Arabia Saudí V: Petróleo con sabor americano (1938-1953)

En la entrega anterior vimos como Ibn Saud pacificó a los Ijwan, aseguró su sucesión y organizó un rudimentario estado. Hoy hablaremos de lo que pasó desde que el petróleo fue descubierto en 1938 hasta su muerte. La prosperidad aumentó el poder de los Saud, pero hizo surgir nuevos problemas sociales. Al mismo tiempo, Ibn Saud cerró una alianza con los EEUU que dura hasta hoy.

Historia de Arabia Saudí
1Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


La llegada del petróleo

Un año después de proclamar oficialmente el reino de Arabia Saudí, Ibn Saud tenía una deuda de más de 300,000 libras esterlinas de la época, según cuenta la historiadora Al Rasheed. Como decía en la entrega anterior, hasta entonces la mayor fuente de ingresos eran las caravanas de peregrinos hacia La Meca. La crisis global de 1929, no obstante, había hecho descender dramáticamente el número de peregrinos, con fatídicas repercusiones para el tesoro Saudí, que no rebajó el nivel de gastos.

Por este motivo, en 1933 el monarca firmó un acuerdo con la Standard Oil de California (SOCAL) para realizar prospecciones petrolíferas en su territorio. El oro negro había sido descubierto en el vecino emirato de Bahrein, y podía resultar una fuente de ingresos estable y segura. La Anglo-Persian Oil Company (posteriormente BP), que tenía prácticamente el monopolio de la explotación en el cercano Irán, ofrecía condiciones mucho menos competitivas. Para cubrirse las espaldas teológicamente, Ibn Saud recurrió a la sura 109 del Corán:

Di: ¡oh infieles!
No adoraré lo que vosotros adoráis
Vosotros no adoráis lo que yo adoro
Yo no adoro lo que vosotros adoráis
Vosotros no adoráis lo que yo adoro
Vosotros tenéis vuestra religión y yo tengo la mía

Y es que en los siguientes años, con la presencia de ingenieros, trabajadores y empresarios americanos, británicos y holandeses, se iba a multiplicar el número de infieles occidentales en el reino, que hasta entonces solo habían sido unos pocos consejeros británicos. Philby, uno de estos consejeros que se había convertido al islam, actuó como representante saudí ante los americanos. Ibn Saud le debía dinero al propio Philby, que obtuvo el mejor acuerdo posible para el rey saudí además de una sustanciosa comisión. El arabista británico perjudicó los intereses de su imperio permitiendo la entrada de capital e influencia estadounidenses, pero de todos es sabido que el dinero no tiene patria.

Durante cinco años se realizaron labores de prospección por los distintos territorios del reino, hasta que en 1938 empezó a fluir oro negro de la tierra cerca de Dammam. En mayo de 1939 partió el primer petrolero hacia Estados Unidos. La producción diaria superaba los 1.500 barriles de petróleo, mucho más de lo que producían los pozos en suelo americano. Antes de eso, Ibn Saud ya había gastado los pagos iniciales para saldar sus deudas y construir lujosos palacios para su familia y los invitados.

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Soldado saudí en los años 40. Fuente, Aramco expats

En 1944 se formó ARAMCO, la Arabian American Oil Company, como subsidiaria de la SOCAL. La producción, sin embargo, no despegó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reestableció plenamente el comercio mundial. En 1943 Roosevelt declaró que Arabia Saudí era “vital para la defensa de los Estados Unidos”, y el reino saudí se pudo beneficiar de generosos préstamos, a la vez que declaraba la guerra al Eje. ARAMCO, además de extraer el petróleo, se convirtió en la empresa constructora y proveedora de servicios públicos para el reino. Una especie de enorme subcontrata que construía carreteras, hospitales, tuberías y demás infraestructuras.

