Reseña: Miradas de Irán – Historia y cultura (2021)

Fernando Camacho Padilla, Fernando Escribano Martín, Nadereh Farzamnia Hajardovom, José Luis Neila Hernández (coords.), Miradas de Irán: Historia y cultura, Catarata, 2021, 284 pp.

ISBN 978-84-1352-233-3

La iranología (o iranística) española es un campo de estudios modesto pero que está creciendo mucho en los últimos años. Miradas de Irán – Historia y Cultura (Catarata, 2021), una colección de ensayos editada por Fernando Camacho Padilla, Fernando Escribano Martín, Nadereh Farzamnia Hajardvodom y José Luis Neila Hernández, es una muestra muy amplia de la diversidad de estudios sobre la historia y la cultura iraníes que se están realizando en lengua castellana . La mayoría de los contribuidores están ligados de algún modo u otro a la Universidad Autónoma de Madrid, uno de los centros que más ha apostado por la investigación sobre Irán y la colaboración con instituciones académicas persas, como la Universidad Allameh Tabataba’i. El libro, en general, es una magnífica aportación a la literatura académica en español y una gran adquisición para cualquier lector cuyo interés en Irán vaya más allá de la historia política.

Portada del libro "Miradas de Irán. Historia y cultura", publicado por la editorial Catarata.

La obra se divide en tres bloques: estudios históricos, estudios literarios y estudios visuales. Si bien más allá de Irán no hay un hilo conductor claro entre los distintos capítulos, la obra está bien estructuada y, sobre todo, cubre temas prácticamente inéditos en castellano. Esta es sin duda la mayor virtud del libro: acercar a los lectores hispanohablantes aspectos muy diversos sobre la historia y la literatura persas que hasta ahora no habían tenido presencia en nuestro idioma, además de mostrar que la iranología española, inaugurada por el gran Joaquín Rodríguez, cuenta con una gran «cantera» de jóvenes investigadores. También hay contribuciones muy interesantes de investigadores procedentes de Irán que trabajan en universidades españolas. De algún modo, tengo la sensación de que el encuentro Imagen e Imaginario España-Irán, celebrado en la UAM en 2016 y al que tuve la suerte de asistir como espectador, sentó las bases de lo que después sería este libro. En la introducción, Fernando Camacho y Fernando Escribano hacen un breve repaso a la historia de la iranología española, una lectura indispensable para quien quiera conocer este modesto campo de estudios que, como decía, parece tener un gran futuro.

La sección de estudios históricos cuenta con cuatro capítulos que abarcan periodos y fenómenos muy diversos. En el primero, Fernando Escribano recorre cuatro siglos de relaciones diplomáticas hispanoiraníes deteniéndose en ciertas obras literarias que dejaron testimonio de distintas expediciones y embajadas. La primera de ellas es la Embajada a Tamerlán de Ruy González de Clavijo, uno de los primeros libros de viaje de la literatura europea y un testimonio interesantísimo de la diplomacia castellana medieval (la embajada tuvo lugar entre 1403 y 1406). A continuación, recorre las embajadas del siglo XVII, en especial la de García de Silva y Figueroa (1613). Como curiosidad, el fotógrafo Manolo Espaliú publicó una obra preciosa en la que sigue los pasos del embajador a través de Irán. Finalmente, Escribano se detiene en la crónica publicada por Adolfo Rivadeneyra, un aventurero al que la Primera República encargó una misión diplomática a Irán que se vio afectada por los acontecimientos políticos en España.

En el segundo capítulo, Fernando Camacho analiza la relación entre Irán e Hispanoamérica durante el siglo XX centrándose en la diáspora cristiana tras la Primera Guerra Mundial. El genocidio armenio y sus ramificaciones crearon un gran éxodo humano que también afectó a las comunidades cristianas presentes en Irán. Muchos cristianos orientales (armenios, asirios…) buscaron refugio en países hispanoamericanos y sentaron las bases de una diáspora que tendría presencia durante gran parte del siglo, especialmente en Argentina.

En el tercer artículo permanecemos en el siglo XX, si bien de vuelta en Irán. Javier Gil Guerrero recorre un proceso fundamental para entender la Revolución Islámica al que la literatura en castellano no ha prestado mucha atención: la resignificación de los rituales de Muharram que llevaron a cabo Jomeini y otros actores como Shariati o Taleqani. Javier Gil enfoca su análisis en Jomeini, que consiguió darle un carácter reivindicativo y activista al mito de Kerbala. Para quienes no estén familiarizado con el chiísmo, bastará saber que Kerbala hace referencia a una batalla que tuvo lugar en el año 680 [10 de Muharram del año de la Hégira 61] durante la segunda fitna o guerra civil en el califato islámico y que acabó con el martirio de Hussein, nieto de Ali, a manos de los omeya. En 1963 y 1978, Jomeini fue capaz de utilizar el mito de Kerbala para incitar protestas contra el régimen de los Pahlavi, a quienes asoció a los omeyas.

