Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


Quizá uno de los indicadores del delicado momento por el que pasa la sección internacional de muchos periódicos españoles es que algunos medios hayan decidido dedicarse a traducir artículos de otros sin producir contenido propio. Es el caso de eldiario.es, que adapta al castellano algunos de los artículos publicados por el diario británico The Guardian. Si bien The Guardian es un diario de cierta calidad, también incurre en errores y omisiones.

Ayer eldiario.es publicaba una traducción de un artículo titulado Las relaciones secretas entre EEUU y el ayatolá Jomeini. El texto es interesante, aunque olvida muchos detalles y presenta como un hallazgo sensacional cosas que los historiadores veníamos un tiempo sabiendo o sospechando. Por supuesto que el ayatollah contactó a la embajada americana: el poder del shah dependía enormemente del apoyo militar y financiero estadounidense,  todo intento de sustituir al régimen necesitaba tener en cuenta este factor. No haber contactado a las autoridades americanas hubiera sido estúpido. No sé hasta qué punto el intercambio de mensajes puede ser considerado “una estrecha relación”, como escriben en el artículo. Al artículo le falta contexto, mucho contexto. Para remediarlo, he escrito este breve texto.

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Manifestación conmemorando el aniversario de la Revolución Islámica (Tehrán, 11 de febrero de 2002). Fuente: Global Post

La importancia de 1963

Se afirma en el artículo de eldiario.es que “los primeros intentos de Jomeini de comunicarse con EEUU datan de 1963, 16 años antes de la revolución”, pero no se explica por qué esto es significante. En 1963, como explicamos en la segunda parte del Especial sobre Irán, tuvo lugar una oleada de protestas en las que se destacó un clérigo llamado Ruhollah Jomeini. Las versiones sobre qué pudo ocasionar las respuestas varían, pero hay cierto consenso al respecto de que las reformas de la llamada “Revolución Blanca” y los decepcionantemente manipulados comicios de ese año tuvieron algo que ver. Jomeini tuvo que exiliarse en Irak ese mismo año, desde donde continúo su labor opositora al régimen predicando contra el shah. En noviembre, momento en el que contacta a EEUU, ya estaba en el exilio. Estos intentos de contacto deben entenderse como un esfuerzo por influir en uno de los elementos esenciales de la política interna iraní: el apoyo estadounidense.

Parafraseando a eldiario.es, en ese mensaje Jomeini explicaba “que no estaba en contra de los intereses de EEUU en Irán” y que “por el contrario, pensaba que la presencia de ese país era necesaria para contrarrestar la influencia soviética y, posiblemente, la británica”. No parece una afirmación muy descabellada, pues los persas eran muy conscientes de lo perjudicial que había sido tener rusos y británicos como vecinos (fueron invadidos por ellos en las dos guerras mundiales). Jomeini intentaba mostrar que a pesar del apoyo americano al golpe de Estado del 53, la oposición iraní no sentía rencor contra los americanos, que en el contexto de la guerra fría erna vistos como un buen garante de la independencia del país.

El ayatollah astuto

Jomeini, como ya he explicado alguna vez, era un tipo muy listo. Si a los autores del artículo original les sorprende que sea “más astuto” y “menos heroico” de lo que parecía, es que no se han documentado lo suficiente. Jomeini no era necesariamente anti-americano, pero se apropió del discurso predominante para conseguir sus objetivos políticos. Contaba aquí  cómo en los años 60 empezó a surgir un fuerte sentimiento de anti-occidentalismo entre los intelectuales iraníes; lo único que hizo el ayatollah fue aprovecharse de ese sentimiento para impulsar su propia agenda. Los periodistas no son los únicos en no entender a Jomeini; éste ya fue sobreestimado por el resto de la oposición en 1979: los distintos grupos que disputaban el poder creyeron que podían utilizar al anciano clérigo para lograr sus objetivos y al final fue él el que se aprovechó de todos para implantar su modelo de Estado. El ayatollah no era un inocente y bienintencionado clérigo, sino que desde principios de los 70 había diseñado un programa político, un modelo teocrático conocido como el “velayat e-faqih”, el gobierno del jurista. Hablamos de ello aquí (buscar “el gobierno del jurista”). El objetivo de Jomeini era implantar este modelo, con o sin los americanos.

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Jomeini en París. El segundo por la izquierda es el actual presidente de Irán, Hasan Rohaní. Fuente, Reddit

Obviamente, de las palabras a los hechos hay una enorme distancia. Tuve la ocasión de estudiar las relaciones diplomáticas entre EEUU y los primeros gobiernos de la república islámica. Ni los iraníes querían cortar todos los lazos con el gobierno americano, ni los yanquis querían perder años de inversión y esfuerzo. A pesar de la retórica anti-americana en las calles, los políticos iraníes que intentaban controlar la situación eran conscientes de que era preciso mantener una relación cordial con los estadunidenses, que llevaban 25 años invirtiendo e influyendo en el país.