Riad se convirtió en el epicentro del sector de la construcción, aumentando su población de (aproximadamente) 45.000 personas en 1940 a 80.000 en 1950. Números modestos todavía en comparación con los estándares actuales, pero brutales si tenemos en cuenta que medio siglo atrás Riad era poco menos que un pueblo. La ciudad no solo crecía en tamaño sino también en infraestructuras. Comenzaron a instalarse bombas de agua que llevaban el agua corriente de los pozos subterráneos a fuentes y viviendas particulares. Aumentaba el número de coches (que pertenecían casi exclusivamente al clan de los Saud) y aviones en las fuerzas aéreas, y en 1951 se finalizó la primera línea de ferrocarril del reino (aparte del proyecto Estambul- La Meca que fue destruido en la primera Guerra Mundial).

Transformaciones sociales

La llegada de la industria petrolífera alteró para siempre la estructura social de Arabia Saudí. Esto no se debía a una influencia benigna de los trabajadores occidentales de ARAMCO, ni mucho menos. Los estadounidenses, un tercio de los 20.000 empleados de la compañía, vivían en una comunidad privada rodeada de alambre de espino y dotada de todo tipo de servicios, una especie de ciudad americana en medio del desierto saudí, similar a los campamentos militares del ejército estadounidense a lo largo del globo. Apenas se mezclaban o integraban con la población local, por xenofobia y en parte por exigencias de Ibn Saud, que invocaba la sura de los infieles. Esta tendencia continúa en la actualidad, como describe Ángeles Espinosa en su libro.

Sin embargo, ARAMCO precisaba también de mano de obra nativa no cualificada, y comenzó a reclutar trabajadores saudíes para sus cuatro pozos petrolíferos y sus proyectos de infraestructuras. La mayoría de estos trabajadores, en torno a dos tercios, provenían de la región chií de Hasa, donde se situaba la mayor parte de la industria petrolera, aunque también había población sedentaria del Najd y algunos beduinos del desierto. Casi todos provenían de familias rurales empobrecidas, atraídos por la promesa de pago en metálico (una práctica poco común por aquel entonces).

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Trabajador saudí de ARAMCO en los años 40. Fuente: Aramcoexpats

Los trabajadores saudíes vivían en barracas sin ningún tipo de servicio público, y la experiencia compartida hizo que por primera vez comenzaran a desarrollar una identidad saudí, por encima de las distinciones de tribu y aldea. El número de trabajadores saudíes de ARAMCO no superaba los 13.500 de una población total de 2,5 millones, pero su influencia se extendería a toda la sociedad. También había una pequeña comunidad de trabajadores provenientes de países árabes y africanos que difundieron entre los obreros saudíes nuevas noticias e ideas.

Algunos de aquellos trabajadores libaneses o palestinos trajeron consigo radios que se escuchaban en común. Estas radios hablaban de eventos desconocidos para los saudíes, que empezaron a entender el momento histórico global que estaban viviendo. La preocupación por la situación de Palestina, el pan-arabismo, el nasserismo y las ideas comunistas y socialistas entraron así en Arabi Saudí, que por primera vez se convertía en un país receptor de inmigrantes. Los trabajadores de ARAMCO se organizaron para exigir mejoras en su salario y en sus condiciones de trabajo, organizando huelgas y disturbios.

Si bien Ibn Saud no llegaría a presenciar la influencia de estos cambios, sus sucesores sí que lo harían. Los problemas del reino dejaban de ser tribales y tradicionales, y comenzaban a estar relacionados con las desigualdades económicas y la situación general del mundo árabe. Si los principales desafíos de Ibn Saud habían sido los típicos a los que se enfrentaban los emires de la Arabia pre-moderna (la conquista, pacificación, e integración de las distintas tribus), sus sucesores tendrían que hacer frente a problemas sociales, a huelgas, disturbios políticos, agitación comunista y pan-árabe…

