Fuente primaria: un español presencia la toma saudí de La Meca (1807)

Domingo Badía, también conocido como Alí Bey, fue un viajero y espía español que recorrió parte de Oriente Medio bajo las órdenes de Godoy fingiendo ser un príncipe abasí. Fue el primer español no musulmán en visitar los lugares sagrados del islam. Además, fue testigo de la toma de La Meca por los saudíes en 1807.

Su relato es un interesantísimo retrato de la Arabia del emirato de Diriya, el primer estado saudí al que me referí en el primer artículo sobre Arabia Saudí. Obviamente, hay que tener en cuenta que esta escrito a principios del XIX como una crónica de viajes, y que el autor sigue las convenciones estilísticas de la época, con descripciones que hoy nos parecerían racistas o esencialistas, pero que estaban de moda por entonces.

Alí Bey llega a la Meca en enero de 1807. Se reúne con el jerife Ghalib ibn Musaid y describe la ciudad. Me voy a centrar tan solo en los pasajes relativos a la llegada de los wahabis y la situación política de la ciudad. Dos elementos llaman la atención: la descripción que hace de la religiosidad de los wahabis y el temor que suscitan, y la escasa popularidad del jerife de La Meca entre sus súbditos.  Para el contexto histórico, podéis consultar Historia de Arabia Saudí I

He adaptado el texto a las convenciones gramaticales modernas para que su lectura sea más sencilla, añadiendo acentos y tildes y sustituyendo formas arcaicas de ciertas palabras por su versión moderna. He respetado la transliteración árabe que utiliza el autor (influida por las convenciones francesas), aunque no sea el estándar que usamos en la actualidad.

Si queréis el texto original, se puede encontrar fácilmente por Internet en Google Books, pero también me podéis enviar un email y os facilito un PDF.

Historia de Arabia Saudí
1Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


Capítulo XIV. Llegada de los saudíes a la Meca.

[…] Aquel mismo día [3 de febrero de 1807] entró en la Meca un cuerpo de ejército de los wehhabis, para cumplir el deber de la peregrinación, y tomar posesión de la santa ciudad. Vílos entrar por una casualidad. Hallábame a las nueve de la mañana en la calle principal, cuando me veo venir una multitud de hombres…. Figúrese cualquiera un tropel de individuos apretados unos contra otros, no llevando mas vestido que una pequeña faja al rededor de la cintura, y algunos una toalla sobre el hombro izquierdo y bajo el brazo derecho; y en lo demás enteramente desnudos y armados de fusiles de mecha con un khanjear o gran cuchillo corvo a la cintura.

A la vista de aquel torrente de hombres desnudos y armados, todo el mundo echó a correr para dejar expédita la calle, que llenaban enteramente. Yo me obstiné en permanecer en mi sitio, y subí a un montón de escombros, para observarlos mejor. Ví desfilar una columna que me pareció compuesta de cinco a seis mil hombres, tan apiñados en todo lo ancho de la calle, que les fuera imposible mover la mano. La columna, precedida de dos jinetes armados con una lanza de dos pies de largo, terminaba en otros quince o veinte montados en caballos, camellos o dromedarios, con una lanza en la mano como los primeros; mas no llevaban banderas, ni tambores, ni algún instrumento o trofeo militar. Durante la marcha, los unos daban gritos de santa alegría, otros rezaban confusamente oraciones en alta voz, cada cual a su modo.

En el orden referido subieron hasta la parte superior de la ciudad, donde comenzaron a desfilar en pelotones para entrar en el templo por la puerta Beb-es-Selén. Crecido número de muchachos de la ciudad, que sirven ordinariamente de guías a los extranjeros, salieron a su encuentro, y se presentaron sucesivamente a los diversos grupos, para servir de guías en las ceremonias sagradas. Noté que entre aquellos conductores benévolos no había un solo hombre formado. Ya los primeros pelotones, para comenzar las vueltas de la Kaaba, se apresuraban a besar la piedra negra, cuando otros, impacientes sin duda de aguardar, se adelantan en tumulto, se mezclan con los primeros, y bien pronto, llegando a su colmo la confusión, no deja oír la voz de los jóvenes conductores.

A la confusión sucede el tumulto. Todos quieren besar la piedra negra, y se precipitan; muchos se abren paso con palo en mano: en vano uno de sus jefes sube al zócalo, junto a la piedra sagrada, para restituir el orden; sus gritos y ademanes son inútiles, porqué el santo celo de la casa de Dios que los devora no les permite escuchar la razón ni la voz de su jefe. Auméntase el movimiento en círculo por la impulsion mutua. Finalmente se les ve, como un enjambre de abejas que vuelan confusamente en torno de la colmena, circular sin orden al rededor de la Kaaba, y en su tumultuoso entusiasmo hacen pedazos con los fusiles que llevaban al hombro, todas las lámparas de vidrio que rodeaban la casa de Dios.

[…]

Los wehhabis de Draaíya, lugar principal de la reforma, tienen color de cobre. Son por lo general bien hechos, y muy bien proporcionados, pero de talla pequeña, y he notado principalmente entre ellos algunas cabezas bastante hermosas para ser comparadas a las del Apolo, del Antinoo, o del Gladiator. Tienen los ojos vivísimos,la nariz y boca regularmente diseñadas, hermosos dientes, y fisonomía muy expresiva…

Represéntese cualquiera una multitud de hombres desnudos y armados, sin casi idea alguna de civilización, y hablando una lengua bárbara: semejante cuadro a primera vista espanta la imaginación, y parece horroroso; mas si uno se sobrepone a esta primera impresión, halla en ellos cualidades recomendables: jamas roban ni a fuerza, ni con engaño, excepto cuando creen que el objeto pertenece a un enemigo o a un infiel. Todo cuanto compran, y cualquier servicio que se les hace,lo pagan en su moneda. Ciegamente sumisos a sus jefes, sufren en silencio toda clase de fatigas, y se dejarían conducir al cabo del mundo. En fin, se ve en ellos los hombres mas dispuestos a la civilización, si se les supiese dar la dirección conveniente.

Vuelto a casa supe que no cesaban de ir llegando cuerpos de wehhabis a cumplir el deber de la peregrinación. ¿Qué hacia entre tanto el sultán scherif?… En la imposibilidad de resistirá tales fuerzas, se mantenía encerrado u oculto por mejor decir, temiendo algún ataque; las fortalezas se hallaban abastecidas y preparadas a la defensa; los soldados árabes, los turcos y mogrebinos se mantenían en sus puestos: vi guardias y centinelas en los fuertes; tabicáronse muchas puertas; en una palabra, todo se hallaba pronto para el caso de agresión. Mas la moderación de los wehhabis, y las negociaciones del scherif hicieron inútiles semejantes precauciones.

Capítulo XV. Temor a los wahabis

Debo confesar en verdad que hallé mucha racionalidad y moderación en todos los wehhabis a quienes dirigí la palabra. De ellos mismos es de quienes saqué la mayor parte de las noticias quedaré sobre su secta. Sin embargo, a pesar de esta moderación, ni los naturales del país, ni los peregrinos pueden oír pronunciar su nombre sin estremecerse, y aun entre ellos mismos no lo pronuncian sino en voz baja. Así es que huyen de ellos, y evitan en lo posible el hablarles; y siempre que yo quería hablar con ellos, tenia que superar la mas obstinada oposición de parte de los que me rodeaban.

Capítulo XIX. Impopularidad del jerife. Toma definitiva de la Meca por los saudíes.

Los wehhabis, prohibiendo el uso del rosario como una superstición, han privado a los habitantes de la Meca de un ramo de comercio muy lucrativo: mas continúan fabricándolos ocultamente para los peregrinos, con diversas maderas de la India y del Yemen, y con madera de sándalo que es muy odorífera.

