Una década de Desvelando Oriente

Hoy se cumple una década desde que empecé este proyecto. Había pensado en escribir algo al respecto, pero resulta que hace tres años ya intenté hacer lo propio para celebrar el séptimo aniversario de Desvelando Oriente. El texto, como tantos otros, quedó inacabado y almacenado en la carpeta de borradores, aunque he decidido compartirlo al final de este texto. La vida no da tregua, y al final esta web es un proyecto al que solo me dedico en mi tiempo libre.

En fin. Han pasado diez años desde que en enero de 2016, recién mudado a Toledo y mientras buscaba trabajo, decidí abrir una web para escribir textos divulgativos sobre historia. El mundo ha cambiado mucho desde entonces, y también yo. Cada vez me apetece menos escribir, y siento que no tengo gran cosa que aportar. También han cambiado mucho las cosas, tanto a nivel mundial como personal, en los tres años que han desde que empecé a escribir el artículo para conmemorar los siete años de la web.

Quizá el cambio más importante en estos diez años (respecto a mi relación con Desvelando Oriente) es que he perdido mucho entusiasmo y energía. Si en 2016 estaba escribiendo un artículo a la semana, ahora como mucho publico por aquí un texto al año. Es verdad que en los últimos años me he centrado algo más en la producción académica y he dejado la divulgación un poco de lado. También es cierto que a medida que uno cumple años se va volviendo más cauto y modesto. Si en 2016 pensaba que era necesario y casi un deber cívico compartir lo que sabía, en 2026 pienso que apenas sé nada, y me avergüenzo de mi arrogancia juvenil de entonces. Sí, he leído muchos libros de historia, pero tampoco poseo un conocimiento excepcional inalcanzable por el común de los mortales. Aparte de todo esto, en lo últimos tres años han pasado algunas cosas que me han quitado las ganas de escribir.

Anuncio de alpargatas de producción española en la prensa argelina
Ejemplo de los materiales con los que trabajo en mi tesis: Anuncio de alpargatas publicado en la prensa migrante española en la Argelia francesa a principios del siglo XX

Empecemos por lo menos significativo : Twitter, la red social donde compartía mis artículos y participaba en interesantes discusiones, ha muerto. No es que antes fuera una red perfecta, pero había cierta horizontalidad y la presencia del algoritmo era mucho menor. Desde que el multimillonario fascista Elon Musk la adquirió y rebautizó como X, se ha convertido en otra cosa. Además de los múltiples escándalos relacionados con las opiniones de mierda del dueño y su fomento de ideologías de odio, la ausencia total de filtros de moderación, la implementación de una IA que además de desinformar se dedica a producir imágenes sexualizadas sin consentimiento y el fin de los «perfiles verificados», la red ahora se basa en un sistema de «pagar para que te lean» (si tienes perfil con check azul tus textos llegan a más gente) que no depende tanto de la popularidad orgánica del contenido sino del algoritmo. Hace unos dos años y medio decidí pasarme a Bluesky, una especie de copia del viejo Twitter. Es una pena, porque la red del pajarito me dio muchas alegrías y exposición, y le he dedicado muchísimo texto. Gracias a ella he conocido gente maja e inteligente y hasta me ha surgido alguna que otra oportunidad laboral. Pero no veo mucho sentido a seguir por allí, más allá de compartir algún que otro texto.

La irrupción de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM), mal llamados «Inteligencia Artificial», también representa un nuevo desafío. ¿Qué sentido tiene escribir gratis en Internet, cuando cualquier advenedizo puede fusilar tus textos sin esfuerzo con la ayuda de un programa? Yo escribía por amor al arte, y porque creía que era algo necesario. Ahora, escribir parece una pérdida de tiempo ante la montaña de texto generado artificialmente, ante los muchísimos actores maliciosos que quieren lucrarse o desinformar (a menudo ambas). Las redes sociales están llenas de contenido falso y es difícil discernir si discutimos con personas reales o con «bots». Pero lo más sangrante para mí es que los LLM han sido entrenados con el contenido creado desinteresadamente por muchas personas como yo, que vemos cómo las visitas a nuestras webs bajan a la vez que la «IA» regurgita nuestros textos que han sido usados sin compensación o consentimiento. Sería un poco hipócrita protestar sobre la violación de derechos de autor cuando yo mismo he recurrido a las «bibliotecas digitales pirata» para conseguir libros y artículos, pero aquí hay una diferencia de grado importante. Meta, Microsoft, OpenAI y todas esas empresas tienen recursos de sobra, y además sus productos no citan ni atribuyen correctamente los textos que utilizan. Dicho de otro modo: tengo la percepción de que escribir en Internet ha dejado de ser gratificante. Antes de vez en cuando alguien plagiaba algo, pero al menos tenía que copiarlo y pegarlo y había posibilidades de rastrearlo y quejarse al plagiario. Ahora es imposible.