El amigo americano

Ibn Saud había conseguido unificar y pacificar los territorios que hoy conforman Arabia Saudí. En 1930 se había anexionado la región de Asir, aunque había permitido la continuidad de los gobernantes locales, los Idrisi. Éstos, en connivencia con algunas familias notables del Hiyaz descontentas con el dominio de Ibn Saud, se rebelaron en 1932. La rebelión fue abortada rápidamente, aunque el Imam de Yemen intervino para ayudar a los Idrisi. Ibn Saud pidió armas y apoyo a los británicos, pero estos se desentendieron, pues percibían el conflicto como una disputa fronteriza que no afectaba a sus intereses. Arabia Saudí y Yemen hicieron las paces rápidamente, ya que carecían de los fondos y el armamento para llevar a cabo una guerra de desgaste. Al Rasheed especula que esta fue una de las razones por las que Ibn Saud decidió firmar la concesión petrolífera con los estadounidenses en vez de con los británicos: se sentía decepcionado por la falta de apoyo a sus conflictos bélicos. Además, los británicos eran el principal sostén de los reinos hachemitas de Iraq y Transjordania. Los hachemitas, recordemos, eran la familia que había regido tradicionalmente sobre el Hiyaz, y ahora ocupaban el trono de dos ex-mandatos británicos.

1Ibn Saud y Roosevelt, 1945. Rob L. Wagner

El gobierno de Estados Unidos, por el contrario, parecía lo suficientemente lejano como para tener intereses imperiales en el área. Además, como dije antes, durante la segunda Guerra Mundial habían concedido ventajas (dinero y armas) al entender que el suministro de petróleo era vital para su defensa. En 1945, Ibn Saud y el presidente Roosevelt se reunieron en un crucero cerca de Suez. Acordaron que los americanos construirían una base aérea en el reino, y que sus barcos podrían usar los puertos saudíes. A cambio, Ibn Saud confirmaba el acuerdo con ARAMCO y daba permiso para construir un oleoducto entre la región petrolera de Hasa y el Mediterráneo. Ibn Saud encontró así un poderoso aliado internacional, y los EEUU consiguieron nuevas bases aéreas, rutas marítimas y petróleo a buen precio.

El principal damnificado era el Imperio Británico, que veía como Arabia Saudí escapaba de su esfera de influencia. Por primera vez, EEUU sustituía a Gran Bretaña como aliado de un país remoto. Además, EEUU obtenía su primer socio en Oriente Medio. Los británicos, por su parte, entraban en un periodo de retroceso que culminaría con su abandono de la India en 1947. Se iniciaba así una relación muy fructífera para Estados Unidos y Arabia Saudí que ya mencioné en Independencia y Guerra Fría. Petróleo a buen precio a cambio de protección y la no interferencia en política interna.

Los últimos años de Ibn Saud

Ibn Saud murió en 1953. Sus últimos años los pasó en calma y tranquilidad, rodeado de lujos y de sus seres queridos. Sus dos hijos mayores, de los que hablamos en la entrega anterior, el príncipe heredero Saud, y Faisal, llevaban ya unos años haciéndose cargo de las regiones de Najd y Hiyaz. El imperio de ARAMCO, mientras tanto, crecía y prosperaba en Hasa.  Satisfecho con sus logros, Ibn Saud se fue retirando poco a poco de la vida pública y centrándose en educar a sus últimos hijos, los nacidos en los años 30 y 40, que no eran fruto de uniones políticas sino de las concubinas favoritas del harem del rey saudí. Una de estas concubinas era la armenia Munaiyir, que las fuentes británicas y americanas describen como la favorita del monarca por su inteligencia y belleza. Con ella tuvo un hijo, Talal, que se convirtió en uno de los más queridos de Ibn Saud. A pesar de ser su vigésimo hijo, el rey promovió su carrera a costa de sus otros hermanos, lo que le hizo ser objeto de celos y envidia. Talal, que fue llamado “el príncipe rojo”,  se convertiría después en un personaje de importancia, el díscolo líder de los “Príncipes libres” que durante los 60 criticaron al régimen. Pero eso lo dejamos para una futura entrega.