[…]

El actual sultán scherif de la Meca se llama Ghaleb. Es hijo del scherif Msaat, su predecesor en el trono. Hace años que su familia ha obtenido la soberanía del Beled el Haram y del Hedjaz; mas la ordinaria costumbre, cuando muere un sultán scherif, es disputar el trono con las armas en la mano, como se practica en Marruecos, hasta que el vencedor da la ley a la nación; pues no se halla establecido el derecho de sucesión. El scherif Ghaleb es hombre de genio astuto, político y valeroso; mas enteramente falto de instrucción, y entregado a sus pasiones, se trasforma en un vil egoísta para satisfacerlas; no hay vejación que no ejerza con los habitantes y con extranjeros o peregrinos; es tal su inclinación a la rapiña, que no perdona aun a sus amigos,ni a sus mas fieles servidores, cuando cree poderles arrancar alguna cantidad. Durante mi corta residencia en sus estados, fui testigo de una de estas fechorías, que costó mas de cien mil francos a un negociante de Djedda, uno de sus principales favoritos. Los impuestos sobre el comercio y sobre los habitantes son enteramente arbitrarios; van creciendo diariamente, pues inventa nuevos medios de aumentar sus rentas; en una palabra, se halla el pueblo reducido a tal extremidad, que en toda la tierra santa no he hallado uno solo que me hablase bien del scherif, excepto el negociante de quien hablé arriba.

[…]

No obstante los defectos del scherif, y la especie de nulidad a que diariamente lo reducían los wehhabis, conserva aun bastante influencia en los puertos de Arabia, y en Cosseir, por sus relaciones con los mamelucos y los habitantes del Saaid o alto Egipto, como también en Sauakeny Messua, que posee en las costas de la Abisinia, en nombre del sultán de Turquía. También advertí con sorpresa en dicho príncipe, que no tenia ninguna de las preocupaciones de su nación.

La situación política del país era muy singular a mi llegada. Era el sultán scherif su natural e inmediato soberano; y sin embargo se reconocía cono monarca supremo al sultán de Constantinopla, haciéndose mención de él como a tal en el sermón de los viernes, cuando Saaud, que domina el país con sus wehhabis, prohibió el viernes ántes de pascua, hacer mención del sultán de Constantinopla.

Bien enviaba la Puerta otomana un bajá a Djedda; pero éste pasaba el tiempo en la Meca comiendo a expensas del scherif, sin ejercer acto alguno de autoridad, de modo que casi se ignoraba su existencia. El sultán enviaba asimismo cada año a la Meca, Djedda y Medina, kadis para ejercer el poder judicial; mas no podían mezclarse en nada de lo concerniente a la parte administrativa; pues esta quedaba enteramente en manos del scherif,que gobernaba como sultán independiente por medio de sus gobernadores. Llevaban éstos el título de uisir o visires, y todos eran esclavos negros del scherif.

El sultán Saaud, cuya autoridad estribaba solo en la fuerza, se hacia obedecer allí; mas aun no se había enteramente alzado con el mando; tampoco exigía contribuciones, y aun parece respetaba el poder del scherif. Gozando éste de las atribuciones de sultán independiente, era dueño absoluto de la vida y bienes de sus súbditos; hacia según su voluntad la paz o la guerra; y mantenía sobre tres mil hombres de tropa entre turcos, negros y mogrebinos.

Sin embargo de tales ventajas, no bastando sus medios para oponerse a las empresas de los wehhabis, se veía obligado a respetar sus órdenes, recibir las leyes que le imponían, y dejarlos obrar con libertad; mas no dejaba de mantener sus fortalezas cerradas y en estado de defensa, a fin de conservar siempre una actitud imponente. De semejante conflicto de poderes, resultaba que la ciudad de la Meca no sabia quién era su verdadero dueño; la autoridad, dividida en tantos jefes, perjudicaba a la administración de justicia,comprometía la propiedad y la libertad individual, y de consiguiente apresuraba a largos pasos la ruina de la pública felicidad.

Fuera del sultán de los turcos, no tenia el scherif relaciones políticas con soberano alguno; ni había en el país cónsul o agente de una nación extranjera. Los ingleses son los únicos que de tiempo en tiempo se presentan en el puerto de Djedda, donde son favorecidos de los habitantes, porqué hacen con ellos el comercio de la India. Ya dijimos que el scherif es el principal actor de este comercio; sus buques navegan de Djedda a Mokha, y de allí a Mascate y a Surate. Tal era la situación del país, cuando el 26 de febrero de 1807, el sultán Saaud mandó anunciar en todas las plazas y parajes públicos, que el día siguiente por la tarde debían salir de la Meca todos los soldados turcos y mogrebinos del scherif, y dirigirse fuera de la Arabia, como también el bajá turco de Djedda, y los antiguos y nuevos kadis de la Meca, Medina y otros lugares: el scherif fue desarmado, destruida su autoridad, y el poder judicial pasó a manos de los wehhabis. Díjose que el sultán Saaud acompañaría la retaguardia de la tropa y peregrinos hasta las fronteras de Siria, y que en seguida iría a establecer su residencia en la Meca, o cuando menos daría a alguno de sus hijos el gobierno del país:en tal caso la nueva monarquía árabe de los wehhabis hubiera tomado un vuelo semejante al del antiguo califato.

La noche del 26 al 27 de febrero se retiraron a Djedda todos los soldados turcos. Una pequeña caravana de Trípoli que había en la Meca, levantó el campo a medio día, y partió con tan poca precaución, que se temió por su seguridad. Todavía quedaban el bajá, los kadis y los peregrinos turcos, y aun no sabían qué partido tomar en tal estado de desorden, porqué todos obraban de mala fe. La noche siguiente se pasaron al servicio de Saaud doscientos cincuenta soldados negros del scherif. Los restantes partieron el 28 de febrero. El sultán Saaud se dirigió sobre Medina con sus tropas, después de haber instalado sus kadis, dejando según dijeron, veinticinco mil francos de limosna para los empleados del templo y pobres de la ciudad. Así terminó sin efusión de sangre esta revolución política.


Alí Bey no consiguió reunirse con Saud, al que solo describe desde la distancia. Aunque hay muchos otros pasajes interesantes al respecto en el texto original, termino aquí la transcripción para no aburrir al lector.

Anuncios

Arabia Saudí VI: el breve reinado de Saud (1953-1964)

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)

 

Introducción

Noviembre de 1953. Abdelaziz Ibn Saud, conquistador y pacificador de los territorios que hoy día forman Arabia Saudí, acaba de morir. El reino es más próspero que nunca gracias a las riquezas del petróleo, aunque también más vulnerable. Las rivalidades familiares y la incertidumbre del momento histórico, en el que se sucedían los golpes que derrocaban a las monarquías vecinas, hicieron que los primeros años tras la muerte de Ibn Saud fueran turbulentos.

La primera década tras la muerte del gran patriarca sería un periodo de lucha interna entre los dos hijos mayores de Ibn saud, Faisal y Saud, pero también una etapa en la que el estado saudí tendría que hacer frente a las amenazas ideológicas que llegaban desde el exterior. El momento histórico, sin duda, era emocionante para los árabes. El partido Baaz era fundado en Siria y se expandía por otros países árabes, llegando a ser una fuerza significativa en algunos parlamentos. En Egipto, Nasser se hacía con el control y plantaba cara a las antiguas potencias coloniales con la nacionalización del canal de Suez. La Nakba palestina hacía emerger un sentimiento de solidaridad y de impotencia entre los árabes. Demasiados desafíos externos para un reino que se enfrentaba a su primera sucesión.