El siguiente capítulo está escrito por Laura Castro Royo, conocida en las redes sociales por su proyecto Las Plumas de Simurgh. Su texto nos lleva de vuelta al periodo antiguo y es una introducción muy detallada al zoroastrismo, la religión que existía en Irán antes de la conquista islámica. El capítulo es puramente divulgativo, y merece especial reconocimiento por la capacidad que tiene la autora de sintetizar y explicar conceptos complejos sin caer en simplificaciones (por ejemplo, rechaza usar términos como ángel, demonio, cielo o infierno, que otros divulgadores suelen usar pero que sin embargo ofuscan más que aclaran). El capítulo es muy recomendable para lectores con poco conocimiento sobre la religión mazdeísta que quieran acercarse a una introducción intelectualmente.

La sección sobre estudios literarios consta de cinco capítulos. En el primero de ellos, Samaneh Milani Tabrizi analiza el papel de las mujeres en una de las obras más importantes de la literatura persa, el Shahnamé o Libro de los Reyes, un poema épico escrito por Ferdosí alrededor del año 1000 de la era cristiana. Si bien la presencia femenina en la obra es discreta (al fin y al cabo, se trata de una épica medieval dominada por historias de batallas y heroismo), la autora es capaz de extraer conclusiones interesantes. Las mujeres en la obra, aunque tengan un papel secundario, no son meros sujetos pasivos y en muchas ocasiones sus actos son esenciales para el trascurso de la historia. Los personajes femeninos más importantes suelen pertenecer a la élite y, aunque en reducidas ocasiones adopten el papel de villanas, la autora concluye que en general las mujeres son presentadas de forma positiva.

El siguiente texto, de Fatemeh Hosseingholi Noori, está dedicado a Sirin, símbolo de la perfección femenina en la obra uno de los personajes de la obra La Leyenda de Cosroes y Sirín, del poeta Nezamí Ganyaví (siglo XIII de la era cristiana). Antes del análisis, la autora nos ofrece una breve esquematización de cómo las mujeres han aparecido retratadas en la literatura persa tradicional: bien de forma estética, centrándose en su belleza; bien de forma negativa, haciendo incapié en la supuesta inferioridad femenina; o bien de forma idealizada, presentando a los personajes femeninos como una síntesis de virtudes humanas. Según Fatemeh Hosseingholi, la Sirin representada por Ganyaví pertenece a la tercera categoría, y se trataría incluso de la protagonista principal de la obra por encima de Cosroes. Sirin es un personaje cargado de virtudes y con capacidad de acción, que contrasta con Cosroes, muy apegado a las pasiones y que comete acciones cuestionables o con Farhad, el tercer protagonista del triágulo amoroso que se limita a amar a Sirin de forma platónica. Si bien no puedo opinar sobre el análisis del capítulo, pues no he leido la obra de Ganyaví, la autora me ha hecho quedarme con muchas ganas de hacerlo.

Lámina de Cosroes descubriendo a Sirín bañándose en el río.
Cosroes y Sirin

El próximo capítulo nos lleva de vuelta a las embajadas del siglo XVII, si bien en este caso se trata de un viaje en dirección contraria. Baharak Akradlu escribe sobre las Relaciones de don Juan de Persia, una obra interesantísima. Juan de Persia es el nombre que adoptó Uruch Bech, uno de los representantes de la corte safávida en la embajada enviada a Europa entre 1599 y 1602. Los safávidas trataron infructuosamente de asegurar una alianza anti-otomana con el papado y algunos reinos cristianos occidentales. Uruch Bech acabó quedándose en España, convirtiéndose al cristianismo y, con la ayuda de su amigo Alfonso Remón, publicó un excepcional libro de viajes. Tal y como explica Baharak Akradlu, la obra cumple con todas las características de la literatura de viajes, pero además presenta características totalmente únicas e innovadoras. El protagonista de la obra, al fin y al cabo, no es un europeo que parte de viaje a Oriente y cuenta sus experiencias, sino un iraní que ha viajado a Europa y se ha convertido al cristianismo. La obra escrita con los lectores europeos en mente, de modo que los autores adaptan su discurso al público, pero al mismo tiempo la relación con el Otro es mucho más rica y compleja que en los textos habituales. Al fin y al cabo, Juan de Persia conocía la cultura que describe. Lo exótico y lo maravilloso, en definitiva, se presentan aquí de una forma muy original.

