Afganistán III: Rumbo a la revolución (1933-1978)

Continuamos con la historia de Afganistán. Este artículo, al igual que los dos anteriores, es una traducción libre y ampliada de la historia de Afganistán de Gerald Farrell, hecha con el permiso del autor. En esta entrega he traducido con mucha más libertad, alterando párrafos y añadiendo u omitiendo detalles para que el texto sea más agradable para los lectores castellanohablantes. Los encabezados y la división de los párrafos también son cosa mía.

El reinado de Mohammed Zahir Shah (1933-1973)

Mohammed Zahir Shah, el hijo de Nadir Shah, reinaría en Afganistán durante cuarenta años, un periodo de paz casi sin precedentes y cierto desarrollo económico gracias en parte a las ayudas económicas que el país recibía. El rey y su primer ministro entre 1953 y 1963, Mohammed Daud Jan, se dejaron agasajar por las potencias imperiales de la época, EEUU y la URSS, a quienes conseguían extraer fondos para infraestructuras como presas y escuelas a cambio de un apoyo que no se llegaba a materializar.

Daud, que era familia directa del rey y además estaba casado con su hermana, causó problemas con Pakistán y con los grupos no pastunes de Afganistán al insistir demasiado en el tema del Pastunistán y tratar de reforzar la posición de los pastunes a expensas de otros grupos étnicos. Daud fue retirado del gobierno en 1963, y en la década siguiente mantuvo un perfil bajo mientras preparaba su venganza. El rey, mientras tanto, se dispuso a introducir una serie de reformas, como elecciones o declaraciones de derechos de la mujer.

zahir-shah1El rey Mohammed Zahir Shah  y su primer ministro Mohammed Daud

Aunque eran un paso bienintencionado, estas medidas escondían la falta de progreso material real en el Afganistán donde vivía la mayor parte de la población. Una vez más, vemos una élite urbana prosperando y dictando el camino a seguir a las masas rurales “atrasadas”, y una vez más vemos a las masas rurales sintiendo cierto rencor ante las buenas intenciones de las progresistas élites que les exigían cambios sin ofrecer a cambio unas mejoras en su calidad de vida. Aún así, estos años son considerados una época dorada, lo cual no es sorprendente considerando lo que vino después.

Daud, que había estado cultivando relaciones con los marxistas del país y la Unión Soviética, tramó un golpe para volver al poder. En 1973, cuando el rey estaba de vacaciones en el extranjero, se hizo con el control del país con la ayuda del ejército, que poco a poco había quedado bajo la influencia de los consejeros soviéticos y los intelectuales marxistas. En lugar de proclamarse a sí mismo rey, como venía siendo la costumbre, Daud abolió la monarquía y se nombró a si mismo presidente de la nueva república afgana.

La república afgana (1973-1978)

El golpe de Daud dió ánimos los elementos más progresistas de la sociedad afgana. La izquierda urbana pensó que era el momento de aplicar su programa de transformación social, algo difícil teniendo en cuenta lo lejos que Afganistán estaba de reunir las condiciones “objetivas” que los marxistas han considerado tradicionalmente como aptas para la transición al socialismo. Los años siguientes estuvieron marcados por la inestabilidad y la lucha por el poder entre las distintas facciones izquierdistas de Kabul y otras áreas urbanas. Muchos hombres y mujeres jóvenes que habían sido formados en la Unión Soviética regresaban a casa, impacientes por poner en práctica sus ideales revolucionarios y crear una sociedad mejor. Al mismo tiempo, el aumento del desempleo y de la corrupción hacía que estos jóvenes tuvieran cada vez menos oportunidades.

El principal partido político de finales de los 60 y principios de los 70 fue el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Haciendo honor a las tradiciones de la izquierda, este partido estaba acabó escindiéndose en dos facciones encontradas, los Parchamis (de parcham, bandera) y los Jalquis (de jalq, masas). Los Parchamis, liderados por Babrak Karmal, ayudaron a Daud a hacerse con el poder en el golpe del 73. Su visión era que, dado que Afganistán no reunía las condiciones materiales para aplicar el comunismo al estilo soviético, era precisa una estrategia gradualista y pragmática en la que poco a poco sus ideas fueran obteniendo apoyo popular, y de ahí su alianza táctica con Daud, un aristócrata burgués que no tenía mucho de comunista. Los Jalquis, por su parte, preferían una estrategia leninista de toma del poder a manos de una pequeña vanguardia organizada. Sus líderes eran Nur Muhammad Taraki y Hafizullah Amin, los cuales criticaron duramente el apoyo de los Parchamis a Daud.