Saud el olvidado (1953-1964)

El heredero al trono, como contaba en la entrega anterior, era el príncipe Saud, que fue coronado a los pocos días de la muerte de su padre, mientras que Faisal era proclamado heredero al trono. Faisal estaba mucho más versado en las labores de gobierno que su hermano, y pronto el nuevo rey y su heredero comenzaron a mostrar sus diferencias. Saud sería depuesto por su propia familia en 1964, un acontecimiento insólito en la historia reciente del reino. ¿Cómo se llegó a esa situación?

El primer motivo fueron los problemas económicos. A pesar de que los ingresos por el petróleo no dejaban de aumentar, Saud disparó el flujo de gasto sin ningún tipo de control, y las deudas que había heredado de su padre se multiplicaron. Aunque el nuevo rey canceló los pocos proyectos de obras públicas que había comenzado, no disminuyó el gasto destinado a los demás príncipes de su familia, y los lujos de la enorme familia Saud consumieron las finanzas del estado.

5791067249
Fuga en un oleoducto en 1958. Aramcoexpats.

Si anteriormente la familia estaba sujeta a la magnanimidad del patriarca Ibn Saud, que concedía regalos y prebendas a su voluntad, Saud fijó un sueldo anual muy generoso para los improductivos miembros de la familia (32.000$ al año).

En 1958, la deuda saudí alcanzaba los 480 millones de dólares, y los bancos internacionales, así como ARAMCO, el consorcio petrolero que operaba en el país, se negaron a conceder más créditos. El valor del rial se devaluó a la mitad de su precio anterior.

El colapso económico, no obstante, no explica la caída de Saud. El principal motivo de su abdicación forzosa se debió a la lucha que mantuvo con su hermano Faisal por el poder. La historiografía saudí ha presentado el enfrentamiento como el choque entre dos formas de entender el gobierno: una, la de Saud, tribal , medieval y despótica; y la otra, la de Faisal, modernizadora, eficiente y cabal. Sin embargo, las cosas distan de ser tan idealistas. En la práctica, el enfrentamiento tuvo que ver con las ramas de la familia que controlaban los órganos de gobierno.

saud_of_saudi_arabia
Saud en 1952. Wikimedia

Como contaba en la entrega anterior, Abdelaziz Ibn Saud se retiró del gobierno durante sus últimos años, dividiendo las responsabilidades entre Saud y Faisal. Ibn Saud había creado una serie de instituciones de gobierno y ministerios para facilitar su gobierno. Aún así, estaba claro que el poder absoluto estaba en sus manos, pues al fin y al cabo él había sido el conquistador y arquitecto del reino. El problema estuvo, tras su muerte, en el papel que estas nuevas instituciones tendrían en el nuevo gobierno. La última instución que fue creada por Ibn Saud, un mes antes de su muerte, fue el Consejo de Ministros.

Este consejo fue pensado como rama ejecutiva del gobierno. Podía aprobar decretos, pero sus decisiones precisaban de la aprobación del rey. El primer ministro, director del consejo, ejercería como líder del ejecutivo. Y aquí es donde comenzaron los problemas. Faisal, que era ministro de asuntos exteriores, fue designado como primer Primer Ministro (valga la redundancia) del reinado de Saud. Saud, que desconfiaba de su hermano, decidió liquidar el puesto y ejercer él mismo como primer ministro de facto, pues para algo era el rey.

Además, Saud decidió situar a sus hijos y descendientes en los altos cargos de la burocracia en expansión: Los nuevos ministerios de Educación, Comunicación y Agua y Agricultura fueron establecidos durante el primer año de reinado de Saud. El rey decidió además situar a los suyos en los puestos estratégicos. En 1957, Saud nombró a su hijo Fahd ministro de Defensa, y colocó a sus vástagos Sa’ad, Musa’id y Jalid al frente de la Guardia Especial, la Guardia Real y la Guardia Nacional, respectivamente.

Aparte de sus hijos, Saud colocó a personas de su confianza, no ligadas a la familia real, o pertenecientes a ramas menores y colaterales de la descendencia de su padre, a la cabeza de la mayoría de ministerios. Esto enfadó muchísimo a sus hermanos de mayor edad, especialmente a Faisal, que veía como Saud repetía las tácticas con las que su padre se encargó de marginar a sus hermanos a principios de siglo. Uno de los medio-hermanos menores que Saud colocó en el gobierno, Talal, daría mucho que hablar años más tarde.

220px-talal_bin_abdulaziz_al_saud
Talal. Wikimedia

Los miembros de la familia Saud y sus clientes se acabaron dividiendo en tres bandos informales. En primer lugar, los partidarios del rey Saud, especialmente sus hijos y descendientes directos. En segundo lugar, Faisal, sus tíos, y algunos de sus hermanos, que posteriormente serían llamados los Siete Sudairis. Por último, Talal y sus príncipes libres. ¿Cómo? ¿Príncipes libres?

Así es. Mientras en otros países árabes, las monarquías caían y los regímenes se transformaban gracias a la sociedad civil y grupos de “oficiales libres” (como el de Nasser en Eigpto), en Arabia Saudí este papel lo intentaron desempeñar los hijos menores de Ibn Saud, que reclamaban “reformas” y un gobierno más plural.

Talal había sido parte del gobierno hasta 1961, cuando fue cesado por su ambición y sus roces con Saud y Faisal. Ese año se exilió en Beirut, y allí formó su grupo de oposición, al-umara’ al-ahrar, los príncipes libres, que fue seguido de cerca por la prensa egipcia y libanesa. Entre otras cosas, los príncipes reclamaban una monarquía constitucional y más derechos y libertades, todo ello revestido de retórica inspirada en el panarabismo y el nasserismo.

La sociedad saudí no era especialmente activa en cuestiones políticas, salvo unos pocos afortunados que habían podido estudiar en el extranjero. Los trabajadores de la industria petrolera, gracias a la influencia de los inmigrantes de otros países árabes, fueron capaces de organizar varias huelgas exitosas para reivindicar mejores condiciones laborales. Más allá de eso, la política era un asunto familiar y dinástico, y solamente los Saud y sus protegidos se interesaban por el tema.

El rey Saud, no obstante, desconfiaba del ejército y de sus hermanos y se temía un golpe de Estado. Hay varias anécdotas graciosas al respecto, que incluyen al rey escondiéndose tras haber entendido mal a sus sirvientes. El temido golpe acabó llegando de la forma más inesperada. En 1964, cuando Saud estaba en el extranjero recibiendo tratamiento médico, Faisal formó un nuevo gobierno que excluía a los hijos de Saud e incluía a Fahd, Sultan y otros de los mencionados “Siete Sudairis”. Prometieron una serie de reformas básicas, así como la abolición de la esclavitud y la redacción de unas leyes básicas.

A la vuelta, el rey rechazó las medidas y amenazó con movilizar a la Guardia Real contra Faisal. Faisal respondió convocando a la Guardia Nacional. Finalmente los ulema y los miembros de la familia más ancianos intervinieron y forzaron un compromiso. Saud se iría al exilio en Grecia, donde moriría 5 años más tarde, y Faisal se convertiría en nuevo rey. Un golpe intrafamiliar y sin sangre.

Diplomacia saudí en la era de la independencia

Otro de los grandes problemas de Saud fue su diplomacia errática. Su reinado (1953-1964) coincidió con un periodo muy interesante en la política de los demás países árabes. Podéis encontrar un poco más de contexto en este artículo.  Dos tendencias destacan en esta década. En primer lugar, la sustitución de las monarquías liberales resultantes de la descolonización por repúblicas de corte socialista, a menudo gobernadas por los militares (Egipto en 1952 era el caso más reciente). En segundo lugar, la lucha entre EEUU y la URSS por la influencia en la región.

monarquias republicas 1950

monarquias republicas 2016Monarquías en 1950 y monarquías en la actualidad. Hay un error, y es que Siria ya era una república en 1950.