Del siglo XVII pasamos a finales del XIX y principios del XX de la mano de Javier Hernández Díaz. Su capítulo, el más extenso del libro, es un análisis de la poesía iraní del periodo de la revolución constitucional (1906). La revolución no solo cambió la política iraní sino que afectó profundamente al panorama literario, que se renovó por completo. La poesía, el género literario que tradicionalmente ha predominado en la lengau persa, estaba un tanto anquilosada durante el periodo de la dinastía Qajar. Sus formas eran excesivamente rígidas, y su contenido solía ser una celebración acrítica y exagerada de las virtudes de la élite gobernante (los poetas, al fin y al cabo, tienen que comr). Sin embargo, el terremoto político de la revolución de 1906 tuvo su contrapartida poética. Muchos poetas experimentaron con nuevas formas y, lo que es más importante, adoptaron un tono crítico y comprometido que no había existido anteriormente. La patria y el dolor por su decadencia se convirtieron en temas privilegiados. Para ilustrar esto, Javier Hernández nos ofrece varias traducciones inéditas y anotadas de poemas del periodo, una contribución excepcional y una fuente primaria muy valiosa para estudiantes de historia que quieran entender el contexto intelectual de la revolución de 1906.

El último capítulo de la sección se complementa perfectamente con el de Javier Hernández y además sirve de broche cronológico a los estudios literarios. Najmeh Shobeiri realiza un recorrido introductorio aunque detallado de la literatura iraní a lo largo del siglo XX. La autora contextualiza rápidamente las características de la producción literaria durante la época Qajar, durante el periodo constitucional (reseñado por Javier Hernández en el capítulo anterior), y los reinados de Reza Pahlavi y su hijo Muhammad Reza. La mayor parte del capítulo, no obstante, está dedicada a la literatura de la época que sigue a la revolución de 1979. La autora recorre los géneros más populares y significativos y ofrece breves traducciones de algunos versos. En general, tras la revolución y pasado un periodo de exaltación (tanto por parte de defensores como detractores del nuevo régimen) la literatura adquirió un carácter más social, mientras que paralelamente iban surgiendo otros géneros alejados de la tradición.

La última sección del libro está dedicada a los estudios visuales, fundamentalmente al cine, aunque también hay un capítulo dedicado a la novela gráfica. En el primer capítulo, Nadereh Farzamnia Hajardovom repasa la historia de la censura en el cine iraní. El capítulo comienza con un breve recorrido a través de la historia cinematográfica persa y de la censura durante la época de los Pahlavi, para a continuación centrarse en el periodo posrevolucionario. La llegada de los jomeinistas al poder provocó una «islamización» del cine y un mayor control estatal sobre la producción audiovisual. Esto no solo implicó una censura de los contenidos moralmente dudosos desde el punto de vista del régimen, sino un control de clos temas y mensajes transmitidos por los films. El «Nuevo Cine» iraní contaba con un carácter moralizante y criticaba duramente al régimen anterior. Los reglamentos estatales fueron especialmente estrictos (y en muchas ocasiones incoherentes) hasta la muerte de Jomeini en 1989, si bien todavía se mantienen. Una de las consecuencias de la censura y de estos reglamentos es que los directores y guionistas iraníes han desarrollado un lenguaje muy creativo para esquivar la censura, como evidencia el éxito de creadores como Abbas Kiarostami.

Farshad Zaedi analiza el cine iraní creado por mujeres, deteniéndose en particular en las películas Dos Mujeres , de Tahmineh Milani (Do Zan, 1999) y La prisión de las mujeres, de Manijeh Hekmat (Zendan-e zanan, 2002). El capítulo también repasa la visión de las cineastas en el exilio, y de las visión de las mujeres de algunos directores de género masculino que han dirigido películas centradas en personajes femeninos. En el siguiente capítulo, Elena Pérez Elena se centra en la obra de la novelista gráfica Marjane Satrapi, muy conocida por su obra Persépolis, que fue adaptada en un film. Persépolis es, de hecho, la obra que ocupa la mayor parte del análisis. Elena Péreza repasa cómo la novela gráfica aborda distintos periodos de la historia de Irán y cómo Satrapi es capaz de enlazarlos con su autobiografía y su historia familiar, consiguiendo además acercar la historia reciente iraní al público occidental no familiarizado de uan forma mucho más cercana y personal que cualquier documental o manual de historia.

El penúltimo capítulo se centra en varias películas que no he visto, de modo que no puedo ofrecer un comentario con sustancia. Majid Sarsangi y Hamed Soleimanzadh analizan la representación de la realidad en el cine de Kiarostami, particularmente en las películas Close-up y en la trilogía de Koker. Por último, Maryam Haghroosta y Elaheh Nourigholamizadeh realizan un análisis crítico del discurso de la película Nader y Simin, del director Asghar Farhadi, la primera película iraní en ganar un Óscar. Las autoras introducen el marco teórico haciendo énfasis en dos conceptos: la identidad nacional (como «el más alto nivel de entre las identidades de una persona» y el que «disfruta de más estabilidad y firmeza») y el cine nacional, entendido como aquel que participa de la cultura colectiva del país. Tras el análisis del film, las autoras concluyen que este refleja las transformaciones en la identidad nacional iraní desde la revolución y que muestra en parte las diferencias entre la forma de sentirse iraníes de las clases media y baja.