tarakiaminkarmalk
De izquierda a derecha: Taraki, Amín y Karmal

Aún así, la luna de miel entre el gobierno y sus aliados socialistas no duró mucho. Preocupado por la posible influencia soviética, y empeñado en seguir presionando a Pakistán en relación al Pastunistán (hablamos brevemente de ello en la anterior entrega), Daud comenzó un acercamiento hacia los Estados Unidos y su socio (y vecino), Irán. El rpesidente esperaba así paliar el descenso de la ayuda al desarrollo soviética, de la que su país seguía dependiendo. Hacia 1975, la mayoría de los Parchamis habían sido expulsados del gobierno, y los asesores soviéticos habían sido devueltos a su país. La semilla de una toma de poder por parte del PDPA, con apoyo soviético, estaba sembrada. Lo único que hacía falta es que los socialiustas dejasen de luchar entre sí.

La revolución de Saur (1978)

El PDPA se las apañó para reunificarse y no disolverse el tiempo suficiente como para echar a Daud del poder con la ayuda del ejército. Se puede decir que la suerte les acompañó. La revolución de Saur (el mes del calendario persa en el que tuvo lugar) fue precipitada por el asesinato extrajudicial de un notable miembro del PDPA. Su funeral fue la escena improvisada de una impresionante manifestación, a la que Daud respondió encarcelando a Taraki y Karmal, pero no a Amín. Este fue el primero de una serie de fallos por parte de las fuerzas de seguridad leales al presidente sin los cuales la revolución no hubiera sido posible.

Amín consiguió ocultar bajo el colchón de su hijo los planes para el golpe de estado que el PDPA había planeado para meses más adelante. A pesar de encontrarse bajo arresto domiciliario, la policía permitió a uno de los cómplices de Amín visitarle, pensando que se trataba de su hermano, de forma que el líder del los Jalquis fue capaz de suministrar instrucciones a sus aliados en el ejército. Por si fuera poco, el gobierno organizó un baile para sus soldados con el objetivo de celebrar el arresto de los líderes comunistas. El día siguiente, el 28 de abril de 1978, el régimen de Daud se derrumbó. El apoyo al PDPA en buena parte del ejército, así como la incompetencia del gobierno, elevó a los comunistas al poder y convirtió a Taraki en el nuevo líder del país. Daud fue asesinado al amenazar con su revólver a los soldados que se disponían a arrestarle. A pesar de lo que se creía en Occidente, a los soviéticos este evento les pilló por sorpresa, aunque se mostraron cautamente satisfechos por el nuevo aliado que los acontecimientos les brindaban.

Una vez más, sin embargo, es crucial recordar que esta “revolución” tenía escasa relación con la vida cotidiana de la gran mayoría de los afganos, cuya existencia rural apenas era afectada por los grandiosos planes de los intelectuales urbanos. La política en el siglo XX había estado marcada por planes intermitentes e inconclusos y constituciones idealistas. Se pueden escribir todas las constituciones que se quiera, pero estas no dejan de ser una pila de papel si no se crean unas instituciones que las pongan en práctica, lo que no siempre sucedió en Afganistán.

En el siguiente video se pueden ver una serie de imágenes acompañadas de una música agradable que da una idea de la atmósfera que se respiraba en Kabul tras la revolución. La mayoría de la gente común parece perpleja, probablemente preguntándose qué pasará después y esperando que los políticos se limiten a matarse entre sí y dejarles en paz. Desafortunadamente, este no sería el caso en los años venideros.

Los comunistas no contaban con un apoyo popular extendido, más allá del ejército y un pequeño grupo de intelectuales urbanos y trabajadores industriales concienciados. La “revolución” no había sido tal, sino más bien un golpe de estado organizado gracias a la infiltración en el ejército. Una vez alcanzó el poder, el PDPA trató de que sus visión de futuro fueran algo más que una serie de planes idealistas en un trozo de papel. Comenzaron enviando a algunos de sus miembros al campo para poner en marcha su programa, que consistía en educación universal para todos (incluyendo por supuesto a las mujeres), la prohibición del matrimonio infantil, una campaña contra el velo femenino, reforma agraria, cancelación de las deudas en las que se encontraban sumidos muchos campesinos y que los convertían virtualmente en esclavos, y el estatus de igualdad para todas las minorías étnicas.

pdpaEmblema del PDPA

Todo esto suena muy bien, pero para llevarlo a cabo hace falta un grado de control y una influencia sobre las zonas rurales que los políticos de la capital no poseían. Y con estas medidas se estaban ganando la enemistad de las clases sociales tradicionales que habían ejércido el poder, los terratenientes rurales y el clero tradicional, que veían sus intereses amenazados. El antagonismo entre la clase política urbana y la élite rural tradicional, persistente durante todo el siglo XX, acabaría produciendo tristes resultados, de los que hablaremos en la próxima entrega.