Sin embargo, los principales enemigos de los saudíes seguían siendo los hachemitas, que gobernaban en Jordania e Iraq (para más información, véanse Arabia Saudí II, III, y La colonozación de Oriente Medio). Saud intentó apaciguar a Nasser, que había tomado el poder en Egipto, a la vez que firmaba con él un tratado de defensa mutua en 1955, pensado para contrastar la creciente influencia de los hachemitas y el Pacto de Bagdad.

Siguiendo el ejemplo del líder egipcio, Saud intentó adoptar la retórica del nacionalismo árabe y buscó acuerdos con los países de la órbita soviética. También intentó eliminar algunos de los monopolios de los que la empresa ARAMCO disfrutaba en su país, como los derechos sobre el transporte del crudo, algo que no sentó muy bien en la empresa y en EEUU.

Saud apoyó a Nasser cuando decidió nacional izar el Canal de Suez, y cortó las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña. Las cosas ya se habían puesto tensas entre el reino saudí y el decadente Imperio británico en los últimos años de Ibn Saud, ya que Arabia Saudí había intervenido en las disputas internas de varios emiratos del Golfo (Omán, Abu Dhabi) que estaban bajo la protección británica.

CENTO
El Pacto de Bagdad

No obstante, la relación entre Nasser y Saud no llegó a cuajar. El presidente egipcio visitó Arabia Saudí en 1956, disfrutando de una cálida recepción popular. Esto preocupó mucho a la familia Saud, que no deseaban un levantamiento popular anti-monárquico. Además, Nasser estaba en pleno enfrentamiento contra los Hermanos Musulmanes, un grupo que contaba con las simpatías de los saudíes. Nasser propuso la unión de Egipto, Siria y Arabia Saudí en un único estado, algo que tampoco hizo mucha gracia a los Saud, que veían el país como su propiedad y su cortijo privado.

Cuando Egipto y Siria se unieron en 1958, Saud decidió conspirar para asesinar a Nasser. La trama fue descubierta por la prensa libanesa, llenando a la familia saudí de vergüenza. Faisal y sus hermanos mayores se enfadaron con el rey, al que acusaban de una diplomacia inconsistente y de minar la reputación del reino. Probablemente las semillas de la abdicación forzosa de Saud se sembraron aquí. El año anterior, Saud había visitado al rey hachemita de Iraq, el antaño archienemigo de su familia, para intentar forjar una alianza contra Nasser. El entendimiento no duró mucho, ya que en julio del 1958 el rey de Iraq fue depuesto por los militares, apoyados por el partido Baath y los nasseristas.

Esta Guerra Fría entre Saud y Naser se desplazó entonces a Yemen, donde en 1962 Abdulá al Salal, un oficial apoyado por los egipcios, depuso al monarca yemení e instauró una república, la primera república en la península arábiga, y una amenaza vital para la supervivencia del reino saudí. Se inició así un conflicto entre Egipto y Arabia Saudí con Yemen como campo de batalla. Saud apoyó a los realistas, mientras que Nasser aportó tropas y financiación a los partidarios del nuevo presidente . Cuando Saud fue depuesto, el conflicto civil en Yemen no había terminado. Arabia Saudí interviniendo en Yemen… nos suena terriblemente actual, ¿verdad?

Esta intervención fue apoyada por los EEUU, gracias especialmente a la mediación del futuro rey, Faisal. EEUU acordó establecer un sistema de defensa aérea en la fontera con Yemen y realizó maniobras conjuntas con los saudíes, así como ejercicios de intimidación contra los egipcios. La cosa no llegó a más, pues Kennedy no quería tensar las relaciones con Egipto, y además entendía que su responsabilidad se limitaba a proteger los yacimientos petrolíferos y el suministro de crudo.

EEUU y Arabia Saudí no se entendieron bien durante la primera mitad de los 60. Faisal, que se encargaba de los asuntos exteriores, trató de mejorar las relaciones con Gran Bretaña a raíz del conflicto en Yemen. Sin embargo, los británicos no disponían de los medios ni de la sganas para apoyar la campaña saudí en Yemen. Además, Faisal entendió bien que en el nuevo mundo bipolar los británicos jugaban un papel secundario. El futuro pertenecía a EEUU y la URSS, y dado que los saudíes eran fervientemente anti-comunistas (al fin y al cabo, la suya era una monarquía despótica apoyada en la religión), decidieron que su supervivencia pasaba por llevarse bien con los americanos, que además tenían importantes intereses económicos en el país.

Saud no solo había llevado acabo una política interna errática y económicamente desastrosa, sino que sus esfuerzos diplomáticos fueron en vano y a menudo contraproducentes.

Durante el reinado de Faisal, Arabia Saudí abandonó su posición marginal en la región y se consolidó como potencia. Lo veremos en la siguiente entrega.

Arabia Saudí IV: El reino antes del petróleo (1926-1938)

Continuamos con la historia de Arabia Saudí. Nos habíamos quedado en 1926, cuando Ibn Saud completa la conquista del territorio. Los agentes de la conquista habían sido, por un lado, los mutawain, el bajo clero del desierto najdí; y los ijwan, una hermandad de guerreros tribales al servicio del wahabismo (véase la entrega anterior). Paralelamente, habían comenzado a surgir ulema wahabíes propiamente dichos, es decir, expertos religiosos en la doctrina hanbalí que dominaban todos los aspectos de las ciencias islámicas, algo que sería muy importante posteriormente.

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


La rebelión de los Ijwan (1927-1930)

Una vez completada la conquista, comenzaron a aflorar las tensiones con respecto a la forma de entender el gobierno y el liderazgo. Ibn Saud veía la anexión de el Hiyaz como la restauración del dominio de sus antepasados y la ampliación de su patrimonio personal. Los mutawain y los ijwan, por el contrario, la percibían como una ampliación de la umma (comunidad islámica) y una oportunidad para expandir la fe y continuar la yihad. Los ijwan se veían como iguales de Ibn Saud, no súbditos. Muchos de ellos, pese a estar convertidos a la causa wahabí, recordaban su linaje tribal y aspiraban a ejercer posiciones de liderazgo en los recién conquistados territorios. El más famoso de ellos era Faisal al-Duwaish, un jeque de una tribu beduina del Najd sedentarizada.

Tras la conquista del Hiyaz, los líderes ijwan organizaron una asamblea o conferencia en al-Artauiya, la aldea de Faisal al-Duwaish y uno de los asentamientos que Ibn Saud había creado para los ijwan. Allí, los guerreros wahabíes discutieron varios asuntos, como las características del buen liderazgo religioso, la legitimidad islámica de los impuestos establecidos por Ibn Saud, el estilo de vida lujurioso y relajado del sultán del Najd y rey del Hiyaz, sus numerosos matriminios y, no menos importante su relación con los ingleses. También se habló de la necesidad de “islamizar” a los chiíes de Hasa, de los límites de la yihad y del problema que suponían los peregrinos de otras partes del mundo islámico, con su música y sus cantos.