Miradas de Irán es, en definitiva, una colección muy interesante y variada de capítulos sobre la historia y la cultura iraníes. El libro no solamente recorre distintos periodos y medios, sino que además sirve de muestra de los temas y enfoques que la iranología española está adoptando en los últimos años. Si bien se echa de menos un capítulo que hilvane los distintos temas tratados en la obra, el libro es una contribución necesaria y mas que bienvenida al panorama académico español. Por otra parte, la mayoría de los capítulos cuenta con un estilo muy ameno y accesible para un público no especializado, de modo que cualqueir lector interesado en el mundo iranio podrá disfrutar de su lectura.

Reseña: Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto

Ángeles Espinosa, El Reino del Desierto: Arabia Saudí frente a sus contradicciones, Aguilar, 2006. 257 pp.
ISBN: 84-03-09684-4.

La reseña de hoy trata sobre un libro que apareció hace diez años, pero que sigue siendo actual y relevante. Se trata de El Reino del Desierto de Ángeles Espinosa, un ensayo sobre la Arabia Saudí actual. La obra recorre diversos aspectos de la vida cotidiana en el reino saudí a través de las impresiones de la autora en sus viajes y de sus entrevistas y conversaciones con saudíes y expatriados (inmigrantes de países ricos). El capítulo sobre las mujeres es especialmente bueno. No obstante, no se trata de un libro de historia, y carece del necesario contexto histórico para entender los cambios que ha experimentado el reino en el último siglo. Esto es compensado con la viveza de los testimonios y la diversidad de temas tratados y, sobre todo, por la actitud de la autora, para nada paternalista o condescendiente.  Ángeles Espinosa justifica la escasez de referencias a la historia saudí con una cita del controvertido Amir Taheri, que afirma que un libro realmente útil sobre Arabia Saudí apenas debe dedicar una quinta parte de su contenido a la historia, pues el país está cambiando a un ritmo excepcionalmente rápido. Por el contrario, debe basarse en observaciones personales y entrevistas con saudíes de toda clase social para mostrar las tensiones internas del país. La autora ha logrado sin duda lo propuesto por Taheri, pero como historiador debo estar en desacuerdo: no es posible entender el presente sin comprender el pasado, y Arabia Saudí no es una excepción.

angelesespinosaÁngeles Espinosa. Periodista Digital

La obra está dividida en nueve capítulos. El primero es una presentación de Arabia Saudí, con menciones a su historia y organización política. En las primeras páginas Espinosa nos presenta sus primeras impresiones al llegar al reino, lleno de contrastes entre el desierto y la ciudad, la riqueza y la pobreza, las innovaciones técnicas y el tradicionalismo wahabí. Historias como la del “caballo del diablo” (una bicicleta en los años 40) ilustran la resistencia de los saudíes rurales y el estamento religioso ante las innovaciones, aunque la profusión de móviles y antenas parabólicas parece mostrar que no todos los saudíes se oponen al progreso técnico. La historia del emirato y reino desde 1744 hasta la proclamación del reino en 1902 se despacha en poco más de una página. Hay algún error conceptual, como describir a Muhammad ibn Saud como un líder tribal (En Arabia Saudí I expliqué por qué los Saud no son una dinastía tribal). Por otro lado, el equilibrio de fuerzas entre los Saud, el estamento religioso y el pueblo es contextualizado correctamente. También se explican de forma satisfactoria las desigualdades regionales y el dominio del Najd (y la doctrina wahabí) sobre las demás regiones.