Jimmy Carter había empezado a presionar al shah en 1977 para que respetase los derechos humanos y poco a poco abriese el sistema político iraní. Recordemos que, en 1975, el shah había impuesto un partido único. Al mismo tiempo, el shah se moría de cáncer y esperaba preparar una transición a la española. Los contactos entre el rey Juan Carlos y el shah de los que se han hecho eco algunos medios republicanos se inscriben en ese contexto.  Jomeini era visto por los diplomáticos occidentales como una figura crucial para una transición pacífica, especialmente desde que abandonó el exilio en Nayaf por las afueras de París.

La crisis diplomática, al servicio de la política interna

Jomeini no hablaba ni papa de inglés. En París fue asesorado por un grupo de estudiantes y profesionales iraníes con experiencia exterior y conocimientos en francés, inglés y alemán, que se comunicaban con la prensa y los diplomáticos extranjeros. La mayoría de ellos, como Ebrahim Yazdi, al que se menciona en el artículo de eldiario.es, eran militantes del Movimiento de Liberación de Mehdi Bazargán. Este partido, sobre el que escribí mi tesina de máster, era una amalgama de intelectuales de clase media-alta, islamista pero anti-clerical,  dividido entre un sector socialista-revolucionario y otro liberal-reformista. Jomeini supo percibir estas contradicciones y explotarlas en su propio beneficio, nombrando a Bazargán como presidente provisional y esperando pacientemente a que el partido se descompusiera.

La relación con EEUU fue un factor más en la lucha por el poder dentro de la incipiente revolución islámica. Los pragmáticos liberales del Movimiento de Liberación del presidente Bazargán fueron desahuciados del poder gracias a la ocupación de la embajada estadounidense, a la que el artículo de eldiario apenas hace una breve mención. La toma de la embajada fue un intento muy exitoso de desestabilizar al gobierno provisional, incapaz de controlar a los manifestantes, las fuerzas de seguridad y las nuevas instituciones revolucionarias que iban surgiendo.

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Bani-Sadr (izquierda), Bazargán (centro) y Jomeini. Fuente, Fouman.com

Paralelamente, según cuenta en sus memorias el expresidente Abolhassan Bani-Sadr, miembros del Partido de la República Islámica como Raja’i iniciaban contactos con representantes de Ronald Reagan. Bani-Sadr, el primer presidente de la República Islámica elegido democráticamente, fue destituido por Jomeini en 1981. En sus memorias (que tengo en PDF si a alguien le interesa) se aprecia mucho resentimiento contra el ayatollah y sus partidarios. A pesar de eso, y aunque sus acusaciones no estén sustanciadas con pruebas, la teoría de Bani-Sadr es interesante: según él, la crisis de los rehenes fue aprovechada tanto por el PRI como por los republicanos, y hubo un acuerdo entre ellos para que el secuestro durara hasta después de las elecciones. La incapacidad de liberar la embajada fue presentada como un fracaso de la política conciliadora de Carter, y permitió la elección de Reagan. A cambio, (siempre según Bani-Sadr) el PRI recibió fondos y armamento para luchar contra los iraquíes, que habían invadido Irán en 1980.

Desde entonces, las relaciones entre EEUU e Irán han sido elementos importantes en la política interna de ambos países, especialmente de Irán. Estas relaciones tocaron fondo durante la década de los 80, en la que EEUU apoyó a Iraq en su guerra contra Irán y derribó un avión de pasajeros civil; mientras que Irán apoyó a organizaciones terroristas y milicias armadas como Hezbollah. Desde 1989 ha habido sucesivos intentos por ambas partes de mejorar la relación, con mayor o menor éxito. El acuerdo alcanzado este año es el último hito de esta tortuosa relación.

 Para más información sobre la revolución y las décadas posteriores, recomiendo leer tres artículos de este blog, La Revolución Islámica,  Irán después de Jomeini y Los gobiernos de Jatami.

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Relaciones Irán-Occidente (1953-1979)

Continuamos con el especial sobre Irán. En esta entrega podrás leer un resumen del gobierno del último Shah, con especial énfasis en el surgimiento de un fuerte sentimiento anti-occidental entre los estudiantes, intelectuales y opositores al régimen.

Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979

El shah consolida su poder

En la última entrega nos quedamos en el golpe de Estado de 1953. Este golpe no sólo ligó la monarquía de los Pahlaví al apoyo Occidental, sino que además sirvió para que EEUU sustituyese en el imaginario colectivo persa a Gran Bretaña como la gran potencia malvada que amenazaba la independencia de Irán.

