Encuentro internacional “Imagen e imaginario España-Irán” (2 de 2)

En este artículo resumo la segunda mitad de las ponencias del encuentro Imagen e Imaginario España-Irán: miradas y representaciones celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid el 10 de octubre de 2016. Puedes encontrar la primera mitad en este otro artículo. Aquí termina mi crónica de las conferencias, pues no pude asistir a la segunda jornada, que tuvo lugar el martes 11 de octubre.

Irán en los medios de comunicación españoles

 Tras la pausita para café volvimos a la sala de vídeo donde tenía lugar el encuentro. Este segundo bloque de ponencias, moderado por José Lus Neila, se centraría en la imagen de Irán que los medios españoles transmitido desde los años 70. Hubiera sido interesante alguna reflexión sobre la visión opuesta (España en los medios iraníes), pero en general estuvo muy bien.

img_20161010_1403411De izquierda a derecha: Fernando Camacho, Nadareh Farzamnia, Jose Luís Neila y Misael Arturo López Zapico

La imagen de Irán en la Televisión Española. Del régimen del Sha a Rohaní.

Fernando Camacho, especialista en Historia Global (y en particular historia chilena), nos ofreció en su ponencia un breve análisis de los documentales y especiales emitidos por TVE desde los años 70 hasta la actualidad. Todos ellos son visualizables a través del archivo digital de Televisión Española y los he enlazado abajo, para el que tenga curiosidad. Tomando como referencia estos archivos, Camacho se preguntó, ¿cuántos programas sobre Irán se han emitido desde los 70? ¿Cuándo se han emitido? ¿Quiénes los han realizado? ¿Dónde?

En los años 70 surgieron los primeros especiales dedicados al país persa. Sin embargo, dada la situación política en España y la cercanía diplomática entre Franco y el Shah, la información era apologética y se centraba en la figura del shah como gran estadista modernizador y como monarca con un estilo de vida lujoso. No se mencionaba la represión del SAVAK ni la agitación política, no fueran a dar malas ideas. Por supuesto no se mencionaba nada del golpe de Estado de 1953 que dio el poder al shah. La información era por tanto oficialista y laudatoria, poco crítica.

shariati-jomeiniCarteles de Jomeini y Shariati durante la revolución.

Con la revolución de 1979 las cosas empezaron a cambiar. TVE fue el único canal español en informar in situ sobre Irán, pero además fue de los últimos en abandonar el país dada la escasa hostilidad que España generaba en los revolucionarios. Informe Semanal emitió un exhaustivo especial, y en los telediarios se informaba de los acontecimientos. Camacho mencionó un libro, Episodios Persas, escrito por el embajador español en Irán durante el periodo revolucionario al que espero poder echar un vistazo pronto. Por lo visto, Sierra Nava actuó de enlace entre los secuestradores de la embajada estadounidense y la dipomacia americana.

Después de la revolución se sucedieron tres décadas sin apenas información sobre Irán, con la excepción de un documental turístico emitido en el 99. El interés por el país persa resurgió en 2009 como consecuencia del Movimiento Verde, una oleada de protestas por (entre otras cosas) la supuesta manipulación de los comicios presidenciales que dieron a Ahmadineyad su segundo mandato. Ese año se emitieron 3 programas sobre Irán, seguidos dos años más tarde por la célebre entrevista de Ana Pastor a Ahmadineyad y otro documental en 2012. Curiosamente, los presentadores de los programas y documentales emitidos desde 2009 han sido casi exclusivamente mujeres.

La lista completa de documentales es:

  1. El despertar de Ciro (1974)
  2. Los reyes de España en Irán e Iraq (1978)
  3. Jomeini, Alma de Dios (1979)
  4. Irán por dentro (1981)
  5. Irán detrás del velo (1999)
  6. Irán, juventud a escondidas (2009)
  7. Irán, 30 años después de los rehenes (2009)
  8. Las fronteras de la revolución (2009)
  9. Entrevista a Ahmadineyad
  10. Irán, la guerra secreta (2012)

La revolución de Irán contemplada desde España

En la segunda ponencia, Misael Arturo López analizó el tratamiento dado a la revolución iraní por dos de los principales diarios españoles, ABC y El País, el primero representando posiciones más conservadoras y el segundo algo más “joven” y progresista, al menos por aquel entonces. López está muy interesado en investigar la función de la prensa y los medios de comunicación como agentes en la política internacional, afectando a las percepciones de la opinión pública y la diplomacia.

Antes de la revolución, Irán solo aparecía en la prensa rosa y las noticias del corazón, en medios como ¡Hola!. La imagen mostrada era de frivolidad, lujo y modernización, y se centraba exclusivamente en la familia de Muhammad Reza Pahlavi, el flamante shah de Persia. Esto cambió radicalmente durante los meses de enero y febrero de 1979, los momentos más críticos de la revolución.

En enero de 1979, Irán apareció en 7 portadas de El País, tres de ellas con imagen. En ABC apareció tan solo en dos ocasiones, ambas con foto. El mes siguiente, El País dedicó a la revolución 5 portadas, todas salvo una con foto; mientras que el ABC contaba con 4 noticias sobre Irán en primera plana, todas con imagen. Las notas de prensa no eran especialmente innovadoras o rompedoras: la mayoría de ellas provenían de agencias o de corresponsales en París (donde se encontraba Jomeini) y EEUU, nunca desde Irán. Los temas tratados solían ser las declaraciones del Shah, especulaciones sobre su fortuna (con posibles errores de traducción, pues las cifras variaban según el medio) y opiniones de expertos en EEUU, así como la suerte de los 1500 “expatriados” (esa eufemismo para no decir “inmigrante), de los cuales solo quedaron 400 al final de la revolución .

jomeini paris, rohaniJomeini en París

A medida que se desarrollaron los acontecimientos, ambos medios trataron de responder a los interrogantes sobre la nueva forma de gobierno de Irán, la República Islámica. Para el ABC era algo natural pues “al contrario que en la Iglesia Católica, la política no está separada del islam.” Afirmación curiosa teniendo en cuenta que España salía de 40 años de dictadura nacionalcatólica donde los protestantes (entre otros) habían sido perseguidos, y un buen ejemplo de cómo los medios siempre aprovechan para lanzar mensajes referidos a la política local. ABC también expresaba su preocupación por el precio del petróleo y las inversiones españolas en el país persa. El País, por su parte, calificaba a Jomeini como “la encarnación de la oposición popular al shah” el 3 de enero del 79, y al día siguiente criticaron duramente al shah en su editorial. El concepto de república islámica se analizó a partir de unas declaraciones del ayatolá Montazeri.

No obstante, El País informaba sobre la revolución con tonos claramente orientalistas y literarios, casi líricos, poco adecuados para noticias de actualidad. Zapico citó numerosos ejemplos de esta retórica, aunque solo pude copiar varios de la entrevista realizada por El País a Jomeini en París; una entrevista con escasa discusión política pero con frases descriptivas como “la cerilla coránica”, “severidad serena y cataclismal”, etcétera. Más allá de eso, El País percibía cuatro fuerzas en el Irán revolucionario: el ejército, el “populismo”, la socialdemocracia y el chiísmo. Un análisis bastante cutre, todo hay que decirlo, aunque claro, es fácil criticar desde la distancia. Se salvan, en opinión de Zapico, los artículos de Félix Bayon que ofrecían una lectura geoestratégica acertada.

ABC, mientras tanto, definía a Jomeini como “la suma de Gandhi y la violencia”, o lo comparaba con Sabino Arana. También aprovechaban paracriticar a la UCD, pues desde 1977 Irán era el principal proveedor de petróleo de España (Irán y Arabia Saudí sumaban casi el 60% de las importaciones), y algo tendrían que haber hecho, pues la economía española no se podía permitir un alza en los precios del combustible. También se metían con la blandeza del presidente Jimmy Carter, que había permitido que un país tan estratégico (por su ubicación geográfica y sus reservas de petróleo) abandonase el “mundo libre.”

En conclusión: la cobertura de la prensa española no fue muy extensiva, y por lo general se abusaba de los tópicos y los elementos pintorescos y exóticos al hablar de un país lejano y desconocido. ABC, como buen medio conservador, era más crítico con la revolución y se preocupaba especialmente de la situación económica. El País, más joven y progresista, parecía más favorable a la caída del shah aunque era crítico con la evolución teocrática de los acontecimientos.