El segundo capítulo, “Fantasmas negros”, habla sobre las mujeres. Este es el capítulo más brillante de la obra por la ausencia de prejuicios de la autora y la variedad de ejemplos y testimonios que ofrece. Ángeles Espinosa nos cuenta las regulaciones y normas sociales sobre la abaya (el velo saudí) y sus experiencias con diversas mujeres y familias saudíes. Su primer encuentro con una familia de saudíes, que le invitaron a ella y su marido a cenar, fue muy revelador. Cuestionadas por el velo, las saudíes (de clase alta y formación occidental) explicaron más o menos que es el precio a pagar por unas condiciones de vida inalcanzables para otras mujeres árabes. Vacaciones a Europa, compras en las mejores boutiques londinenses, servicio doméstico y tiempo libre infinito. A cambio, segregación estricta, obligatoriedad (no legal sino social) de la abaya, e imposibilidad de viajar o hacer negocios sin la autorización previa del marido o el familiar responsable. Unas cadenas doradas, de las que estas ricas mujeres saudíes no parecían necesitar ser “liberadas”. Tampoco necesitan ser “educadas”, pues el acceso de las saudíes a los estudios superiores está bastante extendido, si bien es difícil que apliquen sus conocimientos a la vida laboral. La estricta separación de sexos en el espacio público, salvo por las “salas familiares” en algunos establecimientos, son un gasto y una complicación quizá innecesarios, como ilustra el caso de los hospitales. La policía religiosa, los mutawain (hablé de ellos en Arabia Saudí III), se encargan de velar por el cumplimiento de las costumbres religiosas en las calles y cafés. Por supuesto, no todas las saudíes están de acuerdo con su condición de súbditas de segunda clase, y Espinosa nos ofrece diversos ejemplos de ello, desde empresarias hasta aspirantes a gimnastas o pilotos de avión. Un capítulo muy interesante, de obligada lectura para todos los que pontifican sobre las mujeres saudíes sin conocimiento de causa.

El tercer capítulo es igualmente bueno. Se centra en las limitaciones al ocio, la diversión y el tiempo libre, y por supuesto en los agentes de tales restricciones, los temibles mutawain. Espinosa narra una desagradable experiencia que tuvo en un café, y otras hazañas de la policía religiosa, como la vez que dejaron morir a quince niñas en un incendio en un colegio, impidiendo salir a las alumnas (que no llevaban la abaya) del edificio en llamas y no permitiendo la entrada de los bomberos. Fue en marzo de 2002.  Hay otras anécdotas interesantes, como la prohibición de importar muñecas, las fiestas desfasadas de algunos príncipes saudíes (algunas incluso con carácter homosexual), las técnicas de ligoteo en centros comerciales, las raves clandestinas en el desierto y las dificultades de los saudíes para mantener relaciones sanas y estables después del matrimonio. El hecho de que muchas parejas solo se conozcan después de casarse ha hecho que Arabia Saudí sea uno de los países musulmanes con mayor tasa de divorcios.

El capítulo cuarto trata aspectos económicos. Espinosa habla aquí de la progresiva incorporación de los saudíes al mercado laboral motivada por las dificultades económicas (anteriormente los saudíes rechazaban trabajar de recepcionistas, taxistas o cajeros), los locos horarios de trabajo, la proverbial improductividad de los saudíes, y el doble carácter de la inmigración: los ricos expats, trabajadores cualificados de origen occidental que viven en urbanizaciones aisladas y exclusivas rodeadas de medidas de seguridad, y los pobres inmigrantes procedentes del sur y el sureste asiático (Pakistán, India, Bangladesh, Filipinas) o países árabes menos prósperos (Egipto, Líbano, Palestina), totalmente desprovistos de derechos laborales y sometidos a una explotación semiesclavista. Las dos últimas secciones del capítulo recogen las actividades clandestinas entre los expats: fiestas y ceremonias religiosas (en Arabia Saudí están prohibidas las iglesias y las misas de otras religiones que no sean el islam wahabí).

El quinto capítulo habla sobre la versión wahabí de la sharía y su aplicación, o lo que es lo mismo, el terrible y deficiente récord de Arabia Saudí en lo que a Derechos Humanos se refiere. Entre otras cosas, la autora nos describe las sangrientas penas (amputación de miembros), la arbitrariedad del sistema legal (en el que no son necesarios los abogados defensores y la tortura es norma), las ejecuciones como espectáculo público, la censura y supresión de la disidencia, y las particulares justificaciones que dan las autoridades saudíes  de todo esto.

Las minorías islámicas, chiíes y suníes no wahabíes, son las protagonistas del sexto capítulo, más corto (unas diez páginas). Espinosa nos cuenta aquí distintas anécdotas que ilustran la discriminación que sufren y el odio hacia las minorías que se inculca a los saudíes en la escuela. También nos habla de la región de Hasa y Qatif (“Provincia Oriental” según la denominación oficial), y de cómo los saudíes impulsaron el crecimiento de la ciudad de Dammam para limitar la influencia de las ciudades mayoritariamente chiíes.