Como curiosidad con sabor español, en abril de 1952, año y medio antes de su muerte, Ibn Saud y sus hijos Saud y Faisal recibían condecoraciones militares por orden de Franco. Ibn Saud recibía la “Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar con Distintivo Blanco” por sus relevantes méritos y su amor a España. A Saud se le otorgaba la “Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas” como muestra de aprecio personal por parte del dictador español. Y Faisal era condecorado con la “Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil”, también como muestra de aprecio. Franco cultivó las relaciones de España con los países árabes a través de la concesión de medallas y honores a sus líderes. También condecoraría a Sadam Hussein décadas más tarde.

boe-1952Hoja del BOE del 22 de abril de 1952 con las condecoraciones a los Saud

Abdulaziz ibn Abdul Rahman ibn Faisal ibn Turki ibn Abdullah ibn Muhammad Al Saud murió en la cama el 9 de noviembre de 1953 con su hijo Faisal a su lado. Arabia Saudí había sido su creación y su obra. ¿Sobreviviría el reino a su muerte? El petróleo había traído riquezas y estabilidad, pero al mismo tiempo había planteado problemas para los que la rudimentaria administración no tenía soluciones.

Con el fallecimiento del gran patriarca comenzaba una nueva era para el reino. En la próxima entrega veremos qué pasó durante los primeros años de esa nueva era.

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Arabia Saudí IV: El reino antes del petróleo (1926-1938)

Continuamos con la historia de Arabia Saudí. Nos habíamos quedado en 1926, cuando Ibn Saud completa la conquista del territorio. Los agentes de la conquista habían sido, por un lado, los mutawain, el bajo clero del desierto najdí; y los ijwan, una hermandad de guerreros tribales al servicio del wahabismo (véase la entrega anterior). Paralelamente, habían comenzado a surgir ulema wahabíes propiamente dichos, es decir, expertos religiosos en la doctrina hanbalí que dominaban todos los aspectos de las ciencias islámicas, algo que sería muy importante posteriormente.

Historia de Arabia Saudí
1 –
Geografía y primer emirato saudí (1744-1818)
2 – El siglo XIX (1818-1919)
3 – Conquista y dominio (1919-1926)
4 – El reino antes del petróleo (1926-1938)
5 – Petróleo con sabor americano (1938-1953)
6 – El breve reinado de Saud (1953-1964)
7 – El despotismo ilustrado de Faisal (1964-1975)


La rebelión de los Ijwan (1927-1930)

Una vez completada la conquista, comenzaron a aflorar las tensiones con respecto a la forma de entender el gobierno y el liderazgo. Ibn Saud veía la anexión de el Hiyaz como la restauración del dominio de sus antepasados y la ampliación de su patrimonio personal. Los mutawain y los ijwan, por el contrario, la percibían como una ampliación de la umma (comunidad islámica) y una oportunidad para expandir la fe y continuar la yihad. Los ijwan se veían como iguales de Ibn Saud, no súbditos. Muchos de ellos, pese a estar convertidos a la causa wahabí, recordaban su linaje tribal y aspiraban a ejercer posiciones de liderazgo en los recién conquistados territorios. El más famoso de ellos era Faisal al-Duwaish, un jeque de una tribu beduina del Najd sedentarizada.

Tras la conquista del Hiyaz, los líderes ijwan organizaron una asamblea o conferencia en al-Artauiya, la aldea de Faisal al-Duwaish y uno de los asentamientos que Ibn Saud había creado para los ijwan. Allí, los guerreros wahabíes discutieron varios asuntos, como las características del buen liderazgo religioso, la legitimidad islámica de los impuestos establecidos por Ibn Saud, el estilo de vida lujurioso y relajado del sultán del Najd y rey del Hiyaz, sus numerosos matriminios y, no menos importante su relación con los ingleses. También se habló de la necesidad de “islamizar” a los chiíes de Hasa, de los límites de la yihad y del problema que suponían los peregrinos de otras partes del mundo islámico, con su música y sus cantos.

724px-flag_of_ikhwan-svgLa bandera negra de la hermandad Ijwan. Fuente: Wikipedia

Ibn Saud reaccionó convocando otra conferencia en la que él personalmente consultaría a los ulema wahabíes. Los ulema respondieron a cada uno de los puntos planteados por los ijwan: sin duda, era necesario islamizar a los chiíes, y desde luego había que impedir a los peregrinos cantar y tocar música. También recomendaron destruir las tumbas y monumentos de santos. Sobre la yihad, los ulema recordaron que proclamar la yihad ofensiva correspondía únicamente al líder de la comunidad, al Imam, es decir, a Ibn Saud. También rechazaron las alegaciones de que su estilo de vida fuera anti-islámico. ¡Cómo iba a ser Ibn Saud un hombre impío si se gastaba un dineral en construir mezquitas y madrasas y en dar de comer a los ulema y mutawain!