En efecto, la disgregación progresiva del imperio británico (que, entre otras cosas, abandonó la India en 1947, tema del que ya hablaremos otro día) y los problemas económicos del gobierno de Londres hicieron que la diplomacia americana tomase el relevo de la británica. El shah Muhammad Reza Pahlavi se convirtió así en el principal socio americano en Oriente Medio, una pieza fundamental en el tablero de la Guerra Fría.

Si en política exterior el Shah se consideraba parte del “mundo libre y democrático”, dentro de sus fronteras reprimió y encarceló todo atisbo de oposición. Los dos partidos títere que se alternaban en el parlamento (llamados por los iraníes el “Partido del Sí” y “Partido sí señor”) fueron complementados con uno de los servicios secretos más implacables y poderosos del tercer cuarto del siglo XX, el célebre SAVAK, hoy rebautizado como SAVAMA.

Anulada la oposición, el shah se centró en continuar el legado de su padre y fortalecer el poder del Estado. Así, se persiguió a las tribus, se impuso el uso del persa como lengua oficial (gran parte de la sociedad iraní, especialmente en las zonas montañosas y rurales, todavía hablaba dialectos túrquicos), se impulsaron las importaciones de bienes occidentales y se intentó crear una clase media “moderna” (asalariada y dependiente del Estado) que sirviese de base social al régimen. Más o menos lo que se cuenta en la segunda de la Breve Historia de Oriente Medio 3.

En 1963, diez años después del golpe, el shah anunció a bombo y platillo un programa de reformas denominado grandilocuentemente “Revolución Blanca”. El nombre se debe a que el shah pensaba que era la forma más eficiente de prevenir una revolución roja, aunque en opinión de bastantes historiadores no sirvió sino para sembrar las semillas de la revolución islámica.

Las medidas modernizadoras consistían, entre otras cosas, en una reforma agraria y un control más estricto de las instituciones religiosas por parte del Estado. La reforma agraria no fue muy exitosa, acabó con uno de los principales apoyos del régimen, la aristocracia terrateniente, y además favoreció un flujo progresivo de emigrantes rurales que se apiñaron en barrios de chabolas en las principales ciudades.

Las medidas contra el clero provocaron una oleada de protestas que tuvo como epicentro Qom, la principal ciudad religiosa de Irán. En ellas destacó un sexagenario ayatollah (¿Qué es eso?) llamado Ruhollah Jomeini. Si bien Jomeini no era por aquel entonces una de las principales figuras religiosas del país, su actitud combativa y rebelde, en contraste con el quietismo conformista de los líderes chiíes, le hizo ganar numerosos adeptos. Por supuesto, las manifestaciones fueron reprimidas a sangre y fuego, y Jomeini tuvo que exiliarse en Irak, donde permanecería hasta 1978.

Anti-occidentalismo y oposición intelectual

Al mismo tiempo, surgía entre los intelectuales y la clase media un fuerte sentimiento de rechazo hacia todo lo occidental. Su primer exponente fue Yalal Al-e Ahmad, un profesor, periodista y escritor de Teherán. He leído un buen número traducciones de sus obras, y puedo deciros es un escritor fascinante, al igual que sobre su esposa, Simin Daneshvar, que ya mencioné ayer.

En todo caso, en 1962 Al-e Ahmad publicó de forma clandestina un ensayo titulado Gharbzadegi, que puede traducirse como Occidentalitis o Intoxicación Occidental. En esta obra, deliberadamente polémica y emotiva, Al-e Ahmad afirmaba que los intelectuales iraníes se habían alejado de su pueblo y sus raíces, adquiriendo además un sentimiento de inferioridad respecto a Occidente, a la vez que la economía se resentía e Irán se convertía en un mero exportador de materia prima a cambio de productos manufacturados innecesarios (una tesis muy parecida a la Teoría de la Dependencia de Cardoso y Faletto para America Latina, aunque expresada de una forma muchísimo más visceral y literaria).

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Yalal Al-e Ahmad junto a su esposa, la también escritora Simin Daneshvar. Fuente, Not Even Past.

La respuesta, indicaba Al-e Ahmad, debía consistir en recuperar la confianza perdida, volver a las raíces (el islam) y rechazar la dependencia de la tecnología occidental alienante e innecesaria. El panfleto fue todo un éxito, y pese a la censura se convirtió en una de las obras más influyentes entre los intelectuales y estudiantes de aquellos años. Su popularidad hizo que incluso Jomeini alabara la obra y adoptara su retórica anti-occidental.