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Antes de terminar, me gustaría hacer una pequeña reflexión como historiador que trasciende las fronteras de Oriente Medio. A menudo, un cambio político en los centros de poder (las ciudades) encumbra a una nueva élite progresista con grandes ideales, casi siempre impaciente por llevarlos a cabo. La mayoría de las veces, especialmente si los cambios se intentan imponer de forma rápida y radical, esto acaba generando una violenta reacción en contra por parte de las clases rurales dominantes. A pesar de sus planes altruistas, buena parte del pueblo llano no se fía de sus “liberadores” urbanitas y da su apoyo a los líderes tradicionales, a pesar de que estos les oprimen.

Más que una muestra de lo reaccionarios que son los campesinos, esto es un ejemplo de que las ciudades y el campo se mueven a ritmos distintos. El refranero español lo explica claramente: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. En nuestro país, el rechazo que la reforma agraria y las políticas laicizantes de la II República suscitaron entre los labradores y campesinos del norte de España podría ser entendido en este contexto. En Irán, la toma de poder por parte de los clérigos a pesar de que la revolución había sido iniciada por las clases medias urbanas se explica en parte por el mismo principio.

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Afganistán II: La llegada del modernismo laico (1919-1933)

Proseguimos con la Historia de Afganistán. Os recuerdo que no se trata de un texto de mi autoría, sino de una traducción libre y ampliada de la Historia Contemporánea de Afganistán que Gerard Farrell publicó en su blog Two Legs Bad. [El texto que veáis entre corchetes como estos será añadido mío]. Los encabezados también han sido añadidos por mí, y también he acortado los párrafos para facilitar la lactura. Algunas de las fotos también las he puesto yo.

La tercera guerra anglo-afgana (1919)

[Farrell no se detiene excesivamente en el tercer y último conflicto entre el Imperio británico y el emirato afgano. Bélicamente fue una guerra de baja intensidad, con escasas bajas y relativamente corta, apenas tres meses. Fue iniciada por Afganistán, en el contexto de una lucha sucesoria entre el recién proclamado emir Amanulá Jan y su tío.

El objetivo de la campaña era recuperar el control sobre las relaciones internacionales. Aunque Afganistán se mantuvo neutral durante la primera guerra mundial, intentó cultivar relaciones con el eje turco-alemán, ganándose la reprimenda de los británicos. En el vecino Indostán sucedían cosas tan agradables como esta, lo que sumado al revuelo interno, animó al nuevo emir a invadir el Raj británico.

Tácticamente, la victoria fue británica. La aviación  fue un factor psicológicamente determinante para forzar a los afganos a firmar un armisticio. Sin embargo, la victoria moral y estratégica fue afgana, pues dejaron de ser un protectorado y se convirtieron en un emirato independiente y en pleno control de su política exterior. Los británicos, aún así, arrancaron una importante concesión: la línea Durand siguió siendo la frontera entre Afganistán y el Indostán británico].

La línea Durand y las etnias de Afganistán

Antes de continuar con el relato, merece la pena pararse a considerar la línea Durand. Fue acordada en los 1890s, al término de la III Guerra Anglo-Afgana, entre el emir y un funcionario británico apellidado Durand. La línea representaba el límite máximo donde los británicos podían esperar ejercer la autoridad sin embarrarse en un conflicto largo, sangriento e improductivo como los que ya hemos visto. El hecho de que esta zona fronteriza no tuviera ningún tipo de relación con las realidades étnicas, lingüísticas o políticas del terreno no parece haber tenido peso en sus cálculos. Esta no es una mera anécdota histórica; tendría consecuencias reales y peligrosas en el futuro.

durand-line1[Línea Durand y distribución de los pastunes. Fuente: Khaama Press]

La línea Durand seccionaba el área donde vivía el mayor grupo étnico de Afganistán, los pastunes, de modo que la mitad de la población pastún quedó en Afganistán y la otra en lo que después de 1947 se conocería como Pakistán. Hasta hoy, la frontera entre ambos países es poco más que una línea porosa, y en muchos lugares la población puede cruzar de un país a otro libremente sin ningún tipo de control fronterizo. Esto se convirtió en un factor fundamental para facilitar la resistencia a las ocupaciones soviética y americana.