El séptimo capítulo tiene dos protagonistas, la familia de los Saud y los EEUU. En la primera parte, Espinosa describe la excentricidad y generosidad del rey Fahd y su séquito en sus viajes a Marbella, así como la amplitud de la familia saudí, con casi 40.000 miembros. El Estado y la Familia se confunden, nos explica Espinosa, de modo que es difícil estimar el porcentaje de los ingresos del Estado que se destinan a los sueldos y caprichos de los príncipes. Al fin y al cabo, el país se llama Arabia Saudí, que es algo así como si España se llamase Borbonia, puntualiza la autora. Aun así, la familia real es popular, o al menos no hay una oposición republicana visible. No obstante, los Saud mantienen sus asuntos en secreto, muy celosos de su privacidad (no hay prensa rosa como el ¡Hola! en la que se enseñen las casas o se analice la vida privada de los príncipes). A mediados del capítulo, Espinosa hace un inciso en el que vuelve a hablar de la historia fundacional del reino. De nuevo, comete algún error: Ibn Saud no se alió con los Ijwan (he hablado de ellos al final de Arabia Saudí III) para conquistar el Hiyaz, sino que estos fueron una creación suya, una forma de desestructurar las tribus beduinas y crear un ejército leal y adepto. Debo insistir en que los Saud no son una monarquía tribal, algo que la autora afirma varias veces a lo largo de la obra.

Continúa el capítulo con la narración de cómo los Saud y los EEUU unieron sus destinos gracias al descubrimiento del petróleo, y prosigue con la narración de la historia del reino desde 1932. Aún no he publicado la parte de mi historia de Arabia Saudí relativa a los seguidores de Ab al-Aziz ibn Saud, pero más o menos se ajusta a lo que cuenta Espinosa. El fundador del reino fue sucedido por Saud, que fue depuesto por el consejo familiar en menos de una década. Faisal, que reinó desde 1962, fue el verdadero “modernizador” del reino. Nacionalizó la industria petrolera, inició ambiciosos programas de educación y servicios públicos y multiplicó la burocracia (más o menos el proceso que describo en La construcción del Estado postcolonial). Faisal potenció el islamismo como contrapeso a las ideas nasseristas y nacionalistas árabes, y consolidó la dependencia de los ingresos del petróleo al no establecer una política fiscal. Faisal fue asesinado y sucedido por Jaled y posteriormente Fahd, que estrechó su alianza con los EEUU a la vez que aumentaba las concesiones a los ulema, a los que daba el control de la educación y los medios de comunicación. Esto creó las condiciones para el surgimiento de una oposición islamista, los llamados salafistas activistas, que se consolidó a raíz de la presencia estadounidense en el reino durante la Guerra del Golfo.

El penúltimo capítulo, el octavo, se centra en Bin Laden y la simpatía de parte de la población hacia Al Qaeda y el terrorismo islámico. La trayectoria de Bin Laden es de sobra conocida y no me detendré en ella. [Para despistados: Bin Laden pertenece a una rica familia del negocio de la construcción; fue a Afganistán durante la invasión soviética para apoyar a la resistencia afgana y fundó Al Qaeda junto con varios compañeros saudíes; a su vuelta a Arabia Saudí a finales de los 80 ofreció sus servicios y los de su organización a la familia real, que estaba muy preocupada por la invasión de Kuwait por Saddam. Los Saud rechazaron la ayuda de Al Qaeda y acudieron a los americanos para proteger su reino, en ese momento Bin Laden se enfadó mucho y decidió hacer la yihad global con su organización].  Al Qaeda le vino muy bien al régimen saudí, que pudo calificar de terroristas a todas las organizaciones opositoras islamistas (es decir, la mayoría), aunque estas no apoyasen la violencia. Fue el caso del Movimiento para la Reforma Islámica de Arabia, el MIRA, que fue incluido en la lista de organizaciones terroristas de la ONU.

El último capítulo trata de las consecuencias del 11S en la política interna y externa saudí. Comienza narrando la historia de un simpatizante del salafismo radical que se retractó. Posteriormente, Espinosa cuenta los esfuerzos del gobierno saudí de mejorar su imagen ante el exterior (la mayoría de los terroristas del 11S eran saudíes), organizando una conferencia antiterrorista. Los atentados de 2003 dirigidos contra inmigrantes occidentales hicieron que muchos expats abandonasen el país y que los que quedaban se encerrasen aún más en sus urbanizaciones. El problema, explica Espinosa respaldada por varios testimonios saudíes, está en la educación religiosa, memorística y acrítica, que no fomenta la reflexión y el debate. Los que más sufren las consecuencias son los propios saudíes, que ven aumentar sus problemas cuando viajan al extranjero. En el breve epílogo, Ángeles Espinosa expresa sus dudas sobra la capacidad del reino de modernizarse y democratizarse. El tiempo parece haberle dado la razón.