La imagen de Irán en España: de Ahmadinejad a Rohani

Nadereh Farzamnia, iraní, profesora de Historia de Oriente Medio en la UAM y autora de De la revolución islámica a la revolución nuclear, dedicó la última ponencia del día a analizar el tratamiento de Irán en los medios de comunicación españoles durante la última década. Fue la ponencia más larga, aunque también la más expresiva y viva, llena de anécdotas interesantes. Me gustó el patriotismo indignado de la doctora iraní, que a pesar de no comulgar con el régimen teocrático, ha intentado defender a su país de las difamaciones de los medios de desinformación. Su principal crítica es que los medios han asociado la imagen del país a sus políticos, generalizando alegremente sobre los iraníes a partir de sus líderes.

La cobertura de los gobiernos de Ahmadineyad (2005-2013) ocupó la mayor parte de la ponencia, algo lógico dada su extensión y el controvertido carácter del presidente. Polémico desde que llegó (una vez que los comicios presidenciales pasaron a una segunda vuelta), Ahmadineyad se convirtió en el niño rebelde predilecto de la prensa occidental. Su política se basaba en tres pilares: volver a los principios de la revolución, luchar por la justicia social y contra la corrupción, y exportar la revolución islámica. Este último punto, que en sus discursos se materializaba en un tono desafiante y acusador frente al “Occidente imperialista y opresor”, permitió a la prensa despacharse agusto contra el presidente.

Así, en 2006, el diario El Mundo publicó en su sección de deportes (!) un artículo en el que de algún modo conseguían conectar las declaraciones del presidente iraní con una imagen negativa de la selección nacional de fútbol persa que podía perjudicar el rendimiento del equipo. Farzamnia continuó citando ejemplos absurdos, en el que se destacan las arengas de Federico Jiménez Losantos equiparando Irán con los Talibán, o un programa de telecisión en el que entrevistaron a Farzamnia y pidieron su opinión sobre el burka… a pesar de que el burka es afgano y no iraní.La ponente también criticó artículos de periodistas supuestamente más informados, como Ángeles Espinosa.

Los discursos del presidente iraní eran analizados y comentados hasta el más ínfimo detalle, no solo los pronunciados ante organismos internacionales sino también los que estaban destinados a consumo interno. La imagen transmitida por los medios era la de un Irán beligerante con sed de guerra. Nada más lejos de la realidad, pues los iraníes tenían aún fresca en su memoria la guerra contra Iraq y no deseaban embarcarse en un nuevo conflicto, mucho menos contra una superpotencia como los EEUU.

La reciente invasión estadounidense del país mesopotámico y la agresividad de George Bush hicieron saltar las alarmas. En 2007, el líder supremo Alí Jamenei dio un toque de atención a Ahmadineyad para que moderase el tono, pues no era deseable causar problemas diplomáticos. Un alto cargo del gobierno americano había afirmado que no se descartaba una intervención militar contra Irán. La prensa internacional había desarollado una narrativa que justificaba la invasión: Irán es una amenaza mundial, Irán tiene la bomba. Farzamnia aseguraba entre risas que “desde hace 15 años, Irán estará listo para tener la bomba en menos de 6 meses”.

gran satanManifestación anti-americana en Irán.

La prensa española tuvo su parte en la divulgación de esta visión negativa de Irán, asociado perpetuamente a la crisis nuclear. La mayoría de las veces tan solo tenían como referencia a agencias de comunicación británicas y estadounidenses, muchas de ellas conectadas a lobbies sionistas. Otras veces, se limitaban a traducir artículos aparecidos en la prensa israelí. Así, en julio de 2007 El País afirmaba que Irán tenía la Bomba, y El Mundo aseguraba que Israel preparaba un ataque nuclear preventivo contra el país persa. Todo esto, aseguraba Farzamnia, a pesar de que el gobierno iraní colaboraba abiertamente con las agencias internacionales contra la proliferación atómica y permitía la visita de supervisores.

Dada la escasez de tiempo, la ponente tuvo que saltar a 2011, mencionando de pasada el movimiento de protesta de 2009. En 2011, Irán seguía sintiendo las sacudidas de dichas manifestaciones. Sin embargo, la prensa española lo incluyó erróneamente en sus análisis como parte de la Primavera Árabe, sin tener en cuenta que los iraníes no son árabes y que el movimiento se había originado dos años antes, a raíz de los dudosos resultados de las elecciones presidenciales.

Un año después, en 2012, Irán seguía siendo caracterizado como un país conflictivo y peligroso, merecedor de sanciones. La crisis nuclear seguía siendo el centro de atención de las noticias sobre el país, además de esporádicas menciones a la brillantez de sus cineastas. Situación que cambió radicalmente tras la elección de Rohaní, el principio de lo que un editorial de El País calificaba como “un gobierno de prudencia y esperanza” cuya misión era resolver la crisis diplomática y devolver Irán a la comunidad internacional.

Nadereh Farzamnia no pudo analizar exhaustivamente el tratamiento dado por la prensa a Rohaní, ya que se quedó sin tiempo. Yo también estaba cansado y dejé de tomar notas. En todo caso, fue una charla muy agradable y entretenida, que a pesar de su extensión no se hizo tediosa. El debate de la tarde no fue todo lo animado que podía haber sido, y de él no tomé apuntes así que no lo puedo plasmar aquí.


Me hubiera encantado estar en las ponencias del día siguiente, pero tenía que trabajar la tarde del martes y, como buen profesor, debía preparar mis clases por la mañana, así que me quedé en Toledo. Si alguno de mis lectores estuvo en la sesión del martes y puede comentar algunas impresiones, le estaría muy agradecido. Al mismo tiempo, si alguno de los ponentes de aquel día quiere matizar o corregir la información que he dado, que no dude en escribirme a desvelandooriente@yandex.com

Este blog no deja de ser un proyecto amateur, y como buen aficionado, el que escribe puede cometer errores o haber tomado mal las notas.

 

 

 

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Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


Quizá uno de los indicadores del delicado momento por el que pasa la sección internacional de muchos periódicos españoles es que algunos medios hayan decidido dedicarse a traducir artículos de otros sin producir contenido propio. Es el caso de eldiario.es, que adapta al castellano algunos de los artículos publicados por el diario británico The Guardian. Si bien The Guardian es un diario de cierta calidad, también incurre en errores y omisiones.

Ayer eldiario.es publicaba una traducción de un artículo titulado Las relaciones secretas entre EEUU y el ayatolá Jomeini. El texto es interesante, aunque olvida muchos detalles y presenta como un hallazgo sensacional cosas que los historiadores veníamos un tiempo sabiendo o sospechando. Por supuesto que el ayatollah contactó a la embajada americana: el poder del shah dependía enormemente del apoyo militar y financiero estadounidense,  todo intento de sustituir al régimen necesitaba tener en cuenta este factor. No haber contactado a las autoridades americanas hubiera sido estúpido. No sé hasta qué punto el intercambio de mensajes puede ser considerado “una estrecha relación”, como escriben en el artículo. Al artículo le falta contexto, mucho contexto. Para remediarlo, he escrito este breve texto.

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Manifestación conmemorando el aniversario de la Revolución Islámica (Tehrán, 11 de febrero de 2002). Fuente: Global Post

La importancia de 1963

Se afirma en el artículo de eldiario.es que “los primeros intentos de Jomeini de comunicarse con EEUU datan de 1963, 16 años antes de la revolución”, pero no se explica por qué esto es significante. En 1963, como explicamos en la segunda parte del Especial sobre Irán, tuvo lugar una oleada de protestas en las que se destacó un clérigo llamado Ruhollah Jomeini. Las versiones sobre qué pudo ocasionar las respuestas varían, pero hay cierto consenso al respecto de que las reformas de la llamada “Revolución Blanca” y los decepcionantemente manipulados comicios de ese año tuvieron algo que ver. Jomeini tuvo que exiliarse en Irak ese mismo año, desde donde continúo su labor opositora al régimen predicando contra el shah. En noviembre, momento en el que contacta a EEUU, ya estaba en el exilio. Estos intentos de contacto deben entenderse como un esfuerzo por influir en uno de los elementos esenciales de la política interna iraní: el apoyo estadounidense.