Al-e Ahmad murió en el 69 en extrañas circunstancias. Muchos iraníes pensaron que se trataba de un asesinato político, aunque su mujer desmintió las acusaciones y afirmó que había sido un ataque al corazón. No obstante, otros recogieron su testigo. Occidentalitis presentaba un diagnóstico, pero no ofrecía soluciones. Éstas fueron brindadas por otros autores y movimientos.

Más allá de la miríada de organizaciones marxistas (estalinistas, maoístas, partidarios de la no-violencia, grupos armados…), que tan solo tenían éxito entre los universitarios y ciertos elementos de la clase media “moderna” (que nunca fue muy numerosa), el teórico político más célebre del momento fue un joven sociólogo llamado Alí Shariatí.

Shariatí es una figura fascinante y muy controvertida, y es injusto despacharle en un par de líneas (ya escribiré algo más adelante). No obstante, para la fluidez del texto me limitaré a indicar que Shariatí hizo del anti-imperialismo una de los principales temas de la juventud. En su visión, oponerse a Occidente era igual que oponerse a la dictadura, y reivindicar el Islam y sus símbolos era una forma de reafirmar la identidad nacional iraní, desprenderse de la alienación provocada por el capitalismo y caminar hacia una sociedad sin clases, verdaderamente democrática y por tanto, islámica.

Por supuesto esta lectura pseudo-marxista de los textos islámicos enfureció al clero, más aún teniendo en cuenta que Shariatí los acusaba abiertamente de embaucar y adormecer a las masas con rituales y regulaciones absurdas, de desviarse del sentido revolucionario original del Islam, y de monopolizar la religión. También enfadó a los comunistas, a los que Shariati calificaba de materialistas y ajenos a la voluntad del pueblo.

Por fortuna para todos ellos, Shariati murió en Inglaterra en 1977, después de haber sido sometido a torturas por el SAVAK y escapar por los pelos del país. Es decir, que el movimiento islámico anti-clerical (sobre el que escribí mi tesina) perdió a su voz más popular un par de años antes de la revolución. “Bad timing”, como dicen los ingleses. El principal defensor de la acción revolucionaria no llego a verla materializada.

shariati-jomeiniPancartas con los rostros de Jomeini y Shariatí durante la Revolución. Fuente, The Iranian.

El shah prepara el camino para la revolución

Mientras tanto, Muhammad Reza Pahlaví seguía confiado en su trono, sintiéndose más fuerte que nunca aunque en realidad se estaba quedando más solo que ningún otro gobernante iraní en la historia. En 1975, siguiendo las recomendaciones de un académico de Harvard llamado Samuel Huntington (el del “Choque de Civilizaciones), el shah decidió liquidar el ficticio sistema parlamentario e instaurar un partido único llamado Rastajiz (Resurgimiento).

Al mismo tiempo, inició una campaña contra la especulación, instaurando precios fijos y poniendo en su contra a los propietarios y tenderos del bazar. Las rentas del petróleo, bastante lucrativas tras 1971 (Irán fue de los pocos países que no firmó el embargo contra los países occidentales), fueron invertidas casi exclusivamente en tanques, aviones y armamento pesado. En palabras de un observador estadounidense, “el shah devoraba los catálogos armamentísticos como si fueran revistas porno”.

 Quizá hubiera sido mejor para la estabilidad de su régimen invertir en programas sociales para aliviar la pobreza y el descontento en los barrios chabolistas del sur de Tehrán, o al menos en material antidisturbios de última generación (es mejor dispersar manifestaciones a porrazos y a manguerazos que a tiros). Pero por el contrario se dedicó a llevar a cabo una ambiciosa política exterior.

Entre otras cosas, el shah armó a los kurdos con la colaboración de Israel para que desgastasen a Sadam Hussein, hasta que le arrancó un pacto favorable a los intereses iraníes (los pobres kurdos suelen ser un mero peón en batallas geopolíticas de mayor calibre). El shah quería dejar de ser visto como una marioneta americana, y de hecho se volvió arrogante e insolente.

Si entendéis inglés, por favor disfrutad del siguiente video, donde Muhammad Reza Pahlaví recomienda a los británicos “trabajar más duro para salir de la crisis”, explica que debe invertir el dinero del petróleo en armas en lugar de educación y sanidad “para no crear inflación”, y afirma que “el rey y su pueblo están tan unidos como un padre y su hijo”.

En retrospectiva es fácil reírse, pero me parece que el shah se creía sus propias palabras. Tal vez sus asesores no le informasen con fidelidad, tal vez hiciese oídos sordos a las señales de alarma. En todo caso, la diplomacia americana también se tragó el cuento, y en 1978 el presidente Carter afirmó con toda solemnidad que Irán era un paraíso de estabilidad en el turbulento Oriente Medio.

