyaba a los rashidíes por la seguridad económica y comercial que proporcionaban. Sin ella, sus días estaban contados. En agosto de 1921, Ibn Saud puso sitio a la capital rashidí con 10.000 soldados (¡En 1902, Ibn Saud solo contaba con 60 guerreros!). Tres meses más tarde la ciudad se rindió, e Ibn Saud extendía sus dominios al norte del Najd.

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Mientras tanto, los hijos del sharif Hussein, el emir de La Meca que había organizado la revuelta contra los otomanos, recibían de los británicos nuevos emiratos que jamás hubieran conquistado por la fuerza de las armas. Los tejemanejes de los hachemíes podrían ocuparnos páginas, pero los resumiré brevemente. Faisal, el mayor de los hijos de Hussein, se autoproclamó rey de Siria en 1920, cargo que ocupó durante menos de medio año antes de ser expulsado por los franceses, que habían sido nombrados potencia mandataria de Siria por la Sociedad de Naciones y estaban deseosos de administrar sus nuevos dominios. Antes de eso, Faisal había tenido tiempo de decepcionar a los nacionalistas árabes firmando un acuerdo con Chaim Weizmann, el presidente de la organización Sionista internacional, en el que reconocía la legitimidad de las aspiraciones sionistas sobre Palestina. Tras huir de Siria y refugiarse en el reino unido, fue nombrado rey del nuevo mandato británico de Irak, como pago a los servicios prestados. Su hermano Abdulá fue también nombrado emir por los británicos, en su caso del mandato de Transjordania, hoy día Jordania. Sus herederos siguen gobernando el país. Tanto Faisal como Abdulá eran extranjeros y no conocían las costumbres de sus nuevas posesiones, ni hablaban el dialecto, ni disponían de contactos e influencia, por lo que era de esperar que gobernasen dócilmente de acuerdo a las directrices británicas. Hussein, por su parte, se autoproclamó rey de todos los árabes y del Hiyaz, pero su reticencia a firmar el Tratado de Versalles y un pacto de amistad con los británicos le hicieron vulnerable a las ambiciones saudíes. Quizá confió demasiado en sus propias fuerzas y las de sus hijos.

weizmann_and_feisal_1918Faisal y Weizmann en 1918 (Fuente: de.academic.com)

A Ibn Saud no le hacía ninguna gracia que los hijos de Hussein hubieran adquirido reinos sin luchar. Sobre todo teniendo en cuenta que él los había derrotado militarmente en 1919, en la disputa por una aldea fronteriza. Saudíes y Hachemíes firmaron ese mismo año una tregua de cuatro años, gracias a la mediación de Gran Bretaña. Ibn Saud aprovechó el alto el fuego para completar la conquista del Najd y más tarde para adentrarse en Asir, que como mencioné brevemente en la primera entrega, se encontraba dominada por los descendientes de Ibn Idris, un maestro sufí marroquí. En 1922 Ibn Saud anexionó Asir a sus dominios.

Dos años más tarde, en 1924, Ibn Saud dejó de cobrar su subsidio mensual de los británicos. Esto le ponía en un aprieto, ya que el rudimentario aparato estatal que estaba empezando a desarrollar (hablaremos de ello ahora) y la compra de voluntades precisaban de un flujo de capital constante. La conquista del Hiyaz, una región rica que extraía sustanciosos ingresos de los peregrinos a La Meca, se convertía en una necesidad. Además, ese mismo año Hussein, el emir sharifano de La Meca, se había proclamado califa después de que la asamblea nacional turca aboliese la institución (un poco de contexto sobre la época aquí). A Ibn Saud, que ya no percibía ingresos por parte de los británicos, le importaba poco que estos pudieran enfadarse por atacar a sus protegidos. Los hachemíes ya tenían sus nuevos reinos en Iraq y Jordania, y él también quería parte del pastel.

