Afganistán III: Rumbo a la revolución (1933-1978)

Continuamos con la historia de Afganistán. Este artículo, al igual que los dos anteriores, es una traducción libre y ampliada de la historia de Afganistán de Gerald Farrell, hecha con el permiso del autor. En esta entrega he traducido con mucha más libertad, alterando párrafos y añadiendo u omitiendo detalles para que el texto sea más agradable para los lectores castellanohablantes. Los encabezados y la división de los párrafos también son cosa mía.

El reinado de Mohammed Zahir Shah (1933-1973)

Mohammed Zahir Shah, el hijo de Nadir Shah, reinaría en Afganistán durante cuarenta años, un periodo de paz casi sin precedentes y cierto desarrollo económico gracias en parte a las ayudas económicas que el país recibía. El rey y su primer ministro entre 1953 y 1963, Mohammed Daud Jan, se dejaron agasajar por las potencias imperiales de la época, EEUU y la URSS, a quienes conseguían extraer fondos para infraestructuras como presas y escuelas a cambio de un apoyo que no se llegaba a materializar.

Daud, que era familia directa del rey y además estaba casado con su hermana, causó problemas con Pakistán y con los grupos no pastunes de Afganistán al insistir demasiado en el tema del Pastunistán y tratar de reforzar la posición de los pastunes a expensas de otros grupos étnicos. Daud fue retirado del gobierno en 1963, y en la década siguiente mantuvo un perfil bajo mientras preparaba su venganza. El rey, mientras tanto, se dispuso a introducir una serie de reformas, como elecciones o declaraciones de derechos de la mujer.

zahir-shah1El rey Mohammed Zahir Shah  y su primer ministro Mohammed Daud

Aunque eran un paso bienintencionado, estas medidas escondían la falta de progreso material real en el Afganistán donde vivía la mayor parte de la población. Una vez más, vemos una élite urbana prosperando y dictando el camino a seguir a las masas rurales “atrasadas”, y una vez más vemos a las masas rurales sintiendo cierto rencor ante las buenas intenciones de las progresistas élites que les exigían cambios sin ofrecer a cambio unas mejoras en su calidad de vida. Aún así, estos años son considerados una época dorada, lo cual no es sorprendente considerando lo que vino después.

Daud, que había estado cultivando relaciones con los marxistas del país y la Unión Soviética, tramó un golpe para volver al poder. En 1973, cuando el rey estaba de vacaciones en el extranjero, se hizo con el control del país con la ayuda del ejército, que poco a poco había quedado bajo la influencia de los consejeros soviéticos y los intelectuales marxistas. En lugar de proclamarse a sí mismo rey, como venía siendo la costumbre, Daud abolió la monarquía y se nombró a si mismo presidente de la nueva república afgana.

La república afgana (1973-1978)

El golpe de Daud dió ánimos los elementos más progresistas de la sociedad afgana. La izquierda urbana pensó que era el momento de aplicar su programa de transformación social, algo difícil teniendo en cuenta lo lejos que Afganistán estaba de reunir las condiciones “objetivas” que los marxistas han considerado tradicionalmente como aptas para la transición al socialismo. Los años siguientes estuvieron marcados por la inestabilidad y la lucha por el poder entre las distintas facciones izquierdistas de Kabul y otras áreas urbanas. Muchos hombres y mujeres jóvenes que habían sido formados en la Unión Soviética regresaban a casa, impacientes por poner en práctica sus ideales revolucionarios y crear una sociedad mejor. Al mismo tiempo, el aumento del desempleo y de la corrupción hacía que estos jóvenes tuvieran cada vez menos oportunidades.

El principal partido político de finales de los 60 y principios de los 70 fue el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Haciendo honor a las tradiciones de la izquierda, este partido estaba acabó escindiéndose en dos facciones encontradas, los Parchamis (de parcham, bandera) y los Jalquis (de jalq, masas). Los Parchamis, liderados por Babrak Karmal, ayudaron a Daud a hacerse con el poder en el golpe del 73. Su visión era que, dado que Afganistán no reunía las condiciones materiales para aplicar el comunismo al estilo soviético, era precisa una estrategia gradualista y pragmática en la que poco a poco sus ideas fueran obteniendo apoyo popular, y de ahí su alianza táctica con Daud, un aristócrata burgués que no tenía mucho de comunista. Los Jalquis, por su parte, preferían una estrategia leninista de toma del poder a manos de una pequeña vanguardia organizada. Sus líderes eran Nur Muhammad Taraki y Hafizullah Amin, los cuales criticaron duramente el apoyo de los Parchamis a Daud.