Parafraseando a eldiario.es, en ese mensaje Jomeini explicaba “que no estaba en contra de los intereses de EEUU en Irán” y que “por el contrario, pensaba que la presencia de ese país era necesaria para contrarrestar la influencia soviética y, posiblemente, la británica”. No parece una afirmación muy descabellada, pues los persas eran muy conscientes de lo perjudicial que había sido tener rusos y británicos como vecinos (fueron invadidos por ellos en las dos guerras mundiales). Jomeini intentaba mostrar que a pesar del apoyo americano al golpe de Estado del 53, la oposición iraní no sentía rencor contra los americanos, que en el contexto de la guerra fría erna vistos como un buen garante de la independencia del país.

El ayatollah astuto

Jomeini, como ya he explicado alguna vez, era un tipo muy listo. Si a los autores del artículo original les sorprende que sea “más astuto” y “menos heroico” de lo que parecía, es que no se han documentado lo suficiente. Jomeini no era necesariamente anti-americano, pero se apropió del discurso predominante para conseguir sus objetivos políticos. Contaba aquí  cómo en los años 60 empezó a surgir un fuerte sentimiento de anti-occidentalismo entre los intelectuales iraníes; lo único que hizo el ayatollah fue aprovecharse de ese sentimiento para impulsar su propia agenda. Los periodistas no son los únicos en no entender a Jomeini; éste ya fue sobreestimado por el resto de la oposición en 1979: los distintos grupos que disputaban el poder creyeron que podían utilizar al anciano clérigo para lograr sus objetivos y al final fue él el que se aprovechó de todos para implantar su modelo de Estado. El ayatollah no era un inocente y bienintencionado clérigo, sino que desde principios de los 70 había diseñado un programa político, un modelo teocrático conocido como el “velayat e-faqih”, el gobierno del jurista. Hablamos de ello aquí (buscar “el gobierno del jurista”). El objetivo de Jomeini era implantar este modelo, con o sin los americanos.

jomeini paris, rohani

Jomeini en París. El segundo por la izquierda es el actual presidente de Irán, Hasan Rohaní. Fuente, Reddit

Obviamente, de las palabras a los hechos hay una enorme distancia. Tuve la ocasión de estudiar las relaciones diplomáticas entre EEUU y los primeros gobiernos de la república islámica. Ni los iraníes querían cortar todos los lazos con el gobierno americano, ni los yanquis querían perder años de inversión y esfuerzo. A pesar de la retórica anti-americana en las calles, los políticos iraníes que intentaban controlar la situación eran conscientes de que era preciso mantener una relación cordial con los estadunidenses, que llevaban 25 años invirtiendo e influyendo en el país.

Jimmy Carter había empezado a presionar al shah en 1977 para que respetase los derechos humanos y poco a poco abriese el sistema político iraní. Recordemos que, en 1975, el shah había impuesto un partido único. Al mismo tiempo, el shah se moría de cáncer y esperaba preparar una transición a la española. Los contactos entre el rey Juan Carlos y el shah de los que se han hecho eco algunos medios republicanos se inscriben en ese contexto.  Jomeini era visto por los diplomáticos occidentales como una figura crucial para una transición pacífica, especialmente desde que abandonó el exilio en Nayaf por las afueras de París.

La crisis diplomática, al servicio de la política interna

Jomeini no hablaba ni papa de inglés. En París fue asesorado por un grupo de estudiantes y profesionales iraníes con experiencia exterior y conocimientos en francés, inglés y alemán, que se comunicaban con la prensa y los diplomáticos extranjeros. La mayoría de ellos, como Ebrahim Yazdi, al que se menciona en el artículo de eldiario.es, eran militantes del Movimiento de Liberación de Mehdi Bazargán. Este partido, sobre el que escribí mi tesina de máster, era una amalgama de intelectuales de clase media-alta, islamista pero anti-clerical,  dividido entre un sector socialista-revolucionario y otro liberal-reformista. Jomeini supo percibir estas contradicciones y explotarlas en su propio beneficio, nombrando a Bazargán como presidente provisional y esperando pacientemente a que el partido se descompusiera.

La relación con EEUU fue un factor más en la lucha por el poder dentro de la incipiente revolución islámica. Los pragmáticos liberales del Movimiento de Liberación del presidente Bazargán fueron desahuciados del poder gracias a la ocupación de la embajada estadounidense, a la que el artículo de eldiario apenas hace una breve mención. La toma de la embajada fue un intento muy exitoso de desestabilizar al gobierno provisional, incapaz de controlar a los manifestantes, las fuerzas de seguridad y las nuevas instituciones revolucionarias que iban surgiendo.

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Bani-Sadr (izquierda), Bazargán (centro) y Jomeini. Fuente, Fouman.com

Paralelamente, según cuenta en sus memorias el expresidente Abolhassan Bani-Sadr, miembros del Partido de la República Islámica como Raja’i iniciaban contactos con representantes de Ronald Reagan. Bani-Sadr, el primer presidente de la República Islámica elegido democráticamente, fue destituido por Jomeini en 1981. En sus memorias (que tengo en PDF si a alguien le interesa) se aprecia mucho resentimiento contra el ayatollah y sus partidarios. A pesar de eso, y aunque sus acusaciones no estén sustanciadas con pruebas, la teoría de Bani-Sadr es interesante: según él, la crisis de los rehenes fue aprovechada tanto por el PRI como por los republicanos, y hubo un acuerdo entre ellos para que el secuestro durara hasta después de las elecciones. La incapacidad de liberar la embajada fue presentada como un fracaso de la política conciliadora de Carter, y permitió la elección de Reagan. A cambio, (siempre según Bani-Sadr) el PRI recibió fondos y armamento para luchar contra los iraquíes, que habían invadido Irán en 1980.

Desde entonces, las relaciones entre EEUU e Irán han sido elementos importantes en la política interna de ambos países, especialmente de Irán. Estas relaciones tocaron fondo durante la década de los 80, en la que EEUU apoyó a Iraq en su guerra contra Irán y derribó un avión de pasajeros civil; mientras que Irán apoyó a organizaciones terroristas y milicias armadas como Hezbollah. Desde 1989 ha habido sucesivos intentos por ambas partes de mejorar la relación, con mayor o menor éxito. El acuerdo alcanzado este año es el último hito de esta tortuosa relación.

 Para más información sobre la revolución y las décadas posteriores, recomiendo leer tres artículos de este blog, La Revolución Islámica,  Irán después de Jomeini y Los gobiernos de Jatami.

¿Qué es un ayatolá?

Aunque ya estaréis al tanto, debo mencionar que este es un blog divulgativo, cuyo objetivo es ser ameno y fácil de leer. Es decir, que lo que váis a leer es un resumen simplificado de un tema bastante complejo, y por tanto puede haber omisiones e incorrecciones. Ni se os ocurra copiarlo y pegarlo para un trabajo de instituto/universidad o un artículo de prensa, porque haríais un sonoro ridículo. En este artículo hay muchas palabras raras, así que tal vez sea conveniente tener a mano el Glosario de términos islámicos.


Introducción

En las anteriores entregas hemos estado hablando de Irán y sus ayatolás. Irán es uno de los principales países de mayoría chií, pero no el único. Es muy importante tener en cuenta que, aunque la mayoría de los iraníes sean chiíes (un 95% de la población total del país, unos 70 millones), la mayoría de los chiíes no son iraníes. Repito, hablar de chiísmo no es hablar de Irán, y viceversa. Alrededor de un 10% de los musulmanes son chiíes. De todos ellos, solo un tercio son iraníes.

Además de una diáspora extensa, existen importantes comunidades de chiíes en Líbano, Yemen, Arabia Saudí, Bahrain, el sur de Iraq (en torno a los santuarios de Nayaf y Kerbala), Azerbaiyán, Pakistán y la India. La India es el segundo país del mundo tras Irán en número de chiíes. Allí hay unos 45 millones de chiíes, el 30% de la población musulmana total de la India. El principal núcleo chií de la India es la ciudad de Lucknow, donde hubo un sultanato chií independiente hasta el célebre motín de 1857.

Fundamentos del chiísmo

El chiísmo duodecimano, la rama más extendida, cree que Alí, primo y yerno de Mahoma, y sus descendientes, son los sucesores legítimos del profeta al mando de la comunidad islámica. Aparte de Alí, hay 11 herederos de Mahoma reconocidos, siendo los más famosos Hussein (hijo de Alí que fue martirizado en la ciudad iraquí de Kerbala cuando luchaba contra Muawiya, el primer Omeya) y Yafar.