En septiembre de 1924 las tropas de Ibn Saud saquearon Taif, un pueblo cercano a La Meca. Superado por la situación y presionado por los notables hiyazíes, Hussein abdicó en su hijo Alí y partió al exilio. Esto animó a Ibn Saud a marchar sobre la ciudad santa, en la que entró triunfalmente en diciembre de ese mismo año. Medina se rindió también a los saudíes. El sharif Alí se refugió en Yeddah, que fue asediada por el ejército saudí durante un año. Los británicos no quisieron inmiscuirse en el conflicto y abandonaron a su suerte a sus antiguos aliados hachemíes, no sin antes asegurarse de que Ibn Saud respetara los mandatos de Iraq y Transjordania. Los acuerdos firmados fijaron las fronteras y redujeron notablemente la autonomía de las tribus nómadas, además tenían la particularidad de que no eran acuerdos firmados entre el Imperio británico y un Estado, sino entre el Imperio y un hombre, Ibn Saud (es decir, a su muerte perderían su vigencia).

Finalmente, en enero de 1926 los notables hiyazíes proclamaron a Ibn Saud como rey del Hiyaz y sultán del Najd. Tres meses después, Gran Bretaña, Francia, Holanda y la URSS reconocieron a Ibn Saud como rey de Arabia. Por primera vez desde el primer emirato saudí, la mayor parte de la península arábiga era dominada por un mismo soberano.

ibn_saudIbn Saud. Fuente: Hetek

No obstante, esta narración que acabo de hacer pasa por alto varios aspectos esenciales para comprender el cómo y el porqué de la expansión saudí. Más que obra de un gran genio individual, la conquista y consolidación del reino saudí fue una empresa colectiva. Ibn Saud no luchaba solo, ni su sola presencia convencía a sus súbditos de adoptar la doctrina wahabí. Veamos ahora algunos de los principales apoyos de Ibn Saud, los ijwán (tropas tribales) y los clérigos wahabíes, los mutawa.

Hombres de religión: los mutawain

En el primer artículo de esta serie, afirmaba que la historia de Arabia Saudí es la historia del dominio de una de sus regiones, el Najd, sobre el resto. La homogeneización que acompaña todo proceso de modernización y construcción estatal se hizo a través de la identidad najdí, que era la menos cosmopolita, y a través de la doctrina wahabí, un movimiento reformista surgido a mediados del siglo XVIII que renegaba de las tradiciones beduinas. Más allá del patrocinio saudí, los principales agentes de este proceso de homogeneización fueron los hombres de religión najdíes, conocidos como mutawa (مطوع), que se esforzaron por imponer el dogma wahabí. (Aviso: si no estáis familiarizados con la terminología religiosa, recomiendo tener a mano el Glosario de términos islámicos).

Los mutawain (plural de mutawa) son un fenómeno najdí, surgidos entre la población sedentaria de los oasis que no tenía un linaje prestigioso. Se diferenciaban de los ulema de otras partes del mundo islámico en que, para ellos, los únicos elementos de la religión dignos de ser estudiados eran el fiqh (jurisprudencia) de la escuela hanbalí y el ibada (aspectos rituales, forma correcta de realizar las abluciones, cómo llevar la barba, etcétera). La gramática árabe, la filosofía, la alta teología, la mística y las demás ramas del saber islámico que los ulema propiamente dichos dominaban eran considerados lujos intelectuales intrascendentes. Los mutawain no hacían sino responder a las necesidades religiosas de los habitantes del Najd: Cómo adorar a Dios de forma correcta y como resolver disputas legales. Al fin y al cabo, el Najd era una región desértica salpicada de pequeñas aldeas situadas en oasis, nada que ver con el cosmopolita, sofisticado y bullicioso entorno de ciudades como Estambul, Bagdad, el Cairo o La Meca. El wahabismo tuvo gran acogida entre los mutawain, que se convirtieron en sus principales agentes. A principios del siglo XX, la mayoría de los mutawain no se dedicaban en exclusiva a la religión, sino que lo compaginaban con la agricultura, la artesanía o el comercio. Su vocación religiosa era por tanto más voluntaria que profesional, y cuando se pasaban de estrictos y enfadaban a la población local tenían que huir. El ejemplo clásico es lo que le sucedió en el siglo XVIII a Muhammad ibn Wahhab, pero hay muchos otros, como Salim Salem al-Banyan, un mutawa de Hail que fue expulsado del emirato rashidí a principios del siglo XX por proponer la expulsión de los chiíes.