El Reino del Desierto, en definitiva, es un libro muy recomendable. Carece de un análisis histórico que permita explicar y comprender en profundidad las particularidades del reino, pero aparte de eso es una muy buena aproximación a las vicisitudes de la vida cotidiana en Arabia Saudí y los tejemanejes internos de los Saud. Si se me permite una queja puntillosa, no me ha gustado que en ocasiones se utilice el adjetivo “medieval”. Arabia Saudí es una formación política muy reciente en términos históricos. El wahabismo no es una doctrina medieval, sino un movimiento reformista surgido en pleno siglo XVIII, como reacción a las transformaciones que experimentaban los países árabes y a las “perversiones” que sus promotores veían en la jurisprudencia tradicional. Es un movimiento retrógrado y casi totalitario, sin duda, pero nadie ha dicho que las “reformas” tengan que ser necesariamente progresistas. La situación de Arabia Saudí, la discriminación de la mujer, las torturas y ausencias de derechos humanos, el gobierno autoritario de una familia que gestiona el país como si fuera su finca privada, no es el fruto de una herencia medieval, sino de las transformaciones que la península arábiga experimentó entre los siglos XVIII y XX. El Reino del Desierto no lo tiene en cuenta, pero aparte de esto, es una muy buena lectura. Ángeles Espinosa, corresponsal de El País en Oriente Medio (podéis seguirla en Twitter), ha conseguido una imagen muy viva y humana de Arabia Saudí, un libro ameno y sin prejuicios que se lee muy rápidamente, algo que tiene muchísimo mérito.

Reseña: Georges Corm, El Líbano Contemporáneo

He decidido comenzar una nueva sección de reseñas. Por lo general, leo mucho sobre Oriente Medio, pero no todo acaba convertido en un artículo, ya que no domino todos los temas y no creo que haberme leído un libro me de autoridad en la materia. No obstante, creo que puede ser útil (tanto para vosotros como para mí) ir recopilando pequeños resúmenes críticos de los libros que leo. Así, yo no me olvido de ellos y vosotros tenéis una pequeña recensión y podéis decidir si merece la pena o no leerlos.

Georges Corm, El Líbano Contemporáneo: Historia y Sociedad, Ediciones Bellaterra, 2006. 392 pp.
ISBN: 978-84-7290-319-7

Este libro recorre los últimos dos siglos de historia libanesa. Comienza por la época otomana, explicando el surgimiento de las comunidades más importantes del Monte Líbano: drusos, chiíes y maronitas. Estos últimos desarrollaron estrechas relaciones con el mundo católico a partir del siglo XVII, lo que permitió a Francia inmiscuirse de forma temprana en los asuntos de la región.  Las reformas decimonónicas otomanas afectaron al Líbano, que experimentó una oleada de violencia intercomunitaria en torno a 1860. La región fue una zona de conflicto entre los otomanos y las potencias coloniales europeas, Francia y Gran Bretaña, que ejercían su influencia sobre las distintas comunidades y millets. Tras la Primera Guerra Mundial Francia ocupó Líbano y unió dos entidades políticas y geográficas bien diferenciadas: el monte Líbano y la franja costera. A los drusos, maronitas y chiíes de la montaña se les sumaron los cristianos griegos (ortodoxos y católicos) y demás minorías. La ocupación francesa, que agravó las diferencias establecidas por el sistema de millets otomano (en una típica maniobra de “dividir y gobernar”), marca para Crom el inicio del comunitarismo político libanés.

El tema central de la obra de Crom es explorar el surgimiento del comunitarismo y explicar las razones que desencadenaron la guerra civil, así como desmontar varios mitos e interpretaciones erróneas al respecto. Así, aclara que las comunidades no son etnias, que la convivencia entre comunidades ha sido por lo general pacífica, y que la guerra civil no tuvo el trasfondo comunitario-religioso con el que se ha venido representando en los medios tradicionales. El propio Crom es un ejemplo de esto: aunque es cristiano, simpatiza abiertamente con Hezbollah, que consiguió expulsar a Israel del sus del Líbano en el año 2000.

indexGeorges Corm. L’internaute.

En general, Crom es muy crítico con la clase política libanesa, a la que califica de corta de miras, oportunista, y únicamente centrada en el corto plazo. Por tanto, fue la ceguera política de los líderes políticos, que intentaron explotar la organización política comunitaria en su favor, la que desencadenó la guerra civil. La guerra se divide en dos fases: una inicial, que se extendería desde 1976 hasta 1982, caracterizada por un conflicto de baja intensidad y cierta prosperidad económica; y el periodo entre la invasión israelí en 1982 y la firma de los acuerdos de Taif en 1989, donde se produjo el mayor número de matanzas y desplazamiento de la población.