A estos descendientes de Mahoma se les denomina Imanes o Imames, y se les atribuyen virtudes casi divinas, fundamentalmente la infalibilidad. Además, de casi todos ellos se recopilaron una serie de dichos y opiniones (ahadith) que forman la Sunna chií, es decir, el segundo cuerpo doctrinal tras el Corán. Los sunníes, por el contrario, solo consideran los dichos del profeta Mahoma en su Sunna. Según la creencia chií, todos los imames fueron asesinados salvo el número 12, Muhammad ibn Hasán, el Mahdi, que entró en “Ocultación” alrededor del año 874.

Que entrase en ocultación no significa que el Imam muriese, sino que se retiró del mundo terrenal. Un día, cuando las condiciones sean propicias, volverá, acompañado por Jesucristo (uno de los profetas del Islam, como Moisés o Salomón), a instaurar la justicia, la paz y el Islam universales. Es decir, que la creencia en el Imamato tiene repercusiones escatológicas similares a la creencia cristiana en el Juicio Final, la resurrección de las almas, etc.

Desde un punto de vista político y religioso, dado que la línea de sucesión de Mahoma termina en el duodécimo Imam y este no está muerto sino oculto, no hay un líder establecido de la comunidad de creyentes. Sin embargo, durante la ausencia del Imam los seres humanos siguen precisando de guía temporal y espiritual. De esta forma, los estudiosos de la doctrina islámica se convierten en los representantes del Imam en la Tierra.

Sistani.jpgEl Gran Ayatolá Sistani, uno de los principales marya en la actualidad. Fuente: Wikimedia

Dado que los chiíes han sido por lo general perseguidos, condenados y asesinados a lo largo de la historia y pocas veces han ostentado poder político (salvo en los califatos fatimíes de Egipto y Túnez y en Irán tras 1501), no hay una institución religiosa única que los integre y organice a todos. Por el contrario, el chiísmo duodecimano funciona de forma un tanto informal, al menos si lo comparamos con la Iglesia Católica.

Jerarquía religiosa chií

Según la doctrina Usuli, que fue la que se consolidó en Irán alrededor del siglo XIX, la comunidad religiosa se divide en dos: los clérigos (ulema o muytahid), que pueden interpretar la ley islámica; y los emuladores, que deben seguir los consejos de un sabio islámico de su elección. Solo se pueden seguir las opiniones de un erudito vivo, en cuanto muere sus fatuas (opiniones legales) dejan de tener vigencia. Aún así, este erudito puede tener seguidores que transmiten y adopten su legado doctrinal a los nuevos tiempos. Además, no todos los clérigos son iguales, hay rangos.

  Los principales rangos (aunque hay una infinidad) son hoyatoleslam, ayatolá y marya. Dos elementos determinan el rango de un estudioso del Islam: por un lado, la formación académica y la cantidad y variedad de obras que haya publicado. Por otro, el número de seguidores que tenga, es decir, de fieles que acudan a él para recibir consejo.

Grosso modo, y para que lo entendáis de forma simple, un hoyatoleslam sería el equivalente a un estudiante que ha completado una Licenciatura o un Grado universitario; en este caso alguien que haya estudiado unos cuantos años en un seminario con un maestro destacado y haya dominado la gramática del árabe, la exégesis del Corán y la Sunna, la lógica, la filosofía, la jurisprudencia, y demás disciplinas relevantes.

El siguiente rango en importancia seria ayatolá. Un ayatolá es algo así como un Doctor universitario, es decir, un hoyatoleslam que ha publicado una extensa y voluminosa tesis en un tema de su elección, demostrando su dominio de las ciencias islámicas, y que por tanto se ha ganado el privilegio de interpretar la ley, emitir juicios religiosos de forma legítima y dar clase en seminarios islámicos.

El último y más elevado grado es el de marya-e taqlid, fuente de emulación. Los marayi (pl. de marya) son los clérigos más influyentes y poderosos. Para ser un marya uno ha de ser un ayatolá de prestigio y debe haber publicado al menos una obra sobre cada una de las grandes materias islámicas, desde mística hasta reparto de herencias y divorcios. Aunque el número de marayi se haya disparado en las últimas décadas (hoy día hay más de 40), tradicionalmente había nada más que uno, como mucho dos o tres. En la época de la Revolución Islámica había unos cuatro marya en Irán.

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El Gran Ayatolá Montazeri, uno de los marayi más importantes de los años 80, y primo perdido de Fernando Arrabal. Fuente, The Guardian.

El marya más famoso y poderoso hoy día es Ali Al-Sistani, originario de Irán residente en Irak. Sistani no es partidario de la doctrina del velayat e-faqih (que ya expliqué aquí, ver sección “El gobierno del jurista”), y sus relaciones con la República Islámica no son precisamente buenas. Tiene una página web muy interesante donde podéis consultar en qué consiste su trabajo, principalmente responder dudas de confusos creyentes que se plantean si comprar un coche a plazos está permitido por la ley islámica, o si comer helado con una pequeña cantidad de etanol es pecaminoso. La web está disponible en árabe, persa, urdu, azerí, turco, francés e inglés, toda una muestra de la popularidad de Sistani.

Es necesario puntualizar, como bien nos ha señalado Manuel Llinás en Facebook, que estas categorías son un fenómeno reciente, desarrollado sobre todo a partir de la Revolución. Hace 50 años, el término ayatolá solía emplearse para referirse a un marya o aspirante a marya; hoy día se utiliza para calificar a un muytahid (clérigo capaz de interpretar la ley) establecido, mientras que hoyatoleslam ha pasado a designar a los estudiantes aspirantes a muytahid.

  Mucho se habla en la poco informada prensa española (e internacional) de un supuesto conflicto entre suníes y chiíes. En otro momento he dedicado un artículo a desmontar tal teoría (en mi opinión no es un “conflicto” doctrinal, confesional o sectario, sino estrictamente geopolítico).

Ahora me limitaré a señalar que en los últimos quinientos años de historia islámica no ha habido grandes guerras interconfesionales al estilo de las que sacudieron Europa en tiempos de Lutero. Aunque tengan creencias distintas, los chiíes no tienen la tradición de matar sunníes, y viceversa.

Sí es cierto que en época medieval los chiíes desarrollaron una doctrina muy interesante denominada disimulación, consistente en hacerse pasar por sunníes allá donde gobernasen líderes intolerantes con los chiíes. Por encima del martirio, los chiíes perseguidos buscaban la supervivencia. No obstante, ese tema lo dejamos para otro día. No dudéis en comentar si tenéis dudas u objecciones.


Para saber más. Bibliografía de interés general:

  • Varios autores, Encyclopaedia Iranica (en inglés, libre acceso): http://www.iranicaonline.org/
  • Moojan Momen, An Introduction to Shi’i Islam, Yale University Press, 1985. (Dispongo de versión en pdf si estáis interesados)

La revolución islámica (1977-1989)

                En este texto me voy a centrar en la revolución y la organización del nuevo régimen en el periodo 1979-1989. El artículo me ha quedado un poco largo, pero espero aún así que sea ameno y fácil de entender.

Aunque la prensa lo haya podido pintar como un régimen monolítico e inflexible, lo cierto es que dentro de la República hay numerosas facciones e instituciones enfrentadas que rivalizan por el poder político. Desde los primeros meses tras la revolución, la política exterior ha sido un elemento fundamental de la política interna iraní y la lucha entre facciones. No es posible comprender las turbulentas relaciones entre el país persa y Estados Unidos sin tener en cuenta las particularidades del sistema iraní.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


La revolución islámica (1977-1979)

                Las revoluciones, ya sean liberales, comunistas o islámicas, suelen funcionar de forma parecida. Se desarrollan en dos grandes fases, una primera en la que diversos grupos opositores se coordinan y movilizan a las distintas clases sociales para derribar el régimen existente; y una fase final en la que esos grupos se disputan el poder. El resultado, si la revolución es exitosa, no es otra cosa que un Estado mucho más fuerte, aunque su control haya cambiado de manos. Los ganadores de la revolución no son necesariamente los que la iniciaron, ni los que ocupan el gobierno provisional, sino los que han sabido inmovilizar los antiguos instrumentos del poder y monopolizar las nuevas instituciones revolucionarias. Así sucedió en Francia, en Rusia y también en Irán.