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De izquierda a derecha: Taraki, Amín y Karmal

Aún así, la luna de miel entre el gobierno y sus aliados socialistas no duró mucho. Preocupado por la posible influencia soviética, y empeñado en seguir presionando a Pakistán en relación al Pastunistán (hablamos brevemente de ello en la anterior entrega), Daud comenzó un acercamiento hacia los Estados Unidos y su socio (y vecino), Irán. El rpesidente esperaba así paliar el descenso de la ayuda al desarrollo soviética, de la que su país seguía dependiendo. Hacia 1975, la mayoría de los Parchamis habían sido expulsados del gobierno, y los asesores soviéticos habían sido devueltos a su país. La semilla de una toma de poder por parte del PDPA, con apoyo soviético, estaba sembrada. Lo único que hacía falta es que los socialiustas dejasen de luchar entre sí.

La revolución de Saur (1978)

El PDPA se las apañó para reunificarse y no disolverse el tiempo suficiente como para echar a Daud del poder con la ayuda del ejército. Se puede decir que la suerte les acompañó. La revolución de Saur (el mes del calendario persa en el que tuvo lugar) fue precipitada por el asesinato extrajudicial de un notable miembro del PDPA. Su funeral fue la escena improvisada de una impresionante manifestación, a la que Daud respondió encarcelando a Taraki y Karmal, pero no a Amín. Este fue el primero de una serie de fallos por parte de las fuerzas de seguridad leales al presidente sin los cuales la revolución no hubiera sido posible.

Amín consiguió ocultar bajo el colchón de su hijo los planes para el golpe de estado que el PDPA había planeado para meses más adelante. A pesar de encontrarse bajo arresto domiciliario, la policía permitió a uno de los cómplices de Amín visitarle, pensando que se trataba de su hermano, de forma que el líder del los Jalquis fue capaz de suministrar instrucciones a sus aliados en el ejército. Por si fuera poco, el gobierno organizó un baile para sus soldados con el objetivo de celebrar el arresto de los líderes comunistas. El día siguiente, el 28 de abril de 1978, el régimen de Daud se derrumbó. El apoyo al PDPA en buena parte del ejército, así como la incompetencia del gobierno, elevó a los comunistas al poder y convirtió a Taraki en el nuevo líder del país. Daud fue asesinado al amenazar con su revólver a los soldados que se disponían a arrestarle. A pesar de lo que se creía en Occidente, a los soviéticos este evento les pilló por sorpresa, aunque se mostraron cautamente satisfechos por el nuevo aliado que los acontecimientos les brindaban.

Una vez más, sin embargo, es crucial recordar que esta “revolución” tenía escasa relación con la vida cotidiana de la gran mayoría de los afganos, cuya existencia rural apenas era afectada por los grandiosos planes de los intelectuales urbanos. La política en el siglo XX había estado marcada por planes intermitentes e inconclusos y constituciones idealistas. Se pueden escribir todas las constituciones que se quiera, pero estas no dejan de ser una pila de papel si no se crean unas instituciones que las pongan en práctica, lo que no siempre sucedió en Afganistán.

En el siguiente video se pueden ver una serie de imágenes acompañadas de una música agradable que da una idea de la atmósfera que se respiraba en Kabul tras la revolución. La mayoría de la gente común parece perpleja, probablemente preguntándose qué pasará después y esperando que los políticos se limiten a matarse entre sí y dejarles en paz. Desafortunadamente, este no sería el caso en los años venideros.