Los ijwan rechazaron las explicaciones de los ulema de Riad e insistieron en su desafío. Esta rebelión, en un principio, no se dirigió contra Ibn Saud. Los ijwan simplemente se negaban a ser desmovilizados y continuaron haciendo la yihad, atacando Jordania y Kuwait, para horror de los emires locales y de los británicos, que recurrieron a la fuerza aérea para defender a sus aliados. El uso de aviación contra grupos insurgentes en el desierto, como podéis ver, no es algo especialmente reciente.

En 1928, Ibn Saud mandó cartas a todos los rincones del reino anunciando su abdicación y convocó a sus seguidores en Riad. Ulema, mutawain, jefes locales, la aristocracia comercial y, en definitiva, las “fuerzas vivas” del reino acudieron a la llamada. En la capital, Ibn Saud pronunció un discurso recordando su épica conquista de la ciudad con medio centenar de hombres, la necesidad religiosa de seguir a un líder, el progreso económico, y el grado de islamización que habían alcanzado. A continuación, pidió a los notables allí presentes que, si no estaban contentos con su liderazgo, eligieran a otro miembro de su familia para gobernar. Esto último es importante, pues nos muestra la imagen patrimonial que Ibn Saud tenía de sus dominios. Ibn Saud no podía concebir que otra familia salvo la suya ejerciese el poder. Y es que, como cuenta Ángeles Espinosa en su libro, los Saud ven Arabia Saudí como su finca particular.

No se propuso a ningún candidato alternativo, de modo que Ibn Saud continuó al mando. Además, los ulema decretaron que los ijwan estaban actuando sin el consenso de la comunidad religiosa, que su yihad no eran más que ataques bárbaros, y que Faisal al-Duwaish era un usurpador que debía ser destruido. Aparte de eso, llegaron a la conclusión de que el telégrafo no era un artefacto diabólico, y que su uso estaba religiosamente permitido. De este modo,  Ibn Saud y sus seguidores se prepararon para aplastar la rebelión ijwan.

arabia-unified-xGuerrero Ijwan hacia 1923. Fuente: ctesiphon.com

Ibn Saud salió muy reforzado de la “conferencia” en Riad. Su relación con los ulema de Riad se había estrechado. La división de tareas que se inició durante el primer emirato saudí se consolidó: Ibn Saudí se encargaría de gobernar y dirigir los ejércitos, y los ulema de emitir fatuas sancionando las acciones del monarca y controlar a sus discípulos, los mutawain. La religión estaba supeditada a la política, no al revés. La legitimidad de Ibn Saud dependía de los clérigos, es cierto, pero estos necesitaban los subsidios y la protección de Ibn Saud.

En 1929, Ibn Saud reunió un gran ejército reclutado de entre la base tradicional de los ejércitos saudíes, la población sedentaria del Najd. La batalla de Sabila fue su primer gran enfrentamiento: a los ijwan montados en camellos se enfrentaron las tropas saudíes a caballo con apoyo de ametralladoras. Tras esta aplastante victoria saudí, los ijwan trataron de refugiarse en Kuwait, donde les esperaba la fuerza aérea británica. Finalmente, en 1930 los ijwan se rindieron a los británicos en Kuwait. Tras asegurarse que la vida de los prisioneros sería respetada y que no habría ejecuciones masivas, los ijwan cautivos fueron traspasados a Riad.

La rebelión fue aplastada, y la importancia del mundo tribal en el emergente estado saudí fue disminuyendo cada vez más. Los ijwan habían sido útiles en la expansión territorial, pero después se convirtieron en una amenaza para el dominio de Ibn Saud. El rey saudí no estaba dispuesto a compartir el poder con ellos ni permitirles conservar su influencia. Desconfiaba de los beduinos, y la rebelión fue la ocasión perfecta para eliminarles de la estructura de poder. Los ulema, en cambio, se habían mostrado cruciales a la hora de garantizar la estabilidad en tiempos de crisis, y su importancia en el estado aumentaría con el tiempo. Los clérigos tenían la última palabra sobre las nuevas tecnologías, que se multiplicarían durante las siguientes décadas.