                Pocos se imaginaban en 1977 que dos años más tarde Irán experimentaría una revolución (recordemos que Carter se refería a Irán como una “isla de estabilidad en una región turbulenta”), y mucho menos que se habría convertido en una teocracia. La mayoría de los observadores y académicos occidentales consideraban que los clérigos chiíes eran cada vez menos importantes, y pensaban que en dos o tres generaciones su influencia en la sociedad sería nimia. El futuro era de los jóvenes de clase media. Y esos jóvenes, se suponía, pasaban de los ayatollahs y querían pizza, salir de fiesta y, algunos de ellos, los más activos, la revolución. Un exultante Peter Avery (historiador británico) escribía en 1965:

 Los nuevos embalses [parte de la Revolución Blanca] se han convertido en resorts para jóvenes hombres y mujeres que se entretienen hacienda ski acuático y muestran en cada uno de sus gestos una libertad absoluta respecto a los dictados y restricciones de los viejos códigos. La Victoria del modernismo está más asegurada que nunca.
Avery, Modern Iran, Londres, 1965, p. 506. La traducción es mía

                El bueno de Avery no podía haber estado más equivocado. Estos jóvenes que disfrutaban sin las restricciones del pasado fueron uno de los principales actores de la revolución que encumbraría a Jomeini. Quizá el ski acuático no estuviera al alcance de toda la juventud, o tal vez no fuera suficiente para convencerles de que el gobierno del shah era lo mejor para su país. Recordemos, además, que durante los años 60 y 70 había surgido un fuente sentimiento de anti-americanismo entre los intelectuales iraníes, muy inspirados por los éxitos de la revolución cubana y Vietnam del norte.

IMG_0086.JPGMezquita chií de Hamburgo, lugar habitual de reunión de opositores al shah en los años 70. La foto es mía.

                El único espacio en el que los iraníes podían hablar libremente de política e ideologías eran las universidades extranjeras. Dado que la infraestructura educativa de Irán era bastante deficiente, el número de plazas universitarias era muy reducido y no satisfacía la creciente demanda laboral, por lo que muchos jóvenes, financiados por el gobierno o por sus padres, finalizaron su educación formal en universidades europeas (sobre todo francesas y alemanas) y estadounidenses. Gran parte de ellos militaba en alguna de las numerosas asociaciones de estudiantes, a menudo ligadas a partidos y grupos iraníes, ya fueran islamistas, marxista-leninistas, maoístas, etcétera. Durante los años 70 fueron famosas las movilizaciones de estudiantes iraníes en el exterior. Tanto Al-e Ahmad como Shariati, del que os hablé en la anterior entrega, así como muchísimos otros personajes de relieve de la época, habían estudiado fuera.

                Teniendo todo esto en cuenta, se entiende el carácter anti-americano de la revolución, incluso se puede comprender que se reivindicase el islam como seña de identidad frente a un régimen laico y pro-occidental. En todo caso, es difícil de entender de primeras que una revolución iniciada por la juventud y la clase media, por muy anti-imperialista que fuera, se convirtiese en un régimen teocrático con el clero chií ocupando los principales puestos de poder. Para poder comprender el desarrollo de la revolución, hay que tener en cuenta la estructura social de Irán en los años 70.

                Lo cierto es que la clase media “moderna” (es decir, profesionales liberales, maestros, ingenieros, funcionarios del Estado) apenas representaba un 15% de la población total, mientras que la clase media “tradicional” (comerciantes, clérigos, pequeños propietarios) suponía poco más de un 10%. Esta reducida clase media, la que tenía el tiempo y los medios para involucrarse en política, estaba además tremendamente fragmentada ideológicamente. La mayoría de partidos políticos clandestinos, desde el comunista Tudeh hasta el liberal y laico Frente Nacional, pasando por el islamista y anti-clerical Movimiento de Liberación, reclutaba a sus miembros de entre este reducido y acomodado 25% de la población.

                Irán era un país con una crisis social latente. En las ciudades grandes se apiñaban millares de inmigrantes rurales y desempleados que no recibían asistencia alguna por parte del Estado, y que acudían a las mezquitas de barrio en busca de consuelo material y espiritual. El clero chií, recordemos, era económicamente independiente, y pudo dar alimento y techo a centenares de personas sin rendir cuentas al Estado. El régimen, centrado en reprimir a los partidos y organizaciones de clase media, apenas prestó atención a los barrios pobres del sur de Tehrán, de donde surgiría la masa de manifestantes que acabó derribando el régimen.

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Dos ancianas en el patio de su casa en el sur de Teherán, donde se concentraba la masa d inmigrantes rurales que buscaban una vida mejor en las ciudades.  Tehran. (Fotografía de Kaveh Kazemi/Getty Images, 1980)

                La mayoría de los historiadores piensa que el detonante de la revolución fue el relajamiento de la represión política que el shah inició en 1977. Algunos dicen que se lo pidió el presidente Carter, preocupado por las flagrantes violaciones de los Derechos Humanos del régimen de los Pahlavi. Otros minimizan la importancia de Carter y aseguran que el shah preparaba una sucesión pacífica para su hijo, dado que estaba enfermo de cáncer. Esta segunda explicación parece más plausible. Recordemos que, durante las mismas fechas y unos 5.000 km al oeste, la España franquista se reconvertía más o menos pacíficamente en una monarquía parlamentaria. No obstante, el shah había desatendido los programas de ayuda social, y los iraníes estaban muchísimo más cabreados y hambrientos que los españoles.

                Los primeros en manifestarse pacíficamente contra el régimen fueron los profesionales de clase media (abogados, médicos, ingenieros), a los que pronto se unieron los estudiantes y los precarios partidos políticos, y poco después los estudiantes religiosos. Dado que el shah había invertido en armamento pesado en lugar de material antidisturbios, se vio obligado a dispersar las manifestaciones a balazos. Esto no hizo sino complicar las cosas. Los clérigos salieron a las calles liderando a las masas de pobres descontentos, la pequeña burguesía comercial (el bazar) cerró sus tiendas durante semanas como muestra de solidaridad, y los funcionarios del Estado abandonaron su trabajo. Finalmente, se unió a la revolución el escaso proletariado (en el sentido “puro” de la palabra), que trabajaba sobre todo en la industria petrolera, de enorme importancia estratégica. El ejército, desmoralizado, se declaró neutral, y los grupos armados que se habían formado a principios de los 70, los Fedaian (marxistas-leninistas) y los Moyahedin (socialistas islámicos) tuvieron su momento de gloria derrotando a la guardia monárquica y asaltando las armerías el 11 de febrero del 79. En apenas un año y medio un implacable régimen se derrumbó como un castillo de arena.

                Si bien la revolución no la iniciaron los clérigos, ellos eran los que aglutinaban tras de sí a mayor parte de la sociedad. Jomeini, que llevaba en el exilio desde el 63, era un ídolo de masas. Sus discursos en Nayaf (santuario chií en Irak) eran distribuidos clandestinamente en citas de casette a una velocidad asombrosa. Su retórica cautivaba a todos, desde conservadoras amas de casa hasta jóvenes estudiantes revolucionarios e izquierdistas. Si bien es cierto que el ayatollah llevaba años denunciando la monarquía, su creciente popularidad al inicio de las manifestaciones hizo que el Shah pidiese a Sadam Hussein que expulsase al ayatollah de su país. Craso error, pues Jomeini se refugió en París asistido por una veintena de jóvenes activistas que preparaban y traducían sus discursos, convirtiéndose así en el líder simbólico de la revolución. Si habéis visto o leído la saga Los Juegos del Hambre, Jomeini era algo así como la protagonista de la trilogía, Katniss, el símbolo de la revolución, una eficaz arma propagandística al servicio de los opositores. La diferencia era que Jomeini no era una ingenua adolescente, sino un veterano ayatollah más listo que el hambre. Los jóvenes agitadores (muchos de ellos parte del Movimiento de Liberación) pensaron que podrían utilizar a Jomeini para dar impulso a su revolución, pero al final fueron ellos los que acabaron siendo usados por el septuagenario clérigo.

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Jomeini encabezando la oración durante su estancia en París. El segundo por la izquierda es el actual presidente de Irán, Hasan Rohaní. Fuente, Reddit

                El 1 de febrero de 1979 Jomeini aterrizó en Tehran, siendo recibido por millones de personas. Poco después nombró un gobierno provisional encabezado por Mehdi Bazargán, un respetado ingeniero, líder del Movimiento de Liberación. Un par de semanas después el Shah abandonaba el país. Bazargán y su partido, al que también perteneció Shariatí, fueron el objeto de mi tesina de fin de máster, así que podría contar millones de cosas sobre ellos. Servirá decir que Bazargán era un buen tipo aunque no tenía mucho carisma, que pecó de ingenuo al confiar en las buenas intenciones de Jomeini y los demás partidos y que su partido era pequeño y estaba internamente dividido. Como afirmé en el párrafo inicial, las revoluciones suelen reforzar el poder del Estado. Los que proponen reducir el poder y el tamaño de ese estado, ya sean anarquistas o liberales como Bazargán, no suelen salir bien parados.