Los comunistas no contaban con un apoyo popular extendido, más allá del ejército y un pequeño grupo de intelectuales urbanos y trabajadores industriales concienciados. La “revolución” no había sido tal, sino más bien un golpe de estado organizado gracias a la infiltración en el ejército. Una vez alcanzó el poder, el PDPA trató de que sus visión de futuro fueran algo más que una serie de planes idealistas en un trozo de papel. Comenzaron enviando a algunos de sus miembros al campo para poner en marcha su programa, que consistía en educación universal para todos (incluyendo por supuesto a las mujeres), la prohibición del matrimonio infantil, una campaña contra el velo femenino, reforma agraria, cancelación de las deudas en las que se encontraban sumidos muchos campesinos y que los convertían virtualmente en esclavos, y el estatus de igualdad para todas las minorías étnicas.

pdpaEmblema del PDPA

Todo esto suena muy bien, pero para llevarlo a cabo hace falta un grado de control y una influencia sobre las zonas rurales que los políticos de la capital no poseían. Y con estas medidas se estaban ganando la enemistad de las clases sociales tradicionales que habían ejércido el poder, los terratenientes rurales y el clero tradicional, que veían sus intereses amenazados. El antagonismo entre la clase política urbana y la élite rural tradicional, persistente durante todo el siglo XX, acabaría produciendo tristes resultados, de los que hablaremos en la próxima entrega.

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Antes de terminar, me gustaría hacer una pequeña reflexión como historiador que trasciende las fronteras de Oriente Medio. A menudo, un cambio político en los centros de poder (las ciudades) encumbra a una nueva élite progresista con grandes ideales, casi siempre impaciente por llevarlos a cabo. La mayoría de las veces, especialmente si los cambios se intentan imponer de forma rápida y radical, esto acaba generando una violenta reacción en contra por parte de las clases rurales dominantes. A pesar de sus planes altruistas, buena parte del pueblo llano no se fía de sus “liberadores” urbanitas y da su apoyo a los líderes tradicionales, a pesar de que estos les oprimen.

Más que una muestra de lo reaccionarios que son los campesinos, esto es un ejemplo de que las ciudades y el campo se mueven a ritmos distintos. El refranero español lo explica claramente: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. En nuestro país, el rechazo que la reforma agraria y las políticas laicizantes de la II República suscitaron entre los labradores y campesinos del norte de España podría ser entendido en este contexto. En Irán, la toma de poder por parte de los clérigos a pesar de que la revolución había sido iniciada por las clases medias urbanas se explica en parte por el mismo principio.

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Independencia y Guerra Fría

Continuamos con la síntesis histórica de la evolución de Oriente Medio en los últimos 75 años. Ya hemos visto el colonialismo y sus efectos. Veamos ahora qué pasó cuando los distintos países alcanzaron su independencia. En esta Breve Historia de Oriente Medio nos vamos a centrar de ahora en adelante en  el establecimiento de los Estados postcoloniales.

Las simplificaciones y omisiones son inevitables para que fluya la narrativa, por lo que esto ha de considerarse una contextualización introductoria. Hoy hablaremos de la independencia y la influencia occidental durante la Guerra Fría. En los siguientes artículos hablaremos de las revoluciones y golpes de Estado militares, el proceso de construcción del Estado, el auge de la política y la militarización y el giro autoritario de los nuevos regímenes.

Los procesos de independencia

La descolonización se produjo en tres grandes olas o periodos: En primer lugar, se independizaron los países del Oriente árabe, el Mashreq, la mayoría de los cuales habían sido incluidos en los mandatos de la Sociedad de Naciones que repartían las antiguas posesiones otomanas entre Francia y Gran Bretaña. Así, a partir de 1932 los británicos fueron disminuyendo su presencia en Irak, a la vez que intentaban asegurar la estabilidad del gobierno “títere” que dejaron, para marcharse definitivamente en 1948. En Egipto la retirada británica fue lenta, comenzando en el 36 y no consumándose hasta el 54. En 1943 Líbano, controlada por la Francia de Vichy, proclamó su independencia. 3 años después, forzada por la recién formada ONU, y no sin antes bombardear las ciudades más importantes, Francia abandonó Siria. Ese mismo año, 1946, el mandato de Transjordania se transformó en el reino de Jordania bajo la monarquía Hachemí, la familia de Hussein, el jerife de la Meca, al que los británicos convencieron para sublevarse contra los otomanos en la Primera Guerra Mundial. Abdallah, hijo de Hussein, fue designado rey de Jordania por los británicos; y su hermano Faisal de Irak. Jordania sigue hoy día bajo la misma casa real. Por último, Israel fue creado en 1948 de forma algo improvisada, y en Libia, antigua colonia italiana, se instauró una monarquía descaradamente pro-británica.

descolonizacion

La segunda oleada tuvo lugar en el Magreb. Marruecos y Túnez obtuvieron la independencia de los franceses en 1956, y en 1962, tras una intensa y violenta lucha genialmente plasmada en el film La Batalla de Argel, los argelinos consiguieron expulsar a los colonizadores franceses. La tercera y última racha de independencias se extendió durante los años 60 y afectó a las antiguas posesiones y protectorados británicos en la península Arábiga y el golfo Pérsico: Adén (hoy día Yemen), Omán y los distintos Emiratos que salpican la costa noreste de Arabia (Los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, etc).