Más allá de estas cuestiones tecnológicas, hay otros asuntos de índole política y personal. Por un lado, pese a que los temas sobre los que he escrito en los últimos años sean más relevantes que nunca (sobre todo la migración), creo que el debate está tan envenenado que es muy difícil contribuir de forma productiva. Hace diez años me encontraba de vez en cuando con personas de escasa comprensión lectora que confundían explicaciones con justificaciones, que creían que (por ejemplo) tratar de entender la ideología y las rencillas internas de las organizaciones islamistas equivalía a hacer apología del terrorismo. Pero estos eran los menos. Ahora la sensación que tengo es que un sector importante de la sociedad no tiene las ganas o la capacidad de hacer frente a argumentos complejos, o siquiera de leer un texto de más de quinientas palabras. Siento que los artículos largos y enrevesados como los que solía escribir por aquí no tienen ya sentido: la gente apenas lee. Podría pasarme a los videos, reels y titoks pero no tengo los conocimientos técnicos ni el tiempo para ello y además me da cierto mal rollito que mi voz o mi imagen puedan ser utilizadas para hacer «deepfakes» maliciosos. Llamadme flipao y paranoico.

Mi pesimismo y apatía también se explican por el genocidio israelí en Gaza. A pesar de las múltiples evidencias de los continuados abusos israelíes y de las denuncias de decenas de miles de palestinos, organizaciones internacionales y figuras públicas varias, la destrucción sistemática no se ha detenido (a pesar del alto el fuego), con la connivencia de los EEUU, la Unión Europea y los países árabes firmantes de los acuerdos de Abraham. Hemos vivido un genocidio retransmitido en streaming por los propios perpetradores, y aún así hay una parte considerable de la opinión pública que considera que esto no ha sucedido, o que si ha sucedido es legítimo y que los palestinos se lo merecen. Quizá con veintitrés años hubiera estado más dispuesto a explicar y argumentar y tratar de convencer a otros, pero ahora mismo lo veo un esfuerzo inútil. Esto se suma a una situación internacional bastante inestable, y al ascenso de los discursos de odio autoritarios y xenófobos, algo que sinceramente no me esperaba.

No obstante, el mayor factor para explicar mi pesimismo y desesperanza de hoy es puramente personal. Hace tres meses y tres días falleció mi hijo durante el parto. No quiero ahondar en detalles íntimos y dolorosos, no es este el lugar ni el momento, pero creo que se puede comprender que últimamente lo vea todo un poco negro. Está siendo un periodo complicado, aunque poco a poco vamos reponiéndonos.

Con esta nota oscura termino este pequeño texto conmemorativo. Ojalá el tono fuera más optimista. Desvelando Oriente me ha dado muchas alegrías en esta década, y creo que ha servido para algo, aunque sea modestamente. Muchas personas me han facilitado por la web y por mis textos, y gracias a él he conocido (virtual y presencialmente) a mucha gente maravillosa. No creo que este sea un proyecto fallido, aunque sin duda está inacabado. Hay aún muchos artículos sin terminar en mi carpeta de borradores, y muchas series de textos que no llegué a concluir. Ojalá este periodo oscuro pase y consiga recuperar el entusiasmo y la determinación que tenía antes. Espero que dentro de un año pueda conmemorar un nuevo aniversario con algo más positivo que decir.

Gracias por leerme. Gracias por estar aquí. Gracias por vuestro apoyo todos estos años, tanto quienes estáis desde el principio como quiénes os habéis encontrado con esta web hace poco.

Os dejo con el texto de hace tres años, que era un poco más optimista.


7 años de Desvelando Oriente – ¿Y ahora qué?

Aviso de antemano que este es un artículo ombliguista.