Los mutawain habían sido un movimiento en decadencia durante el siglo XIX, tras haber sido diezmados y dispersados por los invasores egipcios. Su fortuna cambiaría con el resurgimiento saudí. Cuando Ibn Saud entró en Riad en 1902, los mutawain locales no lo proclamaron emir ni saij, sino Imán (líder religioso). Al hacerlo evocaban la época dorada (para los wahabíes) del primer emirato saudí, y legitimaban religiosamente a Ibn Saud, esperando así tener importancia en el nuevo gobierno. No era solamente un movimiento interesado: Durante su infancia, Ibn Saud había sido educado en la doctrina wahabí bajo los auspicios de destacados mutawain y tenía nociones en fiqh e ibada. Abd al-Aziz Ibn Saud y los mutawa reprodujeron la división de tareas que se había establecido en 1744 entre Muhammad Ibn Saud e Ibn Wahhab: Ibn Saud lideraría la comunidad y se ocuparía de la guerra y la economía, mientras que los mutawain se encargarían de legislar (desde el punto de vista religioso) y de que la población siguiese los preceptos wahabíes. Los wahabíes fueron siempre pragmáticos con respecto al poder. Los medios por los que el poder político se alcanzase eran irrelevantes, siempre que el gobernante respetase la ley divina. Recaudar el zakat (impuesto religioso) y hacer la yihad contra los infieles eran las principales funciones del líder político en la rudimentaria concepción wahabí del Estado. Mientras Ibn Saud defendiese la causa de los mutawain y se comprometiese a aplicar sus leyes, este contaría con legitimidad religiosa.

82299026d377c2e44e16d7eec2031c23Caravana de peregrinos a La Meca, 1910. Fuente: Pinterest

Durante la expansión saudí, los mutawain llegaban antes que los ejércitos y comenzaban a predicar a la población local, haciendo énfasis en cuestiones rituales (enterrar a los muertos en tumbas sin nombre, rezar de forma correcta…) y subrayando la necesidad de unidad política de la comunidad musulmana y de la conveniencia de seguir a un líder justo y bueno, es decir, Ibn Saud. Una vez los territorios se encontraban bajo el dominio de Ibn Saud, los mutawain se encargaban de asegurarse la obediencia de la población e imponer castigos físicos a los que se desviasen de la doctrina oficial. Los mutawain solían recorrer las calles con un palo y azotaban públicamente a los díscolos, a los que tenían la barba muy larga o muy corta, a los que no acudían a la mezquita, y en general a los que innovaban de forma peligrosa. Al Rasheed narra un su libro algunas anécdotas significativas, como la de un niño de una familia noble najdí que acudió a su madrasa con un reloj de pulsera que le habían regalado sus padres. El maestro religioso local le quitó el reloj y lo destrozó a palos, pues era una innovación satánica (lo correcto era llevar el reloj en el bolsillo, al parecer). Esto sucedía en la capital, Riad, en 1940, a un hijo de buena familia. Podemos imaginar lo que les sucedía a principios de siglo a los habitantes humildes de las regiones periféricas. Ángeles Espinosa cuenta en su libro una historia parecida con una bicicleta como protagonista.

Hoy en día los mutawain todavía existen, aunque el reino saudí se ha dotado de figuras religiosas con mayor conocimiento y autoridad, ulema propiamente dichos. Aún así, la función punitiva y disciplinaria de los mutawa sigue siendo necesaria en el reino saudí, y para ello se creó en 1940 una institución oficial, el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, que aglutina a los mutawain. Hasta 2007, los mutawain iban armados con su tradicional palo.

Tras la conquista del Hiyaz en 1926, los mutawain y los ulema se centraron en profundos debates sobre la compatibilidad entre progreso técnico y religión. ¿Era correcto usar el telegrama? ¿Había que destruir los monumentos a Mahoma y sus compañeros? ¿Eran permisibles las biciletas? ¿Qué hacer con los peregrinos no wahabíes, que cantaban y danzaban? En general, acabaron aprobando lo que permitía reforzar el control estatal y rechazando todo lo demás (así, por ejemplo, prohibieron fumar en público). También sancionaron que Ibn Saud se proclamase sultán: si bien el título no tenía mucho significado en Arabia (los mutawain le consideraban imam, la población le veía simplemente como un emir que se las había apañado para imponerse sobre los demás), la palabra sultán producía un efecto muy positivo en las delegaciones extranjeras, especialmente en la británica.