De todos modos, las independencias no implicaban necesariamente el fin de la influencia occidental en la región. Los más hábiles en mantener el “poder suave” (soft power) o el dominio indirecto sobre sus excolonias fueron los británicos, que aún hoy día mantienen fuertes vínculos con los emiratos del Golfo. La Liga Árabe fue inicialmente una idea inglesa, una forma de agrupar a los territorios árabes amistosos y animarles a batallar contra el Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Fue formada en 1945 por Egipto, Líbano, Arabia Saudí, Jordania y Yemen del Norte, a los que progresivamente se fueron uniendo más estados. Desafortunadamente para los británicos, no pudieron influir en la Liga todo lo que desearían y no pudieron impedir en 1948 la ofensiva contra el recién creado Israel. De igual modo, los británicos no pudieron evitar la revolución de Nasser en Egipto, y fracasaron estrepitosamente en su campaña conjunta con los franceses para mantener el control del canal de Suez, que había sido nacionalizado. El éxito egipcio no fue militar, sino diplomático. Francia y Gran Bretaña ya no eran las grandes potencias de antaño, y las presiones de EEUU y la URSS permitieron que los egipcios se saliesen con la suya y nacionalizasen el canal, una enorme victoria política para Nasser. Una nueva lógica geopolítica se imponía: en la época de la Guerra Fría, los recién independizados estados podían apoyarse en uno de los bandos o intentar arrancar concesiones y pactos favorables jugando a dos bandas.


La Batalla de Argel, film completo en Youtube.

La influencia occidental durante la Guerra Fría

Aunque EEUU fuera la nueva potencia emergente, carecía de algo muy importante: contactos, inteligencia y conocimiento del terreno. La colaboración con los británicos era esencial en estos primeros momentos (aunque posteriormente, como veremos, EEUU tratase de desplazar al Reino Unido en la región y “copiar” su imperio). En 1955 se establece el Pacto de Bagdad o Tratado Central (CENTO en inglés), una alianza militar al estilo de la OTAN entre el Reino Unido, Irán, Irak, Pakistán y Turquía, a los que se uniría 3 años después EEUU. El objetivo de la alianza era contener la influencia soviética, para lo que EEUU y GB proveerían con armas, financiación y equipamiento a sus aliados. Francia, por su parte, consiguió mantener buenas relaciones con Marruecos y Túnez (no así con Argelia), y los líderes de ambos países árabes obtuvieron apoyo francés para consolidar sus regímenes.

Tras la Segunda Guerra Mundial, EEUU, como decimos, abandonaba su tradicional aislamiento internacional y asumía su papel de superpotencia paranoica, tratando de limitar en todo momento la influencia de su gran competidor militar e ideológico, la Unión Soviética. Oriente Medio es una región estratégica (situada entre Europa, Asia y África y plagada de recursos naturales), de modo que gradualmente los americanos empezaron a planificar una estrategia para la región. Dado que hacia 1945, EEUU carecía de “expertos” en Oriente Medio, programas universitarios destinados al estudio de la región, o empleados capaces de desenvolverse en árabe, persa, turco o urdu, decidieron sustituir poco a poco al decadente imperio británico a la vez que intentaban importar académicos y eruditos para sus recién creados centros de estudios orientales.

CENTO
Los miembros originales del Tratado Central (CENTO). Fuente: Wikimedia

En 1945, el presidente Roosevelt se reunía con el rey Abdalazid Al-Saud, comenzando así la “relación especial” que EEUU y Arabia Saudí mantienen hasta hoy día. Esta relación se basa en la no-interferencia de Estados Unidos en los asuntos internos del reino saudí a cambio de petróleo a buen precio y apoyo diplomático y militar a los intereses geoestratégicos americanos. Resulta un tanto extraño que un país que iba a enarbolar la bandera de los recién proclamados Derechos Humanos, el libre comercio y la democracia liberal como justificación de su intervención en diversas partes del globo se aliase con una monarquía despótica y rígida, pero el anticomunismo crea extraños compañeros de cama. Y los saudíes eran (y son) fervientemente anticomunistas.