                Mientras Bazargán y compañía intentaban hacerse con el control de las desmoralizadas instituciones del Estado (administración, judicatura, policía), Jomeini se iba distanciando de ellos y estrechaba lazos con un grupo afín de clérigos y seguidores, que formarían a los pocos meses de su llegada el Partido de la República Islámica. El PRI (ojo, no confundir con el grupo mexicano) avocaba, entre otras cosas, por instaurar en el nuevo régimen una doctrina llamada velayat-e faqih. Hagamos una breve pausa para explicar qué es eso.

El Gobierno del Jurista

               Velayat e-faqih podría traducirse más o menos como Tutela o Gobierno del Jurista. El concepto no lo inventó Jomeini, aunque él es sin duda su máximo exponente. Jomeini escribió “Gobierno Islámico” en 1971. El modelo que propone está parcialmente inspirado en la “República” de Platón. Jomeini, como Platón, concibe una sociedad donde los filósofos, austeros, eruditos, y desprovistos de ambiciones materiales, son los gobernantes. En su versión, los filósofos son los intérpretes de la ley islámica. Esta ley, otorgada por Dios, deberá aplicarse hasta el final de los tiempos. Aunque a lo largo de la historia los clérigos chiíes jamás detentaron ningún poder, esta idea basa su legitimidad en el legado del califa Alí y sus sucesores. Tras la “ocultación” del duodécimo Imán (ya hablaremos de ello), los clérigos y jueces chiíes se convirtieron en sus teóricos representantes en la tierra.

                Si queréis saber más, os recomiendo mirar su Gobierno Islámico,  en especial la tercera sección del libro, “la forma de gobierno islámico”. El texto completo en español puede encontrarse en este enlace. La palabra clave del texto es “ley”. Sustituid faqih (interpreté de la ley islámica, juez) y fuqaha (jueces) por sus equivalentes en español, y todo tendrá muchísimo más sentido. La ley y el orden están de moda en todas partes y en todas épocas. La cuestión siempre es qué ley, y quién puede interpretar esa ley.

                En 1978 y 79, la mayoría de la oposición organizada, incluidos los comunistas, apoyaron el liderazgo simbólico de Jomeini. No se dieron cuenta que estaban apoyando a un tipo que había anunciado 8 años antes su intención de convertirse en el “Líder Supremo” de Irán. Al igual que los académicos occidentales, los opositores al shah pensaron que la religión era cosa del pasado y que tarde o temprano ellos se harían con el poder. El Movimiento de Liberación, único partido que estaba en posición de influir en las nuevas instituciones, subestimó al hombre que tenía enfrente. La facción de Jomeini consiguió liderar la asamblea constituyente y diseñar una constitución muy influida por el Gobierno Islámico.

                Es necesario mencionar que los velayatis o jomeinistas no representaban a todos los clérigos, y de hecho la suya era una posición minoritaria. Por un lado, había una sección conservadora y quietista que consideraba que la religión no debía mezclarse con la política, encabezada por el marya (escalafón superior del chiísmo) Shariatmadari. De igual modo, existían ayatollahs progresistas como Taleqani o en menor medida Mutahhari que defendían un orden democrático y parlamentario sin la tutela de un grupo de juristas islámicos.

La caída del gobierno provisional

                Al gobierno provisional de Bazargán, únicamente legitimado por la designación de Jomeini, se le asignó la tarea de organizar un referéndum sobre la forma de gobierno. La pregunta era “República Islámica sí o no”. Bazargán intentó cambiar la denominación a República Democrática Islámica, pero Jomeini se negó. Mientras tanto, Irán se sumía en el caos. El gobierno de Bazargán fue incapaz de controlar efectivamente a la policía o el ejército, a la vez que se sucedían en Irán las detenciones espontáneas y las ejecuciones sumarias, ordenadas por juntas revolucionarias que no obedecían al gobierno. Milicias improvisadas se dedicaron a imponer la moralidad que a ellos les parecía conveniente, a la vez que luchaban contra los que no compartían sus ideales. Merece la pena leer la entrevista de Oriana Fallaci a Bazargán en el New York Times, que podéis encontrar aquí, solo para entender el caos al que hizo frente el gobierno provisional.

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Bani-Sadr (izquierda), Bazargán (centro) y Jomeini. La cara de Bazargán lo dice todo. Fuente, Fouman.com

                Poco a poco, el PRI fue haciéndose con el control de las nuevas instituciones revolucionarias, tanto del grupo paramilitar conocido como los Guardias Revolucionarios (Pasdarán) o los tribunales que condenaban a muerte a “colaboradores” con el Shah y elementos sospechosos en general. Al mismo tiempo, consiguieron mayoría en la Asamblea de Expertos que iba a preparar la nueva Constitución. El Movimiento de Liberación y las fuerzas de izquierdas solo eran populares en las ciudades, y el sistema diseñado por Bazargán daba ventaja a los distritos rurales (cabe señalar que el 40% de la población de Irán seguía ocupada en el sector agrícola). Y es que Bazargán se empeñaba en jugar limpio cuando todos los demás jugaban sucio. Por ejemplo, el Tudeh, partido comunista iraní, estableció una alianza táctica con el PRI con el objetivo de desgastar a Bazargán. Parece estúpido en retrospectiva, pero es que los comunistas pensaban que un gobierno clerical no duraría y que finalmente las masas entenderían que eran ellos los destinados a liderar el país. El tiempo se encargó de mostrarles lo equivocados que estaban (en 1982 su partido fue ilegalizado y su cúpula arrestada).

                La constitución, aprobada por referéndum, establecía un sistema de contrapesos bastante extraños a ojos de un europeo. El parlamento unicameral estaría encargado de aprobar leyes. El presidente de la república sería elegido en elecciones libres, y formaría un gobierno (con Primer Ministro) con el beneplácito de parlamento. Al mismo tiempo, una institución jurídico-eclesiástica denominada Consejo Guardián se encargaría de asegurarse de que la legislación estaba de acuerdo con su interpretación de la ley islámica, y de comprobar que los candidatos a la presidencia y el congreso cumpliesen con unos requisitos determinados. El Consejo Guardián estaría elegido por la Asamblea de Expertos que se encargó de redactar la constitución. Sobre todo ello, un Líder Supremo, que sería el jurista más versado, respetado y sabio (es decir, Jomeini) se aseguraría de que las distintas partes integrasen un todo armonioso y funcional, así como de designar a ciertos miembros del Consejo Guardián. Es decir, una democracia muy restringida y tutelada por Jomeini y otros clérigos afines.

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Esquema del funcionamiento interno de la república. Fuente: Ervand Abrahamian, A History of Modern Iran, Cambridge, 2008, p. 165.

                El golpe final al gobierno de Bazargán fue la toma de la embajada americana por un grupo de estudiantes afines al PRI. Recordemos una vez más que la opinión pública iraní era bastante anti-americana. Por el contrario, el gobierno provisional había decidido ser pragmático y buscar el entendimiento con los yanquis. Su falta de compromiso con la causa anti-imperialista fue determinante en su caída. Jomeini se negó a condenar el secuestro, comunistas y velayatis acusaron a Bazargán de ser una marioneta de los americanos, el Movimiento de Liberación se dividió aún más, y ante la incapacidad de arreglar la situación el veterano ingeniero decidió dimitir del gobierno. El secuestro duraría más de un año.

                Tras la dimisión de Bazargán se prepararon las primeras elecciones democráticas para presidente y congreso. El primer presidente electo fue Abolhasán Bani-Sadr, un economista educado en la Sorbona, amigo de Shariatí e hijo de un ayatollah compañero de Jomeini. En el parlamento tuvo mayoría el PRI, que dificultó bastante la labor ejecutiva de Bani-Sadr. Mientras tanto, centenares de iraníes abandonaban el país asustados por la intensificación de la violencia, las instituciones revolucionarias seguían haciendo de las suyas (es decir, ejecutando y acosando a los no-afines) y continuaba el secuestro de la embajada americana. Se avecinaban elecciones en EEUU y Carter llevaba las de perder frente a Ronald Reagan, que abogaba por la mano dura frente a los revolucionarios.