Según un profesor mío que andaba por Irán en los años 70, los americanos fueron incapaces de prever la que se avecinaba porque, entre otras cosas, apenas tenían personal que hablase persa en la embajada, y se limitaban a aceptar los análisis que les ofrecían sus informantes sin contrastarla sobre el terreno. Durante la revolución la cosa no fue muy diferente, y ninguno de los medios estadounidenses se molestó en mandar a ningún especialista de habla persa.

Entre 1977 y 1979, millones de personas colapsaron las calles de las principales ciudades de Irán, en lo que se ha denominado “revolución iraní” o “revolución islámica”. Si bien el carácter islámico del movimiento es discutible (aunque a mí me convence la posición de autores como Mohsen Milani que mantienen que fue, en efecto, islámica), lo que es innegable es su aspecto anti-occidental.

Los principales grupos implicados, tanto los islamistas clericales, como los “modernistas islámicos”, al igual que los diversos comunistas, marxistas y demás, hicieron de la oposición al imperialismo americano su bandera. La dictadura del Shah y Estados Unidos, se creía, era la misma cosa. En el nuevo país que se iba a construir no quedaba lugar, pensaban, para los que durante más de veinticinco años habían sostenido un régimen represor de las libertades que les había malvendido los recursos nacionales. Una vez Irán recuperara su independencia, se decían, se redistribuiría la riqueza y todos podrían disfrutar de los beneficios del petróleo.

 La revolución de 1979 es uno de mis temas predilectos, al que he dedicado meses de lectura e investigación, y sobre el que escribí una tesina de más de 70 páginas. Al igual que con Shariatí, me parece injusto despacharla en pocas líneas, así que le he dedicado todo un artículo. En todo caso, es preciso tener en mente este carácter anti-americano de la revolución, pues el régimen que se construiría sobre ella lo convertiría en una señal de identidad.

El secuestro de la embajada estadounidense a finales de 1979 por parte de un grupo de estudiantes jomeinistas (la famosa crisis de los rehenes) debe ser entendido en esa línea, pero también en clave de política interna. Y es que esta crisis diplomática sirvió para que Mehdi Bazargan, modernista islámico, liberal, pro-occidental y presidente del gobierno provisional, presentase su dimisión al frente del gobierno, facilitando el ascenso del clerical “Partido de la República Islámica”. Se iniciaba así un nuevo capítulo en las relaciones Irán-EEUU, un capítulo que tal vez termine con el acuerdo nuclear y el levantamiento de las sanciones.

En la próxima entrega veremos en detalle la revolución del 79. Hasta la próxima.

Relaciones Irán-Occidente (1800-1953)

 Especial “Acuerdo nuclear”
I – Relaciones Irán-Occidente, 1800-1953
II – Relaciones Irán-Occidente, 1953-1979
III – La Revolución Islámica, 1979-1989
IV – Irán después de Jomeini, 1989-1997
V – Los gobiernos de Jatami, 1997-2005
Bonus: Las relaciones no tan secretas entre EEUU y Jomeini


En este primer artículo exclusivo para Desvelando Oriente me gustaría dar cierta perspectiva histórica a un tema de actualidad. En los últimos días la prensa internacional ha celebrado con cierto grado de entusiasmo el acuerdo nuclear entre Irán y Occidente, que se ha empezado a materializar en la forma de intercambio de prisioneros entre EEUU y la República Islámica y el levantamiento de sanciones. Los análisis en la prensa española han sido numerosos, aunque superficiales. Si las elecciones que se avecinan en Irán y EEUU no alteran radicalmente las dinámicas de poder en ambos países, el acuerdo nuclear puede suponer un cambio fundamental en las relaciones internacionales en Oriente Medio. Se cerrarían así casi cuatro décadas de enemistad y tensiones.

Dado que he dedicado el último año de mi vida a estudiar la historia del país persa, he decidido redactar un especial sobre el asunto. En él encontrarás, en primer lugar, una perspectiva histórica condensada de las relaciones entre Irán y Occidente, en particular EEUU (partes 1, 2 ) hasta 1979, año de la Revolución Islámica, que cuento en la parte 3. En ese artículo también encontrarás un breve esquema del funcionamiento interno de la República Islámica, y la guerra intre Irán e Irak . En la parte 4, cuento los primeros ocho años tras la muerte de Jomeini (1989-1997) . Y en la parte 5, la última de momento, resumo las dos legislaturas de Jatamí. Los 8 años de Ahmadineyad y el nuevo gobierno de Rohaní quedan para una futura entrega.