El hecho de que los pastunes fueran divididos entre Afganistán y Pakistán, y el sueño de algunos pastunes de conseguir una patria independiente, también serían motivos de tensión entre ambos países. La idea de un Pastunistán continuaría siendo atractiva para algunos políticos hasta los años 70, aunque a día de hoy ya no es tan popular.

Aunque estemos hablando de los pastunes, hay que tener en cuenta que son solo uno de los muchos grupos étnicos en el país. Los más importantes, además de éstos, son los tayikos, los hazaras, los uzbekos, los aimak, los turcomanos y los baluchis. Aún así, como veremos más adelante, la lealtad de la mayoría de los afganos operaba en un nivel mucho más local que el de la identidad nacional o étnica.

Los grupos étnicos mencionados arriba no equivalen a nacionalidades políticamente cohesivas. Por este motivo, a pesar de todos los problemas de los últimos 40 años, el estado afgano nunca ha corrido el riesgo de “balcanización” etnolingüística. Los afganos parecen cómodos con la idea de un estado multiétnico. No obstante, estas identidades étnicas a veces han servido para trazar alianzas o establecer rivalidades políticas.

Lo que vemos en Afganistán, en realidad, son múltiples líneas divisorias superpuestas. [Geográficas, culturales, lingüísticas, religiosas, económicas…] Una de las principales será el abismo entre el Afganistán rural y el urbano, algo que no es exclusivo de este país. En realidad, el mayor conflicto del Oriente Medio moderno no es entre el islam y Occidente o entre comunismo y capitalismo,  sino entre lo urbano y lo rural, entre lo próspero y modernizado y lo demás.

El reinado de Amanulá (1919-1929)

Afganistán salió de la tercera guerra contra los británicos como un emirato (reino a partir del 26) modernizador y progresista. Al menos así se veían a sí mismos sus líderes. Esta distinción es importante, porque los esfuerzos de Amanulá Jan (abajo a la izquierda) por modernizar su país siguiendo las líneas occidentales son un precedente del tipo de narrativas que se adoptarían a final de siglo, antes de que el país se sumiese en la violencia.

kingandtarziAmanulá Jan y Mahmud Tarzi

Amanulá Jan estaba influido por un intelectual llamado Mahmud Tarzi, que trataba de emular en Afganistán las trasformaciones sociales que Mustafá Kemal Atatürk había llevado a cabo en Turquía. [Tarzi y Amanulá eran, como Atatürk, Modernistas laicos. Véase Movimientos de reforma II]. Amanulá visitaba Europa a menudo, fascinado por la cultura europea y sus coches de carreras, y (sorprendentemente), permitía ir sin velo a la reina Soraya, que era la hija de Tarzi. [El velo islámico ha sido, históricamente, algo más propio de las clases altas que de las bajas].

Soraya fue nombrada ministra de educación, y animó a las chicas a conseguir una educación y despojarse del velo. Se llevó a cabo una intensa campaña de occidentalización que fue solo bien recibida por una pequeña élite de Kabul y quizá alguna de las otras ciudades. Para la vasta mayoría de los afganos, la realidad era bien diferente.

Para empezar, gran parte de la población vivía en áreas rurales, lo que en un país tan montañoso y geográficamente inhóspito como Afganistán, significaba comunidades rurales aisladas, aldeas o asentamientos fortificados, apenas afectados por ningún tipo de autoridad estatal centralizada. La autoridad en estos pueblos era bicéfala, por un lado el malik, o jefe, que era generalmente elegido por consenso; y los mullah, líderes y consejeros religiosos, a menudo de origen local. La unidad política que realmente importaba para la mayoría de los afganos era el qaum, definido por Angelo Rasanayagam como:

“… una  red de relaciones autónoma y un tanto elusiva, a los ojos de la cual el estado era una intrusión. Este amplio espacio rural era el propio Afganistán, y se podría describir como una comunidad de intereses locales y tradicionales, que, junto con la composición multi-étnica de la población, inhibían el desarrollo de una nación-estado moderna. La interacción competitiva entre las fuerzas del estado, simbolizado por Kabul y su burocracia, y el qaum, constuitiría la historia política del siglo XX en Afganistán.”