El segundo paso en su estrategia fue la “Doctrina Eisenhower”. En 1957 el presidente americano anunció que EEUU asistiría militar o económicamente a cualquier país de la región que fuera amenazado por el comunismo internacional. Dicho y hecho, en 1958 los EEUU intervinieron en Líbano para ayudar al presidente Chamoun, asustado por las presiones de los nacionalistas árabes, que en el vecino Irak acababan de derrocar al rey Faisal. Y es que el panarabismo socialista, del que tendremos tiempo para hablar en detalle, era una importante amenaza para el orden internacional surgido de las dos guerras mundiales. Y por si fuera poco, se inclinaba ligeramente hacia el bando soviético.

El tercer pilar de la presencia norteamericana en Oriente Medio sería el recién creado estado de Israel. El acercamiento a este nuevo estado era fácil, pues al fin y al cabo un sector importante de la importante minoría judía estadounidense simpatizaba y apoyaba la ideología sionista. Tras el fracaso franco-británico en Suez y la amenaza que supuso la guerra de 1967, Israel se convirtió en el principal aliado americano en el Mediterráneo. Hasta hoy, es el estado que más ayuda militar y diplomática recibe de los Estados Unidos, y ha sido capaz de crear un influyente lobby en Washington (aunque con la administración Obama su importancia ha disminuido).

Sin embargo, el que fue en mi opinión el mayor éxito de la diplomacia americana fue la incorporación de Egipto a la esfera de influencia norteamericana. Tras el fracaso de la Guerra de los Seis Días y la muerte de Nasser, el nuevo presidente de Egipto, el general Sadat, trató de acercarse a EEUU expulsando a los más de 10.000 asesores soviéticos que había en su país, con la esperanza de que EEUU presionase a Israel para abandonar la península del Sinaí. No satisfechos con las tímidas promesas americanas, los egipcios decidieron pasar a la acción y se aliaron de nuevo con Siria para atacar Israel por sorpresa durante la festividad del Yom Kippur de 1973. El nuevo fracaso militar, sin embargo, tuvo una consecuencia inédita: el acuerdo de Camp David entre Israel y Egipto en 1975, con la mediación de los EEUU. Esto fue visto como una traición por parte de la mayoría de los países árabes y el bloque soviético, aunque por otra parte el presidente egipcio y el israelí fueron galardonados con el Nobel de la paz en 1978. Sadat no solo alienó a los demás líderes árabes y sus antiguos amigos de la URSS, sino que además se ganó el odio eterno de los islamistas. A cambio, Egipto se convirtió en el segundo país que más ayuda militar y económica percibía de EEUU, permitiendo así al ejército continuar con su monopolio de la gestión del país hasta la actualidad.

Israel, Egipto, Líbano, los países del CENTO salvo Irak (Irán, Pakistán y Turquía) y Arabia Saudí se convirtieron en los ejes de la política estadounidense en Oriente Medio en los años 70. La revolución de 1979 contra el Shah acabaría con uno de los principales aliados estadounidenses. La invasión soviética de Afganistán, de igual modo, daría paso a una nueva estrategia, apoyar o permitir la acción de grupos armados no-estatales para desetabilizar al contrario, tal y como ocurre hoy en Siria. Finalmente, la disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría alterarían la importancia estratégica de la región, aunque en lo fundamental los americanos mantienen sus aliados, con la excepción de Irán. El problema hoy día para la estrategia americana es que sus aliados persiguen agendas no necesariamente coincidentes y rivalizan en cierto modo por la hegemonía regional. Y, por supuesto, que las invasiones de Irak y Afganistán han dado como fruto dos estados muy precarios incapaces de contrarrestar y combatir eficazmente a los grupos armados que se les oponen.


Hemos visto en este artículo cómo la influencia occidental se ha mantenido hasta cierto punto en Oriente Medio. En el próximo artículo veremos los desafíos a esta influencia: las revoluciones lideradas por las fuerzas armadas, la sustitución de monarquías por repúblicas y los intentos de disminuir la dependencia económica con respecto a Occidente.