724px-flag_of_ikhwan-svgLa bandera negra de la hermandad Ijwan. Fuente: Wikipedia

Ibn Saud reaccionó convocando otra conferencia en la que él personalmente consultaría a los ulema wahabíes. Los ulema respondieron a cada uno de los puntos planteados por los ijwan: sin duda, era necesario islamizar a los chiíes, y desde luego había que impedir a los peregrinos cantar y tocar música. También recomendaron destruir las tumbas y monumentos de santos. Sobre la yihad, los ulema recordaron que proclamar la yihad ofensiva correspondía únicamente al líder de la comunidad, al Imam, es decir, a Ibn Saud. También rechazaron las alegaciones de que su estilo de vida fuera anti-islámico. ¡Cómo iba a ser Ibn Saud un hombre impío si se gastaba un dineral en construir mezquitas y madrasas y en dar de comer a los ulema y mutawain!

Los ijwan rechazaron las explicaciones de los ulema de Riad e insistieron en su desafío. Esta rebelión, en un principio, no se dirigió contra Ibn Saud. Los ijwan simplemente se negaban a ser desmovilizados y continuaron haciendo la yihad, atacando Jordania y Kuwait, para horror de los emires locales y de los británicos, que recurrieron a la fuerza aérea para defender a sus aliados. El uso de aviación contra grupos insurgentes en el desierto, como podéis ver, no es algo especialmente reciente.

En 1928, Ibn Saud mandó cartas a todos los rincones del reino anunciando su abdicación y convocó a sus seguidores en Riad. Ulema, mutawain, jefes locales, la aristocracia comercial y, en definitiva, las “fuerzas vivas” del reino acudieron a la llamada. En la capital, Ibn Saud pronunció un discurso recordando su épica conquista de la ciudad con medio centenar de hombres, la necesidad religiosa de seguir a un líder, el progreso económico, y el grado de islamización que habían alcanzado. A continuación, pidió a los notables allí presentes que, si no estaban contentos con su liderazgo, eligieran a otro miembro de su familia para gobernar. Esto último es importante, pues nos muestra la imagen patrimonial que Ibn Saud tenía de sus dominios. Ibn Saud no podía concebir que otra familia salvo la suya ejerciese el poder. Y es que, como cuenta Ángeles Espinosa en su libro, los Saud ven Arabia Saudí como su finca particular.

No se propuso a ningún candidato alternativo, de modo que Ibn Saud continuó al mando. Además, los ulema decretaron que los ijwan estaban actuando sin el consenso de la comunidad religiosa, que su yihad no eran más que ataques bárbaros, y que Faisal al-Duwaish era un usurpador que debía ser destruido. Aparte de eso, llegaron a la conclusión de que el telégrafo no era un artefacto diabólico, y que su uso estaba religiosamente permitido. De este modo,  Ibn Saud y sus seguidores se prepararon para aplastar la rebelión ijwan.

arabia-unified-xGuerrero Ijwan hacia 1923. Fuente: ctesiphon.com

Ibn Saud salió muy reforzado de la “conferencia” en Riad. Su relación con los ulema de Riad se había estrechado. La división de tareas que se inició durante el primer emirato saudí se consolidó: Ibn Saudí se encargaría de gobernar y dirigir los ejércitos, y los ulema de emitir fatuas sancionando las acciones del monarca y controlar a sus discípulos, los mutawain. La religión estaba supeditada a la política, no al revés. La legitimidad de Ibn Saud dependía de los clérigos, es cierto, pero estos necesitaban los subsidios y la protección de Ibn Saud.

En 1929, Ibn Saud reunió un gran ejército reclutado de entre la base tradicional de los ejércitos saudíes, la población sedentaria del Najd. La batalla de Sabila fue su primer gran enfrentamiento: a los ijwan montados en camellos se enfrentaron las tropas saudíes a caballo con apoyo de ametralladoras. Tras esta aplastante victoria saudí, los ijwan trataron de refugiarse en Kuwait, donde les esperaba la fuerza aérea británica. Finalmente, en 1930 los ijwan se rindieron a los británicos en Kuwait. Tras asegurarse que la vida de los prisioneros sería respetada y que no habría ejecuciones masivas, los ijwan cautivos fueron traspasados a Riad.

La rebelión fue aplastada, y la importancia del mundo tribal en el emergente estado saudí fue disminuyendo cada vez más. Los ijwan habían sido útiles en la expansión territorial, pero después se convirtieron en una amenaza para el dominio de Ibn Saud. El rey saudí no estaba dispuesto a compartir el poder con ellos ni permitirles conservar su influencia. Desconfiaba de los beduinos, y la rebelión fue la ocasión perfecta para eliminarles de la estructura de poder. Los ulema, en cambio, se habían mostrado cruciales a la hora de garantizar la estabilidad en tiempos de crisis, y su importancia en el estado aumentaría con el tiempo. Los clérigos tenían la última palabra sobre las nuevas tecnologías, que se multiplicarían durante las siguientes décadas.

Abortada la insurrección ijwan y pacificado el territorio, Ibn Saud se vio con confianza como para unificar política y administrativamente los reinos del Najd y el Hiyaz y proclamarse a sí mismo rey de un nuevo país llamado Arabia Saudí. Corría el año 1932. El reino, todo hay que decirlo, era uno de los más pobres y subdesarrollados del mundo, pero al menos era independiente y no estaba sujeto a ninguna potencia colonial, como sucedía con el resto de países árabes. Aún no se había descubierto el petróleo, y la economía saudí se limitaba a la agricultura, el pastoreo, el comercio interno y los ingresos derivados del peregrinaje anual a La Meca.

La estabilización de la dinastía

Ibn Saud, que superaba ya el medio siglo de edad, conocía bien la historia de su familia, y no estaba dispuesto a ver cómo las luchas interfamiliares que habían desgajado el segundo emirato acababan con su legado. De modo que, una vez unificado y estabilizado el reino, se dedicó a controlar a las ramas díscolas de su familia y organizar la sucesión para que sus hijos, y no sus hermanos o primos, fueran los herederos de su reino. Una vez pacificado el reino, quedaba pacificar a la familia.

Las ramas colaterales de los Saud, de hecho, ya le habían ocasionado problemas. Los Araif, sus primos paternos, protagonizaron una rebelión en la región oriental durante 1908. El conflicto se resolvió después de varias batallas y un acuerdo matrimonial: la hermana de Ibn Saud se casaría con su primo, y sus descendientes quedarían bajo la supervisión del patriarca Ibn Saud. La política matrimonial, de hecho, se convertiría en uno de los pilares del régimen de los Saud, cómo veremos más adelante.

arabia-unified-dIbn Saud con algunos de sus hermanos e hijos. Fuente: ebay

Ibn Saud aprendió la lección y evitó amenazas incorporando a diversos miembros de las ramas colaterales del clan Saud en distintos puestos de poder. Los Juluwi, descendientes de Turki (el fundador del segundo emirato saudí), estuvieron junto a Ibn Saud desde el primer momento. Abdullah Ibn Juluwi, amigo y compañero de Ibn Saud, fue recompensado con el gobierno de Qasim en 1908 (el mismo año de la rebelión de los primos díscolos), y cinco años después se le dio el mando de toda la región de Hasa. Sus hijos y hermanos fueron incorporados también a la rudimentaria estructura estatal saudí: siendo “funcionarios” y beneficiarios de las pagas de Ibn Saud, no se opusieron a él.

En mayo de 1933, Ibn Saud nombró príncipe heredero a su hijo Saud, para así prevenir conflictos sucesorios y rencillas familiares. Ibn Saud quería que sus hijos fueran sus sucesores, especialmente los mayores, Saud y Faisal, que habían estado presentes y activos durante las campañas de conquista y pacificación. El trono sería sucesivamente para ellos, y después para los demás hermanos. Los seis reyes que han sucedido a Ibn Saud han sido, en efecto, hijos suyos. Con más de 40 hijos varones, parece que quedan herederos para rato, aunque llegará un momento en el que este modelo de sucesión sea generacionalmente insostenible.