El Afganistán conservador y rural del qaum se exaspero ante el empeño del rey en llevarles a un futuro que no estaban seguros si querían. Amanulá promulgó una constitución (ya de por sí un acto radical) que desalentaba el uso del velo, garantizaba la libertad de culto y la educación femenina, y abolía la tortura y la esclavitud, todo estupendo en principio. Los problemas surgían con algunos aspectos peculiares del nuevo orden: Por ejemplo, no se permitía que los funcionarios públicos llevasen barba, y estaban obligados a vestir a la occidental con traje y corbata. [Esto nos recuerda, en efecto, a la Turquía de Atatürk y al Irán de Reza Jan].

Estas reformas eran una amenaza para los mulás, que veían amenazada su influencia y su sustento. Tras la visita del rey a Europa en 1927, se hicieron públicas unas fotografías de la reina Soraya sin velo, confraternizando con hombres europeos. Empezaron a propagarse todo tipo de rumores sobre el rey bebiendo alcohol y abandonando el islam, y hacia 1928 buena parte del país estaba en abierta rebelión contra el rey.

sorayaLa reina Soraya

Algunos autores, como Tamim Amsary, han sugerido que los británicos estuvieron detrás de la distribución de las fotografías de la reina, y que posiblemente ayudaron a financiar el movimiento fundamentalista que destronó a Amanulá en 1929. Sus sospechas se basan, entre otras, en la presencia de T.E. Lawrence (de Arabia) en Peshawar.

[En todo caso, el reino de Amanulá estaba condenado. Las reformas bruscas desde arriba no suelen tener mucho éxito si no se dispone de un aparato coercitivo poderoso y bien cohesionado. El afán centralizador del estado choca con los usos y costumbres rurales, el qaum, que reacciona defensivamente ante la pérdida de independencia. A eso hay que sumarle que una política exterior ambiciosa e independiente hace que los reyes “modernizadores” sean percibidos por los imperios como una amenaza, más que un potencial aliado. Recordaremos esta afirmación (modernizar desde arriba no da buenos resultados) al analizar el fracaso del gobierno comunista en los 70].

Los cortos reinados de Kalakani y Nadir Shah (1929-1933)

[La revuelta contra Amanulá, transformada en guerra civil, hizo que el rey abdicase y que el líder de las tropas tribales que tomaron Kabul se convirtiese en el nuevo gobernante]. El nuevo rey era Habibullah Kalakani, un bandido tayiko que se encontraba en el lugar adecuado en el momento adecuado. Pasará a la historia como uno de los reyes más insospechados, analfabeto e hijo de un aguador. Su pertenencia a la etnia tayika, sin embargo, sería el aspecto más problemático de su identidad, que haría que no fuera aceptado por la mayoría de pastunes.

habibullah_kalakani_of_afghanistanKalakani

Las políticas de Kalakani fueron opuestas a las de Amanulá, pero igual de intolerantes. Obligó a los hombres a llevar barba y a las mujeres a llevar el velo, y abolió la educación para niñas. [Como vemos, una de las características del siglo XX en Oriente Medio es cierto empeño de los gobernantes en imponer códigos de vestimenta sin preguntarse si a la población le parece bien. Si en 1936, en el vecino Irán se obligó a las mujeres a no llevar velo, en 1979 se les impuso esa prenda].

Kalakani fue derrocado por Mohammed Nadir Shah, un descendiente de Dost Muhammad que había mantenido un perfil bajo durante los últimos y turbulentos años de Amanulá, desligándose del rey (al que servía como embajador en Francia), mientras recordaba a los británicos su disposición a reemplazar a Amanulá.  Nadir Shah tomó el país, depuso a Kalakani, [pacificó la rebelión religiosa e instauró una nueva constitución], aunque no pudo evitar ser asesinado cuatro años más tarde. [Su hijo y sucesor, sin embargo, gobernaría durante cuatro décadas. De él hablaremos el próximo día].


Apéndice

La cita original de Rasanagayam sobre el qaum es:

‘. . . an autonomous and somewhat elusive network of relationships, in the eyes of which the state was an intrusion. This vast rural space is Afghanistan proper, and could be described as a community of interests, local and traditional, which, along with the multi-ethnic composition of the population, inhibited the development of a modern nation-state. The interaction of the competing forces of the state, symbolized by Kabul and its bureaucracy, and the qawm would constitute the political history of twentieth-century Afghanistan.’

15 años de la invasión de Afganistán

Desvelando Oriente celebra su primer aniversario. Para conmemorarlo, publico hoy este artículo de opinión, de tono más personal. Sé que me salgo de la línea habitual del blog, pero hoy no quiero informar, sino generar debate y plantear preguntas para las que no tengo respuesta. La primera parte del artículo os resultará extraña a los lectores de más edad, pero creo que los nacidos en la primera mitad de los 90 os sentiréis identificados.
Sobre Afganistán y los Taliban publiqué un artículo hace tres años, mucho más serio que este, que podéis encontrar aquí.