Invasión iraquí y consolidación de la República Islámica (1980-1988)

                En septiembre de 1980, Sadam Hussein decidió invadir Irán. Contaba con el apoyo de EEUU y la Unión Soviética, algo que parecería excepcional si no fuera porque Jomeini había jurado destruir ambos, y los locos barbudos islámicos eran percibidos como una seria amenaza para la estabilidad de Oriente Medio. El shah, como ya conté, había invertido ingentes sumas de dinero en armamento pesado de última generación, sin embargo faltaban piezas de recambio y municiones, y las potencias se negaron a suministrarlas. La guerra, uno de los conflictos bélicos más largos del siglo XX, no solo devastó Irán sino que además permitió a los jomeinistas asegurarse el control sobre su país.

                La primera víctima política fue Bani-Sadr, destituido por Jomeini con la excusa de no ser competente para dirigir el país durante la guerra. Meses antes, un grupo armado islamista-marxista denominado Moyahedin-e Jalq (Luchadores del pueblo) había iniciado una campaña de ataques terroristas contra el PRI y las instituciones del nuevo régimen, matando a varios miembros del parlamento y al Primer Ministro Rajai. Los Moyahedin, que durante la guerra decidieron apoyar a Sadam Hussein, fueron también el pretexto perfecto para intensificar la represión. La lucha contra el enemigo, tanto interno como externo, hacía precisos ciertos sacrificios, de forma que se restringió la libertad de asociación y la de prensa.

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Mujer colaborando en la defensa de Jorramchar, ciudad iraní del Golfo Pérsico. Fuente, Fouman.com

                Si no entendéis cómo un pueblo que había colapsado las calles pudo permitir que sus libertades volviesen a ser recortadas, recordad que estábamos en pleno conflicto bélico, algo que no sucedía en Irán desde la segunda guerra mundial. Cuando las bombas caen en la calle de al lado y matan a tus vecinos, el orden de prioridades se altera. La guerra sirvió para consolidar enormemente el nuevo régimen. A los mártires de la revolución se les sumaron los mártires de la guerra contra el invasor. Y en 1982, cuando contra todo pronóstico los iraníes habían conseguido hacer retroceder a las tropas iraquíes, Jomeini decidió continuar la guerra. “Hasta Jerusalén pasando por Bagdad”, proclamó, e inició la conquista de Irak. La operación fue un fracaso, la táctica de “marea humana” fue bastante ineficaz, el conflicto se alargó durante seis años más y murieron millares de personas. El esperado apoyo de los chiíes iraquíes no se produjo. Y es que las divisiones sectarias no son tan importantes como la identidad nacional o el lenguaje, por mucho que la prensa se empeñe en mostrar lo contario. A pesar de que los chiíes iraquíes eran oprimidos y discriminados por el régimen de Hussein, la mayoría de ellos apoyó a sus compatriotas árabes frente a los invasores persas.

                En 1988, ante la incapacidad de resolver el conflicto por la vía armada, Irán e Iraq firmaron un acuerdo de paz. Quizá desde el punto de vista geopolítico la estrategia de Jomeini parece absurda (perder cientos de miles de vidas para arrancar un acuerdo al que se podía haber llegado en 1982, cuando las tropas iraquíes se retiraron de Irán), pero sin duda desde una perspectiva interna fue todo un éxito. Toda la energía y el entusiasmo heredados de la revolución se canalizaron en una guerra en las fronteras, alejada de los centros de poder. La población en edad de protestar se consumió en las trincheras y no se opuso a los progresivos recortes de libertades. Las restricciones se justificaron mediante la lógica de guerra (debemos permanecer unidos, ganar la guerra es más importante que las libertades democráticas, etc), y la República Islámica pudo consolidar sus mecanismos e instituciones. Una vez eliminada o marginalizada la oposición al PRI, este se dividió en varias facciones y partidos. Sin embargo, no hablaremos en detalle de ellos hasta la próxima entrega.

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El elevado numero de bajas causado por las tácticas de “marea humana” hizo que la edad de reclutamiento fuera cada vez más temprana. Una generación entera creció bajo el trauma de la guerra.  Fuente, Fouman.com

                Jomeini murió en 1989. Tras su muerte, la República Islámica se adaptaría a los nuevos tiempos. La sucesión como “Líder Supremo” fue controvertida, pero no quiero adelantar acontecimientos. El próximo artículo cubrirá el periodo entre 1989 y la actualidad. Hasta entonces.

Relaciones Irán-Occidente (1953-1979)

Continuamos con el especial sobre Irán. En esta entrega podrás leer un resumen del gobierno del último Shah, con especial énfasis en el surgimiento de un fuerte sentimiento anti-occidental entre los estudiantes, intelectuales y opositores al régimen.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979

El shah consolida su poder

En la última entrega nos quedamos en el golpe de Estado de 1953. Este golpe no sólo ligó la monarquía de los Pahlaví al apoyo Occidental, sino que además sirvió para que EEUU sustituyese en el imaginario colectivo persa a Gran Bretaña como la gran potencia malvada que amenazaba la independencia de Irán.

En efecto, la disgregación progresiva del imperio británico (que, entre otras cosas, abandonó la India en 1947, tema del que ya hablaremos otro día) y los problemas económicos del gobierno de Londres hicieron que la diplomacia americana tomase el relevo de la británica. El shah Muhammad Reza Pahlavi se convirtió así en el principal socio americano en Oriente Medio, una pieza fundamental en el tablero de la Guerra Fría.

Si en política exterior el Shah se consideraba parte del “mundo libre y democrático”, dentro de sus fronteras reprimió y encarceló todo atisbo de oposición. Los dos partidos títere que se alternaban en el parlamento (llamados por los iraníes el “Partido del Sí” y “Partido sí señor”) fueron complementados con uno de los servicios secretos más implacables y poderosos del tercer cuarto del siglo XX, el célebre SAVAK, hoy rebautizado como SAVAMA.

Anulada la oposición, el shah se centró en continuar el legado de su padre y fortalecer el poder del Estado. Así, se persiguió a las tribus, se impuso el uso del persa como lengua oficial (gran parte de la sociedad iraní, especialmente en las zonas montañosas y rurales, todavía hablaba dialectos túrquicos), se impulsaron las importaciones de bienes occidentales y se intentó crear una clase media “moderna” (asalariada y dependiente del Estado) que sirviese de base social al régimen. Más o menos lo que se cuenta en la segunda de la Breve Historia de Oriente Medio 3.

En 1963, diez años después del golpe, el shah anunció a bombo y platillo un programa de reformas denominado grandilocuentemente “Revolución Blanca”. El nombre se debe a que el shah pensaba que era la forma más eficiente de prevenir una revolución roja, aunque en opinión de bastantes historiadores no sirvió sino para sembrar las semillas de la revolución islámica.

Las medidas modernizadoras consistían, entre otras cosas, en una reforma agraria y un control más estricto de las instituciones religiosas por parte del Estado. La reforma agraria no fue muy exitosa, acabó con uno de los principales apoyos del régimen, la aristocracia terrateniente, y además favoreció un flujo progresivo de emigrantes rurales que se apiñaron en barrios de chabolas en las principales ciudades.

Las medidas contra el clero provocaron una oleada de protestas que tuvo como epicentro Qom, la principal ciudad religiosa de Irán. En ellas destacó un sexagenario ayatollah (¿Qué es eso?) llamado Ruhollah Jomeini. Si bien Jomeini no era por aquel entonces una de las principales figuras religiosas del país, su actitud combativa y rebelde, en contraste con el quietismo conformista de los líderes chiíes, le hizo ganar numerosos adeptos. Por supuesto, las manifestaciones fueron reprimidas a sangre y fuego, y Jomeini tuvo que exiliarse en Irak, donde permanecería hasta 1978.

Anti-occidentalismo y oposición intelectual

Al mismo tiempo, surgía entre los intelectuales y la clase media un fuerte sentimiento de rechazo hacia todo lo occidental. Su primer exponente fue Yalal Al-e Ahmad, un profesor, periodista y escritor de Teherán. He leído un buen número traducciones de sus obras, y puedo deciros es un escritor fascinante, al igual que sobre su esposa, Simin Daneshvar, que ya mencioné ayer.