Relaciones Irán-Occidente 1800-1953

Introducción

¿Cuál es el origen de la enemistad entre Irán y EEUU? Los lectores de mi edad recordarán las soflamas del expresidente Ahmadineyad (electo en 2005 y 2009) y la inclusión del país persa en el llamado “Eje del Mal” por parte de George Bush hijo. Los mayores recordarán escenas de la revolución islámica de 1979, la guerra entre Irán e Irak y los discursos del ayatolá Jomeini contra el “Gran Satán” (EEUU). Sin embargo, para tener una perspectiva histórica más coherente de las relaciones de Irán con Occidente hemos de viajar hasta principios del siglo XIX.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX gobernó Irán la dinastía de los Kayar o Qayar (Qajar en inglés). Se trataba de una dinastía de origen túrquico, algo que venía siendo habitual en la antigua Persia desde hacía siglos. A pesar de que los viajeros europeos describieran la monarquía irania como un gobierno absoluto en el que el Shah, o rey de reyes, ejercía el poder omnímodo (lo que los sociólogos e historiadores del siglo pasado mal llamaron “despotismo oriental”), lo cierto es que el sistema se basaba en un delicado equilibrio entre la familia gobernante y los distintos sectores de la sociedad iraní.

Estos sectores eran: la administración de habla persa; el ejército integrado por guerreros y terratenientes de origen túrquico; el estamento religioso, económicamente independiente (los iraníes, chiíes en su mayoría, no pagaban el impuesto religioso al Estado sino a los clérigos e instituciones religiosas de su elección); las tribus turcas nómadas de la periferia, y el campesinado. Los shahs ciertamente tenían a su alrededor cortes fastuosas, pero eso no implicaba que su poder alcanzase todos los rincones de su país. De hecho, la estructura del Estado era bastante limitada. Como en tantos otros países, el poder central concedía a particulares la capacidad de recaudar impuestos en determinadas zonas, lo que hacía que estos “intermediarios” locales tuviesen un poder inmenso.

Europa llega a Irán

 Durante la primera mitad del XIX el proyecto expansionista de los Kayar, que aspiraban a recuperar los territorios gobernados por los Safávidas (siglos XVI-XVII), fracasó estrepitosamente. Por el norte, el Imperio Ruso se hizo con el control la zona norte del Cáucaso (actuales Azerbaiyán, Armenia y Georgia), que tradicionalmente había estado bajo la esfera de influencia persa. Por el este, las campañas contra los afganos fueron un desastre rotundo.

Las derrotas militares y los pactos de capitulación con los rusos crearon en los antaño confiados iraníes cierto sentimiento de inferioridad. Los rusos, un pueblo considerado bárbaro y atrasado por los refinados persas, había sido capaz de infligirles derrotas decisivas. Al mismo tiempo, los británicos, habitantes de una isla diminuta e insignificante, habían conseguido sojuzgar el país vecino, la India.

¿Cómo era posible? ¿Cuál era el secreto de los europeos? La élite iraní comenzó a mirar a Occidente con curiosidad y a emprender viajes a Europa para intentar comprender de dónde sacaban los europeos su extraordinaria fuerza. Uno de los motivos, pensaron, estaba en la organización militar. De este modo, la monarquía Kayar comenzó a contratar a expertos estrategas europeos para que reorganizaran su ejército y modernizasen su material.

Esto tuvo dos consecuencias principales. En primer lugar, el apoyo de las potencias occidentales se convirtió en una pieza más de la política interior iraní. Varias revueltas e intentonas golpistas fueron eficazmente reprimidos gracias al armamento superior europeo. Al mismo tiempo, esto comprometió aún más las ya reducidas arcas del Estado.En segundo lugar, Irán se convirtió en parte del tablero en el que las potencias europeas (Francia, Gran Bretaña, Rusia y en menor medida, Alemania) se disputaban el control del mundo. Tras las guerras napoleónicas, Rusia y Gran Bretaña rivalizarían por el control indirecto de Irán en lo que se ha denominado “El Gran Juego”.

Alrededor de 1830 la monarquía iraní intentó integrarse en la “comunidad internacional” adoptando hasta cierto punto la estética y los símbolos de poder occidentales, como se puede apreciar la siguiente imagen, que representa a tres shahs consecutivos, Fath Ali, Muhammad y Nasir al-din.

3 shahs[Nótese la evolución de la estética de la vestimenta de los shahs y el estilo pictórico. Primer cuadro: Mirza Baba, Fath Ali Shah (1798), British Library. Segundo cuadro: Ahmed, Muhammad Shah (1844), vendido por Sotheby’s in 2010. Tercer y último: Fazl-ulla b. Mirza Muhammad, Nasir al-din Shah (1881), Hermitage Museum.]

Las dificultades económicas de los Kayar, incapaces de aumentar los ingresos del Estado a medida que aumentaban sus gastos, les llevaron a otorgar concesiones económicas a gobiernos o particulares occidentales.