Afganistán e Iraq a los ojos de un niño español

Se cumplen 15 años de la invasión de Afganistán. Yo tenía por aquel entonces 9 años, y era la época en la que empezaban a interesarme las noticias de la tele a la hora de la comida. El 11 de septiembre de 2001 era la víspera del primer día de cuarto de primaria. Estaba comiendo con mi familia con las imágenes del “incendio” en una de las Torres Gemelas de fondo, y de pronto un avión se estrelló con la otra torre. Parecía una película, pero era de verdad (aunque no sé hasta qué punto era capaz de entenderlo). Fue una tarde de tele muy entretenida, y al día siguiente todos hablábamos de ello en el recreo.

Las aventuras del cole se mezclan en mis recuerdos con el inicio de la guerra, que parecía la cosa más natural del mundo. Había un malo, Bin Laden, el que había atacado las Torres Gemelas y el Pentágono. El malo se escondía en las montañas de un país lejano llamado Afganistán. Tenía un ejército de terroristas (los Talibanes), y las Naciones Unidas (una reunión de tooodos los países del mundo) organizaron una invasión para capturarlo. Los americanos (que eran los más poderosos) iban a ir a matar a los malos, y los españoles iban a llevar ayuda humanitaria y regalos para los niños. Sobre todo, recuerdo imágenes. La demolición de los budas, la foto de la chica afgana de Time, los bombardeos y los vídeos de mala calidad del Malo y otros tíos barbudos diciendo que nos iban a matar a todos en un idioma extraño.

osama-bin-laden-video-759358189El Malo Maloso en uno de sus famosos vídeos, imagen icónica de nuestra infancia.

También recuerdo una canción que despertó mi pequeño espíritu punki. Los Reyes de 2002 me trajeron un equipo de música. En un insulso CD de “éxitos de 2002” (era la época de Rosa, Bisbal, Bustamante,  Chenoa) encontré este tema tan divertido que bailaba en mi cuarto cuando nadie me veía. Todo esto suena frívolo (la gente muriendo a kilómetros de distancia y yo hablando de una canción tonta), pero así es como lo vivimos los niños, que no sabíamos nada de Afganistán y tampoco nos importaba mucho.

Un año después, los americanos invadieron otro país llamado Irak. Las invasiones llenaban el espacio entre Eurocopa y Mundial de fútbol, parecía que estaba hecho a propósito. Cada dos años, invasión. Quedaban un montón de países raros de nombre parecido en esa parte del mundo, así que parecía que quedaba diversión para rato. Si, parece cruel hablar del tema así, pero era como lo  veiamos los niños, incapaces de separar la realidad de la ficción (o quizá yo era particularmente autista y poco empático).

En Irak había otro malo llamado Sadam Hussein que ayudaba a Bin Laden, que había escapado de Afganistán.  Sadam Hussein tenía Armas de Destrucción Masiva™, que eran bombas nucleares y misiles enormes que los terroristas iban a utilizar para atacarnos. Así que había que invadir Irak para que Sadam no diera las armas a Bin Laden. Sin embargo, no todo el mundo parecía estar de acuerdo con lo de la guerra. Esta vez no lo apoyaba la ONU, así que ya no estaba tan claro que estuviera bien. Mucha gente salió a protestar contra ello, y en algunas casas y edificios ponía “¡No a la guerra!”. En el recreo se debatía (con la intensidad y clarividencia de los niños de 10 años) si había guerras buenas y malas (lo decidía la ONU), si todas las guerras eran malas, o si es mejor ir con los que ganan y aprovecharse de ello (¡España iba a ser tan importante como Inglaterra o América!).

Invadimos Irak. Los americanos destruían todo y nosotros lo íbamos arreglando (o eso nos contaban). Cuando los yankis entraron en la capital de Irak, un montón de gente salió a celebrarlo y empezaron a derribar la estatua del dictador (un dictador es alguien que manda sin que le elijan, como Franco). Pero después vinieron los americanos con tanques y cuerdas y lo derribaron ellos. No molaba, era como querer quitarle el protagonismo a la gente de ese país. Un periodista español (José Couso) murió después porque los americanos se confundieron y le dispararon. Eso tampoco estaba bien. Empezaban a caerme un poco mal los americanos. Además su presidente parecía un poco bobo.