Abortada la insurrección ijwan y pacificado el territorio, Ibn Saud se vio con confianza como para unificar política y administrativamente los reinos del Najd y el Hiyaz y proclamarse a sí mismo rey de un nuevo país llamado Arabia Saudí. Corría el año 1932. El reino, todo hay que decirlo, era uno de los más pobres y subdesarrollados del mundo, pero al menos era independiente y no estaba sujeto a ninguna potencia colonial, como sucedía con el resto de países árabes. Aún no se había descubierto el petróleo, y la economía saudí se limitaba a la agricultura, el pastoreo, el comercio interno y los ingresos derivados del peregrinaje anual a La Meca.

La estabilización de la dinastía

Ibn Saud, que superaba ya el medio siglo de edad, conocía bien la historia de su familia, y no estaba dispuesto a ver cómo las luchas interfamiliares que habían desgajado el segundo emirato acababan con su legado. De modo que, una vez unificado y estabilizado el reino, se dedicó a controlar a las ramas díscolas de su familia y organizar la sucesión para que sus hijos, y no sus hermanos o primos, fueran los herederos de su reino. Una vez pacificado el reino, quedaba pacificar a la familia.

Las ramas colaterales de los Saud, de hecho, ya le habían ocasionado problemas. Los Araif, sus primos paternos, protagonizaron una rebelión en la región oriental durante 1908. El conflicto se resolvió después de varias batallas y un acuerdo matrimonial: la hermana de Ibn Saud se casaría con su primo, y sus descendientes quedarían bajo la supervisión del patriarca Ibn Saud. La política matrimonial, de hecho, se convertiría en uno de los pilares del régimen de los Saud, cómo veremos más adelante.

arabia-unified-dIbn Saud con algunos de sus hermanos e hijos. Fuente: ebay

Ibn Saud aprendió la lección y evitó amenazas incorporando a diversos miembros de las ramas colaterales del clan Saud en distintos puestos de poder. Los Juluwi, descendientes de Turki (el fundador del segundo emirato saudí), estuvieron junto a Ibn Saud desde el primer momento. Abdullah Ibn Juluwi, amigo y compañero de Ibn Saud, fue recompensado con el gobierno de Qasim en 1908 (el mismo año de la rebelión de los primos díscolos), y cinco años después se le dio el mando de toda la región de Hasa. Sus hijos y hermanos fueron incorporados también a la rudimentaria estructura estatal saudí: siendo “funcionarios” y beneficiarios de las pagas de Ibn Saud, no se opusieron a él.

En mayo de 1933, Ibn Saud nombró príncipe heredero a su hijo Saud, para así prevenir conflictos sucesorios y rencillas familiares. Ibn Saud quería que sus hijos fueran sus sucesores, especialmente los mayores, Saud y Faisal, que habían estado presentes y activos durante las campañas de conquista y pacificación. El trono sería sucesivamente para ellos, y después para los demás hermanos. Los seis reyes que han sucedido a Ibn Saud han sido, en efecto, hijos suyos. Con más de 40 hijos varones, parece que quedan herederos para rato, aunque llegará un momento en el que este modelo de sucesión sea generacionalmente insostenible.

En los primeros años del reino, el principal desafío para una sucesión estable eran los seis medio-hermanos de Ibn Saud, que podían reclamar el trono para ellos o sus descendientes. Saad, su único hermano de madre y padre murió en una de las campañas contra los hachemíes en el Hiyaz. Saud quedó desolado, y aprovechó para casarse con la viuda de su hermano. ¿Cómo lidió Ibn Saud con los rivales en el seno de su propia familia, algunos de los cuales habían sido piezas claves de la conquista del Hiyaz o de la pacificación de los ijwan? Maniobrando hábilmente, dándoles posiciones ceremoniales pero con escaso poder, cooptándoles con dinero y lujos, superándoles numéricamente (Ibn Saud tuvo 43 hijos y más de 50 hijas), o gracias a desafortunados “accidentes.” Se dice que en 1927, Jalid, un sobrino de Ibn Saud, intentó asesinar a Saud, el futuro príncipe heredero. Cuando se estableció el reino, Jalid era uno de los principales candidatos alternativos a la sucesión, aunque por suerte para Ibn Saud y su hijo, murió “misteriosamente” en 1938.