El pasado 19 de enero se cumplieron siete años desde que decidí comenzar esta página web. El aniversario pasó sin pena ni gloria, ya que ni siquiera me di cuenta. La vida pasa a toda velocidad, y en los últimos años apenas he dedicado tiempo a este proyecto, que tantas satisfacciones me ha dado. La carga de trabajo del doctorado y otros compromisos profesionales, además de cierto cansancio existencial, han hecho que haya dejado esta web bastante de lado. Y no por falta de ganas: tengo una media docena de artículos a medio escribir y muchísimas ideas que no han llegado a cuajar, incluso contenido multimedia que ya está grabado desde hace meses. Pero al mismo tiempo todo esto es trabajo no remunerado y hay que priorizar-

Me he animado a escribir esto porque hace un par de semanas recibí una noticia de carácter profesional bastante decepcionante que no voy a detallar. No es el fin del mundo: la vida está llena de pequeños fracasos que solemos olvidar rápidamente y de los que no hablamos mucho. ¡Pues anda que no me han rechazado artículos o me he quedado sin curros o becas en esta última década! De todo se aprende, aunque sea el gestionar la frustración o las expectativas no cumplidas. En todo caso, en este artículo quería reflexionar un poco sobre estos últimos años y lo que significa Desvelando Oriente para mí y cómo mi visión y perspectivas han evolucionado.

Empecé Desvelando Oriente en 2016, cuando tenía 23 años. Había terminado mi carrera y mi máster en estudios islámicos y acababa de sumergirme en el mundo laboral. Obviamente, no encontré nada relacionado con lo mío, pero conseguí independizarme y ganarme la vida como profesor de inglés y guía turístico a tiempo parcial en Toledo. El caso es que después de haber pasado años de mi vida estudiando, la nueva rutina me dejaba algo inquieto. Estaba guay lo de tener un trabajo y ganar dinero, pero echaba de menos el estímulo intelectual y el ritmo de mis años de estudio. Además, me daba pena que mis estudios no valieran para nada, y quería compartir lo que sabía, que si bien no era mucho, parecía algo más que la mayor parte de contenido que se podía encontrar en Internet en lengua castellana. Decidí comenzar un blog para escribir textos divulgativos de historia y temas de actualidad tratando de adoptar una perspectiva distinta a la habitual.

Escogí el nombre «Desvelando Oriente» porque me parecía una forma de condensar mi visión: quería quitar el «velo» a la historia de una región que se suele enfocar como esencialmente distinta a la nuestra y profundamente marcada por la religión. Quería escribir, por el contrario, textos que mostrasen que las sociedades de Oriente Medio/Medio Oriente/Oriente Próximo/Próximo Oriente (escójase la denominación occidental preferida; todas son incorrectas) no son tan ajenas, y que el uso político de la religión esconde dinámicas sociales y económicas más profundas. Hoy hubiera dado otro nombre al proyecto, ya que puede ser interpretado de otra forma más simplona y (quien lo hubiera dicho) orientalista, pero en aquel momento me parecía una idea brillante.

Desvelando Oriente
El logo que diseñé con el Paint en 2016

Han pasado siete años, y mi vida personal y profesional han dado muchas vueltas desde entonces. Tras dos años trabajando en Toledo y un par de solicitudes de becas y empleos fallidas, conseguí una beca de la UE para estudiar otro máster de dos años entre Alemania y Noruega. No solo me pagaron el máster sino que además me daban el equivalente al salario mínimo cada mes; es decir, estudiar se convirtió en mi trabajo, un auténtico privilegio que me tomé en serio. Algo maravilloso que me aportó este máster fue poder estudiar con un grupo de compañeros de veinte países distintos, la mayoría de ellos becarios como yo que venían de países de fuera de la Unión Europea. Esto ha sido fundamental en mi desarrollo intelectual, ya que dejé de ser un cosmopaleto occidental y empecé a comprender en profundidad las desigualdades y desequilibrios que marcan el mundo. La beca coincidió con un momento en el que mis publicaciones empezaron a ganar más visibilidad e impacto, y en el que estaba muy motivado para escribir. También tuve la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado: comencé a colaborar con El Orden Mundial un año antes de que se profesionalizaran, lo que me hizo llegar a mucha más gente y, una vez dieron el salto, empecé a recibir una remuneración por mis textos, una sensación maravillosa. Al mismo tiempo, mi perfil en Twitter no dejaba de ganar seguidores, algo muy curioso para una persona fundamentalmente tecnófoba como yo. La verdad es que es una red muy adictiva que me ha dejado grandes momentos y que me ha puesto en contacto con mucha gente muy maja: gracias a todos. También tuve el enorme privilegio de que otras personas me contactasen para colaborar puntualmente con mi web, algo por lo que estoy muy agradecido.