Una de ellas, la del tabaco (1891), provocó una reacción religiosa y popular sin precedentes que se materializó en un boicot contra el consumo de tabaco hasta que no se cancelase el monopolio británico sobre la droga. Este movimiento estuvo inspirado por la singular figura de Jamaluddin Al-Afghani (del que hablo en este artículo), y puede considerarse la primera muestra popular de descontento ante la occidentalización de las élites iraníes.

La constitución de 1906

Una década y media más tarde, una rebelión cívico-religiosa forzó a los Kayar a convertirse en una monarquía constitucional. El movimiento constitucional,  que historiadores como Abrahamian califican de “revolución,” vino inspirado por el éxito de los japoneses ante los rusos en la guerra de 1905 que, se pensaba, se debía a la cohesión nacional que la Constitución Meiji (1868) había dado a Japón. El hecho de que ese mismo año se produjese una revolución pro-constitucional en Rusia confirmaría sus sospechas.

 De acuerdo con Ervand Abrahamian, uno de los principales historiadores iraníes, la “revolución constitucional” fue el resultado de una alianza entre clases medias, entre la mezquita y el bazar, que veían perjudicados sus intereses por la creciente penetración occidental. Paradójicamente, muchos de los “ilustrados” que protagonizaron el movimiento (como el jovencito Ahmad Kasraví, que décadas más tarde escribiría la historia de la revolución), estaban muy influidos por las ideas liberales y laicas europeas, lo que les llevaría a chocar con un importante sector del clero.

La constitución resultante proclamó el Islam chií como religión oficial. Solo chiíes podrían ocupar puestos de gobierno, y el ejecutivo tendría la capacidad de censurar y prohibir obras e ideas heréticas y anti-islámicas. Se instauró un Consejo Guardián integrado por clérigos de alto rango para asegurar que la legislación aprobada por el gobierno estuviese de acuerdo con la ley islámica. Sus miembros serían elegidos por la Asamblea Nacional, y en la práctica vendría a ser algo así como el Tribunal Constitucional español (que utiliza la Constitución Española en lugar de la Sharia). La constitución apenas se aplicó un par de años, pero la idea de un Consejo Guardían se retomaría en la constitución del 79.

En todo caso, el movimiento acabó desintegrándose. Por un lado, las tensiones internas fragmentaron a los partidarios de la monarquía democrática. Por otro, Rusia y Gran Bretaña aprovecharon la debilidad del gobierno iraní para repartirse el país en esferas de influencia (la “Convención Anglo-rusa de 1907”). En 1908, el shah inició una campaña de represión con la ayuda de cosacos rusos al servicio del gobierno y tropas leales. Disolvió el parlamento, arrestó a los líderes políticos y religiosos y estableció un duro control de la prensa.

El bando constitucional se reagrupó y multiplicó sus apoyos entre las minorías. La constitución fue cambiada para integrar a armenios, judíos y azerís, y se formaron milicias integradas por voluntarios. Tras dos años de enfrentamientos, los constitucionales se impusieron y a su vez se dividieron en dos facciones, “Moderados” y “Liberales”, que divergían en el papel que la religión debía tener en el nuevo Estado y fueron incapaces de llegar a acuerdos duraderos de gobierno.

El régimen constitucional fue incapaz de impedir la penetración europea. Entre 1909 y 1911 los rusos ocuparon el norte del país (con el pretexto de restaurar el orden) y los británicos tomaron el control de las rutas comerciales del sureste. La Primera Guerra Mundial incrementó la presencia de tropas rusas y británicas, a pesar de que el parlamento se había declarado neutral. El desconocido Willhelm Wassmus, una especie de Lawrence de Arabia alemán, intentó sublevar contra los ocupantes extranjeros a las tribus turcas como los Bajtiaris, a los kurdos y árabes de la zona del Golfo.

Reza Jan (1921-1941)

La derrota alemana y la revolución soviética animaron a los británicos a tratar de hacerse con el control de todo el país sobornando a los diputados para firmar la “Convención Anglo-Irania” de 1919. El acuerdo fue muy impopular, pues se percibía como la venta del país a los británicos y el fin de la independencia. El delicado equilibrio entre los sectores de la población del que hablaba al principio se acabó rompiendo y hacia 1920 el estado iraní se encontraba prácticamente inoperativo, con amplios territorios de la periferia independientes del poder central.

BP truckCamión de la BP a mediados de los 50. Fuente, Reddit.

 Hizo entonces su aparición Reza Jan (en inglés Reza Khan), un oficial de unos 40 años de edad. Provenía de una familia de tradición militar de la zona del Cáucaso y era el comandante de los cosacos en la ciudad de Qazvín. Los cosacos, por cierto, habían pasado a ser financiados y entrenados por los británicos tras la revolución soviética (lo cual no quiere decir que obedecieran ciegamente las órdenes de la diplomacia británica, aunque en la época había quien consideraba a Jan una marioneta al servicio de los intereses británicos).