Los matrimonios de Ibn Saud

Incluso para una sociedad polígama como era Arabia, Ibn Saud tenía un harem excesivamente grande. Había llegado a casarse con más de 200 mujeres, divorciándose de muchas ellas. Además de esposas, tenía numerosas concubinas “exóticas”, que abandonarían su posición de esclavas tras dar a luz a un hijo varón. La interpretación “tradicional” del islam en cuanto a poliginia no permite que un hombre tenga más de cuatro esposas, pero ni a Ibn Saud ni a los ulema que le apoyaban parecía importarles.

Jack Philby pensaba que el amplio número de matrimonios de Ibn Saud se debía a una estrategia política deliberada. El monarca, en efecto, se casaba con las hijas y hermanas de sus aliados y subordinados: las élites de los oasis, las familias de tradición religiosa, las familias más nobles y antiguas de las confederaciones tribales. Ibn Saud se casaría también con numerosas hijas y hermanas de sus rivales derrotados, alcanzando así un doble objetivo. En primer lugar, se aseguraba la lealtad y la obediencia de las élites derrotadas, que no intentarían nada contra Ibn Saud para no poner a sus mujeres en peligro. Además, “dominaba” simbólicamente a estas derrotadas élites, arrebatando sus mujeres e incorporándolas a su harem, siempre en expansión.

Historiadores contemporáneos como al-Rashid, por el contrario, afirman que la política de Ibn Saud no puede calificarse estrictamente como de “alianzas matrimoniales”, ya que para que una alianza matrimonial funcione, es preciso que el intercambio de esposos y esposas sea mutuo. Ibn Saud, por el contrario, solo dejaba que sus hijas se casasen dentro del seno de su propia familia. Además, la poligamia y el divorcio no favorecen el desarrollo de alianzas, sino que crean rencillas y rivalidades. Por estos motivos niegan que el rey saudí casase por motivos estratégicos, y achacan su gran número de matrimonios al deseo de Ibn Saud de dejar claro su dominio político y, por qué no, a un apetito sexual aparentemente insaciable.

al-ahsaLa ciudad-oasis de al-Hasa a principios siglo XX. La foto parece ser posterior a la conquista saudí dado el elevado número de abayas. Fuente: Rob L. Wagner

La Arabia Saudí pre-petrolera

En 1933, Ibn Saud firmó una concesión con una compañía americana, en la que autorizaba a esta a buscar petróleo. El hallazgo no se produjo hasta 1938, y trastocó radicalmente la estructura económica del reino. Si bien la monarquía saudí no era una forma “tradicional” de gobierno, en tanto a que no era de origen tribal como los emiratos precedentes, y además se apoyaba en una visión extrema y novedosa del islam (el wahabismo), sí es cierto que la forma de vida en la Arabia Saudí pre-petrolera no era radicalmente distinta a la de cincuenta años atrás, salvo quizá por la presencia de la policía religiosa y una rudimentaria centralización política.

Hasta el descubrimiento del petróleo, el Estado saudí era parco en recursos y apenas estaba estructurado o contaba con burocracia. Ibn Saud, como los emires tradicionales y los jefes de tribu y aldea, recibía cada día en su palacio o en su tienda (si se estaba desplazando) a todos aquellos que tuvieran peticiones que hacerle o asuntos que tratar. En las reuniones estaban presentes, además del rey y su familia, numerosos miembros de las familias derrotadas o “incorporadas” como los rashidíes. Así, el rey mostraba simbólicamente su dominio y generosidad, e ilustraba a sus familiares y rivales con su sabiduría política. El arabista británico Jack Philby estuvo en muchos de esos majlis o reuniones, y dejó escritas sus impresiones al respecto.