En todo caso, en 1962 Al-e Ahmad publicó de forma clandestina un ensayo titulado Gharbzadegi, que puede traducirse como Occidentalitis o Intoxicación Occidental. En esta obra, deliberadamente polémica y emotiva, Al-e Ahmad afirmaba que los intelectuales iraníes se habían alejado de su pueblo y sus raíces, adquiriendo además un sentimiento de inferioridad respecto a Occidente, a la vez que la economía se resentía e Irán se convertía en un mero exportador de materia prima a cambio de productos manufacturados innecesarios (una tesis muy parecida a la Teoría de la Dependencia de Cardoso y Faletto para America Latina, aunque expresada de una forma muchísimo más visceral y literaria).

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Yalal Al-e Ahmad junto a su esposa, la también escritora Simin Daneshvar. Fuente, Not Even Past.

La respuesta, indicaba Al-e Ahmad, debía consistir en recuperar la confianza perdida, volver a las raíces (el islam) y rechazar la dependencia de la tecnología occidental alienante e innecesaria. El panfleto fue todo un éxito, y pese a la censura se convirtió en una de las obras más influyentes entre los intelectuales y estudiantes de aquellos años. Su popularidad hizo que incluso Jomeini alabara la obra y adoptara su retórica anti-occidental.

Al-e Ahmad murió en el 69 en extrañas circunstancias. Muchos iraníes pensaron que se trataba de un asesinato político, aunque su mujer desmintió las acusaciones y afirmó que había sido un ataque al corazón. No obstante, otros recogieron su testigo. Occidentalitis presentaba un diagnóstico, pero no ofrecía soluciones. Éstas fueron brindadas por otros autores y movimientos.

Más allá de la miríada de organizaciones marxistas (estalinistas, maoístas, partidarios de la no-violencia, grupos armados…), que tan solo tenían éxito entre los universitarios y ciertos elementos de la clase media “moderna” (que nunca fue muy numerosa), el teórico político más célebre del momento fue un joven sociólogo llamado Alí Shariatí.

Shariatí es una figura fascinante y muy controvertida, y es injusto despacharle en un par de líneas (ya escribiré algo más adelante). No obstante, para la fluidez del texto me limitaré a indicar que Shariatí hizo del anti-imperialismo una de los principales temas de la juventud. En su visión, oponerse a Occidente era igual que oponerse a la dictadura, y reivindicar el Islam y sus símbolos era una forma de reafirmar la identidad nacional iraní, desprenderse de la alienación provocada por el capitalismo y caminar hacia una sociedad sin clases, verdaderamente democrática y por tanto, islámica.

Por supuesto esta lectura pseudo-marxista de los textos islámicos enfureció al clero, más aún teniendo en cuenta que Shariatí los acusaba abiertamente de embaucar y adormecer a las masas con rituales y regulaciones absurdas, de desviarse del sentido revolucionario original del Islam, y de monopolizar la religión. También enfadó a los comunistas, a los que Shariati calificaba de materialistas y ajenos a la voluntad del pueblo.

Por fortuna para todos ellos, Shariati murió en Inglaterra en 1977, después de haber sido sometido a torturas por el SAVAK y escapar por los pelos del país. Es decir, que el movimiento islámico anti-clerical (sobre el que escribí mi tesina) perdió a su voz más popular un par de años antes de la revolución. “Bad timing”, como dicen los ingleses. El principal defensor de la acción revolucionaria no llego a verla materializada.

shariati-jomeiniPancartas con los rostros de Jomeini y Shariatí durante la Revolución. Fuente, The Iranian.

El shah prepara el camino para la revolución

Mientras tanto, Muhammad Reza Pahlaví seguía confiado en su trono, sintiéndose más fuerte que nunca aunque en realidad se estaba quedando más solo que ningún otro gobernante iraní en la historia. En 1975, siguiendo las recomendaciones de un académico de Harvard llamado Samuel Huntington (el del “Choque de Civilizaciones), el shah decidió liquidar el ficticio sistema parlamentario e instaurar un partido único llamado Rastajiz (Resurgimiento).

Al mismo tiempo, inició una campaña contra la especulación, instaurando precios fijos y poniendo en su contra a los propietarios y tenderos del bazar. Las rentas del petróleo, bastante lucrativas tras 1971 (Irán fue de los pocos países que no firmó el embargo contra los países occidentales), fueron invertidas casi exclusivamente en tanques, aviones y armamento pesado. En palabras de un observador estadounidense, “el shah devoraba los catálogos armamentísticos como si fueran revistas porno”.

 Quizá hubiera sido mejor para la estabilidad de su régimen invertir en programas sociales para aliviar la pobreza y el descontento en los barrios chabolistas del sur de Tehrán, o al menos en material antidisturbios de última generación (es mejor dispersar manifestaciones a porrazos y a manguerazos que a tiros). Pero por el contrario se dedicó a llevar a cabo una ambiciosa política exterior.

Entre otras cosas, el shah armó a los kurdos con la colaboración de Israel para que desgastasen a Sadam Hussein, hasta que le arrancó un pacto favorable a los intereses iraníes (los pobres kurdos suelen ser un mero peón en batallas geopolíticas de mayor calibre). El shah quería dejar de ser visto como una marioneta americana, y de hecho se volvió arrogante e insolente.

Si entendéis inglés, por favor disfrutad del siguiente video, donde Muhammad Reza Pahlaví recomienda a los británicos “trabajar más duro para salir de la crisis”, explica que debe invertir el dinero del petróleo en armas en lugar de educación y sanidad “para no crear inflación”, y afirma que “el rey y su pueblo están tan unidos como un padre y su hijo”.

En retrospectiva es fácil reírse, pero me parece que el shah se creía sus propias palabras. Tal vez sus asesores no le informasen con fidelidad, tal vez hiciese oídos sordos a las señales de alarma. En todo caso, la diplomacia americana también se tragó el cuento, y en 1978 el presidente Carter afirmó con toda solemnidad que Irán era un paraíso de estabilidad en el turbulento Oriente Medio.

Según un profesor mío que andaba por Irán en los años 70, los americanos fueron incapaces de prever la que se avecinaba porque, entre otras cosas, apenas tenían personal que hablase persa en la embajada, y se limitaban a aceptar los análisis que les ofrecían sus informantes sin contrastarla sobre el terreno. Durante la revolución la cosa no fue muy diferente, y ninguno de los medios estadounidenses se molestó en mandar a ningún especialista de habla persa.

Entre 1977 y 1979, millones de personas colapsaron las calles de las principales ciudades de Irán, en lo que se ha denominado “revolución iraní” o “revolución islámica”. Si bien el carácter islámico del movimiento es discutible (aunque a mí me convence la posición de autores como Mohsen Milani que mantienen que fue, en efecto, islámica), lo que es innegable es su aspecto anti-occidental.

Los principales grupos implicados, tanto los islamistas clericales, como los “modernistas islámicos”, al igual que los diversos comunistas, marxistas y demás, hicieron de la oposición al imperialismo americano su bandera. La dictadura del Shah y Estados Unidos, se creía, era la misma cosa. En el nuevo país que se iba a construir no quedaba lugar, pensaban, para los que durante más de veinticinco años habían sostenido un régimen represor de las libertades que les había malvendido los recursos nacionales. Una vez Irán recuperara su independencia, se decían, se redistribuiría la riqueza y todos podrían disfrutar de los beneficios del petróleo.

 La revolución de 1979 es uno de mis temas predilectos, al que he dedicado meses de lectura e investigación, y sobre el que escribí una tesina de más de 70 páginas. Al igual que con Shariatí, me parece injusto despacharla en pocas líneas, así que le he dedicado todo un artículo. En todo caso, es preciso tener en mente este carácter anti-americano de la revolución, pues el régimen que se construiría sobre ella lo convertiría en una señal de identidad.

El secuestro de la embajada estadounidense a finales de 1979 por parte de un grupo de estudiantes jomeinistas (la famosa crisis de los rehenes) debe ser entendido en esa línea, pero también en clave de política interna. Y es que esta crisis diplomática sirvió para que Mehdi Bazargan, modernista islámico, liberal, pro-occidental y presidente del gobierno provisional, presentase su dimisión al frente del gobierno, facilitando el ascenso del clerical “Partido de la República Islámica”. Se iniciaba así un nuevo capítulo en las relaciones Irán-EEUU, un capítulo que tal vez termine con el acuerdo nuclear y el levantamiento de las sanciones.

En la próxima entrega veremos en detalle la revolución del 79. Hasta la próxima.