Con tan solo 3.000 hombres y algunas ametralladoras, Reza Jan se hizo con el control de Teherán el 21 de febrero de 1921. Implantó la ley marcial, se ganó la confianza del resto del ejército, formó gobierno y se convirtió en la máxima autoridad en la sombra, a la vez que convencía a los británicos que no actuaría contra sus intereses y que mantendría al shah en el trono. Cuatro años más tarde depuso al shah y se coronó a sí mismo como rey de reyes, dando a su dinastía el nombre de Pahlaví o Palevi, que es como se conoce al sistema de escritura de la lengua persa durante el periodo pre-islámico.

Dado que este artículo trata sobre historia de las relaciones Irán-Occidente, no quiero explayarme con el reinado de Reza Pahlaví. En todo caso, el nuevo shah supo restaurar el equilibrio social mencionado anteriormente y ganarse la confianza de los distintos grupos sociales, incluidas las potencias europeas (firmó un acuerdo con los bolcheviques). Una vez consolidado su poder, trató de modernizar el país siguiendo el modelo de Atatürk y limitar la influencia de los que le podían hacer frente, especialmente el clero y las tribus.

Digna de mención es la ley de 1936 que prohibió a las mujeres llevar velo en público y obligó a los hombres a vestirse a la manera occidental, salvo que pudieran acreditar que eran estudiosos del islam. Como vemos, la imposición de un código de vestimenta no es algo exclusivo del Irán post-revolucionario. De hecho, es algo que estuvo muy de moda entre los gobiernos que decidieron modernizar-occidentalizar a la fuerza a sus súbditos, como el Japón Meiji o la Turquía de Atatürk.

El interregno nacionalista (1941-1953)

Reza Pahlavi gobernaría con puño de hierro hasta 1941, cuando Irán fue invadido simultáneamente por los británicos y los soviéticos. Al parecer, el shah había estado coqueteando con los alemanes, ofreciéndoles petróleo y otros recursos. Para prevenir la aparición de un nuevo frente, asegurar los suministros de los británicos a los soviéticos y controlar el preciado petróleo, los Aliados decidieron coordinar su intervención.

La excelente novela Savushun de la escritora Simin Daneshvar, disponible en castellano, está ambientada en la época. Tras la invasión Reza Jan huyó, y los Aliados instalaron en el trono a su hijo, Muhammad Reza Pahlaví. El gobierno de Reza Pahlaví no había sido especialmente popular, pero el nuevo y joven shah prometió respetar la Constitución de 1906, y la presencia de tropas extranjeras disuadió a los iraníes de intentar ningún tipo de rebelión anti-monárquica.

 Se inició así el periodo denominado como interregno nacionalista, en el que hubo elecciones más o menos democráticas (calificadas de caciquistas por contemporáneos e historiadores), libertad de prensa y cierto esplendor cultural. También hubo una movilización política sin precedentes y mucha tensión en las calles, incluyendo  sangrientos atentados de los fedayines, uno de los primeros grupos islamistas chiíes. En 1951, en medio de una crisis turbulenta, el parlamento nombró  presidente a un tal Mohammad Mosaddeq, líder de un movimiento nacional-populista que aglutinaba al bazar, las clases medias y parte de los trabajadores no afiliados al Partido Comunista.

Entre otras cosas, Mosaddeq se propuso nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company (hoy en día llamada BP), que desde 1913 disfrutaba casi en exclusiva de la explotación de petróleo en Irán. Esto hizo saltar las alarmas en Gran Bretaña y EEUU, y en 1953 los servicios secretos de ambos países organizaron un golpe de Estado junto al monarca y sectores leales del ejército, y ante la pasividad de cierta parte del clero que no veía con buenos ojos la popularidad del líder laico.

El suministro de petróleo y la pertenencia de Irán al mal llamado “Mundo libre” quedó asegurado a corto plazo, pero a la larga provocó lo que mi profesor de Historia de Irán, el Dr. Newman, llama un “blowback”, es decir, un efecto boomerang o un tiro por la culata. Vamos, que el golpe de la CIA y el MI6 asoció irremediablemente la dinastía Pahlavi a EEUU y Gran Bretaña, e hizo que una generación de intelectuales, activistas y líderes religiosos se volviesen decididamente anti-occidentales.

En fin, eso es todo por hoy. En el siguiente artículo os hablaré del gobierno autoritario del último shah, la popularidad del anti-occidentalismo en los años 60 y 70, la Revolución de 1979, y la evolución de las relaciones exteriores de la República Islámica.


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