En los primeros años del reino, el principal desafío para una sucesión estable eran los seis medio-hermanos de Ibn Saud, que podían reclamar el trono para ellos o sus descendientes. Saad, su único hermano de madre y padre murió en una de las campañas contra los hachemíes en el Hiyaz. Saud quedó desolado, y aprovechó para casarse con la viuda de su hermano. ¿Cómo lidió Ibn Saud con los rivales en el seno de su propia familia, algunos de los cuales habían sido piezas claves de la conquista del Hiyaz o de la pacificación de los ijwan? Maniobrando hábilmente, dándoles posiciones ceremoniales pero con escaso poder, cooptándoles con dinero y lujos, superándoles numéricamente (Ibn Saud tuvo 43 hijos y más de 50 hijas), o gracias a desafortunados “accidentes.” Se dice que en 1927, Jalid, un sobrino de Ibn Saud, intentó asesinar a Saud, el futuro príncipe heredero. Cuando se estableció el reino, Jalid era uno de los principales candidatos alternativos a la sucesión, aunque por suerte para Ibn Saud y su hijo, murió “misteriosamente” en 1938.

Los matrimonios de Ibn Saud

Incluso para una sociedad polígama como era Arabia, Ibn Saud tenía un harem excesivamente grande. Había llegado a casarse con más de 200 mujeres, divorciándose de muchas ellas. Además de esposas, tenía numerosas concubinas “exóticas”, que abandonarían su posición de esclavas tras dar a luz a un hijo varón. La interpretación “tradicional” del islam en cuanto a poliginia no permite que un hombre tenga más de cuatro esposas, pero ni a Ibn Saud ni a los ulema que le apoyaban parecía importarles.

Jack Philby pensaba que el amplio número de matrimonios de Ibn Saud se debía a una estrategia política deliberada. El monarca, en efecto, se casaba con las hijas y hermanas de sus aliados y subordinados: las élites de los oasis, las familias de tradición religiosa, las familias más nobles y antiguas de las confederaciones tribales. Ibn Saud se casaría también con numerosas hijas y hermanas de sus rivales derrotados, alcanzando así un doble objetivo. En primer lugar, se aseguraba la lealtad y la obediencia de las élites derrotadas, que no intentarían nada contra Ibn Saud para no poner a sus mujeres en peligro. Además, “dominaba” simbólicamente a estas derrotadas élites, arrebatando sus mujeres e incorporándolas a su harem, siempre en expansión.

Historiadores contemporáneos como al-Rashid, por el contrario, afirman que la política de Ibn Saud no puede calificarse estrictamente como de “alianzas matrimoniales”, ya que para que una alianza matrimonial funcione, es preciso que el intercambio de esposos y esposas sea mutuo. Ibn Saud, por el contrario, solo dejaba que sus hijas se casasen dentro del seno de su propia familia. Además, la poligamia y el divorcio no favorecen el desarrollo de alianzas, sino que crean rencillas y rivalidades. Por estos motivos niegan que el rey saudí casase por motivos estratégicos, y achacan su gran número de matrimonios al deseo de Ibn Saud de dejar claro su dominio político y, por qué no, a un apetito sexual aparentemente insaciable.

al-ahsaLa ciudad-oasis de al-Hasa a principios siglo XX. La foto parece ser posterior a la conquista saudí dado el elevado número de abayas. Fuente: Rob L. Wagner

La Arabia Saudí pre-petrolera

En 1933, Ibn Saud firmó una concesión con una compañía americana, en la que autorizaba a esta a buscar petróleo. El hallazgo no se produjo hasta 1938, y trastocó radicalmente la estructura económica del reino. Si bien la monarquía saudí no era una forma “tradicional” de gobierno, en tanto a que no era de origen tribal como los emiratos precedentes, y además se apoyaba en una visión extrema y novedosa del islam (el wahabismo), sí es cierto que la forma de vida en la Arabia Saudí pre-petrolera no era radicalmente distinta a la de cincuenta años atrás, salvo quizá por la presencia de la policía religiosa y una rudimentaria centralización política.

Hasta el descubrimiento del petróleo, el Estado saudí era parco en recursos y apenas estaba estructurado o contaba con burocracia. Ibn Saud, como los emires tradicionales y los jefes de tribu y aldea, recibía cada día en su palacio o en su tienda (si se estaba desplazando) a todos aquellos que tuvieran peticiones que hacerle o asuntos que tratar. En las reuniones estaban presentes, además del rey y su familia, numerosos miembros de las familias derrotadas o “incorporadas” como los rashidíes. Así, el rey mostraba simbólicamente su dominio y generosidad, e ilustraba a sus familiares y rivales con su sabiduría política. El arabista británico Jack Philby estuvo en muchos de esos majlis o reuniones, y dejó escritas sus impresiones al respecto.

Los majlis eran una de las primeras muestras del poder del monarca, antes de la época de esplendor económico. La importancia de Ibn Saud se manifestaba en su indumentraia y en el respetuoso silencio: él era el protagonista y se explayaba en largos monólogos, mientras los demás asistentes asentían con murmullos. A continuación los súbditos en problemas presentaban su caso, el rey meditaba y consultaba con sus consejeros si era necesario, y expresaba su veredicto.  Aparte de estas sesiones de carácter pública, cada día Ibn Saud organizaba dos reuniones de carácter privado en la que delineaba las líneas maestras de su gobierno con sus allegados, y una sesión religiosa con ulema de su confianza.

early-20th-century-jeddahYiddah a principios del siglo XX. Fuente: Rob L. Wagner

Además de estas reuniones, el poder de Ibn Saud se manifestaba en sus excursiones al desierto, en las que conducía su flamante automóvil, acompañado por su séquito a caballo. Los nobles y notables, incluídas los hijos de las familias rivales derrotadas, participaban en carreras de cabellos con suculentos premios en oro. Cuando el rey y su corte viajaban, se llevaban consigo todas sus pertenencias y los escasos documentos reales. En sus paradas en el camino, recibían a las tribus beduinas que presentaban sus respetos. La hospitalidad y generosidad del rey eran proverbiales, y se organizó un estricto protocolo que regulaba los banquetes y raciones que se servirían a los invitados según su procedencia y relevancia social.

Cuando estableció el reino en 1932, Ibn Saud comenzó a desarrollar una administración o burocracia paralela. Contrató asesores extranjeros, tanto occidentales como árabes (egipcios, libaneses), para que le aconsejasen en materias técnicas. También tenía un ministro de finanzas, Ibn Sulayman, que gestionaba el subsidio británico que había estado recibiendo Ibn Saud hasta mediados de los años 20 y, en general,  los ingresos y gastos de la familia/estado. La mayoría de los ingresos se debían a los peregrinos, y adicionalmente a las aduanas en Hasa y al zakat, el impuesto religioso, que en algunos casos era recolectado por los mutawain.

Poco a poco el gobierno de Ibn Saud fue adquiriendo más trabajadores y se fue sofisticando más. Si bien no era capaz de construir  infraestructuras básicas o proveer servicios públicos, el ministerio de finanzas se encargó de redistribuir los ingresos del Estado a base de regalos, banquetes y festivales ceremoniales, no sin antes pagar los sueldos de los empleados públicos y las asignaciones de los hijos y familiares de Ibn Saud. También se organizó un rudimentario ministerio de asuntos exteriores que extendía visados a peregrinos y que entabló relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, EEUU, la Unión Soviética (uno de los primeros estados en reconocer el reino saudí), Holanda, Francia y más países. También sirvió de plataforma para que mercaderes de confianza del rey establecieran contactos comerciales con el exterior.