Statue - Saddam HusseinLa estatua de Sadam Hussein siendo derribada por los yankis. Fuente: The Guardian

2004 era el último año de primaria. El 11 de marzo estábamos de excursión en una granja escuela. No teníamos móviles ni nada de eso, así que nos enteramos de la noticia por la noche cuando llamamos a nuestras familias por qué sucedían estas cosas. Por suerte, ni los niños ni los profes perdimos a nadie. No me voy a recrear en el trauma colectivo y la indignación porque todos lo vivimos, cada uno a nuestra manera. La política internacional empezaba a afectarme casi personalmente, así que empecé a leer con curiosidad la sección de internacional de los periódicos que llegaban a mis manos (en mi casa no había internet por aquel entonces). No mentiré diciendo que en ese momento decidí dedicarme a los estudios orientales, porque eso sería una mentira como una catedral. Todo esto llegó mucho más tarde. Pero sí es cierto que el atentado marcó el final de mi inocencia, y comencé a ver las guerras, el terrorismo y la muerte como algo real y doloroso, no como un mero espectáculo de accion hollywoodiense.


El extraño consenso sobre la invasión de Afganistán

En los 15 años que han pasado desde la invasión, y muchos otros, hemos crecido y disfrutado de las comodidades de la paz y de la vida occidental, con unos difusos “terroristas yihadistas” como enemigo lejano y varias guerras iniciadas por los aliados de nuestro país para exportar la democracia y protegernos del terrorismo. Si bien con la de Iraq hubo mucha polémica, la de Afganistán pasó desapercibida. Hasta el final de su mandato, Zapatero mantuvo a las tropas españolas en Afganistán sin que hubiera grandes movilizaciones en su contra. La bendición de la ONU suele citarse como la causa de esta diferencia de apreciación pero, en mi humilde opinión, la guerra de Afganistán no ha tenido nada de humanitaria.

En septiembre de 2010, Zapatero afirmaba en el Congreso que las tropas continuarían en Afganistán mientras esté en peligro la seguridad global y la seguridad de los españoles“, es decir, para siempre. El uso de eufemismos siempre caracterizó a Zapatero, pero es que no podía ser más específico sin ser políticamente incorrecto. No iban a decir que estamos allí para ayudar a la OTAN a mantener el “centro del tablero” que controla Eurasia. ¿De verdad un país sin salida al mar, sin recursos económicos ni naturales más allá del opio, arrasado por décadas de guerra civil, es un peligro para la seguridad global?

afghanistangooglemapsAfganistán y sus vecinos. Un país pobre y sin salida al mar, pero de gran valor estratégico.

Afganistán no es nada más que una casilla en el juego de Risk que las potencias llevan jugando por siglos.  Una casilla con alto valor estratégico, pues tiene frontera con Irán, Pakistán, China y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central. Es decir, Afganistán es el lugar desde el que la OTAN tener a tiro a los rusos, los chinos y los iraníes (y los pakistaníes y los indios, en caso de que se pongan tontos).

Durante 15 años, los gobiernos de España (y por extensión los españoles, que por algo votamos) hemos apoyado una guerra de agresión. También lo han hecho países que se opusieron a la guerra de Irak, como Alemania o Francia. Desde la retirada en 2014 solo queda una decena de militares españoles allí, pero desde el inicio de la invasión más de 100 soldados españoles han perdido la vida sin que haya habido un debate muy profundo sobre qué hacían ahí. Parece haber cierto consenso con una noción de seguridad global consistente en mantener a las potencias rivales bajo control e impedirles obtener victorias tácticas. En ese asunto no me meto (de momento), pero me gustaría plantear una cuestión:

¿Hasta qué punto ha ayudado la presencia española en Afganistán a mejorar la situación del país?

La respuesta varía según a quien le preguntes. Hace un par de meses tuve la oportunidad de compartir viaje con dos oficiales de infantería, uno de ellos veterano de Afganistán, que defendían la necesidad de la intervención española. Las razones eran un tanto difusas: “hay que acabar con el terrorismo fuera para evitar que después vengan a España a atentar” o “hay que ayudarles a tener un ejército moderno y unas instituciones decentes antes de poder dejarles a su libre albedrío”.

El oficial de la Legión, que había estado en Afganistán, me contaba cómo había presenciado muchas escenas chocantes, como un niño de 8 años dándole una paliza a una niña de 6 mientras los viejos del pueblo lo aprobaban en silencio… Como ser humano, me contaba, no se puede permanecer impasible ante eso. Los militares españoles habían intervenido para separar a los chicos, pero, según aseguraba el legionario, “en cuanto nos vamos la situación vuelve a ser la misma”.