Los mutawain, en definitiva, fueron un colectivo fundamental en la consolidación del emergente estado saudí. No solo legitimaron religiosamente al gobierno de Ibn Saud, sino que “domesticaron” a la población local, instaurando una especie de policía moral que dura hasta nuestros días. Así, acabaron con muchas pintorescas costumbres locales e impusieron unos valores y normas de conducta homogéneos. Aún hoy siguen determinando la moralidad en las calles, gritando a las mujeres que no llevan el velo de forma correcta. Su mayor éxito fue el sometimiento de las tribus nómadas a las estrictas normas del islam wahabí. Sin los mutawain, Ibn Saud no hubiera podido crear su poderosa fuerza militar tribal, los ijwán.

Hombres de guerra: los ijwán

Hasta los albores de la Gran Guerra, Ibn Saud se había apoyado en tropas reclutadas entre los oasis, como habían hecho sus antepasados. Sin embargo, una rebelión fallida de una rama de su familia, que había contado con el apoyo de tropas beduinas, le había hecho darse cuenta de que las confederaciones tribales podían desestabilizar sus territorios con suma facilidad. Ibn Saud necesitaba unas tropas tan fieles y leales como las de los oasis, pero con la movilidad y las habilidades guerreras de los beduinos. Era necesario destruir la autonomía y las costumbres de estas tribus y ponerlas al servicio de la causa saudí, algo que los anteriores emiratos saudíes no habían logrado. Los mutawain fueron los principales agentes de esta operación.

En un principio, Ibn Saud enviaba a los mutawain a que se mezclasen con las tribus y predicaran las enseñanzas del islam wahabí. Más tarde consiguió convencer a varias de estas tribus de la necesidad de establecerse en asentamientos sedentarios, para poder vivir en una comunidad similar a la del profeta. Allí, los mutawain podían ejercer como jueces y sacerdotes, y la población beduina podía ser reclutada y controlada con mayor facilidad. También se les incitó a practicar la agricultura. Por supuesto, la agricultura era poco productiva y nada rentable en el Najd, de modo que estas comunidades recibían generosas subvenciones (derivadas al principio de los subsidios británicos que percibía Ibn Saud) y se les prometía una parte del botín en tiempos de guerra. Muchas tribus huyeron a Iraq, pero los beduinos que aceptaron sedentarizarse y ponerse bajo las enseñanzas de los mutawain pasaron a ser conocidos como los ijwán (إخوان), la Hermandad. (No tienen nada que ver con los Hermanos Musulmanes egipcios) Los ijwán aprendieron a obedecer al imam legítimo y responder a sus llamadas a la yihad. En la wikipedia en catalán hay un artículo sobre ellos. El primero de los asentamientos permanentes para los ijwán fue construido en 1912 en el Najd central y contaba con unos 1.500 habitantes. Para 1926, 150.000 beduinos habían sido sedentarizados, bien voluntariamente o por la fuerza tras ser derrotados por las fuerzas de Ibn Saud.

ikhwanLos ijwán en acción. Fuente: Wikimedia

Los ijwán fueron la principal fuerza militar tras la conquista de Hail, Asir y el Hiyaz. Eran una fuerza poderosa que transmitía miedo y terror a los habitantes de dichas regiones. Los ijwán rechazaban saludar o tratar con deferencia a los que ellos consideraban herejes y paganos, es decir, la mayoría de la población fuera del Najd: los chiíes de Hasa y los suníes del Hiyaz que no seguían la doctrina wahabí. También vestían de una manera particular: vestidos cortos completamente blancos, para mostrar que solo servían a Dios. Por encima de todo, mataban, saqueaban e imponían la doctrina wahabí sin ningún tipo de restricción y con la complacencia de los mutawain. Sus peores hazañas tuvieron lugar en 1913 Hasa (una región, recordemos, con una mayoría de chiíes) y en 1924 en Taif, en el Hiyaz. Su fama las precedía, y el terror que infundían entre los locales que aún no habían sido sometidos por Ibn Saud era tanto o más efectivo que las prédicas de los mutawain. Sin embargo, se tomaron la doctrina wahabí demasiado en serio, y comenzaron a recelar de la sinceridad religiosa de los Saud.


Una vez completada la conquista del reino hacia 1926, la santa alianza entre Ibn Saud, los mutawain y los ijwán empezaría a quebrarse y un sector de los últimos se rebelaría. Lo veremos en la próxima entrega. Tambén hablaremos de la proclamación oficial del reino saudí, del descubrimiento de petróleo en 1933 y de lo que sucedió hasta la muerte de Ibn Saud en 1953. Hasta entonces.