Los majlis eran una de las primeras muestras del poder del monarca, antes de la época de esplendor económico. La importancia de Ibn Saud se manifestaba en su indumentraia y en el respetuoso silencio: él era el protagonista y se explayaba en largos monólogos, mientras los demás asistentes asentían con murmullos. A continuación los súbditos en problemas presentaban su caso, el rey meditaba y consultaba con sus consejeros si era necesario, y expresaba su veredicto.  Aparte de estas sesiones de carácter pública, cada día Ibn Saud organizaba dos reuniones de carácter privado en la que delineaba las líneas maestras de su gobierno con sus allegados, y una sesión religiosa con ulema de su confianza.

early-20th-century-jeddahYiddah a principios del siglo XX. Fuente: Rob L. Wagner

Además de estas reuniones, el poder de Ibn Saud se manifestaba en sus excursiones al desierto, en las que conducía su flamante automóvil, acompañado por su séquito a caballo. Los nobles y notables, incluídas los hijos de las familias rivales derrotadas, participaban en carreras de cabellos con suculentos premios en oro. Cuando el rey y su corte viajaban, se llevaban consigo todas sus pertenencias y los escasos documentos reales. En sus paradas en el camino, recibían a las tribus beduinas que presentaban sus respetos. La hospitalidad y generosidad del rey eran proverbiales, y se organizó un estricto protocolo que regulaba los banquetes y raciones que se servirían a los invitados según su procedencia y relevancia social.

Cuando estableció el reino en 1932, Ibn Saud comenzó a desarrollar una administración o burocracia paralela. Contrató asesores extranjeros, tanto occidentales como árabes (egipcios, libaneses), para que le aconsejasen en materias técnicas. También tenía un ministro de finanzas, Ibn Sulayman, que gestionaba el subsidio británico que había estado recibiendo Ibn Saud hasta mediados de los años 20 y, en general,  los ingresos y gastos de la familia/estado. La mayoría de los ingresos se debían a los peregrinos, y adicionalmente a las aduanas en Hasa y al zakat, el impuesto religioso, que en algunos casos era recolectado por los mutawain.

Poco a poco el gobierno de Ibn Saud fue adquiriendo más trabajadores y se fue sofisticando más. Si bien no era capaz de construir  infraestructuras básicas o proveer servicios públicos, el ministerio de finanzas se encargó de redistribuir los ingresos del Estado a base de regalos, banquetes y festivales ceremoniales, no sin antes pagar los sueldos de los empleados públicos y las asignaciones de los hijos y familiares de Ibn Saud. También se organizó un rudimentario ministerio de asuntos exteriores que extendía visados a peregrinos y que entabló relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, EEUU, la Unión Soviética (uno de los primeros estados en reconocer el reino saudí), Holanda, Francia y más países. También sirvió de plataforma para que mercaderes de confianza del rey establecieran contactos comerciales con el exterior.

Sin embargo, a mediados de los años 30 Arabia Saudí no dejaba de ser un Estado muy deficiente y escasamente poblado, con ningún tipo de servicio público o de comodidad básica. Los saudíes no disponían de agua corriente, electricidad, sanidad pública, carreteras y otros servicios que los estados considerados “desarrollados” en la época ofrecían a sus ciudadanos. La situación cambiaría radicalmente a partir del descubrimiento del petróleo, que convirtieron a la familia saudí (y por extensión al Estado) en millonarios, posibilitando una modernización económica y social sin precedentes.

Arabia Saudí, como hemos visto, ya había experimentado cambios drásticos, fundamentalmente una unificación política y un proceso de homogeneización cultural y religiosa centrado en la identidad Najdí/wahabí. El petróleo no sacó a los árabes de un letargo medieval, como se suele afirmar. La región llevaba desde el siglo XVIII en constante cambio y transformación. No obstante la velocidad de los cambios y su impacto material y cultural se incrementarían a partir de 1938, una frecha crucial en la historia del país.

Lo veremos en la siguiente entrega. ¡Hasta entonces!