Historias similares sobre la barbarie Talibán (la prohibición de la música y de los entretenimientos “pecaminosos”) y anécdotas sobre el tráfico de drogas y cierta percepción de que la población local no fundamentalista apoyaba la intervención servían a los militares para justificar su posición. Yo, que jamás he estado en Afganistán, me abstuve de pronunciar mi opinión por respeto ante personas cuyo trabajo consiste en jugarse la vida por una causa que ellos creen justa (aunque a mí no me lo parezca) y que en caso de conflicto armado serán los encargados de defendernos mientras los demás opinamos en la web.

h_kabul_oct06La embajada española en Kabul, construida sobre suelo expropiado de forma ilegal. Fuente (e historia completa): RAWA

Por otro lado, España ha sido cómplice de violaciones de los derechos humanos en Afganistán. La embajada española, que ha sido atacada varias veces, fue construida tras la invasión sobre suelo procedente del desalojo ilegal de un barrio humilde, que enriqueció a unos pocos corruptos. El gobierno afgano, en manos de las facciones militares que se unieron para resistir a los Talibán, es nepotista y arbitrario. La desigualdad y la pobreza han aumentado desde 2001, y la situación de las mujeres no mejora. El paro, según algunas fuentes, supera el 60%. Nuestros aliados bombardean a la población civil (ojo: el enlace contiene imágenes fuertes) y hospitales de Médicos Sin Fronteras. Os recomiendo leer los informes y las noticias de de la Asociación de Mujeres Revolucionarias de Afganistán, RAWA, una de las organizaciones más combativas y vocales en su defensa de los derechos humanos y de la libertad de los afganos, que exige la retirada inmediata de todas las fuerzas extranjeras (petición utópica, desgraciadamente). Tienen sección en español.

Afganistán, no obstante, ya era una pena antes de 2001. Desde finales de los 70, el país ha estado en guerra permanente. Primero con los soviéticos, que intervinieron para apoyar al gobierno comunista afín que estaba siendo amenazado por una insurgencia islamista apoyada por EEUU, Pakistán y otras potencias. Después en guerra civil, dado que los “luchadores por la libertad” que desalojaron a los soviéticos se negaban a sentarse a formar un gobierno civil y se centraron en luchar por el poder y matarse entre sí. Los Talibán aparecieron en los 90 como reacción contra los señores de la guerra, y consiguieron dominar casi todo el país y de paso putear horriblemente a la población civil, que ya llevaba década y media de saqueos y violaciones. En 2001, la OTAN dio su apoyo a una alianza de facciones que antiguamente luchaban entre sí y que se unieron contra los Talibán, la famosa Liga Norte que hoy domina el país, aunque la guerra civil sigue hasta hoy después de casi cuatro décadas de conflicto.

khoshalmeenaAfganistán ya estaba en ruinas en los 90. Fuente: RAWA

Vale, todo es un asco… ¿Qué propongo entonces? En realidad, no propongo nada. Sé que la geopolítica global es una materia compleja y delicada, y que a ojos de los estrategas y expertos en seguridad, la vida humana no tiene valor en comparación con las ganancias y riesgos potenciales de mantener la ocupación o retirarse. Desde 2014, la presencia de la OTAN en Afganistán se ha reducido de forma significativa. Dado que los Taliban continúan teniendo una fuerte presencia en gran parte del país, es posible que China y sus aliados de la SCO aprovechen el vacío que dejaría la OTAN en caso de que se retirase definitivamente.

Solo pretendo que, como ciudadanos de países democráticos donde hay libertad de prensa y de expresión, nos permitamos reflexionar y cuestionarnos la necesidad de intervenir en países lejanos para proteger nuestros intereses políticos y económicos. La excusa de la seguridad, al menos para mí, no funciona. Soy incapaz de comprender cómo y por qué un país empobrecido situado a miles de kilómetros de distancia podría suponer siquiera una ligera amenaza para el bienestar de mi país. No consigo hallar la conexión entre la lucha antiterrorista (que debe ser una material policial y doméstica) y la presencia militar española en Oriente Medio. No quiero decir que no la haya, sino que no la entiendo. Así que si alguien me lo puede explicar de forma clara, lo agradecería.

Espero, en todo caso, que la paz llegue algún día a Afganistán y que los afganos vuelvan a ser los dueños de su destino, libres de señores de la guerra y de ocupantes extranjeros.

Y vosotros, lectores, ¿qué opináis?