Arabia Saudí II: El siglo XIX (1818-1919)

Seguimos en Arabia. La entrega anterior finalizaba en 1818, con el ejército egipcio tomando Diriyah y capturando y decapitando a Abdulá, el líder de los Saud. Hoy veremos lo que sucedió entre esa fecha y el final de la Primera Guerra Mundial. Repasaremos brevemente la historia del segundo emirato saudí, mucho más reducido territorialmente que el primero y caracterizado por las luchas internas por el poder. También veremos las otras entidades políticas que ocupaban las distintas regiones de Arabia (exceptuando Yemen, Omán y los emiratos del Golfo, que no han sido nunca sometidos por los saudíes). Finalmente, analizaremos el ascenso de Abd al-Aziz ibn Saud, el primer monarca “oficial” de Arabia Saudí, y sus acciones hasta 1919.

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


El segundo emirato saudí (1824-1891)

El primer emirato saudí se había descompuesto. Además de capturar al emir saudí, los egipcios también ejecutaron o exiliaron a El Cairo a la mayoría de ulema wahabíes que encontraron. Tras unos cuantos años de ocupación, los egipcios se replegaron hacia el Hiyaz, ya que era costoso mantener un ejército en el Najd, una tierra poco productiva y con una población hostil. (Recordad que las regiones de Arabia Saudí fueron descritas en el primer artículo de la serie).

A pesar de la derrota sufrida, aún quedaban miembros de la familia de Saud. En 1824, el hijo de Abdulá, Turki, junto con un pequeño destacamento reclutado en los oasis del Najd, tomó Riad, un oasis al sur de Diriyah, que se convertiría en la sede oficial de los Saud, y que hoy en día sigue siendo la capital del reino. De ahí, el nuevo emir consiguió expandir su autoridad por el centro y el sur del Najd, llegando en 1830 hasta Hasa. Desde allí los saudíes intentaron expandirse hacia Qatar y Bahrain. Sin embargo, Turki evitó entrar en conflicto con los egipcios, que aún se encontraban en el Hiyaz.

Un buen elemento para medir la estabilidad de las dinastías (u oligarquías) y su grado de cohesión interna son los conflictos sucesorios y los magnicidios. Los Austrias españoles, por ejemplo, serían un buen ejemplo de dinastía asentada, ya que ninguno de ellos fue asesinado y las sucesiones se producían sin problemas. Los visigodos, por el contrario, serían una élite inestable, ya que no dejaban de conspirar, matarse entre ellos y luchar por el poder. Los saudíes, como iremos viendo, son un caso interesante, ya que no establecieron unas reglas de sucesión claras. La mayor amenaza para los gobernantes saudíes ha residido tradicionalmente en el seno de su propia familia. Si bien durante el primer emirato las sucesiones fueron ordenadas y pacíficas, durante el segundo abundarían los asesinatos y rebeliones en el seno del clan de los Saud.

Saudcasa

En 1834, aprovechando que el grueso del ejército saudí estaba luchando en Bahrain, Turki fue asesinado por orden de su primo Mishari, que se proclamó emir. Faisal, el hijo de Turki, regresó rápidamente desde Hasa. Ayudado por el emir rashidí de Hail (región norte del Najd), derrotó a Mishari y se proclamó imán. Tres años después, los egipcios enviaron una expedición de represalia contra Faisal, al haberse negado éste a pagar el tributo correspondiente. Fue capturado y llevado a El Cairo. En su lugar, los egipcios establecieron a Yalid, tío del fallecido Turki. Contra él se rebeló Abdulá, sobrino de Muhammad (el primer emir saudí).. Finalmente, en 1843 Faisal escapó de El Cairó y regresó a Riad. Mató a Abdulá y se proclamó de nuevo emir, cargo que ostentaría hasta su muerte en 1865. Tanto baile de primos y tíos puede resultar lioso, pero en el árbol genealógico de la imagen queda bien ilustrado. Los nombres acompañados de número son los emires en orden cronológico, también figura la duración de su reinado. Fijaos en el contraste entre los primeros cinco emires, cuyo reinado fue relativamente largo, y el caos posterior.