Sin embargo, a mediados de los años 30 Arabia Saudí no dejaba de ser un Estado muy deficiente y escasamente poblado, con ningún tipo de servicio público o de comodidad básica. Los saudíes no disponían de agua corriente, electricidad, sanidad pública, carreteras y otros servicios que los estados considerados “desarrollados” en la época ofrecían a sus ciudadanos. La situación cambiaría radicalmente a partir del descubrimiento del petróleo, que convirtieron a la familia saudí (y por extensión al Estado) en millonarios, posibilitando una modernización económica y social sin precedentes.

Arabia Saudí, como hemos visto, ya había experimentado cambios drásticos, fundamentalmente una unificación política y un proceso de homogeneización cultural y religiosa centrado en la identidad Najdí/wahabí. El petróleo no sacó a los árabes de un letargo medieval, como se suele afirmar. La región llevaba desde el siglo XVIII en constante cambio y transformación. No obstante la velocidad de los cambios y su impacto material y cultural se incrementarían a partir de 1938, una frecha crucial en la historia del país.

Lo veremos en la siguiente entrega. ¡Hasta entonces!

Reseña: Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto

Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto: Arabia Saudí frente a sus contradicciones, Aguilar, 2006. 257 pp.
ISBN: 84-03-09684-4.

La reseña de hoy trata sobre un libro que apareció hace diez años, pero que sigue siendo actual y relevante. Se trata de El Reino del Desierto de Ángeles Espinosa, un ensayo sobre la Arabia Saudí actual. La obra recorre diversos aspectos de la vida cotidiana en el reino saudí a través de las impresiones de la autora en sus viajes y de sus entrevistas y conversaciones con saudíes y expatriados (inmigrantes de países ricos). El capítulo sobre las mujeres es especialmente bueno. No obstante, no se trata de un libro de historia, y carece del necesario contexto histórico para entender los cambios que ha experimentado el reino en el último siglo. Esto es compensado con la viveza de los testimonios y la diversidad de temas tratados y, sobre todo, por la actitud de la autora, para nada paternalista o condescendiente.  Ángeles Espinosa justifica la escasez de referencias a la historia saudí con una cita del controvertido Amir Taheri, que afirma que un libro realmente útil sobre Arabia Saudí apenas debe dedicar una quinta parte de su contenido a la historia, pues el país está cambiando a un ritmo excepcionalmente rápido. Por el contrario, debe basarse en observaciones personales y entrevistas con saudíes de toda clase social para mostrar las tensiones internas del país. La autora ha logrado sin duda lo propuesto por Taheri, pero como historiador debo estar en desacuerdo: no es posible entender el presente sin comprender el pasado, y Arabia Saudí no es una excepción.

angelesespinosaÁngeles Espinosa. Periodista Digital

La obra está dividida en nueve capítulos. El primero es una presentación de Arabia Saudí, con menciones a su historia y organización política. En las primeras páginas Espinosa nos presenta sus primeras impresiones al llegar al reino, lleno de contrastes entre el desierto y la ciudad, la riqueza y la pobreza, las innovaciones técnicas y el tradicionalismo wahabí. Historias como la del “caballo del diablo” (una bicicleta en los años 40) ilustran la resistencia de los saudíes rurales y el estamento religioso ante las innovaciones, aunque la profusión de móviles y antenas parabólicas parece mostrar que no todos los saudíes se oponen al progreso técnico. La historia del emirato y reino desde 1744 hasta la proclamación del reino en 1902 se despacha en poco más de una página. Hay algún error conceptual, como describir a Muhammad ibn Saud como un líder tribal (En Arabia Saudí I expliqué por qué los Saud no son una dinastía tribal). Por otro lado, el equilibrio de fuerzas entre los Saud, el estamento religioso y el pueblo es contextualizado correctamente. También se explican de forma satisfactoria las desigualdades regionales y el dominio del Najd (y la doctrina wahabí) sobre las demás regiones.

El segundo capítulo, “Fantasmas negros”, habla sobre las mujeres. Este es el capítulo más brillante de la obra por la ausencia de prejuicios de la autora y la variedad de ejemplos y testimonios que ofrece. Ángeles Espinosa nos cuenta las regulaciones y normas sociales sobre la abaya (el velo saudí) y sus experiencias con diversas mujeres y familias saudíes. Su primer encuentro con una familia de saudíes, que le invitaron a ella y su marido a cenar, fue muy revelador. Cuestionadas por el velo, las saudíes (de clase alta y formación occidental) explicaron más o menos que es el precio a pagar por unas condiciones de vida inalcanzables para otras mujeres árabes. Vacaciones a Europa, compras en las mejores boutiques londinenses, servicio doméstico y tiempo libre infinito. A cambio, segregación estricta, obligatoriedad (no legal sino social) de la abaya, e imposibilidad de viajar o hacer negocios sin la autorización previa del marido o el familiar responsable. Unas cadenas doradas, de las que estas ricas mujeres saudíes no parecían necesitar ser “liberadas”. Tampoco necesitan ser “educadas”, pues el acceso de las saudíes a los estudios superiores está bastante extendido, si bien es difícil que apliquen sus conocimientos a la vida laboral. La estricta separación de sexos en el espacio público, salvo por las “salas familiares” en algunos establecimientos, son un gasto y una complicación quizá innecesarios, como ilustra el caso de los hospitales. La policía religiosa, los mutawain (hablé de ellos en Arabia Saudí III), se encargan de velar por el cumplimiento de las costumbres religiosas en las calles y cafés. Por supuesto, no todas las saudíes están de acuerdo con su condición de súbditas de segunda clase, y Espinosa nos ofrece diversos ejemplos de ello, desde empresarias hasta aspirantes a gimnastas o pilotos de avión. Un capítulo muy interesante, de obligada lectura para todos los que pontifican sobre las mujeres saudíes sin conocimiento de causa.

El tercer capítulo es igualmente bueno. Se centra en las limitaciones al ocio, la diversión y el tiempo libre, y por supuesto en los agentes de tales restricciones, los temibles mutawain. Espinosa narra una desagradable experiencia que tuvo en un café, y otras hazañas de la policía religiosa, como la vez que dejaron morir a quince niñas en un incendio en un colegio, impidiendo salir a las alumnas (que no llevaban la abaya) del edificio en llamas y no permitiendo la entrada de los bomberos. Fue en marzo de 2002.  Hay otras anécdotas interesantes, como la prohibición de importar muñecas, las fiestas desfasadas de algunos príncipes saudíes (algunas incluso con carácter homosexual), las técnicas de ligoteo en centros comerciales, las raves clandestinas en el desierto y las dificultades de los saudíes para mantener relaciones sanas y estables después del matrimonio. El hecho de que muchas parejas solo se conozcan después de casarse ha hecho que Arabia Saudí sea uno de los países musulmanes con mayor tasa de divorcios.

El capítulo cuarto trata aspectos económicos. Espinosa habla aquí de la progresiva incorporación de los saudíes al mercado laboral motivada por las dificultades económicas (anteriormente los saudíes rechazaban trabajar de recepcionistas, taxistas o cajeros), los locos horarios de trabajo, la proverbial improductividad de los saudíes, y el doble carácter de la inmigración: los ricos expats, trabajadores cualificados de origen occidental que viven en urbanizaciones aisladas y exclusivas rodeadas de medidas de seguridad, y los pobres inmigrantes procedentes del sur y el sureste asiático (Pakistán, India, Bangladesh, Filipinas) o países árabes menos prósperos (Egipto, Líbano, Palestina), totalmente desprovistos de derechos laborales y sometidos a una explotación semiesclavista. Las dos últimas secciones del capítulo recogen las actividades clandestinas entre los expats: fiestas y ceremonias religiosas (en Arabia Saudí están prohibidas las iglesias y las misas de otras religiones que no sean el islam wahabí).