Acabé este segundo máster en verano de 2019 con una tesina sobre migración transatlántica en el siglo XVIII que no tenía nada que ver con mi trayectoria historiográfica hasta entonces. Hablaré de ello en otro momento, pero fue un proyecto muy satisfactorio en el que sigo inmerso. A los pocos días de terminar, hubo un cambio brusco en mi vida personal y tuve que volver a España, aunque antes pude disfrutar de la invitación de Daleel Madani, una organización de la sociedad civil libanesa, para asistir a una escuela de verano en Beirut. Pasado el verano, el fin del máster y de la beca también implicó el fin de mi independencia económica, y con 27 años tuve que volver a casa de mis padres y buscarme la vida alternando entre dar clases particulares y escribir para varios medios, aparte de colaborar con algunas organizaciones y solicitar becas para realizar un doctorado. En esas estaba cuando comenzó la pandemia. Un par de meses después, me ofrecieron un contrato para publicar mi tesina de máster (libro que debo terminar en verano de este año) y al poco me confirmaron que me contrataban en el EUI de Florencia para hacer un doctorado. Allí llevo en los últimos dos años y medio, en los que esta web se ha resentido bastante. Al fin y al cabo, cuando tu trabajo consiste en leer e investigar, quedan pocas ganas para hacer lo mismo en tu tiempo libre.

Esta narrativa, de momento, solo se centra en los éxitos. Es fácil presumir y quedarse en la autocomplacencia. Al fin y al cabo, en los últimos siete años he vivido en seis ciudades y cuatro países distintos. Me considero una persona afortunada y privilegiada. Mi curro consiste en investigar y escribir sobre historia, un auténtico lujo. Gracias a esta web y a mi presencia en redes he podido colaborar en otros medios. Me han invitado a podcasts, a la radio y a la tele.

Sin embargo, también me he llevado decepciones, que es de lo que no se suele hablar. Ha habido muchas becas y trabajos que no he podido conseguir a pesar de pasar horas escribiendo cartas de motivación y rellenando formularios. Me han rechazado una media docena de artículos académicos que no he llegado a reenviar por desmotivación. Y, en general, muchos proyectos se han quedado por el camino. Esta web es también un pequeño reflejo de todo lo que he ido dejando a medio hacer en los últimos años: hay series de artículos que no he llegado a terminar y dudo que llegue a acabar jamás, y hay borradores de artículos que llevan más de dos años en el tintero y que no sé si saldrán algún día. También está la Revista FUA, un proyecto muy ilusionante al que dediqué muchísimas horas de mi tiempo y del de otras personas y que no llego a cuajar porque no teníamos experiencia de gestión editorial y porque no nos daba la vida. No me arrepiento de ninguna de estas cosas, ya que todo ha contribuido a hacerme la persona que soy (para bien y para mal), pero es curioso en esta dinámica de autopromoción que es intrínseca tanto a la vida académica como al mundo de Internet y las redes sociales apenas hay espacio para expresar nuestras dudas o compartir nuestros fracasos y decepciones. Y, por supuesto, apenas hay lugar para la autocrítica.

Skyline de Beirut, ciudad que tuve el placer de conocer en verano de 2019

No obstante, a veces este tipo de pausas autorreflexivas pueden ser útiles, no solamente para analizar aciertos y errores, sino también para plantearnos cómo nuestras posturas y planteamientos han ido evolucionando en los últimos años. Y, ¡vaya si han cambiado! Veo en muchos de los primeros textos que escribí en esta web cierta arrogancia e ingenuidad de juventud (¡tengo 23 años, me he sacado un máster y voy a comerme el mundo!), y poca profundidad analítica. Mi indignación por la falta absoluta de rigor de muchos artículos en prensa me llevó a escribir textos abordando temas que no dominaba por completo, un berenjenal en el que hoy no me metería voluntariamente, si bien es cierto que creo que no escribí nada muy estúpido o que no esté referenciado por la bibliografía. En todo caso, creo que siempre he dejado más o menos claro que mi conocimiento sobre ciertos temas es limitado y que no soy un especialista, tan solo un divulgador. Me molesta que me nombren con la palabra «experto», porque en la mayoría de los casos no creo nuevo conocimiento, sino que me limito a adaptarlo para un público no especializado. Aunque creo que esta es una labor necesaria, cada vez tengo más dudas sobre si soy la persona adecuada para este trabajo.