Tras la muerte de Faisal, sus hijos Abdulá, Saud, Muhammad y Abd-al Rahmán se pelearon entre sí por el poder. No me detendré en los detalles, pues son parecidos a los descritos en el anterior párrafo. Saud murió en 1875, pero sus hijos continuaron batallando contra sus tíos. La consecuencia directa fue que el dominio de los Saud se debilitó. Con sus fuerzas ocupadas en rencillas internas, numerosas tribus y oasis aprovecharon para librarse del yugo de los Saud. En 1881, Abdulá, como hizo su padre medio siglo antes, pidió ayuda al emir de Hail, Muhammad ibn Rashid. Los rashidíes aprovecharon para ocupar Riad y establecer a uno de los suyos como gobernador. Mataron a la mayoría de los Saud que encontraron allí, a excepción de Abdulá y Abd al-Rahmán. Abdulá murió en 1889 y su hermano gobernó como vasallo de los rashidíes hasta su muerte dos años después.

Los otros emiratos

Durante todo este periodo, el resto de la actual Arabia Saudí se encontraba dividida entre varias entidades políticas, además de tribus beduinas independientes.  Vamos a ver las más importantes: el emirato rashidí de Hail y el emirato hachemí del Hiyaz. Antes de ello preciso mencionar la zona de Hasa, que si bien no contaba con ningún poder local fuerte y solía ser ocupada por diversos emires foráneos, era una región próspera y fértil con una importante población sedentaria chií y prósperos contactos comerciales con los emiratos del golfo Pérsico (Kuwait, Bahrain, Qatar, Omán), los otomanos y los británicos, que comenzaban a hacer acto de presencia por la zona. En 1870 Hasa fue anexionada por los otomanos.

Los rashidíes de Hail

Los rashidíes, que consiguieron someter a los saudíes a finales del XIX, eran una familia que dominaba Hail, la región norte del Najd. Su gobierno, a diferencia del de los Saud, se basaba en el predominio de una tribu beduina, los Shammar. Esta tribu se había unido bajo la égida de los rashidíes a mediados del siglo XIX como respuesta a la presencia egipcio-otomana en el Hiyaz y las crecientes ambiciones de los saudíes. Esta alianza defensiva consiguió frenar la presencia extranjera y permitió a las tribus beduinas mantener sus costumbres, atacadas y denostadas por los wahabíes. A medida que el emirato rashidí se consolidaba, las fuerzas tribales fueron complementadas por tropas reclutadas en los oasis y contingentes de esclavos. A ellos se unieron otras confederaciones tribales atraídas por las perspectivas de botín. Durante el reinado de Muhammad ibn Rashid, la época de mayor esplendor del emirato de Hail, su dominio se extendía desde las cercanías de Alepo y Damasco hasta Basora, Omán y Asir. Más allá del dominio militar, el emirato rashidí se mantenía gracias al apoyo tácito de los otomanos, la recaudación de tributos y su redistribución mediante subsidios a las élites locales leales. El núcleo del poder rashidí estaba en los oasis del norte del Hiyaz. Si bien los rashidíes eran de origen beduino, los comerciantes y artesanos de los oasis les apoyaban, ya que dotaron de cierta estabilidad al territorio y permitieron el tránsito de las rutas comerciales. El control del desierto del Najd era fundamental para la pervivencia del emirato, pues es la región que transitaban las caravanas.  Contra ellas se dirigieron las expediciones saudíes de principios del siglo XX. Al perder el control del desierto, la autoridad rashidí se desvaneció. La Wikipedia en castellano tiene un artículo sobre este emirato.

arabia-1918Mapa italiano mostrando las corrientes islámicas en la Arabia de 1918. En amarillo los wahabíes. Fuente, World Digital Library (recortado)