El quinto capítulo habla sobre la versión wahabí de la sharía y su aplicación, o lo que es lo mismo, el terrible y deficiente récord de Arabia Saudí en lo que a Derechos Humanos se refiere. Entre otras cosas, la autora nos describe las sangrientas penas (amputación de miembros), la arbitrariedad del sistema legal (en el que no son necesarios los abogados defensores y la tortura es norma), las ejecuciones como espectáculo público, la censura y supresión de la disidencia, y las particulares justificaciones que dan las autoridades saudíes  de todo esto.

Las minorías islámicas, chiíes y suníes no wahabíes, son las protagonistas del sexto capítulo, más corto (unas diez páginas). Espinosa nos cuenta aquí distintas anécdotas que ilustran la discriminación que sufren y el odio hacia las minorías que se inculca a los saudíes en la escuela. También nos habla de la región de Hasa y Qatif (“Provincia Oriental” según la denominación oficial), y de cómo los saudíes impulsaron el crecimiento de la ciudad de Dammam para limitar la influencia de las ciudades mayoritariamente chiíes.

El séptimo capítulo tiene dos protagonistas, la familia de los Saud y los EEUU. En la primera parte, Espinosa describe la excentricidad y generosidad del rey Fahd y su séquito en sus viajes a Marbella, así como la amplitud de la familia saudí, con casi 40.000 miembros. El Estado y la Familia se confunden, nos explica Espinosa, de modo que es difícil estimar el porcentaje de los ingresos del Estado que se destinan a los sueldos y caprichos de los príncipes. Al fin y al cabo, el país se llama Arabia Saudí, que es algo así como si España se llamase Borbonia, puntualiza la autora. Aun así, la familia real es popular, o al menos no hay una oposición republicana visible. No obstante, los Saud mantienen sus asuntos en secreto, muy celosos de su privacidad (no hay prensa rosa como el ¡Hola! en la que se enseñen las casas o se analice la vida privada de los príncipes). A mediados del capítulo, Espinosa hace un inciso en el que vuelve a hablar de la historia fundacional del reino. De nuevo, comete algún error: Ibn Saud no se alió con los Ijwan (he hablado de ellos al final de Arabia Saudí III) para conquistar el Hiyaz, sino que estos fueron una creación suya, una forma de desestructurar las tribus beduinas y crear un ejército leal y adepto. Debo insistir en que los Saud no son una monarquía tribal, algo que la autora afirma varias veces a lo largo de la obra.

Continúa el capítulo con la narración de cómo los Saud y los EEUU unieron sus destinos gracias al descubrimiento del petróleo, y prosigue con la narración de la historia del reino desde 1932. Aún no he publicado la parte de mi historia de Arabia Saudí relativa a los seguidores de Ab al-Aziz ibn Saud, pero más o menos se ajusta a lo que cuenta Espinosa. El fundador del reino fue sucedido por Saud, que fue depuesto por el consejo familiar en menos de una década. Faisal, que reinó desde 1962, fue el verdadero “modernizador” del reino. Nacionalizó la industria petrolera, inició ambiciosos programas de educación y servicios públicos y multiplicó la burocracia (más o menos el proceso que describo en La construcción del Estado postcolonial). Faisal potenció el islamismo como contrapeso a las ideas nasseristas y nacionalistas árabes, y consolidó la dependencia de los ingresos del petróleo al no establecer una política fiscal. Faisal fue asesinado y sucedido por Jaled y posteriormente Fahd, que estrechó su alianza con los EEUU a la vez que aumentaba las concesiones a los ulema, a los que daba el control de la educación y los medios de comunicación. Esto creó las condiciones para el surgimiento de una oposición islamista, los llamados salafistas activistas, que se consolidó a raíz de la presencia estadounidense en el reino durante la Guerra del Golfo.

El penúltimo capítulo, el octavo, se centra en Bin Laden y la simpatía de parte de la población hacia Al Qaeda y el terrorismo islámico. La trayectoria de Bin Laden es de sobra conocida y no me detendré en ella. [Para despistados: Bin Laden pertenece a una rica familia del negocio de la construcción; fue a Afganistán durante la invasión soviética para apoyar a la resistencia afgana y fundó Al Qaeda junto con varios compañeros saudíes; a su vuelta a Arabia Saudí a finales de los 80 ofreció sus servicios y los de su organización a la familia real, que estaba muy preocupada por la invasión de Kuwait por Saddam. Los Saud rechazaron la ayuda de Al Qaeda y acudieron a los americanos para proteger su reino, en ese momento Bin Laden se enfadó mucho y decidió hacer la yihad global con su organización].  Al Qaeda le vino muy bien al régimen saudí, que pudo calificar de terroristas a todas las organizaciones opositoras islamistas (es decir, la mayoría), aunque estas no apoyasen la violencia. Fue el caso del Movimiento para la Reforma Islámica de Arabia, el MIRA, que fue incluido en la lista de organizaciones terroristas de la ONU.

El último capítulo trata de las consecuencias del 11S en la política interna y externa saudí. Comienza narrando la historia de un simpatizante del salafismo radical que se retractó. Posteriormente, Espinosa cuenta los esfuerzos del gobierno saudí de mejorar su imagen ante el exterior (la mayoría de los terroristas del 11S eran saudíes), organizando una conferencia antiterrorista. Los atentados de 2003 dirigidos contra inmigrantes occidentales hicieron que muchos expats abandonasen el país y que los que quedaban se encerrasen aún más en sus urbanizaciones. El problema, explica Espinosa respaldada por varios testimonios saudíes, está en la educación religiosa, memorística y acrítica, que no fomenta la reflexión y el debate. Los que más sufren las consecuencias son los propios saudíes, que ven aumentar sus problemas cuando viajan al extranjero. En el breve epílogo, Ángeles Espinosa expresa sus dudas sobra la capacidad del reino de modernizarse y democratizarse. El tiempo parece haberle dado la razón.

El Reino del Desierto, en definitiva, es un libro muy recomendable. Carece de un análisis histórico que permita explicar y comprender en profundidad las particularidades del reino, pero aparte de eso es una muy buena aproximación a las vicisitudes de la vida cotidiana en Arabia Saudí y los tejemanejes internos de los Saud. Si se me permite una queja puntillosa, no me ha gustado que en ocasiones se utilice el adjetivo “medieval”. Arabia Saudí es una formación política muy reciente en términos históricos. El wahabismo no es una doctrina medieval, sino un movimiento reformista surgido en pleno siglo XVIII, como reacción a las transformaciones que experimentaban los países árabes y a las “perversiones” que sus promotores veían en la jurisprudencia tradicional. Es un movimiento retrógrado y casi totalitario, sin duda, pero nadie ha dicho que las “reformas” tengan que ser necesariamente progresistas. La situación de Arabia Saudí, la discriminación de la mujer, las torturas y ausencias de derechos humanos, el gobierno autoritario de una familia que gestiona el país como si fuera su finca privada, no es el fruto de una herencia medieval, sino de las transformaciones que la península arábiga experimentó entre los siglos XVIII y XX. El Reino del Desierto no lo tiene en cuenta, pero aparte de esto, es una muy buena lectura. Ángeles Espinosa, corresponsal de El País en Oriente Medio (podéis seguirla en Twitter), ha conseguido una imagen muy viva y humana de Arabia Saudí, un libro ameno y sin prejuicios que se lee muy rápidamente, algo que tiene muchísimo mérito.