Los actores de la guerra, explica Crom, no fueron las comunidades religiosas, sino las milicias surgidas en su seno. Estas milicias, como en el caso de los Falangistas cristianos, suplantaron y marginaron a la clase política tradicional. Las milicias desmantelaron el Estado y robaron, saquearon y rapiñaron todo lo que pudieron, con la connivencia de las distintas potencias extranjeras (Israel, Francia, Siria, Irán…), que armaban y financiaban a estos grupos para conseguir sus objetivos geopolíticos. Las alianzas no tenían absolutamente nada que ver con criterios religiosos o confesionales, sino con fríos cálculos estratégicos. En ese sentido, recuerda ligeramente a lo que está pasando en Siria. Aunque las milicias se autoproclamaban representantes de sus comunidades, a menudo fueron estas comunidades las que más sufrieron su arbitrariedad. Además, estas milicias actuaron en connivencia las unas con las otras para repartirse el terreno y los recursos; hicieron y deshicieron alianzas constantemente y, en general, secuestraron el país durante 15 años. Los héroes de la contienda son para Crom todos los civiles libaneses, en especial los que se esforzaron en no ceder a las presiones y continuar con su vida normal, siendo a menudo víctimas de los francotiradores que querían impedir la comunicación entre las distintas comunidades religiosas. Especial mención merecen los que, a pesar de los continuos ataques y expolios que sufría, trataron de mantener a flote el maltrecho estado libanés.

La paz y el comienzo de la II República no trajeron cambios significativos para el país. Las milicias seguían dominando el país y dominando los puestos de poder. La gran figura política de los años 90 fue Rafic Hariri. Hariri es, para Crom, la encarnación del empresario neoliberal que se enriquece a costa del Estado. Así, respaldado por el capital saudí, adquirió numerosas fincas y propiedades en todo el Líbano. Cuando alcanzó el poder en 1992, impulsó un fantástico y descabellado plan de reconstrucción de Beirut. Este plan no solo destrozó el centro histórico de la capital libanesa, sino que permitió a unos pocos enriquecerse enormemente y lastró como una pesada losa la economía del país. El plan era irreal, anticuado (se basaba en un modelo de desarrollo urbanístico de “pelotazo” que ya no tenía sentido: en los años 60 Beirut podría haber sido el Montecarlo árabe, pero en los 90 ya había otras ciudades que ejercían tal función en países que no habían sido devastados por la guerra) y, sobre todo, costoso. Como es habitual, se creó un consorcio privado para la reconstrucción, pues el Estado era aparentemente incapaz de financiar las obras por sí mismo. A esta empresa se le adjudicó un contrato millonario que enseguida se llenó de sobrecostes. Dado que la operación no fue rentable, enseguida hubo que rescatarla con dinero público. Mientras tanto, los servicios públicos del país seguían sin reestructurarse, se acumulaban los problemas sociales y medioambientales y la deuda externa crecía a un ritmo imparable.

Georges Crom fue ministro de finanzas durante el gobierno de Selim el-Hoss (1998-2000), un breve intervalo en el que Hariri no detentó el poder. Por supuesto, Crom se recrea en explicar las bondades de su plan económico y reformista, que podía haber arreglado el país pero que fue boicoteado por el conglomerado mediático que presidía Hariri, que se negaba a perder sus privilegios. En cuanto este recuperó el poder, deshizo todos los progresos alcanzados por el anterior gobierno. La relación entre la clase política libanesa moderna y Siria, que ocupó el país hasta 2006, es también analizada en detalle. Parece ser que la mayoría de políticos eran pro-sirios (sin importar su adscripción comunitaria), aunque cambiaban de chaqueta como convenía. Para finalizar, Crom critica duramente a George W. Bush y su política de “desestabilización constructiva”, que desde el año 2003 ha¡afectado gravemente al funcionamiento del Líbano. La influencia siria, advierte Crom, ha sido sustituida por la injerencia franco-americana. Líbano debe dejar de ser un “estado tampón”, y para ello debe esforzarse por acabar con el bloqueo político que supone el sistema comunitario.

Se nota que Crom es economista, y los últimos capítulos son quizá un poco densos en ese sentido (sobre todo si uno se empeña, como yo, en leer y revisar todas las notas al pie). Aún así, es un buen libro de historia. El enfoque sobre la guerra civil y los años posteriores no es cronológico, sino temático. Eso permite a Crom dividir su análisis y centrarse detalladamente en varios aspectos, lo cual es muy aclaratorio y se agradece. Más que una sucesión desconectada de fechas y nombres, encontramos distintos temas desarrollados independientemente y conectados de una forma amena e inteligente. Aparte de eso, la principal virtud del libro consiste en desmontar las explicaciones simplonas de la guerra civil basadas en la religión o el comunitarismo, que tan solo favorecen a las milicias, a las potencias extranjeras centradas en desestabilizar Oriente Medio, y a los políticos oportunistas que se lucran del saqueo del Líbano. Esto confirma el argumento que esbocé en mi articulito en Revista Ágora, (¿Hasta qué punto hay un conflicto entre suníes y chiíes?).

En resumen, una lectura muy aclaratoria y una buena introducción al a historia del país que deconstruye y refuta muchos mitos sobre la “Suiza de Oriente Medio”.