Los hachemíes del Hiyaz

En el Hiyaz, una región mucho más heterogénea que el Najd, el liderazgo era ejercido desde el siglo XVI por varias familias sharifanas. Un sharif (plural ashraf) es un miembro del linaje de Mahoma, al igual que un sayyid. (La diferencia está en el nieto de Mahoma del que provengan, Hasan o Hussain. Véase el artículo de la Wikipedia en castellano para más detalles). En el Hiyaz el poder era compartido por los representantes otomanos y los emires sharifanos de la Meca. Los primeros se encargaban de las relaciones exteriores y los asuntos comerciales, y los segundos se ocupaban de lidiar con las tribus beduinas y de la seguridad de los Santos Lugares. La relación entre ambos poderes era de interdependencia. Los emires ashraf eran nombrados por los otomanos y dependían de ellos para su sustento económico, a la vez que los otomanos necesitaban a los emires de la Meca para mantener el orden fuera de las ciudades y asegurar las rutas comerciales y de peregrinaje. Estos emires ashraf solían haber sido educados en Estambul, siguiendo la costumbre de adoptar hijos como “rehenes”, de modo que no contaban con una base de poder local que les permitiera rebelarse contra los otomanos. Durante el siglo XIX y hasta la conquista por parte de los saudíes un linaje sharifano, los hachemíes, habían ostentado el poder en la Meca. Probablemente os suene el término “hachemí”. En efecto, se trata de la familia que hoy día reina en Jordania, descendientes del famoso Hussein al que los británicos prometieron “un reino árabe unificado” para ganarse su apoyo contra los otomanos en la Primera Guerra Mundial. Pero no adelantemos acontecimientos.

Recordemos que los egipcios habían ocupado el Hiyaz en 1811 por petición del sultán otomano para controlar a los saudí-wahabíes, que habían causado estragos en las ciudades sagradas, destruyendo monumentos como la tumba del Profeta y acosando a los peregrinos que no se ajustaban a la doctrina wahabí. Una vez las tropas egipcias se retiraron de la región en 1840, los otomanos volvieron a estar a cargo del Hiyaz, y confirmaron a los hachemíes en el poder. A mediados de la década de 1850, el emir de la Meca organizó una expedición contra los saudíes, y consiguió obtener de ellos un cuantioso tributo anual. También sometieron temporalmente otras regiones, como Asir. Con esos tributos y los generosos subsidios que recibían de los otomanos, los hachemíes compraban la lealtad de las tribus beduinas y evitaban que asaltasen a los peregrinos. Al igual que sucedía con los saudíes, los hachemíes tenían la costumbre de conspirar y luchar entre sí por el poder, al no haber reglas claras de sucesión. Sin embargo, su emirato se diferenciaba del saudí en tres elementos importantísimos: el carácter cosmopolita y heterogéneo de la región, con una importante dualidad entre campo y ciudad (en el Najd no había ciudades propiamente dichas); el carácter sagrado del linaje hachemí, reconocido hasta por los chiíes (había incluso quien decía que los emires hachemíes eran en realidad chiíes encubiertos), y por último el apoyo firme y decidido de los otomanos.

El inicio de la reconquista saudí: las campañas de Ibn Saud (1902-1919)

A principios del siglo XX, el antiguo emirato saudí se encontraba sometido por los rashidíes. Abd al-Rahmán, el último emir saudí, había huido a Kuwait, donde vivía en la corte de los Sabah, la familia gobernante local. En 1899, esta familia había firmado una alianza con Gran Bretaña. Los Sabah recelaban de los rashidíes, que además contaban con la protección otomana, de modo que alentaron a Abd al-Aziz, el hijo de Abd al-Rahmán, a que organizase una incursión con el objetivo de recuperar el antiguo territorio de su familia.

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En enero de 1902, acompañado por medio centenar de hombres, Abd al-Aziz ibn Abd al-Rahmán Al Saud (a partir de ahora Ibn Saud) partió rumbo a Riad. En un ataque nocturno con sorpresa, consiguió matar al gobernador local rashidí y conquistar el oasis. Riad volvía así al control saudí, y la familia exiliada volvió a su viejo hogar. El padre de Ibn Saud le confirmó como gobernador de la ciudad. Rápidamente los saudíes se lanzaron a la reconquista de su antiguo dominio, y comenzaron una larga campaña contra los rashidíes en la región central del Najd. Los otomanos, que ya conocían el peligro que suponían los saudíes, apoyaron a sus aliados rashidíes con armas, tropas y munición. Ibn Saud, por su parte, estableció una alianza con los kuwaitíes, con el beneplácito de Gran Bretaña que aprovechaba la ocasión para desestabilizar un poquito más al Imperio Otomano. Comenzaba el tercer emirato saudí.