Mi principal objeción a mi propia labor es que no domino ninguno de los idiomas de los países sobre los que escribo. Llevo años estudiado árabe de forma intermitente con media docena de profesores y enfoques distintos y no puedo ni tener una conversación básica o leer un texto sin la ayuda de un diccionario. Aprendí algo de persa en 2019-20, pero dejé de estudiarlo cuando me mudé a Italia y ya lo he olvidado todo. Esto significa que no puedo acceder de primera mano a fuentes primarias en lengua original, y que dependo de traducciones y de publicaciones en español, inglés o francés. Esto me inhabilita absolutamente como «experto» si bien, como digo, esta es una etiqueta que llevo rechazando años. Creo que siempre he sido consciente de esta limitación, y si me lancé a este proyecto es porque me indignaba la tranquilidad con la que muchísimos opinólogos, periodistas y enteradillos de las redes sociales hablaban sobre el pasado o el presente de unos países que no sabían ni situar en el mapa. No obstante, debo insistir en que la cuestión del idioma es esencial: por mucho que haya leído y estudiado, mi conocimiento es siempre de segunda mano y, en la mayoría de los casos, me limito a transmitir lo que otros han investigado. Nunca he reivindicado ser original o innovador, pero no está de más insistir en esto.

Donde creo que mi aportación es algo más interesante es en lo relacionado con la historia y ciertos conceptos islámicos que no están claros entre el gran público. Hay poca divulgación en castellano sobre historia contemporánea de Oriente Próximo/Medio (insito, las dos denominaciones están mal), y creo que esta web es una contribución modesta pero necesaria. Estoy especialmente contento de mi serie de artículos sobre Irán, que bebe de la tesina que escribí para mi máster en 2015 y que sí fue una investigación original a través de materiales traducidos al inglés por un grupo de activistas involucrados en la revolución y el primer gobierno provisional. A pesar de mis limitaciones lingüísticas, creo que mi interpretación de la historia sí es algo más original y con un conocimiento de causa algo más profundo, si bien no deja de ser superficial. También estoy contento con mi decisión de publicar fuentes primarias relacionadas con mi investigación doctoral, algo que espero seguir haciendo en el futuro. En los últimos años me he dado cuenta de que una de las principales carencias de la divulgación histórica es que los historiadores no solemos explicar al público cómo hacemos nuestro trabajo y cómo el pasado no está grabado en piedra, sino que es algo que está constantemente siendo reescrito y reintepretado. Las fuentes escritas no transmiten los hechos tal y como sucedieron (si es que acaso eso es posible), sino la perspectiva (muchas veces interesada) de una de las partes. Nuestro trabajo consiste en interpretar y dar coherencia estas fuentes comparándolas y complementándolas con otras, pero ofrecer el material primario al lector es una buena forma de acercar

Ha habido temas, en cambio, que no he tocado tanto como debería. El principal de ellos es la guerra civil siria, quizá porque en los últimos siete años he conocido a muchos sirios y me parece un tema complejo (como cualquier guerra civil) pero sobre todo, doloroso. No es lo mismo hablar de una guerra lejana que no conoces que escribir sobre un país de donde tienes amigos que han visto a familiares y amistades morir. También he sentado bastante repugnancia a cómo mucha gente autodenominada de izquierdas ha tratado el tema. Desde la defensa a ultranza de al Assad por «pragmatismo» (como si los ciudadanos individuales fuéramos Estados) o por un mal entendido «antiimperialismo», pasando por las teorías de la conspiración sobre los ataques químicas, a la guerra sucia de las redes sociales, donde muchos igualando a las víctimas civiles con terroristas y haciendo chistes sobre las víctimas de una guerra cruenta y larga.

[El texto original termina aquí. Quise escribir más pero no me acuerdo ahora mismo sobre qué]


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