En 1906, Ibn Saud había logrado una serie de importantes victorias contra los rashidíes, llegando a matar a Abd Al-Aziz ibn Rashid, el emir de Hail. Los otomanos retiraron sus tropas de apoyo a Iraq y apoyaron la división del Najd entre los rashidíes y los saudíes. De allí la acción se desplazó a Hasa, que era territorio otomano. En 1913, Ibn Saud atacó y ocupó la región, y obtuvo de los otomanos el reconocimiento formal como emir del Najd, además de imponer a uno de sus familiares como gobernador de Hasa. Al parecer, Ibn Saud había llegado a un entendimiento con los ulema chiíes de la región: a cambio de su apoyo contra los otomanos, les garantizaba la libertad religiosa una vez estuvieran bajo su mando. Papel mojado, pues bajo la doctrina wahabí los chiíes eran herejes, y como tal fueron tratados (y siguen siendo tratados hoy en día). Los británicos, mientras tanto, consideraron a Ibn Saud un vasallo otomano, de modo que no firmaron con él ningún tratado, pese a sus pretensiones. El estallido de la Primera Guerra Mundial cambiaría las cosas.

abdul-aziz-bin-abdul-rahman-al-saud-ibn-saud-in-1910Abd al-Aziz ibn Saud (nacido en 1880) en 1910. Fuente, Riyadhvision.

Los otomanos, atrapados entre numerosos frentes, trataron de reconciliar a rashidíes y saudíes para evitar un foco de inestabilidad en la frontera sur de su imperio, con escaso éxito. A finales de 1915, británicos y saudíes firmaron el Tratado Anglo-Saudí, en el que los británicos prometían protección a Ibn Saud si era agredido y le hacían entrega de mil fusiles y 20.000 libras, además de un subsidio mensual de 5.000 libras (que Ibn Saud cobró hasta 1924) y el envío regular de fusiles, ametralladoras y munición. A cambio, Ibn Saud se comprometía a no entablar relaciones con ninguna otra potencia y respetar los protectorados británicos de Kuwait, Bahrain, Qatar y Omán. Ibn Rashid, por su parte, estrechó sus relaciones con los otomanos y recibió 300 soldados y 25 oficiales-asesores alemanes y turcos. Los británicos animaron a Ibn Saud a atacar a los rashidíes, y éste aprovechó para pedir más dinero y más armas, aunque no logró victorias significativas durante el transcurso de la Gran Guerra.

Mientras tanto, en el Hiyaz, los británicos convencían a los hachemíes de organizar una rebelión general contra los otomanos. La historia es bien conocida y nos ha dejado románticas historias como la de Lawrence de Arabia. En resumen, los británicos prometieron vagamente al sharif de La Meca que, una vez expulsados los otomanos de las tierras árabes, la familia hachemí se convertiría en la soberana de un hipotético reino árabe unificado. Si bien el sharif Hussein cumplió con su promesa y puso en graves apuros a los otomanos (que hasta entonces habían apoyado a su familia y financiado importantes obras de infraestructura en el Hiyaz, como el ferrocarril a La Meca), los británicos se desentendieron del tema al final de la guerra, pues habían adquirido otros compromisos contradictorios (el famoso acuerdo Sykes-Picot y la Declaración Balfour). De esta tema ya hablé en otro artículo. Los hachemíes, no obstante, no se quedaron con las manos vacías, ya que los hijos de Hussein recibirían varios reinos en forma de Mandatos de la Sociedad de Naciones.

La Gran Guerra no alteró sustancialmente el equilibrio de poder en Arabia, aunque introdujo la influencia y el armamento británicos. Los rashidíes serían los principales perjudicados, pues los otomanos desaparecieron del mapa. Hachemíes y saudíes, por el contrario, contaban con el apoyo financiero de Gran Bretaña. Durante los años 20, Ibn Saud completaría la conquista del territorio de sus antepasados, ocupando sucesivamente los territorios rashidíes y los hachemíes, ante la pasividad de los británicos.


Eso es todo por hoy. En la próxima entrega, veremos cómo ibn Saud conquistó finalmente Hail y el Hiyaz durante los años 20, estableciendo finalmente su reino en 1932. También nos detendremos con más detalle en los grupos en los que Ibn Saud se apoyó para consolidar su dominio: el clero wahabí y los ijwán, tropas de origen nómada altamente ideologizadas que imponían el orden y la ley en los nuevos territorios de al Saud.